sábado, 10 de marzo de 2012

El pico Javalambre


Me he despertado en Teruel. Recojo el equipaje sobre la cama, y una vez más me invade la sensación de que no soy de ninguna parte: cama extraña, lugar desconocido, ligero de equipaje... 

Me pongo toda la ropa de abrigo que llevo encima, temeroso de las gélidas mañanas de marzo de Teruel, pero el hombre del tiempo de la tele me revela que mi enemigo de hoy no va a ser el frío, sino el viento… y vaya si lo fue.


Pago la salida del hotel, el recepcionista no pregunta nada, pero me mira con cara de “qué hace un tipo como tú en una ciudad como ésta un miércoles cualquiera”. Yo juego con la ambigüedad y le pongo cara de póker: “un tipo educado, pero poco hablador” –declararía unos dias después a los periodistas- “nunca me hubiera imaginado que era un espía doble que trabajaba para los servicios secretos rusos”. Me divierto con esta película mental mientras bajamos al garaje para despertar a Eloise de su sueño, y henos aquí, de nuevo devorando kilómetros en dirección sureste, buscando la sierra de Javalambre…

Si eres seguidor de este blog, tal vez recuerdes mi crónica de la “Estrella de Javalambre”. Si no es así (lo normal), te pongo al día en cuatro líneas: la mencionada “Estrella” es una concentración motera invernal, con la peculiaridad de que con la inscripción tienes derecho a una medalla conmemorativa… que tienes que subir a recoger en la cima del pico Javalambre (2.020 metros). Como lo más habitual es que la montaña esté nevada, reparten las medallas allí donde la lógica dice "hasta aquí hemos llegado", a veces más cerca de la cima, a veces más lejos, y a veces sin poder subir ni un metro, como por ejemplo el año que fuimos nosotros: el barro hacía imposible circular con cualquier moto que no fuera de enduro. Se habilitó un recorrido alternativo, igual de caótico, y al final acabaron entregando las medallas casi a pie de carretera.

La cuestión es que yo tenía una cuenta pendiente con el pico Javalambre, y… ¿Por qué no intentarlo hoy? Parece que hay poca nieve en la montaña, tal vez suene la flauta y pueda llegar hasta arriba… 

A través de una deliciosa carretera de montaña llego hasta el aparcamiento de la estación de esquí de Javalambre-Valdelinares, los últimos seis kilómetros serán de pista forestal… En principio, la cosa no tiene mala pinta, teniendo en cuenta la moto que llevo, así que empiezo a remontar montaña arriba.

Conforme iba ganando altura, la nieve iba haciendo presencia, aunque por fortuna el camino se mantenía limpio. Circulo paralelo a una de las pistas de esquí, hace un frío que pela, y los puños calefactables están a tope. Un último repechón, y paro la moto junto al vértice geodésico que corona la cima. ¡Por fin estoy aquí! La alegría es infinita, y el huracán que sopla en la cima, también. La ropa gore-tex me mantiene más o menos cálido, pero los dedos quedan insensibles al instante de quitarme los guantes para hacer un par de fotos.

El “secreto” del este

Encaro la vuelta a casa tan sólo guiado por el punto cardinal, tomaré la carretera que más me interese, sin importar lo secundaria que sea. Entre Mora de Rubielos y Rubielos de Mora, la pista forestal que lleva al embalse de Balagueras, se ha convertido en una pista asfaltada... Me temo que se ha acabado el "secreto" de bañarse en verano en un lugar idílico.


Más allá de Linares de Mora, una familia de buitres leonados invaden la carretera, haciéndome tirar de frenos con cara de alucine... Se escabulleron montaña arriba, pero aún tuve un instante para hacerles esta foto:

Casi de manera deliberada, van apareciendo pueblos de gran belleza visual: Mosqueruela, Cantavieja, Mirambel, Bordón… La calidad del asfalto ofrece dos caras, al principio es una miserable tira de asfalto llena de remiendos, pero luego mejora en calidad, y le puedes buscar los flancos a la rueda. Más allá de Bordón, deberás parar necesariamente en alguno de los miradores del embalse de Santolea, valen la pena. Tampoco puedes pasar de largo Castellote. Antes de llegar a Calanda, has de bordear el embalse del mismo nombre, con su peculiar contraste de aguas azul turquesas y arenas blancas.


…Y hasta aquí hemos llegado, porque cuando volví a salir a la llanura de Calanda, el cierzo soplaba tan fuerte que era casi imposible mantener el equilibrio; alrededor mío volaban remolinos de polvo y restos de vegetación… En serio os digo que nunca he pilotado con un viento tan adverso. Tomé conciencia de que en cualquier momento acabaría estrellado en la cuneta, así que tuve que improvisar una vuelta a casa girando hacia el este, para como mínimo así tener el viento en la espalda. Pero esto son gajes del oficio, y forma parte de la aventura de haber elegido la moto para disfrutar de nuestros viajes.


¡Saludos y buena ruta!

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