lunes, 26 de agosto de 2013

Costa da Morte




Galicia tiene una marcadísima personalidad propia, y la Costa da Morte, en la provincia de La Coruña, sintetiza este carácter gallego en su máxima pureza: abrupta, mágica, de clima turbulento y con uno de los mares más indomables de Europa.

Morada de brujas, supuesto fin del mundo durante siglos y nido de múltiples leyendas y desastres, entrar en los dominios de la Costa da Morte puede suponer un gran ejercicio de enriquecimiento personal.

Antes de nada, ubiquémosla en el mapa: situada entre el cabo Fisterra y Malpica de Bergantiños, este fragmento de litoral araña el mar con rocas picudas que invitan a marcharse a otro sitio. Arrastra su funesto nombre desde el siglo XVI, a causa de los incontables barcos que han sucumbido en un océano de compleja navegación.

Iniciamos nuestra ruta en la carretera que va de Santiago a Fisterra pasando por Cee. Al tocar el océano, empezamos un baile de curvas, alternando pequeños acantilados con playas de arenas blanquísimas y desiertas: paisajes de postal deslucidos (¡o revalorizados!) por un clima que no invita a ponerse el bañador. Atravesamos pueblos que no saben lo que son las vías de circunvalación, mientras el Sol nos acaricia con delicadeza.

En Carnota, es preceptivo hacer una parada para contemplar el segundo hórreo más grande de Galicia. Estas curiosas construcciones, suspendidas en columnas para aislarlas de la humedad y de los roedores, sirven de almacén para el grano.


Junto al hórreo, la iglesia de Santa Columba muestra su recia construcción en piedra granítica; es imposible acceder a la iglesia sin pisar las lápidas del cementerio antiguo, que la rodean por completo.


En O Pindo, ya no hemos aguantado más, y hemos tirado de frenos para meter los pies en una solitaria playa de postal.

Más adelante, se acaba la carretera, y también todo lo que esté sobre tierra firme: hemos llegado al punto más septentrional de la península, el cabo de Fisterra.


En la época de los romanos, y hasta el descubrimiento de América, se daba por hecho que éste era el fin del mundo, de ahí su nombre: “Finis Terrae”.

Un monolito marca el “kilómetro cero” del camino de Santiago. Muchos peregrinos dejan aquí sus botas o algún objeto a modo de “ofrenda”, lo que le da a las rocas un aspecto un tanto descuidado.


El faro de Fisterra guía a los barcos desde el año 1.853, y pese a ello, los naufragos se cuentan por decenas. Uno de los más recordados fue el naufragio del “Casón”, carguero de bandera panameña y tripulación china, cuya carga de productos químicos se volcó en medio de un temporal, produciendo una fuerte explosión y la liberación de una nube tóxica. Murieron 23 de los 31 tripulantes, y el barco se fue a pique. Era el 5 de diciembre de 1.987.

El ancla del “Casón” fue rescatada, y se puede contemplar en el puerto de Fisterra.


Volvemos a las motos y damos gas hasta Camariñas, pueblo pesquero con el ambiente de “haber sido siempre así”. El municipio no es muy grande, poco más de 6.000 habitantes, y hemos encontrado un hostal de trato familiar que nos ha ofrecido alojamiento a un precio irrechazable; en una pared de la recepción hay una gran foto enmarcada de un barco pesquero, completamente embreado de chapapote: aquí nadie ha olvidado la peor marea negra de la historia del país...

El 13 de noviembre de 2.002, un petrolero monocasco con bandera de conveniencia de las Bahamas y de nombre "Prestige", estaba transitando a unas 28 millas de las costas de Galicia. A las 15:17 horas, la estación naval de Finisterre recibió un breve mensaje por emisora: “Mayday”. El “Prestige” se había partido luchando con el fuerte temporal, y tenía una importante vía de agua. Ante la inminencia del desastre, alguien decidió remolcarlo mar adentro… Seis días después, a 155 millas de la costa, el barco se partió en dos y se fue a pique, liberando su carga de petróleo en forma de "hilillos de plastilina". Una manera muy poética de definir una de las catástrofes ambientales más graves de la historia.

A la mañana siguiente, estábamos desayunando pastas recién hechas en una granja-panadería que también atiende a dos tipos de piel curtida que sólo pueden ser pescadores, uno de ellos colgado del brazo de una rubia tan voluptuosa como peligrosa. Viste un “short” de minimalismo casi delictivo, una camiseta de tirantes con el ombligo al aire, y unos vertiginosos zapatos con tacón de aguja: una de dos, o es prostituta, o necesita urgentemente un asesor de imagen. Hablan entre ellos alternando gallego y español.

El recorrido de la jornada nos enfrentaba a lo más indómito de la Costa da Morte, entre el Cabo Vilán y Camelle. Para darle más épica al asunto, soplaba un endemoniado viento del Norte, sin muchas posibilidades de cobijo: el huracán llega desmadrado por el océano, y entra en tierra firme como un tren sin frenos.


En el Cabo Vilán está la piscifactoría más grande del mundo en su especialidad, el pez plano.


El faro Vilán está situado en el extremo del cabo del mismo nombre. Tiene el honor de balizar uno de los puntos más peligrosos para la navegación de la península. Fue el primer faro en funcionar con energía eléctrica, desde 1.896, y tiene la peculiaridad de que la torre y la vivienda forman dos conjuntos independientes, unidos entre sí por un pasillo abovedado.


El interior del faro está acondicionado como centro de interpretación: una visita de lo más interesante… y necesaria, ni que fuera para darnos una tregua del huracán que nos zarandeaba como peleles.

De nuevo sobre las motos, tomamos un camino de tierra que lame las olas. El recorrido es una delicia, no es habitual encontrar un tramo de costa auténticamente virgen, con casi nula presencia de la huella humana. Alguna cruz de cemento recuerda a marineros fallecidos.



Más adelante, nos topamos con el “cementerio de los ingleses”, lugar en el que están enterrados los 173 marineros fallecidos en el naufragio de la fragata inglesa “Serpent”.

En noviembre de 1890, la “Serpent” partía de Plymouth, con destino a Sierra Leona. Llegando a las costas gallegas, en plena noche, un fuerte temporal provocó que la tripulación se desviara de su rumbo, embarrancando frente al Cabo Vilán. De los 176 marineros a bordo, sólo se salvaron 3, que llegaron milagrosamente hasta la playa sorteando las rocas contra las que el “Serpent” se trituró. Impotentes ante al oleaje, los vecinos se resignaron a rescatar los cuerpos mutilados que la marea iba trayendo a la playa. En total, consiguieron recuperar 142 cuerpos. Otros 31 se dieron por desaparecidos en el mar.

Ante la dimensión de la catástrofe, el párroco de Xaviña “santificó” un pedazo de tierra situado frente a la costa del naufragio, y allí dieron sepultura a los marineros.



La reina de Inglaterra reconoció las labores de ayuda y rescate de la población, regalando un reloj de oro al alcalde de Camariñas, unos binoculares a su ayudante, un barómetro de mercurio para el pueblo (que se puede ver en la fachada de una casa, frente al puerto pesquero), treinta libras para cada uno de los que pudo acreditar su participación en el rescate, y una escopeta de caza para el párroco de Xaviña. Años después, esta escopeta llegó a manos de Juan de Borbón, conde de Barcelona.

Unos kilómetros más allá, el camino se vuelve a convertir en una pista asfaltada que nos lleva a Arou. Algo más allá está Camelle, última morada de Manfred Gnädinger, más conocido como “Man” o “el alemán de Camelle”. Nacido en 1.936, llegó al pueblo en 1962, como un educado y bien vestido turista. Se dice que se enamoró de una maestra del pueblo, y al no ser correspondido, se le cruzaron las neuronas y se quedó a vivir en un cobertizo construido en el extremo del paseo marítimo. Y fue allí, entre las piedras batidas por el mar, donde creó todo tipo de pinturas y esculturas relacionadas con el mar.

Su estampa delgada, barbuda y en taparrabos le convirtió en un símbolo de la zona. Sobrevivía de la caridad de los vecinos, y también de lo que cobraba por entrar en su “museo” al aire libre: 100 pesetas.

En 2002, el chapapote del “Prestige” destrozó su pequeño trozo del mundo. Un mes después, Man fue encontrado muerto dentro de su cabaña. Se dice que lo mató la tristeza y la melancolía.

Aún queda en pie la cabaña y parte de la obra de Man, todo ello abandonado a su suerte. Cinco años después de su muerte, habilitaron un pequeño espacio en un edificio municipal para exponer, de manera un tanto caótica, parte del legado de Man.

Y fue precisamente en la puerta de esta exposición donde nos topamos con un tipo desdentado, de carrillos hundidos y vestido con ropas que bailan alrededor de un cuerpo escuálido. Es lo que queda de un politoxicómano de manual; se relaciona con nosotros con una verborrea que denota algún cortocircuito mental… No le pregunté su nombre, pero no tengo ninguna duda que estoy ante Evaristo, “el rey de la baraja”. Si no sabéis de quién hablo, escuchad “Jesucristo García”, de Extremoduro.

Y con Evaristo, acabamos esta crónica.




8 comentarios:

  1. Me quedo con el final del relato: "Yo, también volvería mañana mismo".
    Me encanta leer vuestras crónicas; bien documentadas, con buenas fotos, contadas con sentido del humor, de la decencia y con un toque ácido ante la sociedad y la clase política que este -y casi todos, en realidad- país ha parido.
    Un abrazo

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    1. Gracias por el halago, Santi! Nos vemos por allí, entonces ;-)

      Abrazos de vuelta y buena ruta!

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  2. Preciosa crónica, bonitas fotos y excelente documentación, como de costumbre.

    Gracias por compartir con todos nosotros.

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    1. Gracias por el halago, Santi! Algunos marcáis el rumbo, y los demás os seguimos como podemos...

      Un abrazo y nos vemos en la carretera!

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  3. Que bueno, había olvidado a Evaristo... Que miedo pasamos Isabel y yo esperando al Manel que terminase de hacer las fotos del Alemán ese... joe...
    Manel, no tengo palabras para agradecerte tanto la compañía del viaje como las crónicas de los días vividos. Solo decirte; Gracias.

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    1. Gracias a tí, eres un "socio" de ruta perfecto... Ah por cierto! Un día invito a Evaristo a cenar en casa, ¿te aviso? ;-D

      Abrazos y hasta pronto!

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  4. Que bonito, Manel. Y que bonito el trazo histórico que haces de tu paso por los lugares. Recordaba al anacoreta...pero no sabia su historia. Fantástica y triste.
    Gracias miles, le doy, por llevarnos de paseo por la bella terra galega.
    Saludos.
    Gelu.

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    1. Gracias a tí por el seguimiento, Gelu! Saludos y nos vemos en ruta...

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