lunes, 28 de octubre de 2013

Formentera en VanVan

Octubre es el “mes del padrón”, a veces es cálido y a veces no… A nosotros nos quedaba un cartucho vacacional por quemar, y nos lo jugamos a todo o nada en un destino de costa: si el sol nos acompaña, triunfaremos, y si llueve… Bueno, cosas del mes del padrón.

Formentera respondía plenamente a nuestra demanda de destino próximo y de calidad. Es la más pequeña de las islas Pitiusas –algo menos de 10.000 habitantes censados-, y presenta una cualidad difícil de encontrar en nuestro país: la “virginidad constructora”. El bosque mediterráneo llega hasta la playa, y las arenas blancas contrastan con un mar de aguas transparentes. Richard Gere se retrató una vez allí para vender relojes.

El 80% de la tierra formenterana no es cultivable, y no hay ríos ni embalses: una planta desaladora envía a los grifos un agua poco agradable al paladar.

La única manera de llegar a Formentera es en barco: desde Ibiza, hay un eficiente servicio de ferries, y con la península sólo hay un catamarán rápido que enlaza con Denia de julio a septiembre.

Para la mayoría de los turistas, Formentera es sólo una atracción más de la vecina Ibiza, y destinan un día para acercarse en un fast-ferry, alquilar una bici o ciclomotor, y zanganear por las playas hasta la tarde, momento en el que vuelven al bullicio ibicenco... Pero en octubre la actividad se ralentiza casi hasta el letargo. Nosotros no nos moveremos de la isla durante toda la semana.

Es muy poco práctico (y sensiblemente más caro y engorroso) llevar nuestra propia moto a Formentera, así que hemos optado por llegar allí en avión, y alquilar allí una moto, en nuestro caso una mini-trail que no se arruga ante ningún terreno, la Suzuki VanVan 125, que por cualidades parecía expresamente diseñada para rodar en Formentera. A los que os parezca que 125 centímetros cúbicos son "poca chicha", os comento que la isla tiene 20 kilómetros de punta a punta, así que no hace falta más.

Día 1:  "las putas del aire"

Nuestro amigo David es un trozo de pan bendito, hasta el punto de que no te rechista ni aunque lo saques de la cama a las tantas para acercarnos hasta el aeropuerto. Fue mi primera experiencia con Ryanair, línea aérea que aparece demasiado a menudo en las noticias, y no para decir lo bien que hace las cosas. Pero el precio (y una buena combinación horaria) mandan, y me tragué los prejuicios para recibir el servicio contratado: despegar, volar y aterrizar en Ibiza.

Llevábamos el mínimo equipaje, porque el carro de las medidas es inflexible: un milímetro más de anchura o medio kilo más de peso supone facturar la maleta, previo pago de 60 euros. Superada la prueba, hicimos una inquieta y temprana cola en la puerta de embarque (el avión es como un bus urbano, primero que llega se queda con el asiento). Ya en el aire, la tripulación se encargó de que los treinta minutos de vuelo fueran una molesta tele-tienda… Es el precio de volar barato: en mi opinión,  los de Ryanair son como las putas del aire: no nos gusta lo que hacen, ellos saben que no les gustamos por lo que hacen, pero todos estamos aquí por la pasta.

El avión aterrizó en Ibiza sin más contratiempos, y rápidamente saltamos a un autobús urbano que nos llevó hasta el puerto, donde un turbo-catamarán surfeó literalmente las olas de un mar revuelto para llegar finalmente al puerto de la Savina. Hola, Formentera.

Nos quedaba un último trámite, que era recoger la VanVan que habíamos alquilado online… El puerto de la Savina, como todo lo demás en Formentera, es de tamaño "manejable", y al cabo de un momento hemos localizado la agencia de "rent-a-car-y-lo-que-se-tercie-que-tenga-ruedas". Un par de firmas después, ya teníamos la VanVan entre nuestras piernas. Había echado un par de pulpos en la maleta-trolley, que acabó atada por encima del cofre en plan cutrísimo...
…Y se acabó la VanVan: al ponerla en marcha, resultó que la rueda posterior hacía tope con el chasis. Adios, amortiguador. Y no había otra VanVan de recambio aquel día.

Planteamos a toda velocidad un plan "B": ¿dos scooters? Mmmm no nos convence… ¿¿un coche?? Por favor, va contra nuestra religión… Al final, decidimos una solución original: un quad Kymco 250, previo pago de un hiriente suplemento económico. Atamos las maletas en las parrillas delanteras, y tras un “tutorial” de un minuto, los de la agencia consideraron que ya estábamos preparadísimos para conducir un artefacto que no habíamos pilotado en nuestra vida.

Con el quad cargado, salimos de La Savina con mucho cuidado; todo está "mal puesto", y mi mano derecha se empeñaba en roscar el puño del gas, olvidándome de que el acelerador era una palanquita situada cerca del dedo pulgar. El maldito cacharro se bamboleaba hacia los lados, había que estar muy atento para no perder la trayectoria recta: “ya me acostumbraré dentro de un rato”, supuse de una manera que más adelante se confirmó ilusa.

Así fue como llegamos al “Hostal Santi”, situado en el centro de la isla, junto a las playas de Migjorn. Nos causó muy buena impresión desde el primer minuto.


Con las prisas por la hora, pedimos en recepción cuál era el restaurante más cercano. Resultó estar a unos escasos 300 metros, siguiendo un camino de tierra. Pese a ser más bien la hora de merendar, nos han preparado un arroz marinero que desde aquel día figura entre los más deliciosos que he probado.

De vuelta al hotel, nos hemos apresurado para darnos el primer chapuzón mediterráneo en una playa desierta.

Avanzada la tarde, decidimos ver nuestra primera puesta de sol en una de las mejores atalayas de la isla, el faro de Barbària. Subimos al quad, y una vez más se repiten las malas vibraciones de su conducción que, pese a tener manillar, no se parece nada a una moto. Además Isabel está peleada con los hierros del portaequipajes.
De camino al faro, hemos parado en Sant Francesc Xavier para curiosear escaparates y tomar un café en la fonda Platé, uno de los lugares con más solera de la isla.
Craso error aquello del café: tanto nos entretuvimos, que llegamos al faro cuando ya se había puesto el sol. Decepcionados, prometimos que no nos pasaría lo mismo la próxima vez, por suerte era el primero de unos cuantos atardeceres.


Al pie del faro, volvimos a hablar del quad: este cacharro podía llegar a arruinarnos las vacaciones, así que decidimos que mañana por la mañana volveríamos a La Savina para cambiarlo por cualquier otra cosa con dos ruedas.



La noche era clara, y al borde del mar no había contaminación lumínica, así que nos estiramos en la arena para contemplar un cielo espectacularmente estrellado.

Dia 2: Por fin, la VanVan.

A la mañana siguiente, estábamos desayunando en el hostal; casi todo el salón es para nosotros, sólo hay otra mesa ocupada por quien se nos antojó una antigua divinidad de cabello rubio platino que encara la tercera juventud con dignidad. El propietario del hostal nos dice que “la semana que viene cerramos hasta mayo”, y no será el único que lo haga: de octubre a mayo, la isla cierra literalmente por vacaciones.

Más tarde, hemos subido -esperábamos que- por última vez al quad para volver al puerto de la Savina. En las oficinas del moto-rent, se muestran comprensivos con nuestra situación:

-“¿Sois moteros? ¡Uy, pero si vosotros no queréis ver los quads ni en pintura!”.

Y que lo digas, amigo. Rápidamente, hemos cambiado el quad por la anhelada VanVan… ¡Qué diferencia! De nuevo recuperamos la dinámica del equilibrio en moto. Por cierto, la Suzuki es todo bondad y control, pese a esos mastodónticos "donuts" que lleva por ruedas.

Hemos salido de La Savina en plan “Easy Rider”, carcajeándonos con las diferencias del día anterior. Muy cerca está una de las playas más admiradas de la isla: Ses Illetes, de arenas blancas y aguas transparentes. Para llegar hasta allí, debemos seguir un camino de tierra que es pan comido para la VanVan.





Un rato después, con el pigmento moreno aumentado un par de puntos, hemos vuelto a La Savina, ya que nos habíamos fijado en un garito donde alquilaban barcos sin licencia. El lugar en cuestión es un gran patio que por un extremo daba a la calle, y por el otro lado colindaba con el estany del Peix, que a su vez comunicaba con el mar por un estrechísimo paso. Volviendo al patio de la náutica, era un caos anárquico de embarcaciones medio desmontadas, herramientas y trastos desparramados por doquier. En uno de los extremos hay una barraca de chamizo, y un par de “hippies” descalzos están tras la mesa de lo que, en un país bananero, vendría a ser la recepción del negocio. Les preguntamos tarifas y disponibilidad, y nos responden con un tono cercano al pasotismo:  

-“Estamos recogiendo, de aquí a dos días cerramos el chiringuito y yo me vuelvo a Murcia, ¿sabes tío?”

Aun así, nos arreglan el alquiler de una Zodiac para mañana, en plan favor; le ofrezco una paga y señal: “Nada, nada tío, tienes todo el jodido negocio a tu disposición, ya no queda casi nadie en la isla”. Antes de irnos, le pido si tiene hay un lavabo aquí: “mmm… ¿es para ti? ¡Métete entre dos canoas, hombre!”. Madre mía, qué par de zumbados. Salimos de allí con Isabel partiéndose la caja de la risa.

Subimos a la VanVan, y nos fuimos a la otra punta de la isla, donde está la única elevación digna de llamarse así –ciento y pico metros sobre el nivel del mar-. En lo alto está El Pilar de la Mola, donde había un mercadillo “hippy” que aún estaba por instalarse porque era demasiado temprano. Matamos el rato almorzando nachos y hamburguesas en un restaurante pequeño pero muy coqueto.




Tras el tentempié, nos acercamos al faro de la Mola. Su ubicación es espectacular, al borde de un acantilado de más de cien metros de caída libre. Junto al faro hay una placa de bronce en memoria de Jules Verne, que se inspiró en este faro para escribir su novela “Jules Servadac”.







De vuelta al mercadillo, vimos que finalmente había abierto, pero el ambiente era bastante aburrido por la poca parroquia. Los puestos venden sobre todo bisuteria hecha a mano.

Antes de marcharnos de La Mola, nos hemos acercado hasta un antiguo molino de grano, que sigue conservando sus aspas de madera y tela. Dicen que, en los años 70, Bob Dylan estuvo viviendo en uno de estos molinos. Las parcelas de cultivo están separadas entre sí por pequeños muros de roca, y decenas de caminos se entrecruzan entre ellos para llegar a todas partes formando un auténtico laberinto; algunos de ellos conducen a calas "secretas", pero encontrarlas es a veces cuestión de suerte: pese a lo pequeña que es la isla, hay más de 200 kilómetros de caminos.


Bajamos de la meseta de la Mola, recorriendo los únicos cinco kilómetros de diversión moto-curvera en toda la isla, y echamos el freno en el delicioso núcleo de Es Caló, con su puerto natural construido al abrigo de La Mola.


La escritora Montserrat Roig pasó aquí largas temporadas; su obra “La hora violeta” está inspirada en este lugar, de hecho no es difícil imaginarla sentada mirando hacia el ocaso, mientras escribía “(…) a poqueta nit, quan el sol s´apaga lentament mentre violeta, taronja i blau es fonen en l´horitzó (…)”.

Nuestro hostal está a menos de cinco kilómetros de Es Caló, así que volvimos allí para ver la puesta del sol desde una tribuna de lujo, nuestra propia terraza. Y sí, fue más o menos como lo explicaba Montserrat Roig.


Ya de noche, volvimos al mercadillo hippy de La Mola. La cosa no estaba mucho más animada, pero por lo menos había un músico que, guitarra en mano, tocaba piezas de rock y blues contemporáneo.

Dia 3: Puesta de sol en Barbària

El día empezó con un mohín de contrariedad: el cielo azul ha desaparecido tras una cortina de nubes compactas. No llueve, pero asusta un poco ya que aquel día alquilaríamos la lancha…

Tras completar el ritual del desayuno, subimos a la moto y nos acercamos a La Savina; los “hippies” ya habían abierto el negocio, y al igual que nosotros, también miran el cielo con cara de circunstancias. Nos comentan que “la previsión es chunga hasta mediodía”. Así que de momento nos hemos quedado en tierra, haciendo el cabra con la VanVan por los caminos que rodean el Estany del Peix. Es increíble el funcionamiento de esta "chicharrilla", no se amilana ni ante las zonas más arenosas. Isabel iba tranquila en su puesto de artillera, y yo me lo estaba pasando bomba a los mandos. Un corto paseo a pie nos ha puesto en la vertiginosa terraza de los acantilados de la Cala des Moro, zona de rocas picudas que el viento y los embates del mar han ido moldeando a su antojo… Algún bestia había lanzado una vieja Vespino al abismo, y ahí se quedará hasta que alguna autoridad decida un complicado rescate.


El día empieza a aclararse, no del todo, pero sí suficiente para envalentonarnos con la Zodiac. Como la hora de la comida nos cogerá a bordo, nos hemos aprovisionado en una tienda de comida preparada: unas cocacolas, tortilla de patatas, unas croquetas, y listos para ir al fin del mundo…

De nuevo en el embarcadero, uno de los “hippies” se pone serio y nos da unas lecciones imprescindibles para salir del Estany del Peix al mar abierto: sólo hay un estrecho carril, y salirse de la senda significaría embarrancar. Cargamos la nevera con las provisiones, y finalmente hemos zarpado.



Efectivamente, la salida del estany fue un ejercicio de habilidad que nos hizo pensar en si todos los que alquilan una barca aquí consiguen pasar la prueba airosamente… En todo caso ya estábamos en mar abierto, navegando hacia la isla de S´Espalmador, la más virgen de las playas vírgenes. La travesía no fue precisamente un viaje de placer, ya que el mar estaba revuelto.

Finalmente, tenemos ante nosotros la playa de S´Alga, en la isla de S´Espalmador. Dicha isla es privada -aunque de uso público-, forma parte del Parc Natural de ses Salines, y es de visita obligada si quieres ver una playa totalmente virgen, sin socorristas ni chiringuitos. El agua es casi insultantemente transparente.

Hay cuatro o cinco yates anclados ociosamente a unas decenas de metros de la playa, totalmente desierta. Hemos varado la lancha directamente en la arena (creo que no se puede hacer, pero en todo caso no había nadie a quien pudiéramos molestar), y dimos cuenta de las provisiones.

Bañados y alimentados, volvimos sobre nuestros pasos para seguir navegando por la cara oeste de la isla. De nuevo, estamos en la cala d'es Moro, pero con una perspectiva nueva, incluida la Vespino despeñada. Algo más allá, las rocas aparecen artificialmente cortadas, en una punta llamada precisamente “Sa Pedrera”: durante muchos años, esta fue la “cantera” de Formentera.


Algo más al Sur, una vez superada la punta de la Gavina, una serie de piscinas naturales contrastan con los acantilados de piedra marrón. Un grupo de jóvenes estaba saltando al agua desde los acantilados; nosotros hemos tirado el ancla para hacer “snorkel” y ver la riquísima vida que hay bajo estas aguas. Fue como bucear en una pecera.



Más tarde, rebasamos Cala Saona para contemplar unas cuevas que el mar ha ido horadando durante milenios. El capitán Kaizen, que a estas alturas ya cree tener dominio suficiente como para patronear un atunero en el Mar del Norte, hace algunos malabares con la “Zodiac” para meterla dentro de una de las cuevas:-“Mira nena, qué arte tiene tu machote…”

La mujer, deslumbrada ante la habilidad del macho alfa, responde a la altura de las circunstancias: -“¡Deja de hacer el chorra y sácanos de aquí antes de que embarranquemos!”

La tarde avanzaba, y nosotros pusimos rumbo a puerto para dar por finalizada la excursión; tras volver a hacer malabares en las balizas del estany (y esquivar a una alienada que iba a toda castaña con una tabla de wind-surf), dejamos la lancha sin más novedad.




De todos los rincones que ofrece Formentera, el Cap de Barbària es sin duda uno de los más emblemáticos, si no el que más: situado en el extremo sur de la isla, es la parte más septentrional de las islas baleares, y por lo tanto la más cercana a África. Se dice que el nombre le viene de las “invasiones bárbaras”, procedentes de las costas africanas, y que la isla sufrió durante la edad media. El día anterior se nos escapó el sol, pero esta tarde lo vimos desaparecer en el mar.






Día 4: Bicicletas

Formentera es una isla hecha a medida de las bicicletas. Relativamente llana, es ideal para moverse a golpe de pedal. Eso sí, hay que tener un mínimo “fondo” para saber dónde te metes, porque los veinte kilómetros de punta a punta no son para tomárselos a broma.

De todas formas, la imagen de la bici está incuestionablemente unida a la isla, y hay un montón de sitios en los que puedes alquilarla. La carretera tiene carriles-bici en toda su extensión.

Una vez más, nos hemos acercado a La Savina para hacernos con un par de bicicletas, y acercarnos con ellas al otro gran lago de la isla, el “estany pudent”.


En Es Pujols había una sorpresiva, por animada, actividad turística.


Más tarde, y siempre por caminos de tierra, bajamos hasta Sant Ferran, y fue entonces cuando… pssssssss… Isabel pinchó la rueda de atrás. Providencialmente, estábamos cerca de la civilización, al lado del campo de fútbol del Formentera. Era la una y media de la tarde y los del alquiler de bicis no abrían hasta las cuatro, así que atamos la bici averiada a un árbol, y nos montamos los dos en bici "entera" para acercarnos hasta Sant Francesc Xavier, hacer tiempo y comer.

A las cuatro, estábamos de nuevo junto a la bici malherida; los de la agencia nos enviaron a un mecánico que, mientras cambiaba el neumático, nos dijo que “en esta época del año caen de los árboles unas bolitas con pinchos que nos hacen ir de culo: ayer arreglamos dieciséis pinchazos”.


Volvimos a la carretera, y diez minutos después… pssssssssss… otra vez la misma rueda en la bici de Isabel. Nueva llamada a la empresa que nos envió a otro mecánico que nos dice que “en esta época del año, caen de los árboles unas bolitas con pinchos que nos hacen ir de culo: ayer arreglamos dieciséis pinchazos”... ¡No me digas!

Hastiados de tanta paradita para arreglar pinchazos, decidimos volver a la Savina por carretera, para evitar riesgos.

Ya devueltas las bicis, subimos de nuevo a la VanVan (¡esta sí que no pincha!), y volvimos a acercarnos a Ses Illetes, pero no para bañarnos, sino para caminar hasta donde podamos, y que nos pille la puesta de sol donde sea.


Conforme avanzábamos hacia el extremo de ses Illetes, el paseo era cada vez más inóspito, y el istmo se iba estrechando gradualmente. Algunas esculturas improvisadas, y otras construcciones hechas de piedras se desperdigaban por la playa, por cierto salpicada de nudistas aquí y allá, pese a lo avanzado de la tarde. Como no llevábamos bañador, nos unimos a ellos (guiño-guiño).


La puesta de Sol nos sorprendió en un pequeño embarcadero de madera: creíamos que no se podía superar lo de Barbària, pero la despedida del día desde ses Illetes ha sido de las mejores que hemos visto en nuestra vida.




Dia 5: ociosos

El quinto día decidimos que no hacer nada también era una alternativa vacacional, así que Isabel ha cogido una toalla y se ha acercado hasta la cala más próxima al hostal. Yo me quedé leyendo el Solo Moto en la terraza, alternando la revista con miradas al horizonte, en plan rey Faruk.

Hasta mediodía no nos volvimos a subir a la VanVan, para comprar algunos recuerdos en Sant Francesc.



Por la tarde, volvimos a la zona de La Mola, exploramos cuatro caminos, y nos fuimos a ver ponerse el Sol desde la terraza de un restaurante con nombre evidente: "Es Mirador". Al estar elevados sobre el nivel del mar, teníamos una perspectiva de casi toda la isla, con Ibiza al fondo. "La isla a nuestros pies", una coletilla recurrente, pero cierta aquí y ahora.


Dejamos que nos atrapara la noche en el faro de La Mola, más solitario que nunca...




De vuelta, volvimos a parar en la misma hamburguesería del Pilar de La Mola, donde ya comimos días atrás. Hicimos buenas migas con la pareja que regenta el local, y es que la amabilidad de los formenteranos es casi inaudita, o tal vez hemos tenido la suerte de toparnos con la gente adecuada.


La última cena en la isla fue en el restaurante del del arroz del primer día, por aquello de ir cerrando círculos. Esta vez nos metimos una cantidad tan desorbitada de mejillones al vapor, que el camarero se pensó que le estábamos vacilando cuando le pedimos repetir ración.

Ni qué decir que aquella noche dormimos como dos cucharas.

Dia 6: No te digo adiós...

Tras saldar la deuda del hostal, hemos vuelto a cargar la "trolley" en VanVan, y volveimos a La Savina. Deshacernos de la moto fue una melancolía a la altura de lo vivido en la isla, la Suzuki se ha ganado un sitio en nuestro corazón.





Un saludo  y buena ruta!!

5 comentarios:

  1. Muy bueno Manel, como siempre.
    Un destino a tener en cuenta para Octubre relax¡¡

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    1. Gracias, Javi!! Si vas, igual nos encontramos por allí ;-)

      Un abrazo!

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  2. Muy buena cronica ,y me apunto los datos de lugares y fechas ,gracias por compartir

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    1. A disponer! Cualquier duda concreta, no dudes en consultármela... Saludos y buena ruta!

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  3. Admiro a la valiosa información que ofrecen en sus artículos. Voy a marcar tu blog y tener mis hijos comprueben aquí a menudo. Estoy seguro de que van a aprender un montón de cosas nuevas aquí que nadie!
    boat trips in ibiza

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