miércoles, 17 de julio de 2013

Transcantábrica

Al norte del país, allá donde el aire huele a sal del mar Cantábrico, hay unos paisajes de una excepcional belleza natural. El clima atlántico húmedo y las temperaturas suaves consiguen que, allá donde no haya un edificio, calle o  carretera, probablemente esté tapizado de un color verde intenso.

Somos una tropa bien avenida, tenemos los depósitos llenos, y cuatro días para recorrer algunos de los lugares más emblemáticos del Cantábrico.

Arrancamos en la aldea gallega de Santo André de Teixido: teníamos buenas referencias, y no queremos pasar de largo… Además, como dicen por estos lares, vai de morto quen non foi de vivo, así que iremos por las buenas. Para acceder, la carretera pide tiempo y paciencia, y también una obligada parada en los miradores de los acantilados de Vixía Herbeira, los más altos de la Europa continental.




En la calle principal de la aldea hay diversos tenderetes que venden recuerdos de todo tipo, y también unas curiosas pastas llamadas “sanandresiños”. Nos acercamos hasta la iglesia-santuario, con unas maravillosas vistas a los acantilados. Dentro del santuario, un pequeño ataúd cuelga de la pared; hay un hombre adecentando el atril de los cirios, y le pregunto por aquella inquietante decoración… Resultó ser una ofrenda a San Andrés por haberle recuperado la salud a un bebé al que daban prácticamente por muerto.

Ponemos rumbo al cabo de Estaca de Bares, lugar en el que se acaba el Atlántico, y empieza el Cantábrico; el faro ilumina las revueltas aguas desde 1.850.




Seguimos bordeando la costa, hasta llegar a la Playa de las Catedrales. Como la marea está baja, pudimos dar un paseo entre sus paredes de pizarra. Tanto nos alejamos, que nos alcanzó la pleamar, teniendo que salir de allí a la carrera, y con el agua hasta los tobillos.


Conseguimos habitaciones en Ribadeo, y nos fuimos a dormir con la banda sonora de la lluvia: tarde o temprano, es inevitable que en el Cantábrico tengas que tirar de chubasquero.

Al día siguiente, continúa cayendo esa lluvia finísima que casi no notas, pero al cabo de quince minutos te deja bien calado. La primera parada es Luarca, partida en dos por el río Negro. En la desembocadura está el puerto, antiguo refugio de barcos balleneros.

En una de las panaderías del paseo marítimo probamos los “bollus preñaus”, una pequeña bomba de relojería que elimina de manera fulminante el típico agujero estomacal de media mañana.

Doy por hecho que el lector no es tan truculento como yo, pero si os acercáis al cementerio, podréis presentarle vuestros respetos al científico hispano-estadounidense y premio Nobel Severo Ochoa, hijo de Luarca.

Recuperamos las motos, y en un ejercicio de optimismo, prescindimos de los incómodos chubasqueros. Al cabo de pocos kilómetros, ponemos de nuevo pie a tierra para visitar Cudillero.


Hay un gran aparcamiento público a las afueras, el tráfico está vetado en el núcleo urbano. Tras caminar cinco minutos, recibimos dos sorpresas casi simultáneas, una en cada carrillo: que el pueblo en sí es mucho más bonito de lo que nos habíamos imaginado, y que además está celebrando sus fiestas de San Pablín; los pixuetos (gentilicio de los habitantes de Cudillero) están bajando en procesión hacia el puerto. Una vez allí, el párroco y un pequeño grupo de acompañantes suben a una lancha de la Guardia Civil, y se alejan unos metros mar adentro, para lanzar unas flores al mar en homenaje a los marineros fallecidos. Sobre nuestras cabezas, cada pocos segundos explotan atronadores chupinazos.

Esquivamos Avilés y su paisaje “apocalíptico” de chimeneas industriales. También le damos esquinazo a Oviedo, este viaje no va de ciudades… Ponemos la directa hasta Soto de Cangas, donde teníamos reservada una habitación.


Amanece un nuevo día inestable y plomizo, y como nos podemos permitir un día sin moto, nos vamos a Arriondas para alquilar un par de canoas, y bajar el río Sella.


A media tarde, estábamos bien molidos de remar en el río, pero aún nos quedaban ánimos para coger las motos y subir a los lagos de Covadonga. Fuera de temporada alta, no hay restricciones de tráfico en la retorcida carretera que aúpa hasta el pie de los Lagos.



Por supuesto, no podíamos marcharnos de allí sin pasear por Cangas de Onís.

Al día siguiente, lo primero que hicimos fue mirar al cielo: no llueve. Bien, muy bien. Volvemos a cargar las motos, y atacamos el desfiladero de la Hermida, un hipnótico zigzag con vistas a los picos de Europa. Más allá, cogemos una carretera ultra-secundaria que nos conduce al valle de Cabuérniga y Cabezón de la Sal por una zona casi despoblada. A partir de aquí, una densa carretera nacional nos llevó a Liérganes, a pocos kilómetros de Santander; aquí encontramos alojamiento en una coqueta posada, con derecho a guardar las motos en el jardín.



Empieza a llover de nuevo, estamos ya fritos de los chubasqueros y decidimos acercarnos hasta Santander en tren. Cuarenta minutos después, pisábamos la estación de la capital de Cantabria. En el puerto, observamos que está atracado el bergantín de la Marina “Juan Sebastián Elcano”.

Seguimos paseando por el kilométrico paseo marítimo, la condenada lluvia ha llegado para quedarse: es lo que llaman “calabobos”, una fina ducha que casi no la notas hasta que te descubres calado hasta los calzoncillos. Nos lo tomamos con deportividad, tanto que hasta nos hemos comprado un helado.

Al día siguiente, nuevo día, nuevos nubarrones negros: toda España bajo una ola de calor, y nosotros jugando con la lluvia en la Cornisa Cantábrica.

Nos ponemos en marcha, y pocos kilómetros después abandonamos la carretera nacional, ganando altura por las montañas del P.N. de los Collados del Asón. El verde furioso lo tapiza todo, y además, han bastado pocos kilómetros en dirección sur para dejar atrás las nubes. En el Portillo de Lunada, paramos en un mirador para ver el paisaje en perspectiva: hacia el norte, el valle, las montañas que atrapan las nubes -que, por cierto, son la “cornisa” propiamente dicha-, y detrás de ellas, el mar. Del Portillo de Lunada, pasamos al Portillo de la Sía, estamos pasándolo pipa.






Nos hemos tomado un respiro ante la catarata en la que nace el río Asón, a partir de aquí la carretera mejora bastante. Paramos en Ramales de la Victoria, nuestros anfitriones locales conocen un mesón donde vamos a comer muy bien por poco dinero. Estamos en la Avenida General Franco, no comment…

Entramos en Euskadi. Pasamos por Bilbao sin parar, bueno, eso es un decir porque hemos pillado todos los puñeteros semáforos en rojo, y nos hemos reencontrado con el Cantábrico en la iglesia de San Juan de Gaztelugatxe.



Trasteando con los smartphones, hemos encontrado alojamiento en un hotel céntrico de Zarautz. Una vez liberados de esta responsabilidad, nos hemos centrado en disfrutar del magnífico tramo de carretera que une Zumaia y Zarautz.

Una vez instalados, hemos bajado al paseo marítimo para ver ponerse el Sol, sentados en la terraza del restaurante Arguiñano. Un buen lugar para dar por finalizada esta escapada.



Saludos y buena ruta!

9 comentarios:

  1. Pasada de viaje :) y de relato :O

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    1. Gracias, Farandwell! Saludos y buena ruta ;-)

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  2. Grande, muy Grande... otra buena crónica. Gracias por recordar esos buenos momentos. Animo, sigue así.

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    1. ...y tú que lo veas! Si quieres alguna foto con todo el peso, sólo tienes que pedirla, ya sabes ;-) Abrazos y hasta pronto!

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  3. Preciosa crónica, siento mucho que el tiempo del norte no os haya dao tregua, es la penitencia que hay que pagar para que esté todo tan verde. Espero ansioso la subida al Angliru.

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    1. Gracias, Santi! Que el verde no se acabe nunca, y si hay que pagar la penitencia de la lluvia, bueno, para eso se inventaron los chubasqueros ;-)

      La subida al Angliru está lista, el lunes la cuelgo...

      Un abrazo y buena ruta!

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  4. Fantástico, fantástico y fantástico....un resumen acertadísimo del norte peninsular. Buen gusto para elegir la ruta.
    Saludos norteños.
    Gelu.

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    1. Gracias, Gelu! Nos hemos quedado con ganas de más norte, seguro que volvemos, y no una, sino varias veces más ;-)

      Saludos y buena ruta!

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  5. Increíble el blog.
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