lunes, 18 de septiembre de 2017

Embalse del Cenajo



El río Segura, al sureste de la península, es un “rebelde” de comportamiento impredecible: su cabecera, en Fuente Segura (Jaén), puede considerarse nutrida por las nieves de la cordillera subbética, pero el grueso de su caudal queda en manos de los caprichos lluviosos del clima mediterráneo. Esta circunstancia ha provocado ciclos de sequía combinados con dramáticos desbordamientos.

Para paliar este desequilibrio, y procurar en lo posible que las necesidades de riego, consumo y caudal estén cubiertas, su recorrido presenta hasta veinte embalses, por lo que el Segura también es uno de los ríos más hidrológicamente aprovechados… tanto es así, que por su desembocadura fluye un caudal de apenas 1 metro cúbico por segundo.

Hablando de embalses, por los límites entre las provincias de Albacete y Murcia se desparrama el más grande de ellos: el embalse del Cenajo. Las paredes de su presa guardan historias nada  agradables, algunas bien documentadas que hablan de la legalización del esclavismo en el siglo XX, otras pendientes de ratificar, como por ejemplo que la mole de hormigón armado contiene los cuerpos de diversos prófugos abatidos, o bien accidentados de la propia obra.

El proyecto del embalse empezó a gestarse a finales del siglo XIX, pretendiendo ofrecer una solución para un territorio que, de manera periódica, sufría riadas catastróficas. La complejidad técnica para “amansar” semejante cantidad de agua convirtió aquel embalse en una quimera irrealizable, de la que sin embargo nunca se dejó de hablar hasta que alguien empezó a trazar unos esbozos en papel… corrían los años 20 del siglo XX, y del “imposible” se pasó al “¿por qué no?”. La Guerra Civil paralizó aquel proyecto, aunque, de manera paradójica, resolvió lo que sería la futura mano de obra…

 En 1938, aún en plena refriega militar, el régimen sublevado implantó el “Patronato de Redención de penas por trabajo”, que básicamente venía a ser la utilización de presos como mano de obra para la ejecución de obras civiles, a cambio de acortar sus penas de prisión. Uno de esos destacamentos fue utilizado en las obras del embalse de Cenajo, iniciadas en 1943.

Los supervivientes de aquella obra explican que los prisioneros eran los encargados de llevar a cabo las tareas más arriesgadas, y los accidentes mortales no tardaron en llegar. Los medios oficiales documentaron tres fallecidos, en 1954, por caer al vacío; en honor a ellos, se erigió una cruz en el cerro situado en uno de los extremos de la presa. Otros prisioneros “desaparecieron” de un día para otro de las listas de obreros activos, sin especificar si era por fallecimiento, traslado o reingreso en el centro penitenciario… Lo que sí es cierto es que los reos se encargaban de tareas que nadie hubiera realizado por voluntad propia: barreneros (sin experiencia previa), o encofradores que, precariamente sujetados por cuerdas, veían como se vertían sobre ellos ingentes cantidades de hormigón, con el riesgo constante de ser desequilibrados y caer al vacío, o directamente quedar sepultados sin opción a rescate

Algunos testimonios cuentan que, a los reos que intentaban fugarse y eran localizados, se les ejecutaba sumariamente, y después de exponer sus cadáveres ante el resto de prisioneros, se cargaban en un remolque y eran arrojados al foso de la obra, versión que aún está por confirmar más allá de las declaraciones de unos y otros.

El 6 de junio de 1963, Francisco Franco visitó la zona para inaugurar el pantano. Años después, se supo que los ingenieros estaban de los nervios porque no se había efectuado ninguna verificación previa del funcionamiento de las compuertas, pero la liturgia era inflexible, y presionar el botón era tarea del Caudillo. Además, habían soltado agua del embalse de la Fuensanta para que el Cenajo estuviera en su máximo nivel.

Franco en la inauguración del vecino pantano de Camarillas, el mismo día (FUENTE: la opinión de Murcia)
La pared de la presa, con 200 metros de anchura por 84 de altura, puede almacenar hasta 466 hectómetros cúbicos de agua, siendo de largo el embalse más grande de la cuenca del Segura.






Hoy, el embalse del Cenajo es un apartado lugar de esparcimiento para los amantes de la tranquilidad, el edificio de los ingenieros se ha reconvertido en hotel estival, y la placa recordando la inauguración de 1963 estuvo allí colgada hasta 2016, resistiendo con buena salud los embates del tiempo y de la Ley de Memoria Histórica. Hoy, en su lugar hay otra placa, impersonal y anodina, que sólo menciona el año de la entrada en servicio. Ni una palabra referente a un pasado incómodo. Por la estabilidad del país.
Fuente: eldigital CLM

 Saludos y buena ruta!

martes, 12 de septiembre de 2017

Urbanización "Las Higuericas"



Con la siempre genial compañía de Ricard Bahu

En la pedanía de Agramón, al sur de la provincia de Albacete y lindando con Murcia, hay una interesante concentración de fenómenos naturales: el pitón volcánico de Cancárix, balsas de aguas termales, la sierra de Alcaraz, el entorno del pantano de Camarillas, e incluso el paisaje fascinantemente descarnado de los Yesares de Hellín… Sin embargo, esta es una naturaleza que se tiene que buscar: pese a sus encantos, el viajero de paso sólo verá una tierra dura, de microclima estepario y pocos guiños al turismo.

Pero volvamos a Agramón: poco menos de setecientos habitantes, que administrativamente dependen del municipio de Hellín. Típica estampa rural, con casitas bajas desparramadas en un núcleo urbano de suelo llano. No hay bloques de pisos, y sí algunos bares con terrazas que se llenan las tardes estivales. En las afueras, la barriada de la estación languidece mientras ve pasar trenes semivacíos que comunican la región de Murcia con el centro de España.

Resumiendo, un buen lugar para pasar desapercibido, y donde, qué canastos, un “rey Midas” en forma de burbuja inmobiliaria sería muy bien recibido. Ésta es la triste historia de la “urbanización las Higuericas”.

Durante los primeros años del siglo XXI, este país seguía atando perros con longanizas gracias a la cuestión inmobiliaria, como si la escalada de precios fuera a ser eterna. El dinero fluía y todo el mundo era feliz, éramos como Thelma y Louise circulando en aquel descapotable azul, y nadie veía el precipicio hacia el que nos dirigíamos. En 2005, una empresa inmobiliaria de nombre “Cleyton Ges” cogió un avión rumbo a las islas británicas, y se puso a vender uno a uno los 800 “cortijos” (así los mencionaban en su propaganda) que se estaban construyendo a pocos kilómetros de Agramón, en “Las Higuericas”, monstruosa urbanización construida en una zona natural protegida –Lugar de Interés Comunitario (LIC), Zona de Especial Protección de Aves (ZEPA) e integrado en la red Natura 2000-, pero (¡sorpresa!) no hubo trabas para recalificar los terrenos… “¡crearemos centenares de puestos de trabajo!”, voceaban los responsables políticos. El pueblo asiente y aprueba, no conciben que aquellos señores de pelo engominado y camisas Pedro del Hierro tengan otra intención que no sea servir a esa sociedad que les ha elegido democráticamente.

Fuente: Raul Moreno
Las familias inglesas responden entusiasmadas a la oferta de Cleyton Ges: entre Albacete y Murcia, tal vez no hay mucho gancho para atraer a los autóctonos, pero los británicos sólo ven un Sol que brilla 300 días al año. Los cheques a cuenta de reserva empiezan a cambiar de manos, y los paletas trabajan a destajo en las Higuericas. Aquellos “cortijos” empiezan a tomar forma, la primera fase está prácticamente acabada, en la segunda ya están levantadas las paredes, listas para enyesar; más hacia la montaña, como si fueran champiñones, se adivinan las estructuras de hormigón de la enésima fase… Y entonces, se jodió todo. En 2008, explotó la burbuja, y el país entró, según palabras de Zapatero, en una “leve desaceleración”, que era una manera amable de decir que el descapotable de Thelma y Louise acababa de precipitarse por el barranco y se iba a la puta.

Cleyton Ges anuncia la “inviabilidad” de la urbanización y paraliza el proyecto, dejando tras de sí centenares de chalets en diferentes grados de acabado, muy pocos de ellos al 100x100, y ninguno todavía entregado a sus propietarios. Al principio todo fueron buenas palabras, prometiendo la devolución de los depósitos, pero después la sociedad se liquida, y deja a multitud de ingleses con el culo al aire…



…O al menos así fue hasta que uno de los afectados, Keith Rule, se enzarzó en una batalla legal para recuperar su dinero, basándose en una vieja ley de 1968 que abría la puerta a reclamar el aval al banco depositario (en este caso, la antigua Caja de Ahorros del Mediterráneo). Tras una batalla legal que duró años, Keith y el resto de propietarios ganaron el litigio, y aún más importante, sentaron una jurisprudencia que le dio la vuelta al sistema legal español. Hoy, Keith Rule continua asesorando a miles de personas que sólo vieron sus casas en un plano, y dieron por perdidos sus depósitos.

Keith Rule, con americana azul, junto a varios de los afectados de Las Higuericas (FUENTE: Finance Digest)
Un paseo por el entorno de las Higuericas sigue representando un bofetón a la codicia humana; todo el perímetro está vallado, y multitud de letreros advierten que hay vigilancia privada las 24 horas. En el extremo más alejado de Agramón están las construcciones en su estado más primitivo, apenas cascarones de ladrillo en parcelas sin urbanizar. Más adelante, las construcciones se ven más acabadas, hasta llegar a la entrada principal, donde las viviendas están aparentemente finalizadas, aunque sin ningún tipo de mantenimiento. Un guarda de seguridad con cara de pocos amigos ocupa la casa más próxima a la entrada, no hace falta preguntarle nada para que este inesperado y molesto cronista decida que es un buen momento para visitar a sus parientes de Japón. O de Nueva Zelanda.

Las calles fantasmagóricas a duras penas logran contener las malas hierbas que pugnan por brotar de cualquier grieta, las farolas tampoco están conectadas a la red eléctrica. A modo de “aún no está dicho todo”, un gran cartel de Solvia, la inmobiliaria del Banco Sabadell, anuncia que todo este tinglado sigue teniendo propietario, y que es cuestión de tiempo que vuelvan a aparecer folletos donde se publiciten “cortijos” en los que siempre brilla el Sol.

Saludos y buena ruta!

domingo, 3 de septiembre de 2017

La Baells, el último embalse de Franco



Normalmente, la construcción de un embalse suele ser fuente de historias paralelas relacionadas con la radical transformación del paisaje, o bien por la complejidad de la propia obra. El embalse de La Baells tiene unas cuantas que explicar…

Dicen que el río Llobregat es uno de los más “trabajadores” del mundo; ya desde su nacimiento, y hasta su desembocadura ciento setenta kilómetros más allá, sus aguas han movido los engranajes de múltiples colonias textiles. Hoy, todas esas fábricas son fósiles de otro tiempo, algunas de ellas visitables, otras son cascarones vandalizados.

El Llobregat también es un río salvaje, que de manera cíclica ha producido riadas de muerte y destrucción. El proyecto de un pantano en la parte alta del río pretendía regular el hasta entonces indomable caudal fluvial, además de convertirse en la principal reserva de agua potable para el área metropolitana de Barcelona.

El lugar elegido para su construcción fue la confluencia de la riera de Vilada con el río Llobregat, un valle que, gracias a la firmeza de las paredes de roca garantizaban la estabilidad de una gigantesca presa que debía contener 115 hectómetros cúbicos de agua. El proyecto se ideó hacia finales de los años 60, aunque los movimientos de tierra no empezaron hasta 1972.

En 1976, se entregó la que fue última gran obra hidráulica proyectada durante el franquismo; la ceremonia de inauguración también fue el primer acto oficial de los reyes de España en Cataluña.

placa conmemorativa de la inauguración, hoy vandalizada
Las medidas del pantano eran (son) respetables: 31 kilómetros de longitud y 365 hectáreas inundadas, pero la “joya de la corona” era la presa: más de trescientos metros entre extremos, cien metros de altura, 400.000 metros cúbicos de hormigón, 27 metros de grosor en la base y ocho en la corona. Es del tipo vuelta gruesa de doble curvatura, es decir, combada tanto a lo largo como a lo alto. Aún hoy, sigue despertando admiración entre los ingenieros por su intachable finición.



En un extremo de la presa, un gigantesco “tobogán” sirve de aliviadero para el hipotético caso de que se vea superada la capacidad máxima del pantano, como así sucedió en los aguaceros de 1982: tan sólo seis años después de su inauguración, la presa se vio obligada a contener el 101% de su capacidad, afortunadamente sin despeinarse.

Según la clasificación de riesgo potencial de las presas, La Baells tiene otorgado el nivel “A”, es decir, el de máxima calamidad en caso de rotura total: el hipotético tsunami sólo necesitaría veinte minutos para asolar la ciudad de Manresa, y cuatro horas después, la destrucción imparable llamaría a las puertas de Barcelona.

De manera paralela a la construcción de la presa, también se elevó un gigantesco viaducto que sustituiría al viejo puente de Miralles, condenado a desaparecer bajo el agua para siempre jamás. Y allí continúa, sumergido a medio camino de la presa y el icónico puente nuevo.

El actual viaducto carretero tiene unas medidas acordes al impresionante pantano que salta: su columna central mide más de cien metros de altura, pese a que la pequeña porción visible por encima de las aguas invite al engaño visual. Durante muchos años, fue el viaducto más alto de España. En 1989, una prolongada sequía dejó a la vista buena parte de sus columnas, descubriéndose entonces que el pilar número tres, tenía un gran agujero que comprometía la estabilidad de toda la obra. “Defecto de fabricación”, lo llamaron… El puente fue cerrado al tráfico durante ocho meses, tiempo en el cual fletaron una gabarra que de manera constante hacía viajes entre las dos orillas del pantano.


Evidentemente, no todo el proceso de construcción del pantano fue socialmente “aséptico”: dos poblados enteros (Santa María de la Baells y Sant Salvador de la Vedella) desaparecieron bajo las aguas, y con ellos, el hogar de 2.000 vecinos. El primero está sumergido para siempre entre la presa y el viaducto de la carretera, junto al puente de Miralles, y del segundo aún es visible su monasterio románico, permanentemente seco gracias a lo elevado del promontorio donde se construyó. En las épocas en que el pantano está lleno, el monasterio es un islote frente a la central térmica de Cercs, y cuando el nivel baja, aparecen los viejos cascotes que un día fueron paredes maestras; durante los primeros años de vida del pantano, la Agencia Catalana del Agua “indultó” el derribo de las casas, pero ante las peligrosas “reokupaciones” en las épocas de sequía, decidieron demolerlas definitivamente.

Una vieja señal de tráfico marca un destino que ya no existe

Monasterio de Sant Salvador de Vedella

Muy cerca de Sant Salvador de Vedella, montaña arriba, se construyó desde cero un pueblo para realojar a los vecinos desahuciados. Completamente impersonal y de construcción “clónica” a base de ladrillo visto, se intentó mejorar la calidad de vida tanto como fue posible, por lo que el traslado no despertó excesiva contestación popular. El nuevo asentamiento, según se decidió en votación popular, no llevaría el nombre del pueblo desaparecido, así que le fue concedido el nombre con el que hoy se le conoce: Sant Jordi de Cercs.

Bajo las aguas del pantano, también desapareció el trazado del ferrocarril de vía estrecha Berga-Guardiola de Berguedà, del cual ya he hablado en este mismo blog; este hecho supuso la estocada definitiva para la línea férrea Manresa-Guardiola. Aún hoy, desde el balcón de la presa se puede divisar uno de los túneles del ferrocarril: en su interior, supongo que a modo de tosco homenaje, han dejado dos secciones de raíl.


Como ya he señalado antes, la función básica de La Baells era contener las grandes avenidas de agua, y también la de abastecer a toda el área metropolitana de Barcelona, pero en 1989 fue construida una central hidroeléctrica a pocos metros de la presa, que fue y sigue siendo la más potente de la cuenca del Llobregat.

Desde hace un año, la Agencia Catalana del Agua organiza recorridos interpretativos para pequeños grupos, una oportunidad demasiado singular como para dejarla pasar…

Contrariamente a lo que puedan creer los neófitos, la pared de la presa no es un “tocho” macizo: en su interior hay kilómetros de galerías que, de extremo a extremo y de arriba abajo, recorren toda la obra. En el caso de La Baells, son cinco galerías, más un hueco vertical para el ascensor. Todas las galerías están plagadas de sensores que miden la flexión de las paredes, temperatura, estanqueidad…

Hoy, la capacidad del pantano se ha reducido de los originarios 115 hectómetros cúbicos a algo menos de cien: el arrastre de los sedimentos tienen la culpa de ello y se calcula que, de aquí a quinientos años, el pantano quedará obsoleto.

Ya conoces un poco mejor la historia de este rincón de la comarca del Berguedà: la próxima vez que circules por aquí y veas las aguas del pantano, recuerda todo lo que se esconde en el fondo: dos pueblos, un ferrocarril, puentes, túneles, caminos ancestrales que comunicaban el Pirineo con las llanuras, e incluso un gran túnel que desvió las aguas del río mientras se construía la presa. Historias mínimas de otra época, vaya, la especialidad de la casa.

Epílogo: la central térmica de Cercs

Además del proyecto del pantano, la década de los setenta del siglo pasado trajo otra obra civil monstruosa y traumática a la comarca del Berguedà: la central térmica de Cercs, retrepada en la montaña, y muy cerca de la cola del embalse.

El alto Berguedà fue hasta hace pocos años una zona de gran actividad minera, especialmente lignito, el combustible de las centrales térmicas. La primera central de este tipo se estableció precisamente aquí, muy cerca de las minas, en 1931.

Ya en 1966, y aprovechando una visita de Franco a la zona, los responsables le plantearon la posibilidad de construir una central mucho más grande, aprovechando la abundancia de recursos naturales… Dicho y hecho, en agosto de 1971 se inauguraba la nueva central térmica, en unos terrenos anexos a la vieja factoría.

No hacía falta ser un experto para comprobar el “cáncer” que suponía esta central térmica para el entorno: los episodios de lluvia ácida mataban la vegetación más próxima, y las partículas en suspensión convertían la carretera en una pista de patinaje cada vez que llovía. En 1988, el director de la central fue el primer directivo condenado por un delito ecológico (eso sí, con penas simbólicas y sin pisar la cárcel), pero lo importante es que la central se vio obligada a importar otro tipo de hulla que liberara menos azufre.

El auge de la conciencia ecologista, la crisis de la minería y la propia obsolescencia de este tipo de centrales motivaron su cierre definitivo en 2011. Fue la última central térmica activa en Cataluña.

Hoy, todo el complejo es un anacronismo que yace en absoluto silencio latente: le siguen buscando algún cometido para ahorrarse el dineral de echarla abajo.


Saludos y buena ruta!