lunes, 1 de octubre de 2012

Marruecos

Amigos y lápices de colores

Moto cargada con las tres maletas, cosquilleo en el estómago, impaciencia por salir aunque la ventana de la habitación me dice que todavía es de noche… Sintomatologia de un inminente viaje en moto, o más bien, “el” viaje en moto: otro continente, otra cultura... ¡Marruecos, allá vamos!

El primer dia ha sido un puro trámite de autovía, debo atravesar todo el país, hasta Algeciras. Eloise se comporta de manera impecable, es su primer viaje a tope de carga y me voy adaptando a las nuevas inercias.

En Valencia había quedado con José Manuel, Ángeles y Ricardo. Me entregan material escolar, para repartirlo en el país alauí a mi criterio. Lo comprimo todo como puedo en las maletas, ahora sí que definitivamente no cabe ni un alfiler.


Hago noche en La Manga del Mar Menor, que presenta la típica desolación de temporada baja.

Encuentro en Algeciras

Continúo mi camino, de vez en cuando abandono la autovía para divertirme un poco enlazando curvas; paradas, las imprescindibles, ya me puede la impaciencia por llegar al destino. Me gustó Nerja, me horrorizó Marbella, y ya casi en mi destino, me interesó Gibraltar.



Con las últimas luces del día entré en Algeciras, donde finalmente me encontré con mis compañeros de viaje… Y es que no viajaré solo, sino de la mano de una empresa especializada llamada Solisol. Ellos tienen planificada la ruta y el alojamiento, y nosotros tan sólo nos tenemos que "preocupar" de conducir. Al ser mi primer viaje "africano", preferí ahorrarme el máximo de posibles imprevistos.

Saludé a Lluis y Carmen, amigos de nuestra peña motera. Se han empecinado en hacer el viaje a lomos de su Yamaha YBR de 250 cc, convencidos de poder estar a la altura, pese a que los demás llevamos motos de alta cilindrada, sin excepciones. En total, seremos 21 motos.

Nos retiramos a nuestras habitaciones; lo bueno está por llegar, y empieza mañana mismo. Dos continentes, dos mundos.

Poli malo, poli corrupto

La mañana ha comenzado muy rápida, y ha terminado desesperadamente lenta; a las 07:45 atábamos las moto en el ferry, a las 08:00 zarpábamos, 40 minutos después desembarcábamos en Ceuta, repostamos en un periquete, llegamos a la frontera... Y entonces, el tiempo se ha detenido, por obra y gracia de la surrealista burocracia marroquí. 

Poco antes de llegar al "checkpoint", un cambista nos ha abordado para ofrecernos dirhams: la moneda marroquí no tiene ningún valor fuera de sus fronteras, tampoco se puede comprar en los bancos, por lo que las transacciones se hacen en la misma línea fronteriza.

Pasamos el trámite en la garita española; un agente del CNP le echa un vistazo rutinario a mi pasaporte, y adelante. Entramos en la “tierra de nadie”, cien metros de camino plagado de basura que "nadie" quiere barrer.

En la zona marroquí, empieza nuestro vía crucis: un “asesor” de aspecto harapiento nos ofrece “agilizar” los trámites en la aduana a cambio de una módica cantidad de dinero. Al rechazar al tipo, también hemos rechazado a todo el sistema, teniendo que aguantar varias horas de colas estériles. Y créeme, te irá mejor si no pierdes la sonrisa de la cara.

Finalmente, hemos entrado en Marruecos. Decenas de taxis, viejos "Mercedes" de los años 70, esperan pasaje. No se ponen en marcha hasta llenar el vehículo con tres, cuatro o seis pasajeros. 

Nos ponemos en dirección Casablanca. La carretera es muy divertida, aunque unos recientes aguaceros la han dejado plagada de derrumbes y riachuelos de barro; nos rodean montañas de un verde intenso, algo que no esperábamos encontrar aquí.

En Assilah, tomamos contacto por primera vez con la cotidianidad marroquí: calles desordenadas sin asfaltar ocupadas por carretas tiradas por burros, bicicletas, peatones autistas y un parque móvil que es chatarra en movimiento. Aparcamos las motos e inmediatamente aparece un mocoso que se autodenomina “vigilante”, y se cuidará de no quitarles el ojo de encima a cambio de una propina.

Entramos en la autopista, que a diferencia de las europeas, no tiene nada de aburrido, con su multitud de gente deambulando por sus arcenes: vendedores, autoestopistas, e incluso algún pastor que cruza con su ganado. Hay una intensa presencia de gendarmes, todos a lomos de RT´s y Deauvilles, y sus impecables traje de gala. Dos de ellos me pararon a la salida de un peaje; tras un severo cuestionario en francés, me dejaron marchar. No sé si buscaban alguna "propina", pero la cuestión es que no les dí pie a ello. Las mordidas policiales no son inhabituales en Marruecos, aunque normalmente las restringen a sus propios paisanos.

El tráfico se hacía denso por momentos, convirtiéndose en un caos al entrar en la metrópolis de Casablanca. Y además, nos cayó la noche encima, por culpa del "tapón" al que nos sometieron en la frontera. La gente conduce a saco, con una mano en el volante y la otra en la bocina... y si tuvieran una tercera extremidad, supongo que la utilizarían para sostenerse el saco escrotal a modo de masculinidad. La única defensa para nosotros era practicar una conducción agresiva, despreocupándonos de normas de circulación y semáforos. De esta manera llegamos al hotel Kenzi Basma, un oasis de moqueta y decoración ochentera... con detector de metales en la entrada, herencia de recientes atentados terroristas.

Esta ciudad tiene fama de una vida nocturna bastante canalla, pero lo que yo más deseo ahora mismo es sumergirme en Reflex, y caer como un serrucho hasta mañana.

Marrakech

"A quien madruga Dios le ayuda, y si no, igualmente te jodes", debió pensar el individuo que nos despertó desde el minarete de una mezquita, a las 5 de la mañana. La religión del islam siempre está muy presente, con llamadas a la oración cinco veces al día. Ya no pude conciliar el sueño, así que me calcé, y bajé para dar un garbeo matutino... Esperaba encontrarme con la bohemia de una pelí clásica de Humphrey Bogart, pero en su lugar me encontré con legañosos autóctonos, persianas cerradas y una cantidad intolerable de basura por las calles.

Más tarde, y ya con todos los expedicionarios desayunados, aún teníamos un rato para estirar las piernas, así que nos hemos comprimido cinco tios en un "Grand Taxi", para acercarnos hasta la mezquita de Hassan II, la segunda mayor del mundo, y una de las poquísimas que son visitables.


Nuevamente en ruta, el trayecto entre Casablanca y Marrakech ha sido otro rutinario enlace de autopista.


Ya en Marrakech, hemos tenido que vivir otro episodio de supervivencia en tráfico hostil, pero ya habíamos pasado por la "autoescuela" de Casablanca. Tras descargar los bártulos y ponernos calzado cómodo, hemos salido a visitar una de las ciudades más turísticas de Marruecos. 

El meollo de la metrópolis (y casi diría que de todo Marruecos) es la plaza de Yamaa el-Fna, inmenso microcosmos de tenderos, encantadores de serpientes, mendigos, contadores de historias, malabaristas, pillastres y estraperlistas.




Hemos prolongado la noche en el lounge del hotel, removiendo vodkas con zumo de naranja mientras observábamos a unos ejecutivos descorbatados que jugaban a bailar los ritmos tribales interpretados en directo. En un discreto segundo plano, unas elegantes prostitutas esperan su momento: desfase oriental en un país con muchos vicios prohibidos.

La ira de la serpiente

No tenemos prisa por levantarnos, ya que hoy le daremos descanso a las motos para dedicarle a Marrakech el tiempo que se merece... 







Mientas paseaba distraído por la plaza Jmaa el-Fna, un encantador de serpientes me abordó por la espalda, echándome una serpiente por los hombres… “¡Quítame esto!”, le espeto; el tacto de la piel de la serpiente contra mi nuca es repugnante. El tipo se hace el remolón, quiere su propina. Coge la cabeza de la serpiente, y me la ofrece. Casi en defensa propia, la agarro, con tan mala suerte, que el animal se revuelve, y me pica en la mano.

Mi ira se volvió en miedo cuando vi la cara de susto que ponía el encantador, que recuperó la serpiente, y se marchó de allí a paso ligero. Me acerco a un cochambroso dispensario que hay en la plaza; una enfermera que medio chapurrea francés me dice que vaya al hospital. No quiero perder el tiempo en hospitales (y me acojona bastante la perspectiva, para qué negarlo), así que entro en dos farmacias diferentes, buscando un antídoto o algo por el estilo, y los farmacéuticos no cambian el disco: que no, que al hospital.

Así que hago de tripas corazón, y con la compañía de nuestro guía y de una intérprete que casualmente estaba con nosotros haciéndonos de guía turística, nos fuimos a la sala de urgencias del hospital público de Marrakech: sin duda, un lugar que nunca aparecerá en ninguna guía turística.

La sala de espera es un caos de personas severamente lesionadas. Un guarda de seguridad me acompaña hasta la puerta de uno de los dispensarios, y tras apartar de mala manera a una madre que llevaba a un bebé con una fractura abierta en la cabeza, me hace entrar. Una doctora me indicó, en francés, que debía estar tres horas en observación, para comprobar si algún tipo de veneno hacía reacción. Me aparcaron en la camilla de una destartalada habitación, junto a otros dos pacientes: un anciano moribundo, y una mujer que se retuerce de dolor mientras escupe compulsivamente en el suelo. Sus familiares también están en el cuarto, por lo que la atmósfera es asfixiante. Dos postadolescentes con una batita verde se ponen a jugar a los médicos conmigo, intentan hallarme una vía en la muñeca, sin éxito. Me rebelo, gritándoles que me largo de allí; entra una enfermera, también muy joven, aunque con una seguridad que me hace tranquilizarme... un poco. En un periquete, me encuentra una vía en el brazo, y me conecta al suero. Me derrumbo en la camilla, intentando recuperar la calma.

La incertidumbre me mantiene tenso, y conforme pasa el tiempo, me envalentono pensando en que si el posible veneno no me ha hecho efecto ya, no creo que lo haga. Aparentemente, soy el único europeo en aquel lugar, lo que provoca decenas de miradas curiosas. Utilizando mi rudimentario y casi ininteligible francés, me puse a chapurrear con uno de mis compañeros de habitación, que me aconsejó que, si me veía sano, me arrancara la aguja y saliera de allí corriendo, porque "los médicos pasaban de todo". Justo la conversación tranquilizadora que necesitaba. Otro de ellos (este hablaba algo de inglés) me dijo que aquí la sanidad pública funciona tan mal que la gente sólo va cuando es inevitable. Acabó suplicándome que, cuando volviera a casa, explicara lo que había visto.

Varias horas después, me dieron finalmente la mejor medicina posible: volver a respirar el aire de la calle.

De nuevo con el resto del grupo, celebramos mi resurrección con varias rondas de tés. Estaban acojonados porque alguien les había dicho que, hace tres meses, una persona había muerto envenenada allí mismo, en unas circunstancias iguales a las mías... En el hotel, cambié el té por gintónics, qué coño, creo que me los merecía, ¿no? 

El Gran Sur

Ponemos rumbo a tierras inhóspitas, donde los bosques se secan y el Sol siempre parece estar dispuesto a achicharrar de lo lindo.


También se acabaron las autopistas. En el horizonte, el Atlas nos espera. Atravesamos multitud de pueblos donde la vida se hace a pie de carretera, con un deambular constante de gente que compra y vende de todo. Se ven muchísimos críos, que saludan y corretean junto a las motos.



Más adelante, empezamos a remontar el macizo del Alto Atlas. La carretera se retuerce en mil curvas. Camiones vetustos renquean montaña arriba, la mayoría nos facilitan los adelantamientos. Coronamos el mítico paso de Tizi-n-Tichka, el más alto de Marruecos. Hay algunas tiendas regentadas por bereberes, auténticos artistas del regateo. Uno de los comerciantes se llama Ishmal, con quien tuve un apasionado regateo de 15 minutos; al final, hemos cerrado la venta con una sonrisa y un apretón de manos, me marcho convencido de haber hecho un buen negocio... y no me cabe duda de que él, también.


Más allá del Atlas, la presencia humana es más esporádica. Hacemos un alto para comer en Ait-Benhaddou, pueblo construido enteramente de adobe junto al lecho de un río que hay que vadear como se pueda para llegar. Unos tipos que traen burros hacen su particular "agosto" facilitando la travesía a lomos de las bestias.




Llegamos a Ouazarzate, un oasis en medio de la nada, con calles sorprendentemente limpias; hay unos platós de cine abiertos al público, en los que se filmaron películas como La Momia o Gladiator. También hemos repostado; es mejor ser previsor, porque las gasolineras no abundan. De todas maneras, es difícil que quedes desabastecido si no te alejas de la carretera... y aunque así fuera, no tardarás en encontrar a alguien que te venda una garrafa de tres o cuatro litros.


El día avanza, es algo fatigoso porque hay mucho polvo en suspensión. Con las últimas luces del día hemos llegado a la Garganta de Dades, un soberbio espectáculo natural que llevaba años deseando ver.
Ya de noche, hemos abandonado el lugar. Dormiremos en una "kasbah" cercana, a la que se accede por un largo camino de tierra. A mí me han reservado una cueva en la que la temperatura no varía durante todo el año. Antes de irnos a dormir, bailamos coreografías imposibles al ritmo de la música tradicional.


El desierto

Seguimos adentrándonos en el Sur. La tierra ya no puede ser más agreste, a excepción de los palmerales que señalan la presencia de pozos de agua.


Hacemos un alto en las Gargantas de Todra, otro impresionante capricho de la naturaleza en el que la montaña te "traga" literalmente.



En Todra he empezado a repartir el material escolar que llevaba conmigo: las gorras y las minimochilas vuelan por arte de magia, aún así sigo reservando la mayor parte para los bereberes del desierto.

Poco antes de llegar a Erfoud nos sorprende una molesta tormenta de arena, que ya no nos abandonará durante toda la jornada. La arena del desierto culebrea en el asfalto, y es imprescindible atarse la chaqueta hasta el último botón... algo agobiante, teniendo en cuenta que el calor había subido unos cuantos grados..

Hacemos un alto en Erfoud para comer en la kasbah de Jordi Mercader, un catalán que se deshizo de todo su patrimonio para empezar una nueva vida en el Sáhara. Los expedicionarios más desvergonzados improvisaron un pase de ropa interior con chapuzón final en la piscina. Yo me limité a poner los pies en remojo y a tomarme una cerveza bien fresca: ya he destacado suficiente entre coreografías bereberes y mordeduras de serpientes.

Nos quedan unas decenas de kilómetros antes de llegar a la kasbah de Alí el Cojo, hospedaje de referencia para las expediciones españolas. Para llegar hay que conducir varios kilómetros por una pista, al borde del desierto. Nuestro guía pone un camión todoterreno a nuestra disposición, y dejar las motos aparcadas en la kasbah de Jordi Mercader. Muchos suben al camión (un antiguo monstruo del Dakar, reconvertido en minibús), pero los que llevamos motos trail hemos decidido llegar a la brava, desmelenados por el desierto, y dejando una estela de polvo detrás nuestro.

Alí el Cojo es un tipo singular, una enciclopedia ambulante del Dakar, y amigo personal de muchos pilotos. El hecho de desplazarse en muletas no le incapacita en absoluto para brincar, subir dunas o hacer lo que haga falta. Un crack. Junto a él hemos cerrado otra noche llena de pecados musulmanes: incluso apareció una pata de jamón serrano.

Recorriendo el desierto

A las 5 de la mañana hemos salido de la habitación. Legañosos, hemos subido en unos camellos para ver amanecer desde lo alto de una duna.  


Desgraciadamente, el polvo en suspensión nos ha arruinado el momentazo de ver salir el sol. Aún así, la vista de un interminable mar de dunas me deja sentado, y reflexionando sobre todo tipo de cuestiones místicas.

Más tarde, nos hemos repartido entre el mastodóntico camión todoterreno y un par de Land Rovers, y nos hemos lanzado a recorrer las dunas del Erg Chebbi. En un momento dado, hemos tenido la frontera con Argelia a la vista, pero unos recientes choques entre milicias armadas nos hicieron mantener la distancia. 




Nuestro 4x4 se atascó en una de las dunas, pero gracias a una eslinga y un Land Cruiser conducido por un berebere algo pasado de vueltas el problema quedó solucionado.

De vuelta a la Kasbah, cuatro chalados desmontaron todo lo que pudieron de sus motos, y se lanzaron a peinar dunas; hubo algún que otro revolcón, pero todos volvieron escupiendo arena y felices como chavales con zapatos nuevos.

Con la caída de la noche amainó el viento, así que me acerqué a a la cercana Merzouga, donde repartí más material escolar. Algunos tenderetes venden baratijas a los turistas, algunos me ofrecen media tienda a cambio de una botella de licor... “¿Pero Alá no os prohíbe esto?” le pregunto a un moro que chapurrea español, “Alá duerme por la noche”, me respondió él.

El Marruecos verde

Abandonamos el desierto. De nuevo, atravesamos el Atlas, siempre por carreteras despobladas.


El paisaje cambia el marrón tierra por el verde cada vez más frondoso, y la temperatura cae varios grados casi sin avisar.



Encadenamos tres puertos de montaña sin pausa ni descanso. Bajando uno de ellos, me encuentro con una familia de nómadas; tiro de frenos y me voy a la grava del arcén (Eloise patina de mala manera y amaga con cruzar la rueda delantera, pero después del desmelene en el Erg Chebbi, ni se me acelera el pulso). Toda la troupe rodea la moto, y les acabo de repartir el material escolar que llevaba encima. Curiosamente, lo que más ilusionó a las mujeres fue la toalla en la que iba envuelto el material.

Finalizamos etapa en Meknès, recuperando el hábito metropolitano de conducción -marcha corta, motor revolucionado, enajenamiento con la bocina-, hasta llegar a la puerta de nuestro hotel.

Con las últimas luces de la tarde hacemos una apresurada visita al centro de Meknès, estableciendo un nuevo récord personal de ocupación de taxi: 7 personas.

Hasta pronto

De nuevo, nos dirigimos a nuestra "zona de confort", la vieja Europa. La aduana de Tánger ha vuelto a ser un pequeño caos, aunque en general los trámites han sido más ágiles que en la surrealista frontera de Ceuta.

Mientras esperábamos el ferry, hemos acabado de compartir nuestras provisiones, regadas con el té que nos traía un tipo venido de vete a saber dónde.

De nuevo en Algeciras, te despides de tus compañeros sabiendo que a algunos los volverás a ver, y a otros no. Lo que sí es seguro es que nos gustaría volver a ver Marruecos, el país engancha.

Saludos y buena ruta! 

8 comentarios:

  1. Gracias por tu reportaje, me viene de maravilla. Un saludo

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    1. Me alegro que te sea provechoso, un saludo y buena ruta!

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  2. que buenas aventuras y buenas narraciones,,, saludos desde chile

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    1. Gracias por tu seguimiento, un saludo y buena ruta!

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  3. Enhorabuena por la crónica que he vuelto a leer de nuevo. Esperando a que nos cuentes tus nuevas peripecias cuando vuelvas este otoño. Yo aún tengo fresco el viaje por Marruecos este año, pero no tengo duda que volveré, siempre lo he pasado bien por Marruecos!

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    1. Gracias, Fran! No dudes que caerá un "capítulo dos", y a ver si consigo que las fotos no se esfumen como por arte de magia, las jodidas...
      Si dudo en algo, buscaré tu consejo!!
      Saludos y buena ruta.

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  4. Me ha encantado, gracias por compartir, si no se tuerce nada voy esta semana santa. Por cierto una lástima que la mitad de las imagenes no se visualicen.

    gracias de nuevo.

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    1. Hola Banyut! Disfruta de tu visita a Marruecos, seguro que no te defrauda...

      Las fotos que no se veían han sido restituídas, y también he reescrito buena parte del texto: años atrás, escribía de una manera tan sobreactuada, que me dolía la vista leerlo ;-)

      Saludos y gracias por el seguimiento!

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