domingo, 8 de julio de 2012

Francia y Suiza

La moto está cargada hasta los topes, perfectamente revisada y engrasada; durante el año hace muchos viajes, pero esta vez toca “el” viaje, el grande, el que se sale de las fronteras estatales buscando destinos lejanos…


El planteamiento sobre el mapa era liarla bien gorda y llegar hasta Praga vía Alpes, pero casi de inmediato nos dimos cuenta que, con los días disponibles, sería imposible complir con el itinerario, a no ser que nos dedicáramos exclusivamente a circular… Así que, sin ningún tipo de remordimiento, hemos reorganizado la ruta para disfrutar al máximo y sin prisas de los lugares que estábamos a punto de descubrir.

dia 1

Rutinario enlace de autopista que nos sirve para irnos acomodando a la moto y sus inercias, vamos cargados hasta la baca.


Más allà de La Jonquera, los franceses circulan por la autopista con gran sentido de la responsabilidad: clavados en los "legales" 130 kilómetros por hora, y utilizando ese carril derecho que aquí nos empeñamos en ignorar.

Primer repostaje en Francia. La gasolina es bastante más cara que en España. El área de servicio es amplia, limpia y con una generosa zona de sombras, aprovechamos para buscar un rincón medianamente discreto, y extendemos la “manta pic-nic”; tres dar cuenta de unos bocadillos, holgazaneamos un rato, protegiéndonos de un sol que funde los plomos.


En Avignon dejamos por fin la autopista. Estamos entrando en los dominios de la Provenza, tierra de lavanda vinos.


Por vez primera, vemos el río Ródano. El lecho a su paso por Avignon es impresionante. Seguiremos el curso de este río durante buena parte del viaje.

El viento del este (aquí llamado "Mestral")  nos zarandea de lo lindo; estamos informados de que el "Mestral" puede traer rachas de viento que pueden llegar a hacer impossible el equilibrio sobre la moto, sobre todo en la cima del Mont Ventoux, al que por cierto ya vemos en el Horizonte. Esperemos que mañana, cuando lo coronemos, tengamos la fiesta en paz...


Hoy dormiremos en Vaison-la-Romaine, lugar con un rico patrimonio medieval, y que además tiene el yacimiento arqueológico más grande de Francia; está construida alrededor de una colina coronada por un castillo.










dia 2


Son las 9 de la mañana, y el Sol nos está diciendo “Hola amigos, hoy os voy a achicharrar de lo lindo, sin misericordia y durante tooodo el día”. El Mont Ventoux nos espera a pocos kilómetros de allí; afortunadamente para nosotros, el viento se ha ido a soplar a otra parte.


El altavoz mediático del Tour de Francia ha elevado el ascenso al Mont Ventoux a la categoría de mítico para muchos cicloturistas aficionados. En el Tour de 1967, Tom Simpson se dejó la vida a 800 metros de la cima, dopado con una combinación diabólica de anfetaminas y alcohol, que no le evitó un "shock" por hipotermia. Hay un monolito en su memoria. En 1970, Eddy Merckx ganó la etapa, pero tuvieron que suministrarle oxígeno en la meta. La última vez que el Tour visitó el Mont Ventoux fue en 2009, con victoria del vasco Juanma Gárate.

Mientras remontamos la carretera, debemos estar atentos a decenas de ciclistes que transitan más o menos sobrados (cuanto más cerca de la cima, más fundidos), y sobre todo a los que bajan como balas. A nuestro alrededor tenemos un refrescante decorado de hayas y coníferas, que desaparece súbitamente poco antes de la cima, dando paso a un paisaje lunar de piedra calcárea. Es por esta razón por la que, visto de lejos, el Mont Ventoux parece estar perpetuamente nevado.

Dejamos atrás el Mont Ventoux para bajar a Sault, donde nos hemos encontrado con los primeros prados de lavanda.




En Sault es dia de mercado, con decenas de tenderetes dedicados a la lavanda, jabones de Marsella y otras delicatessen. 

Dejamos atrás Sault, y remontamos por carreteras secundarias hacia el nordeste, buscando las grandes cumbres alpinas. Por el camino, nos vamos encontrando la Francia más rural, atravesando lo que Isabel denomina “pueblos Allò-Allò”.


El Sol no cesa de calentar con saña, y nos metemos hasta las rodillas en un lavadero público… Aaaah qué alivio, la temperatura del cuerpo baja como mínimo diez grados, o tal vez cincuenta.



El mirador del lago de Serre-Ponçon nos muestra las primeres cumbres de nieves perpetuas.


Finalmente, llegamos a Barcelonette, donde hay una casa de huéspedes que ya conocía: la “Gite tranquyle”. Christian, el dueño, es también motero, por lo que si llegas sobre dos ruedas, consigues un plus añadido de cordialidad. A modo de saludo, me lee la cartilla: “La proche fois que tu viens sans annoncer, tu dormiras dans la porte”… está claro, ¿no? Es un tío muy parlanchín, pero también es un francés de pura cepa, o sea, que sólo habla francés y punto. Es una lástima no poder comunicarnos más fluidamente.



Descargamos la moto, y antes de que nos caiga la noche, coronamos la mítica carretera del Col de la Bonette, a 2.802 metros de altura.





Hay que "patear" un poco para llegar hasta la cima propiamente dicha, a 2.860 metros de altura.



Dos motoristas checos se unen a nosotros en la cima, vienen a ver ponerse el sol acompañados por una botella de licor que esperan vaciar antes de que oscurezca.



dia 3

Lo de ayer en La Bonette fue una presentación cordial de los Alpes, pero hoy ya estamos en el ajo desde el primer kilómetro.


Salimos de Barcelonette, hacia el norte por la N94.




 En Susa nace una revirada carretera que nos aúpa al Mont Cenis. Observamos los restos de un viejo ferrocarril de montaña.




Sin tregua ni descanso, iniciamos la ascensión a otro "gigante", el Col de l´Iseran, de 2.770 metros.


El col del Petit Saint Bernard nos devuelve a Italia. No volveré a repetirme en aquello de los paisajes increíbles y de lo pequeños que somos ante la inmensidad del mundo, pero… ¡oh, vaya! Lo he vuelto a decir…

A todo esto, el dia está resultando radiante, con un calor soportable en los valles, y realmente fresco en las cumbres.

Se nos acaba el dia bajando el Petit Saint Bernard, así que decidimos buscar alojamiento en el primer pueblo que encontremos, que resulta ser La Thuile, en el valle de Aosta. Esta zona dispone de un estatuto diferenciado del resto de regiones italianas, con una mayor autonomía mayor; finalizada la segunda guerra mundial, Francia reclamó este territorio, históricamente francófono, aunque finalmente siguió formando parte de la Italia más afrancesada.

En La Thuile encontramos un hotel familiar “bikers welcome”; nada más entrar en el "hall", tres hermanos nos atienden de manera simultánea, con su cháchara típicamente italiana. Piero, el joven que parece dominar más el cotarro, nos arregla una habitación con un 10% de descuento y derecho a garaje... Pese al descuento, el precio es hiriente: 90 euros, eso sí, Piero nos informa que “se incluye un desayuno GRAN buffet”, separando los brazos en un gesto exagerado. Al día siguiente comprobaremos que tampoco hubiera sido necesario que abriese tanto los brazos.

Nos damos un paseo por La Thuile, el lugar está bastante desangelado, aunque al caer la noche los bares se empezaron a animar porque la selección “azzurri” se está jugando el pase a la final de la Eurocopa ante Alemania.

dia 4

Amanece en La Thuile. Bajamos a desayunar y Piero ya está rondando por allí, repartiendo caffé-lattes a unos moteros de Suecia. Al vernos, se dirige a nosotros cafetera en mano, y empieza a brasearnos con la crisis, el fútbol y otra vez la crisis: por alguna razón, le hemos caído bien. Habla sólo en italiano, pero poniendo atención pillas la mayor parte de la conversación.



Nos ponemos en marcha. El Valle de Aosta nos está dejando una buena impresión; nuestro camino està jalonado por antiguos fortines de la época medieval y en Aymeville, un bello castillo. Nos desviamos para verlo de cerca, pero está cerrado por reformas. Junto al castillo hay un lavadero comunitario, una señora de edad avanzada está lavando la ropa a la antigua usanza.



Entramos en Suiza por el col del Grand St. Bernard. Coincidimos en la subida con un grupo de Vespas clásicas, un par de ellas están trucadas y me adelantan como balas. Isabel aprovecha para mortificarme un rato sobre "la curiosa tranquilidad con la que conduzco últimamente", y me pregunta si el código de circulación penaliza que una Vespa conducida por un señor mayor con un orinal a modo de casco pueda adelantar a una máquina de 100 caballos... Menos mal que los intercomunicadores se pueden desconectar.

En Suiza es obligatorio adquirir una “vignette” si queremos circular por autopistes, pero nosotros declinamos la oferta y bajamos hasta el valle de Valais y el Lago Léman.


En una estratégica encrucijada de carreteras, está la pequeña ciudad de Martigny, donde tenemos auténticos problemes para contratar una habitación: se està celebrando un festival musical, y todo està a tope. Finalmente, en las afueras, hemos contratado una habitación a precio de lujo. 


Una vez resuelta la pernocta, hemos descargado la moto para acercarnos a Montreux, elegante ciudad a orillas del lago Léman, y destino vacacional de muchos artistas, incluído el inigualable Freddie Mercury. La comunión entre Freddie y Montreux fue tan intensa, que le pusieron una estatua en la place du Marché. Sólo por eso ya vale la pena acercarse hasta aquí.


El calor vuelve a ser infernal, el termómetro se aúpa hasta los 37 grados. Me pregunto si esto es legal en Suiza. Ponemos los pies en remojo, a la orilla del lago Lemán. Desde nuestra improvisada playa, tenemos unas vistas privilegiadas al castillo de Chillon, el más visitado de Suiza; ofrece una curiosa estampa, con sus cuatro paredes bañadas por las aguas del lago.







Hemos aparcado cerca del casino (el portero se puso inmediatamente en guardia, por si teníamos la ocurrencia de entrar en el local vestidos de aquella manera tan inapropiada); muy cerca de allí están los estudios de grabación “Mountain Studios”, donde los Queen pasaron largas horas de creatividad. La puerta está cerrada a cal y canto desde hace años, pero una legión de devotos a la banda se han ido acercando aquí para dejar escritas en las paredes sus mensajes de recuerdo a Queen. Impresionante.


Al igual que Queen, otros grupos míticos fueron también clientes de estos estudios. A principios de los años 70, mientras Deep Purple grababan su disco “Machine Head”, se declaró un incendio en el estudio –dicen que fruto de una payasada de alguien del grupo-, y utilizaron esta historia para crear la canción “Smoke on the water”.


De manera casual, nuestra llegada ha coincidido con el afamado festival de jazz de la ciudad, y aunque no pudimos ver ninguna actuación en directo, sí que hemos vivido la movida que se monta alrededor de un festival que ha atraído algunas de las figuras legendarias de la música... o tal vez todas.

En el paseo marítimo están los hoteles con más caché, como el Gran Hotel Suisse o el Palace; este último era alojamiento fijo de Quincy Jones y los Rolling Stones, que no cesaban de pedir caprichos como capazos de pastillas de jabón marsellés o una máquina de “pinball”.

A las afueras de Montreux está Vevey; en su pequeño y recogido cementerio descansa para siempre otro de sus ilustres habitantes, Charles Chaplin y su esposa Oona.


 Volvemos al hotel, la tarde avanza y el calor ya es más soportable. Todavía queda luz, y nos animamos a ver de cerca una cascada de agua cercana…



Ya de noche, volvimos nuevamente a Martigny, para meternos en el bullicio de aquel festival de músicas del mundo.



dia 5

El Matterhorn es uno de los picos más altos de los Alpes (4478 msnm), y por su peculiar forma piramidal es una de las montañas más icónicas del macizo. Está en la frontera entre Suiza e Italia, y sus paredes verticales la convierten en una de las cimas más peligrosas de los Alpes.



Pese al tremendo respeto que impone este macizo, el entorno se ha convertido en un pequeño parque de atracciones; el pueblo de Zermatt està a sus pies, cerrado al tráfico de cualquier vehículo que no sea eléctrico. Desde aquí parte un tren cremallera (el más alto de Europa) que te deja en la cima del Gornergrat, a más de 3000 metros de altura... Los billetes de marras nos han salido a 70 euros por barba, pero la vista desde arriba ha compensado el desembolso.





Una vez apeados del tren, nuestra vista abarcaba hasta 29 picos de más de cuatro mil metros. A través de ellos discurre el glaciar Gornetglescher, el tercero más grande de los Alpes.







Al cabo de un buen rato hemos vuelto a Zermatt, donde hemos dado cuenta de unas salchichas alemanas en una mesa improvisada en un callejón, el menú que más nos apetecía… y el menos hiriente para la cartera. En Suiza todo es caro.




Damos un garbeo por el pueblo, y nos acercamos hasta el llamado “cementerio de los escaladores”, en el que reposan escaladores que perdieron la vida en alguna de las montañas que nos rodean. En la tumba de un joven norteamericano hay un epitafio tan breve como demoledor: “I chose to climb”. Yo elegí subir.


Volvemos a la moto para recorrer el valle del Saas. Tras una nueva ración de curvas y cascadas de agua, la carretera acaba en Saas-Fee, una ciudad de vacaciones sin mayor interés. 

Casualmente, aparcamos junto a una Harley “seventy-two edition”: yo no me consideraba harlysta… hasta que vi esta moto.


Emprendemos la vuelta a Martigny. Mirando al final del valle, vemos que las nubes se están agrupando y ennegreciendo de una manera que no nos gusta nada; poco después, empieza a caer agua a cubos. Menos mal que el destino nos puso en el camino la marquesina de una parada de autobuses, porque íbamos con ropa informal y veraniega… ¿Los chubasqueros? En la habitación del hotel, claro que sí, no sea que se vayan a encoger por la humedad.

dia 6


Nos sirven un desayuno “ligero”, en Suiza no están acostumbrados a los “buffets” continentales, y nos tenemos que conformar con unas rebanadas de pan untadas con mantequilla, un cruasán y un yogur.


Volvemos a cargar todo el equipaje, dejando a mano los chubasqueros que tanto echamos de menos ayer: hoy el día se ha levantado gris y bastante amenazante. En la puerta del hotel, y ya subidos en la moto, nos planteamos un dilema: si giramos a la derecha, tendremos una etapa de montaña acercándonos al Mont Blanc y Chamonix, y si vamos a la izquierda, bordearemos el lago Léman hasta Ginebra… Viendo que las nubes no nos dejarán disfrutar de la alta montaña, decidimos tirar por lo llano y hacer un recorrido muy de autocar turístico, visitando Ginebra, también llamada la “capital internacional”, por la multitud de organismos mundiales que tienen su sede allí.


Llegamos nuevamente al Lago Léman, bordeándolo por el sur. Una parte del lago pertenece a Suiza, y otra a Francia.


Hacemos una parada en Yvoire, un pueblo clasificado como “de los más bellos de Francia”. Es una villa medieval, fortificada, con comercios artesanales y un pequeño puerto natural.




En Hermance, volvemos a entrar en Suiza; entrando en la villa hay una pequeña garita que hace las veces de puesto fronterizo. Dentro hay un policía aduanero que nos ignora olímpicamente.  Poco después, entramos en Ginebra.


Aparcamos la moto justo delante del famoso geyser de agua. Damos un paseo a pie, la ciudad nos deja bastante indiferentes; en algun lugar habíamos leído que es una de las urbes con mejor calidad de vida, pero nosotros solo vemos un clon de cualquier otra metrópolis, eso sí, con menos papeles por el suelo.


Volvemos junto a la moto. Ahora llueve con fuerza, seguirá así el resto del día. Nos tomamos un último “cafè au lait” frente al famoso chorro de agua. La camarera es de  Ciudad Real.


Ginebra es una ciudad fronteriza con Francia; pese a ello, si quieres salir de allí evitando la autopista lo tienes crudo por la deficente señalización. Tras algunas vueltas estúpidas, por fin hemos entrado en Francia; la carretera es pintoresca, pero no podemos disfrutarla a causa del aguacero. Después de sesenta kilómetros de ducha constante, hemos encontrado un hotel en Nantua.  Entramos chorreando y les dejamos la recepción hecha un cristo; la recepcionista nos da directamente la llave y dice que “ya arreglaremos luego el papeleo”, nos quería ver fuera de su vista cuanto antes.


Estamos sitiados en el hotel. Afuera, la lluvia arrecia y lo único que vemos del pueblo es el panorama desde la ventana (se atisba el mencionado lago, una vía del TGV y algunos tejados). Nos vemos obligados a cenar en el hotel, y nos llevamos una sorpresa que no es del todo agradable: pese a estar en un “dos estrellas” y haber conseguido una habitación a precio razonable, el restaurante es un auténtico templo de la “nouvelle cuisine”, con sus camareros encorbatados, cincuenta cubiertos sobre la mesa, y platos servidos dentro de campanas de metal… El ambiente es fino y la parroquia está a la altura. Nosotros hacemos acto de presencia con nuestras mejores galas (él con camiseta motera y pantalones del decathlon todavía húmedos del aguacero, ella con camiseta Disney y chaqueta Quechua), y cenamos lo más barato que encontramos en la carta: “creme d´aspergues planches”, “emulsion de patê ferme” y “agneau roti au petits legums”. Para beber, agua Evian a cinco euros la botella… Toc toc, ¿quién es? ¡Hombre, mi amigo el contable judío! Pasa, pasa y martirízame un rato.

dia 7

8 de la mañana. Miro por la ventana. Llueve. Mierda. Estamos en el epicentro de un choque entre dos corrientes húmedas, o eso es lo que he deducido tres escuchar un boletín meteorológico en la tele francesa.


Pagamos la factura del hotel, hirientemente abultada por la cena de luxe. En el aparcamiento, coincidimos con seis catalanes de edad crepuscular, están cargando sus maletas en dos turismos BMW mientras nos miran descaradamente por encima del hombro. Ellos cogen su camino y nosotros el nuestro, dos mundos paralelos que difícilmente se encontrarán.


Nos metemos en la autopista, que en los alrededores de Lyon se convierte en una ratonera de tráfico saturado.

Avanzamos con paciencia, estilo fino y un arcén amplio que utilizamos sin escrúpulos. A mediodía ya estábamos en Le Puy-en-Velay, pequeña ciudad muy volcada con el turismo. Es uno de los puntos de partida del camino de Santiago, hermanada con Tortosa y Santiago de Compostela. Atesora dos interesantes monumentos que son patrimonio de la humanidad: la catedral de Notre-Dame de Puy, y la capilla de Saint-Michel de Aiguilhe, iglesia construida sobre un cono volcánico, a 85 metros del suelo.






Nos hemos instalado en el “Hotel Dyke”, idóneo para filmar una peli en la que muere gente; nos han concedido una habitación esquinera, inusualmente luminosa, en el cuarto piso. No hay ascensor y las escaleras, todo madera y moqueta, crujen en cada paso que damos. Con la mirada busco los extintores, aunque si se produce un incendio aquí, mejor conseguir un paracaídas y tirarse por la ventana. Todo muy francés, con esa autenticidad conseguida a base de hacer mínimas reformas en 40 años de existencia.



La lluvia parece ser que se ha retirado para no volver, así que dedicamos el resto de la tarde a patearnos el pueblo.













dia 8

Nos ponemos en camino hacia Millau, de nuevo tenemos el cielo azul, y nos apetece volver a pisar carreteras secundarias. Hemos disfrutado el tramo de les “Gorges du Tarn”, una retorcida carretera que sigue el río de nombre homónimo. Diversos pueblos se funden con el paisaje.


Hacemos un alto en el camino para sacudirnos la calor en las heladas aguas del Tarn. 




Estamos muy cerca de Millau, obra de ingeniería que tenía ganas de ver en directo. Fue construido para salvar el valle del Tarn, y de esta manera, despejar el camino de una de las autopistas más densas de Francia, la A75.


El viaducto tiene una longitud de 2460 metros, y está sostenido por siete pilares de hormigón, el más alto de ellos hace 343 metros. Fue inaugurado en el año 2004. Hasta hace pocos meses fue el viaducto para vehículos más alto del mundo (el 5 de enero de 2012 se inauguró un puente en México, en el que se circula a 402 metros de altura).


La cadena de Eloise se había aflojado demasiado, extremo solventado amablemente (y gratuitamente) en un taller del pueblo de Millau.

A partir de Millau, un pequeño “regalo” del gobierno francés: ¡autopista gratis!... bueno, fueron sólo ochenta kilómetros, pero se agradece este descanso a la tarjeta de crédito.


Con las últimas luces de la tarde llegamos a Carcassonne. Nos hospedamos en un hotel a los pies de la “cité” medieval; en la terraza, vemos el entorno de sus murallas, bañadas de oro a la luz del crepúsculo.


Al caer la noche, nos perdimos por su ciudadela amurallada, declarada patrimonio de la humanidad en 1997. Desde aquí ya se huele el mar mediterráneo, estamos muy cerca de la frontera y nuestro bucle europeo está a punto de cerrarse…




dia 9

Volvemos a la ciudadela, queremos verla de día y comprar alguna chuchería para la familia.


De nuevo en La Jonquera, nos podemos considerar de nuevo en casa... Saludos y buena ruta!

5 comentarios:

  1. ¿Falta mucho para el siguiente capítulo?

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    1. Muy pronto Gonzalo... Gracias por tu seguimiento constante! ;-)

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    2. Y enhorabuena por la nueva adquisición!!

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  2. Es todo culpa de una YBR plateada que conoces bien ;)

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  3. Para la próxima, me llamas y te hago de traductor al francés :D.

    La verdad que Francia tiene muy bien montadas las zonas de descanso, el pic-nic y la conducción en autopista, algo realmente envidiable.

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