lunes, 9 de octubre de 2017

Bailando en una pista vacía




Te conocí hace muchos años (aún no me atrevo a decir “muchísimos” cuando me refiero a mi niñez). Yo era un chaval retraído, de pocos amigos, refugiado en los tebeos de la editorial Bruguera, y en esas fantasías personalizadas donde conducía trenes que sólo yo podía ver. O autobuses. O esos coches deportivos que dibujaba con rotuladores “Potombo”… y allí estabas tú, pero yo era un mocoso inmaduro que veía, pero no entendía, tus furtivos guiños de complicidad infantil.

Durante la adolescencia te perdí un poco la pista: las hormonas y los amigachos con ganas de juerga me tenían demasiado distraído como para pensar en ti. Nos alejamos. Pero por ahí andabas.

Recién llegado del servicio militar, me ennovié… No hace falta que os diga lo que es el amor a los veinte años, ¿verdad? Probablemente una monumental equivocación, pero por favor, no me obliguéis a bajar de esta noria que gira a toda velocidad... Lógicamente, el nuevo estado de las cosas hizo que te perdiera de vista, pero tu terquedad era inagotable, y aunque no te veía, tú seguías observándome, convencida de que acabarías teniendo tu oportunidad conmigo.

Me casé en 1996. Poco tiempo después, llegó mi primera moto, una maltratadísima CB Two Fifty de cuarta mano. Hasta entonces, había sido monotemáticamente de coches. Después llegó una Pegaso carburada (y el primer viaje, a Jerez por cierto), más tarde una Triumph Sprint (compra compulsiva e inapropiada que malvendí a los nueve meses), y nuevamente una Pegaso, esta vez inyectada.

Y me divorcié. Corría el año 2003. La tradición manda que este es el momento, con permiso de tu cuenta corriente, de comprar algo aparatoso para celebrar el retorno a la soltería... En mi caso, adquirí una BMW GS once-cincuenta, esa que algunos denominan "la mejor GS de todos los tiempos". La disfruté poco, dos años como mucho, pero fueron buenos tiempos. Ah, y nadie más que tú subió al asiento de atrás.

Porque te faltó tiempo para volver a mi vida. Y a saco, además. Accedí. Caí en tus brazos y me dejé llevar, pese a lo mal que caías a mucha gente, especialmente a mi madre… Y la verdad sea dicha, ella tenía buenos motivos para rechazarte, sobre todo por culpa de tu extrema bipolaridad: a veces eras embriagadora, pero también teníamos nuestros malos ratos, que llegaban a hacerme dudar sobre si esto es lo que quería para el resto de mi vida... Pero me gustabas.

Eras (aún eres) una compañera extraña, amada por algunos, indeseada por muchos, pero debo reconocer que tú prendiste la mecha de mi afición por la escritura, a ti te debo el tesón con el que me dedico a esto, y en tu compañía ha sido cuando he dado forma a los párrafos más inspirados.

Intenté dejarte. Varias veces. Pero me costaba prescindir de tí, siempre has sido una especie de droga tóxica, alejándome de la gente sin que yo opusiera resistencia...

Y así sigue siendo a día de hoy. Lo confieso. Soy un jodido adúltero, y ya puedo dar gracias a que mi santa esposa Isabel ha acabado aceptándote como presencia inevitable en mi vida, pese a la mala influencia que eres.

Aún sigo escribiendo cosas. Modestia aparte, en esto creo que he mejorado con los años. Mis primeras crónicas eran, y perdone el lenguaje señora, una mierda sobreactuada con mucha filosofía existencialista de barra de bar. Ahora, por lo menos, puedo revisar mi obra sin que me vengan ganas de arrancarme los ojos. Incluso hay una revista digital que publica mis viajes racionales, que casualmente son aquellos que hago con Isabel; ella es la “musa amable”, la que me hace ver los colores del bosque, la calidez de los pueblos, y el placer de un buen almuerzo dispuesto en mesas cubiertas por inmaculados manteles blancos…

Pero tú, retorcida y maquiavélica, sacas mi parte más animal. Pasas de lo "normal", y siempre pides subir conmigo cuando busco carreteras con arcenes en los que nadie quiere excavar; visitamos ruinas insalubres, escenarios de crímenes, y lugares anónimos de los que nadie parece acordarse ya. Hemos dormido en ruidosos hostales de carretera, con tapones en los oídos para enmascarar los ruidos de la cafetería del piso de abajo y los gemidos de sexo clandestino en la habitación de al lado...

... Pero me gusta. Es como rascarse una picadura hasta hacerla sangrar: no debería hacerlo, pero cuesta dejarlo correr.

Me rindo. Eres parte de mí, aunque sé que sin ti tendría más amigos. Tal vez algún día me arrepienta de tu compañía, pero no será hoy, mientras escribo esto. Tal vez mañana... O pasado mañana...

Mientras llega ese día, te pido que bailemos otra vez. Lo haremos como siempre, fuera de horas, antes de que lleguen los invitados y la orquesta. Bailaremos sin música, en una pista vacía. Como nos gusta.

Por cierto, aún no os he dicho el nombre de ella.

Se llama Soledad.

lunes, 2 de octubre de 2017

Adiós a muchas cosas

¿Queréis que os cuente el peor día de mi vida? Ha sido hoy. Y aunque me llevará días, o tal vez semanas volver a centrarme, necesito plasmar estos pensamientos más allá de mi cabeza, para ver si convertidos en palabras me ayudan a comprender lo incomprensible.
.
 
Para quien aún no lo sepa, soy policía. funcionario de la Policia de la Generalitat-Mossos d’Esquadra, y si me salto esta elemental regla de privacidad es porque hoy me siento orgulloso de decirlo.
.
 
Hoy ha sido el famoso día del referéndum de autodeterminación, considerado “ilegal” por la ley. Como policía judicial, hemos sido los encargados de acudir a primera hora de la mañana a los colegios electorales para conocer la actividad que realizaban, y en caso de hallar material del referéndum (urnas, papeletas, sobres), confiscarlo todo en nombre de la instrucción 3/2017 de la Fiscalía, cerrar el local y precintarlo. 
Nunca antes de hoy había visto tantos compañeros movilizados, y después de traer a comisaría tantos efectivos como para duplicar los que allí trabajamos ordinariamente, a duras penas hemos conseguido repartirnos una pareja uniformada por cada colegio electoral, muchos de ellos dejados allí sin vehículo, y con un portátil a compartir, único vínculo de comunicación con el mundo exterior, sin contar los teléfonos móviles particulares, claro.
.
 
A mí y a mi compañera nos ha tocado ir a una población pequeña, apenas 900 habitantes, pero sin embargo referencia en una zona poco poblada. Al pasar por delante del “presunto” colegio electoral, había unas 250 personas apiñadas frente a la puerta, hombres, mujeres y niños en actitud pasiva, sin hostilidad aparente, pero claramente resueltas a no dejar que lleváramos a cabo nuestro trabajo.
.
 
Tras explicar lo que nos había traído aquí, hemos preguntado si podíamos entrar, recibiendo un multitudinario “¡Noooo!” por respuesta. Atendiendo a un elemental criterio de proporcionalidad, reiterado por nuestros mandos para que quedara claro, hemos levantado la correspondiente acta, haciendo constar la imposibilidad de entrar en el local, y nos hemos retirado a un discreto segundo plano, siempre a la vista del edificio, para garantizar la seguridad ciudadana.
.
 
Debo decir, y no es ningún secreto, que muchos de mis compañeros -y yo mismo-, éramos a la vez partidarios del derecho a decidir (después os contaré mi intención de voto, creo que os voy a sorprender); ante esta disyuntiva, os podéis imaginar la incomodidad que nos suponía acatar esta orden. Y aclaro que “incomodidad” no es sinónimo de “desobediencia”.
.
 
No entraré en el cenagoso terreno de justificar el porqué del derecho a decidir, todo el mundo tiene su opinión formada y no creo que os haga cambiar de idea si os explico mi punto de vista, así que volvamos al relato del día de hoy... Estábamos plantados a cierta distancia de la entrada principal, observando el movimiento de la gente, siempre con ese extraordinario civismo típico de los días en que las urnas salen a la calle.
.
 
Va pasando la mañana. Los “whatsapps” empiezan a mostrar esas imágenes que nunca hubiéramos querido ver: Las UIP de la Policía Nacional y los GRS de la Guardia Civil aplicándose a fondo contra grupos de personas cuya única arma era la desobediencia pasiva. Gente que, ante el “delito” de meter un papel en una urna, estaba recibiendo patadas y gomazos, algunos de ellos propinados con manifiesta gratuidad, por decirlo suavemente. Ni tan siquiera nosotros, los Mossos, nos librábamos de exhabruptos, continuas acusaciones a nuestro “ridículo” papel como policías, e incluso agresiones físicas. Todo esto lo sé de buena fuente, nada en este escrito es una invención.
.
 
Releo el último párrafo, y se me cae el alma a los pies. Nunca, repito, NUNCA hubiera imaginado escribir esto de quien, colores de camisa e ideologías aparte, consideraba como “los míos”: fuerzas policiales unidas ante ese enemigo común que roba, pega, viola, trafica y mata. Éste fue el primer gran golpe moral de la mañana.
.
 
Aturdidos, mi compañera y yo atendíamos a ciudadanos que cada vez más aterrorizados se dirigían a nosotros: “¿Pero qué están haciendo?”.
.
 
Hasta hoy, pensaba que ese “A por ellos oeee” con el que algunos vinieron al frente no dejaba de ser una bravata carente de significado práctico... Iluso de mí, realmente fueron a por ellos. A por nosotros.
.
 
Me llega otro vídeo. Joder, la escuela que hay frente a mi casa. Los GRS mueven a la gente como peleles, varios de mis compañeros les espetan qué demonios están haciendo. Un regidor del ayuntamiento se retuerce de dolor en el suelo, alguien le ha propinado un buen golpe allí donde a los hombres nos duele. Más vídeos. Personas que ruedan por escaleras, puertas vidrieras que saltan a golpe de mazo. Gritos. Salvas de escopeta sin que haya otra intención que intimidar. Y que nadie salga a justificar esto, joder, soy policía y he visto las secuencias completas, que nadie me suelte milongas absolutorias.
.
 
Es una pesadilla que creíamos imposible en este siglo y este país: nuestra democracia, imperfecta pero democracia a fin de cuentas, hoy ha desaparecido. Las policías estatales se han vuelto contra un pueblo que no lleva pañuelos palestinos ni canta consignas radicales: se han vuelto contra la panadera, el bombero y la administrativa, gente que cada mañana se levanta para ir a trabajar. Hay un ensañamiento que -tal vez- pretende ser castigo al orgullo patrio ultrajado y al alejamiento forzoso de sus destinos y sus familias, canjeados por un camarote de seis metros cuadrados en un ridículo barco de dibujos animados.
.
 
Hasta nuestra posición, se acerca un nutrido grupo de chavales de diez, doce, catorce años. Algunos de ellos llevan esos patinetes que ahora gustan tanto. Nos preguntan una y otra vez “¿Ya viene la guardia civil? ¿Os han dicho algo por la radio?”, mientras miran en sus propios móviles los vídeos de las cargas policiales. La ansiedad les desborda, ningún chaval desbería pasar por esto.
.
 
“¿Ya viene la Guardia Civil?” Nadie dice nada, pero vamos escuchando como, pueblo a pueblo, van cerrando colegios electorales por la vía expeditiva. La angustia se apodera de nosotros, y le pregunto a mi compañera si, cuando finalmente lleguen a este pueblo, estaremos los dos en la misma cuerda... Por supuesto que sí, vamos a hacer lo posible para que nadie juegue a los bolos con estos doscientos ciudadanos. Intentaremos mediar, y si no nos hacen caso, les vamos a gritar e incluso les intentaremos sujetar, pero para nada vamos a sacar nuestras armas contra nadie. "Proporcionalidad", joder.
.
 
Y así empezó una espera que se prolongó durante varias agónicas horas. Los concentrados frente al colegio electoral se turnan, entran y salen, pero siempre hay más de dos centenares de personas. El alcalde nos pregunta si necesitamos algo, el juez de paz dice que nos va a traer algo para comer, y una señora nos ofrece el lavabo de su casa tantas veces como haga falta. De vez en cuando, un “whatsapp” de relativa veracidad dice que “ya hay cuatro furgonetas de la guardia civil de camino”, y se ponen en posición. No aparecen. Nos relajamos un punto. Nuestra emisora permanece muda. Si no vienen es porque no quieren, tienen gente de sobras. Un tipo, con lágrimas en los ojos, espeta “fills de puta”, se va a la muchedumbre, y en cinco minutos montan barricadas con sus propios coches: quien venga de visita, deberá hacer los últimos cien metros a pie.
.
Llega otro bulo: las fuerzas policiales están esperando a las seis de la tarde para lanzar la ofensiva final en los colegios electorales que aún no ha “visitado”. Y llegan las seis. Y las siete. Y no aparece nadie. Empezamos a creer que tal vez seremos unos afortunados y evitaremos el enfrentamiento, el reloj tarda cinco minutos en recorrer un minuto..
.
Finalmente, a las siete y media, treinta minutos antes del cierre oficial, alguien se sube a una silla, y dice que “todos los que esperábamos ya han votado”; explotamos todos en un aplauso, el público, nosotros mismos, un aplauso que, antes de que decreciera, se vuelve hacia nosotros cuando el mismo portavoz clama “un reconocimiento para nuestra policía, los Mossos d’Esquadra”. Amigos, ahí ya nos derrumbamos, me abracé a mi compañera, y lloramos como dos madalenas. El pueblo entero nos abrazó, y aún así no podíamos dejar de llorar. No fueron las primeras lágrimas de la tarde, antes habían caído otras, en la intimidad de un callejón o dentro del coche, porque se supone que los policías no lloran.
.
 
Volvemos a comisaría, estamos vacíos. Aún me quedan lágrimas para derramar en el vestuario, al llegar a casa y abrazar a mi esposa, o mientras escribo esto. Me da miedo el día de mañana, y pasado mañana, y al otro, porque se han abierto enormes grietas en nuestros cimientos morales, y no sé cómo las vamos a arreglar.
.
 
Al principio de este relato, dije que os revelaría qué es lo que hubiera votado yo en este referendum: habría metido el sobre en blanco. ¿Y sabéis por qué? Porque, efectivamente, me asquea que se vote sistemáticamente a un gobierno condenado por corrupciones reiteradas, me horroriza que se maten animales en nombre del arte y, en fin, algunas otras menudencias que te hacen sentirte desencajado en ese país que figura en tu pasaporte... Pero, por otra parte, hay otra España dentro de esa España, en la que están algunos de mis mejores amigos, progresista, de mente abierta, humanista, honrada y respetuosa, una España que parece estar en minoría, pero que lucha por salir a la superficie igual que nosotros, y tal vez pienso que sería una traición dejarlos abandonados a su suerte, subido en el barco de nuestra república catalana... No lo sé, todo es demasiado complicado como para definirlo en una simple respuesta binaria.
.
 
En los últimos años, eso que se llama “patriotismo” ha salido de mi vocabulario, y ver el país que figura en mi pasaporte me dejaba indiferente. Hoy, esta noche, directamente me duele en el alma, y recuperar las ganas de viajar por tierras españolas, y explicarlo en mis crónicas, me llevará tiempo.
.
 
Por otra parte, está la reconciliación corporativa, saber si alguna vez podré volver a depositar la casi infinita confianza que tenía en los cuerpos policiales del Estado. Quiero creer que había muchos compañeros obligados a acatar órdenes que, no por estar amparadas en la legalidad, eran  injustas, pero necesito que me lo verbalicen. A mí y a mis compañeros. Que nos quieran o que nos manden definitivamente al infierno, pero que nos indiquen a qué debemos atenernos.
.
 
Por último, y por eso he publicado esto en mi blog, necesito saber si puedo confiar en tí, amigo virtual. Si crees haber leído una sarta de ñoñeces pseudoindependentistas, bórrame ahora mismo de tus amistades. Sin dudarlo. Házlo, o lo haré yo tarde o temprano.
.
 
A los que os quedéis, un abrazo grande. Hoy, todos los achuchones son pocos.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Las Minas y Cañón de los Almadenes




No ocurre muy a menudo, pero de vez en cuando te topas con lugares en los que la esperanza se ha perdido. La pedanía de Las Minas, “por los pelos” en Albacete, es uno de esos casos.

Situada a 30 kilómetros al sur de Hellín –municipio al cual pertenece-, Las Minas ha vivido tiempos mucho mejores, gracias sobre todo a las minas de azufre que rodeaban la pedanía. En los años 60 del siglo pasado, la explotación dejó de ser rentable, y todo el entorno quedó literalmente abandonado a su suerte, un territorio árido que sería perfecto para rodar otra entrega de la saga Mad Max, o tal vez un “western” postmoderno.

En los alrededores del pueblo, los pliegues de la montaña dejan entrever una serie de cuevas que los mineros acondicionaron como vivienda; cuando la familia se ampliaba, tocaba excavar una habitación más… Las malas hierbas y la basura hacen insalubre la incursión en esta fascinante muestra de historia industrial.
Fuente: Fco Javier Alonso Martin

Fuente: Fco Javier Alonso Martin

La pedanía es una amalgama de casas, algunas ocupadas, muchas vacías, desparramadas en un suelo que no conoció planificación urbanística alguna. Ladera arriba, alrededor de la iglesia, antiguas viviendas de una planta siguen acogiendo a los últimos habitantes permanentes, básicamente mineros jubilados y sus descendientes.

El cronista se detiene en algún punto entre la pedanía y el cementerio. La gran explanada de lo que un día fueron las explotaciones de azufre acoge lo único que arraiga aquí, unos arbustos de baja altura y ramas punzantes… Aquí y allá, pozos sin ningún tipo de protección y diversas ruinas que un día fueron edificios se diseminan en una vasta extensión. El sol rebota en el suelo blanco, y distorsiona la vista aún con las gafas de sol puestas.




El cementerio es demasiado grande para la pedanía: además de azufre, la mina proporcionaba silicosis y otras desgracias laborales que ningún trabajador quería para sí mismo.

Salgo por la carretera de la estación ferroviaria. En paralelo, aún se intuye el recorrido del tren minero que acercaba el mineral hasta la mencionada estación. De hecho, deberemos aprovechar parte de su recorrido para llegar hasta una singularidad natural que hay en las afueras: el cañón de los Almadenes, profunda cicatriz que el río Mundo ha ido horadando pacientemente durante miles de años, hasta llegar en algunos puntos a una profundidad de casi cien metros… Pese a su belleza, no hay indicador turístico que me ponga en el camino correcto, afortunadamente traía la lección aprendida desde casa.



Atravesamos el túnel del viejo ferrocarril minero, y al otro lado nos espera una pequeña central hidroeléctrica. Continuamos por el camino, serán pocos kilómetros, pero su estrechez y la falta de costumbre “off road” hacen que la distancia parezca más larga… Un canal artificial, “robado” al río Mundo para llevar el agua a la central, nos sirve de guía. El camino acaba en un pequeño ensanchamiento, con un rótulo vandalizado, y una esclusa oxidada. Toca continuar a pie.


En tiempos pasados, esta pequeña obra de ingeniería hidráulica requería más atenciones de las que hoy recibe, y por eso se creó una infraestructura de esclusas que distribuían el agua para el riego y para la propia central, además del propio caudal del río. Para acceder a estas esclusas, que llegan hasta el cañón de los Almadenes propiamente dicho, se construyó un sendero a ratos techado, a ratos excavado en la roca, y en su fascinante tramo final literalmente “colgado” de una de las paredes del cañón… 





Hoyen día, llegar hasta el final de este camino constituye una “aventura” cuyo premio es meterte en el meollo del cañón, aunque esto último te lo desaconsejo vivamente, teniendo en cuenta el lamentable estado en que se encuentra la pasarela del tramo final.




Si pese a todos ignoras al vértigo y al sentido común, llegarás hasta un punto donde la pasarela desaparece definitivamente, viéndote obligado a volver por donde has venido.

Saludos y buena ruta!
Con la siempre bienvenida compañía de Ricardo.