lunes, 28 de octubre de 2013

Formentera en VanVan

Octubre es mes de transición hacia la parte más fresca del año. Podríamos llamarlo el “mes del padrón”, a veces es cálido, y a veces no tanto…

Aún nos quedaba un último cartucho veraniego para quemar, y nos lo jugamos a todo o nada: una semana de costa tranquila en octubre: si el sol nos acompaña, triunfaremos, y si llueve… Bueno, cosas del mes del padrón.

Queríamos un destino cercano, tranquilo y con un entorno de calidad, y Formentera era una isla que respondía plenamente a nuestra demanda. Es la más pequeña de las Pitiusas –algo menos de 10.000 habitantes censados-, y durante estos años ha conseguido algo que es realmente difícil de encontrar en nuestro país: una “virginidad constructora” en un paisaje de postal; el bosque mediterráneo llega hasta la misma línea de playa, con arenas blancas contrastando en el mar transparente. Richard Gere se retrató allí para vender relojes.

Los formenteranos mantienen una discreta apertura al turismo. El 80% de la tierra no es cultivable y no hay río o embalse que aporte agua dulce: una planta desaladora envía a los grifos agua que, siendo potable, es poco agradable al paladar.

La única manera de llegar a Formentera es en barco: desde Ibiza, hay un servicio bastante eficiente de ferries, pero con la península tan sólo hay un catamarán rápido que enlaza con Denia, de julio a septiembre.

Para una gran mayoría de turistas, Formentera es tan sólo una atracción más de la vecina Ibiza, y destinan uno de los días de sus vacaciones para acercarse en un fast-ferry, alquilar una bici o ciclomotor, y zanganear por las playas hasta la tarde, momento en el que vuelven al bullicio ibicenco.

¿Tranquilidad? Eso es precisamente lo que buscábamos nosotros, así que hemos contratado alojamiento en un hostal para no movernos de la pequeña isla durante los próximos seis días. Las discotecas, para la juventud.


Llevarnos nuestra Varadero habría supuesto un vía crucis de muchas horas de navegación, así que hemos optado por la solución más lógica: volar en avión, y alquilar allí una moto ligera y que no se arrugara ante cualquier terreno: la elegida acabó siendo una mini-trail que nos enamoró desde entonces, y creo que para siempre: la Suzuki VanVan 125, una moto que parece expresamente construída para Formentera. A los que arruguéis la nariz al ver la cilindrada, comentaros que la isla tiene 20 kilómetros de punta a punta, así que no hace falta más.

Día 1: Empezamos regular, con las putas del aire y problemas en la moto

Nuestro amigo David es un trozo de pan bendito, hasta el punto de no rechistar a la hora de hacerle madrugar para acercarnos al aeropuerto de El Prat. Es mi primera experiencia con Ryanair, línea aérea que aparece demasiado a menudo en las noticias, y no precisamente para decir lo bien que hace las cosas. Pero el precio (y una buena combinación horaria) mandan, y me trago los prejuicios cruzando los dedos para que el avión haga lo que tiene que hacer: despegar, volar y aterrizar en Ibiza sin incidentes…

Llevamos el mínimo equipaje para pasar la primera prueba de fuego: el maldito carro de medidas. Un milímetro más de anchura, medio kilo de más de peso, y adiós maleta en la cabina, condenada a viajar en la bodega previo pago de 60 euros. Una vez superada la prueba, hacemos una inquieta y temprana cola ante la puerta de embarque (no hay asientos reservados), momento en el cual una pizpireta muchacha ya empieza a vendernos promociones. Durante el vuelo, el personal de la tripulación monta su particular tele-tienda, y los treinta minutos del vuelo son una molesta brasa de merchandising… Es el precio de volar barato: en mi opinión,  los de Ryanair son como las putas del aire: no nos gusta lo que hacen, ellos saben que no les gustamos por lo que hacen, pero a fin de cuentas estamos aquí sólo por dinero.

El avión aterriza en Ibiza sin más contratiempos, y nos apresuramos a buscar la parada del autobús que nos lleva al puerto; casi sin transición, saltamos del autobús a un turbo-catamarán que, surfeando literalmente por encima de las olas, nos depositó finalmente en el puerto de la Savina.

Nos entra una prisa “psicológica”, esa sensación de que cada minuto que estamos parados es un minuto menos para saborear la isla; pero antes de lanzarnos a sus encantos, debemos pasar otro imprescindible trámite, recoger la Suzuki VanVan que habíamos alquilado online…

El puerto de la Savina, como todo en Formentera, es de tamaño manejable, y no hemos tardado nada en localizar la agencia de alquiler de vehículos. Un poco de papeleo, y ya tenemos esa pequeña de ruedas gordas ante nosotros… Con el equipaje, había echado un par de pulpos para atar la maleta-trolley por encima del cofre, que a su vez iría ocupado por la mochila que también habíamos acarreado…

…Y se acabó la VanVan: con todo el equipaje y los dos ocupantes, la rueda posterior hacía tope con el chasis. El amortiguador, o lo que fuera, se había venido abajo. Y no había otra VanVan de recambio.

Hacemos una reunión de emergencia: ¿dos scooters? Mmmm no nos convence… ¿¿un coche?? Ni hablar, va contra nuestra religión… Al final, decidimos darle una oportunidad a un quad Kymco 250, previo pago de un hiriente suplemento económico. Atamos las maletas en las parrillas delanteras, y tras un “tutorial” de un minuto, los de la agencia consideraron que ya estábamos capacitados para conducir un artefacto que no habíamos pilotado en nuestra vida.

Con el quad cargado, salimos de La Savina con el cuidado de dos viejecitos con su andador, mi mano derecha se empeñaba en roscar el puño del gas, olvidándome de que el acelerador era una palanquita situada cerca del dedo pulgar. El maldito cacharro se bamboleaba hacia los lados, había que estar muy atento para no perder la trayectoria recta, “ya me acostumbraré dentro de un rato”, supuse de una manera que más adelante se confirmó ilusa.


De esta manera vacilante llegamos al “Hostal Santi”, situado en el centro de la isla, junto a las playas de Migjorn, rodeado de pinos, dunas y el mar infinito. Nos causó muy buena impresión desde el primer minuto.



Nos instalamos en una habitación sencilla pero funcional, con vistas al mar, y con las prisas por la hora, pedimos en recepción adónde está el restaurante más cercano. Resulta que a unos escasos 300 metros, siguiendo un camino de tierra junto al mar, hay un restaurante en el que, pese a ser casi la hora de la merienda, nos preparan un arroz caldoso marinero que nos hace subir a los cielos a golpe de trompeta celestial; de hecho, la ración fue tan generosa que, tras ponernos a reventar de arroz, aún quedó una generosa reserva dentro de la olla.

De vuelta al hotel, una siesta para asentar el arroz dignamente, y poco después, con el ansia viva de los recién llegados, nos apresuramos a ponernos el bañador y darnos el primer baño mediterráneo. En el hostal nos ofrecen esterillas y sombrillas, pero a nosotros nos bastaba con las chancletas y una toallita del Decathlon.


Resulta que la parte de costa que hay ante el hostal es un conjunto de calas rocosas, entre las cuales hay pequeñas parcelas de arena blanca, o sea que podías elegir tu “cala privada”, cosa que tampoco era necesaria, ya que la playa estaba completamente limpia de gente. Esta poca presión de otros turistas será la tónica  constante durante nuestra estancia en la isla.





Con la tarde bien avanzada, le comento a Isabel que despedir el Sol en las Pitiusas es algo así como un ritual: la orografía permite ver de manera limpia cómo el astro solar se sumerge en el horizonte marino, así que decidimos poner punto y final al primer día en una de las mejores atalayas, el faro de Barbària. Nos subimos al quad, y una vez más, se repiten los problemas de conducción: me estoy empezando a agobiar con el trasto, además Isabel me dice que se está clavando los hierros del portaequipajes posterior.


De camino al faro, tenemos que atravesar Sant Francesc Xavier, una de las zonas más comercialmente animadas de la isla. Paramos a curiosear escaparates y a tomar un café en la fonda Platé, uno de los lugares con más solera de la isla… 

Craso error aquello del café: tanto nos entretuvimos, que llegamos al faro cuando ya se había puesto el sol. Decepcionados, nos prometimos que volveríamos alguno de los siguientes atardeceres.


Mientras Isabel exploraba los alrededores del faro, yo cogí el quad y me puse a zanganear por la llanura pedregosa… Nada, que ni estando en su teórico medio natural, me sentía a gusto con el cacharro; tras una conversación con Isabel, llegamos a la conclusión de que este quad nos podía llegar a arruinar las vacaciones, así que decidimos que mañana por la mañana volveríamos a La Savina para cambiarlo por lo que fuera que tuviera dos ruedas y un motor de explosión, costase lo que nos costase.

Por cierto, he dedicado demasiado poco tiempo para hablar del faro de Barbària y su entorno, uno de los más singulares de Formentera. El cartel de la película “Lucía y el sexo” se retrató aquí.


Nos marchamos del faro siendo casi noche cerrada (por lo menos, el quad daba buena luz), y de vuelta a Sant Francesc Xavier, paramos de nuevo para ver su ambiente nocturno. Un mago actuaba en la terraza de la Fonda Platé.



Cenados y entretenidos, volvimos al hostal. La noche era clara y, al estar al borde del mar, prácticamente no había contaminación lumínica. Pasamos de largo el hostal, paramos junto a las calas y, alumbrándonos con los teléfonos a modo de linterna, nos sentamos en la arena para contemplar un cielo espectacularmente estrellado. Inmejorable manera de acabar el primer día.

Dia 2: Por fin, la VanVan. Una playa de paraíso. Mercadillo hippy

A la mañana siguiente, bajamos al comedor del hostal para desayunar; casi todo el salón es para nosotros, sólo hay otra mesa ocupada por una antigua divinidad de cabello rubio platino que encara su tercera juventud con dignidad. El propietario del hostal nos dice que “la semana que viene cierra hasta mayo”: esto lo oiremos infinidad de veces, Formentera cierra literalmente sus puertas de octubre a mayo.

Más tarde, subimos por última vez al quad y volvemos al puerto de la Savina. Durante el trayecto, paré en una gasolinera para meter más aire en las ruedas e intentar ganar un poco de precisión en la trayectoria… Definitivamente quemados, llegamos a las oficinas del moto-rent, donde se muestran comprensivos con nuestra situación, y nos facilitan los trámites para cambiar el quad por la anhelada VanVan. También nos dicen que no es algo nuevo que la gente se arrepienta del quad: “¿Sois moteros? ¡Uy, estos sí que no quieren ver los quads ni en pintura!”, nos responde. Han sido muy amables, como la mayoría de los autóctonos…

Subimos a la VanVan… ¡Qué diferencia! De nuevo esa sensación familiar de equilibrio, el manillar, los mandos, esa posición como de estar montando un caballo… Bueno, en el caso de la VanVan, más bien un pony. Por cierto, con la moto tuvimos un flechazo casi en el momento de subirnos a ella. Comodísima, con todo en su sitio, un manillar ancho que te da sensación absoluta de control… Y ese voluntarioso motor de 125, más que digno para movernos a los dos.




Salimos de La Savina en plan “Easy Rider”, nuestro disfrute se ha multiplicado por dos, y queremos celebrarlo yendo a bañarnos a la playa más admirada de la isla: Ses Illetes, situada en su extremo noroeste, de arenas blancas y aguas transparentes. Para llegar a ellas, debemos seguir un camino de tierra que es pan comido para los “donuts” de tacos de la VanVan, y dejar atrás unas casetas cerradas que, en temporada alta, son un “peaje” para poder acceder a la zona más paradisíaca de la isla.





Un rato después, con el moreno solar empezando a fijarse en nuestra piel, volvemos sobre nuestros pasos. Paramos nuevamente en La Savina, en la ida habíamos visto un garito en el que alquilaban barcos sin licencia. El lugar en cuestión es un gran patio que por un extremo entraba de la calle, y por el otro lado colindaba con el estany del Peix, que a su vez comunicaba con el mar por un estrechísimo paso. Volviendo al patio de la náutica, era un caos anárquico de pequeñas embarcaciones enteras o medio desmontadas, herramientas y trastos desparramados por doquier. En uno de los extremos hay una barraca de chamizo; un par de “hippies” descalzos están tras la mesa de lo que, en un país bananero, podría ser la recepción del negocio. A uno de ellos le preguntamos tarifas de barcos, el tipo nos pone al día en una conversación medio pasota, medio solícita: “Estamos recogiendo, de aquí a dos días cerramos el chiringuito y yo me vuelvo a Murcia, ¿sabes tío?”. Le ponemos cara de póker, y arreglamos el alquiler de una Zodiac para mañana; le ofrezco una paga y señal: “Nada, nada tío, tienes todo el jodido negocio a tu disposición, ya no queda casi nadie en la isla”. Antes de irnos, le pido si tiene hay un lavabo aquí: “mmm… ¿es para ti? Apártate un poco por ahí, hombre, donde no te veamos”. Madre mía, acabé meando entre dos canoas. Salimos de allí con Isabel partiéndose la caja de la risa.


Subimos a la VanVan, y nos vamos a la otra punta de la isla, donde está la única elevación digna de llamarse así –ciento y pico metros sobre el nivel del mar-. En lo alto de esta pequeña meseta está El Pilar de la Mola, donde hoy abre un mercadillo “hippy”. Hemos llegado demasiado temprano, así que paramos a comer en un bar que tiene una pequeña carta con nachos, hamburguesas y poca cosa más.



El mercadillo está en el centro del pueblo, pero cuando llegamos, hay muy poco movimiento y la mayoría de paradistas se están empezando a establecer, así que hacemos tiempo y nos acercamos a ver el otro faro emblemático de la isla, el de La Mola.


La ubicación del faro es espectacular, al borde de un acantilado de más de cien metros de caída libre al mar. Junto al faro hay una placa de bronce en memoria de Jules Verne, apasionado de Formentera y que se inspiró en el faro de La Mola para escribir su novela “Jules Servadac”.



Hay un chiringuito de aire “chill-out” junto al faro, y nos espachurramos en un sofá a la sombra para ver el avance del Sol, todavía demasiado alto.





De vuelta al mercadillo, vemos que funciona, pero con aire algo aburrido: hay poca parroquia, se vende sobre todo bisuteria que promete estar “hecha a mano”. En una joyería trabajan la plata a la vista de los visitantes, y le regalo a Isabel un par de pendientes moldeados con la forma de la isla.


En general, el mercadillo nos supo a poco. Nada que ver con el “hippy market” de Es Canar, en la vecina Ibiza, pero claro, la comparación es injusta: no sé si el de Es Canar es el mercadillo “hippy” más grande del mundo, pero por ahí debe ir…

Antes de irnos de La Mola, visitamos un antiguo molino de grano, que se conserva en estado aceptable, con sus antiguas aspas de madera y tela. Dicen que, en los años 70, Bob Dylan estuvo viviendo en uno de estos molinos. Las parcelas de cultivo están separadas entre sí por pequeños muros de roca, y decenas de caminos se entrecruzan entre ellos para llegar a todas partes. Son un auténtico laberinto, algunos de ellos te dejan en calas exclusivas, pero encontrarlas es una cuestión de suerte: pese a lo pequeña que es la isla, hay más de 200 kilómetros de caminos


Bajamos de la meseta de la Mola (por cierto, aquí están los únicos cinco kilómetros de diversión moto-curvera en toda la isla), y echamos el freno en el delicioso núcleo de Es Caló, con su puerto natural construido al abrigo de La Mola.


La escritora Montserrat Roig pasaba aquí largas temporadas; su obra “La hora violeta” está inspirada en este lugar, de hecho no es difícil imaginarla sentada mirando hacia el ocaso, mientras escribía “(…) a poqueta nit, quan el sol s´apaga lentament mentre violeta, taronja i blau es fonen en l´horitzó (…)”. Más tarde comprobaremos eso, porque el fin del día se nos echa encima.


Nuestro hostal está a menos de cinco kilómetros de Es Caló, así que volvemos allí para ducharnos, y ver la puesta del sol desde una tribuna de lujo, nuestra terraza. Efectivamente, la paleta de colores es casi mágica.


Ya de noche, volvimos al mercadillo hippy de La Mola. La cosa no estaba mucho más animada, pero por lo menos había un cantautor que, guitarra en mano, tocaba piezas de rock y blues contemporáneo con aceptable calidad.

Cenamos en un bar en el que no veíamos al cantante, aunque sí podíamos oírlo. Como siempre, podemos elegir mesa: beneficios de la temporada baja.

Dia 3: Vacaciones en el mar. Puesta de sol en Barbària

Empezamos el día con un mohín de contrariedad: el cielo azul ha desaparecido tras una masa de nubes compactas. No llueve, pero asusta un poco, y más hoy, el día elegido para alquilar la lancha…

Tras completar el ritual del desayuno, subimos a la moto y nos acercamos a La Savina; los “hippies” ya han abierto el negocio de alquiler, y también miran con cara de circunstancias al cielo. Nos comentan que “la previsión es que la cosa se aclare al mediodía”. La prudencia puede a la temeridad, y de momento no nos embarcamos; haremos un poco el cabra por los caminos que rodean el Estany del Peix.


La VanVan se mueve como pez por las pistas de tierra, no se amilana ni ante las zonas más arenosas. Isabel va tranquila en su puesto de artillera, y yo me lo estoy pasando bomba a los mandos. Poco antes de llegar a los acantilados, una zona natural llamada la “Finca de Can Masroig” veta el paso a vehículos a motor. Dejamos la moto bajo un pino, y damos un corto paseo hasta los acantilados de la Cala des Moro, una zona atormentada de rocas picudas, moldeadas por el mar y el viento, absolutamente salvaje. Aquí no hay opción a bañarse, pero la sensación de hallarnos en un lugar de belleza ruda y virgen ya compensa el paseo… Algún bestia había lanzado una vieja Vespino al abismo del acantilado, quién sabe si robada, y ahí se quedará hasta que alguna autoridad decida un complicado rescate. Tanto gilipollas, y tan pocas balas…


El día empieza a aclararse, no del todo, pero sí suficiente para envalentonarnos con la Zodiac. Como la hora de la comida nos cogerá a bordo, nos aprovisionamos en una tienda de comida preparada que oportunamente hay al lado del embarcadero: unas cocacolas, una tortilla de patatas, unas croquetas, y listos para ir al fin del mundo…


De nuevo en el embarcadero, uno de los “hippies” se pone serio y nos da unas imprescindibles lecciones para poder salir del Estany del Peix al mar abierto: tan sólo hay un estrecho carril con la profundidad suficiente, salirse de la senda significaría embarrancar. Para el manejo de la barca, dedicó cinco minutos más. Cargamos la nevera con las provisiones, y partimos.



Efectivamente, la salida del estany es un ejercicio de habilidad que nos hace pensar en si realmente todos los que alquilan una barca aquí consiguen pasar la prueba airosamente… En todo caso, ya estamos en mar abierto, y empezamos la travesía hacia la isla de S´Espalmador, la más virgen de las playas vírgenes, y que es la continuación de la playa de ses Illetes. La travesía no será precisamente un viaje de placer, ya que el mar está muy revuelto y la lancha peina las olas con la proa demasiado elevada para el gusto de Isabel, aunque yo me lo paso pipa con esa temeridad infantil de “no pasará nada”. Cruzamos la bocana del puesto (cediendo el paso a un fast-ferry ), y nos acercamos tanto como podemos a la playa de Ses Illetes, donde el mar está más tranquilo.

Llegamos a ese punto en que se acaba la playa de Ses illetes, y tras un estrecho brazo de un centenar de metros, empieza la Isla de S´Espalmador. Navegar por el mencionado brazo es imposible a causa de la poca profundidad de sus aguas, que llegan a la altura de las rodillas de una persona. Esta peculiaridad hace que, algunos días, la gente pueda alcanzar la isla atravesando a pie, aunque la excursión suponga más de una hora andando (no hay camino transitable que lleve hasta ese punto), y no exenta de peligros, dadas las corrientes enfrentadas. Hoy es uno de esos días en el que “caminar sobre las aguas” es completamente imposible a causa del mar revuelto… Pero nosotros no tendremos este problema, gracias a la “Zodiac”. Llegar hasta aquí nos ha supuesto media hora de navegación.

Finalmente, tenemos ante nosotros la playa de S´Alga, en la isla de S´Espalmador. Dicha isla es privada -aunque de uso público-, forma parte del Parc Natural de ses Salines, y es de visita obligada si quieres ver una playa totalmente virgen, sin socorristas ni chiringuitos. El agua es casi insultantemente transparente.


Hay cuatro o cinco yates anclados ociosamente a unas decenas de metros de la playa, totalmente desierta a mediodía. Nosotros varamos la lancha directamente en la arena (creo que no se puede hacer, pero en todo caso no hay nadie a quien podamos molestar), y damos cuenta de las provisiones.

Una vez bañados y “repostados”, volvemos sobre nuestros pasos para seguir navegando por la cara oeste de la isla. Estamos frente a los acantilados que antes hemos visto a pie, los de la Vespino despeñada. Un poco más allá, las rocas aparecen artificialmente cortadas, en una punta llamada precisamente “Sa Pedrera”: durante muchos años, esta fue la “cantera” de Formentera.


Algo más al Sur, una vez superada la punta de la Gavina, hay una serie de piscinas naturales que contrastan con los acantilados de piedra marrón. Hay un pequeño grupo de jóvenes saltando al agua desde los acantilados; nosotros tiramos el ancla, sacamos la escalerilla y nos tiramos al mar para hacer “snorkel” y ver la riquísima vida que hay bajo estas aguas. Es como bucear en una pecera.



Más tarde, rebasamos Cala Saona para contemplar unas cuevas que el mar ha ido horadando durante milenios. El capitán del barco, que a estas alturas ya cree tener dominio suficiente como para patronear un atunero en el Mar del Norte, hace algunos malabares con la “Zodiac” para meterla dentro de una de las cuevas:-“Mira nena, qué arte tiene tu machote…”

La mujer, deslumbrada ante la habilidad del macho alfa, responde a la altura de las circunstancias: -“¡Deja de hacer el chorra y sácanos de aquí antes de que embarranquemos!”


La tarde avanza, y nosotros ponemos rumbo a puerto para dar por finalizada la excursión; volvemos a hacer malabares en las balizas (esquivando a una alienada que iba a toda castaña con una tabla de wind-surf), y dejamos la lancha sin más novedad.


Hoy no tenemos excusa para ver ponerse el Sol desde el faro del Cap de Barbària, así que nos subimos a la moto y nos vamos para allá.



De todos los rincones que ofrece Formentera, el Cap de Barbària es sin duda uno de los más emblemáticos, si no el que más: situado en el extremo sur de la isla, es la parte más septentrional de las islas baleares, y por lo tanto la más cercana a África. Se dice que el nombre le viene de las “invasiones bárbaras”, procedentes de las costas africanas, y que la isla sufrió durante la edad media. 






Día 4: pillamos unas bicicletas. Caminata hasta el fin de Ses Illetes

A estas alturas de las vacaciones, ya tenemos relativamente dominado el territorio, así que a partir de ahora empezaremos a disfrutar sin el ansia descubridora de los primeros días.

Formentera es una isla hecha a medida de las bicicletas. Relativamente llana, es ideal para moverse a golpe de pedal. Eso sí, hay que tener un mínimo “fondo” para saber dónde te metes, porque los veinte kilómetros de punta a punta no son para tomárselos a broma.

De todas formas, la imagen de la bici está incuestionablemente unida a la isla, y hay un montón de sitios en los que puedes alquilarla. La carretera principal tiene bien marcados los arcenes para la circulación de estos vehículos.


Una vez más, nos acercamos a La Savina para hacernos con un par de bicicletas de paseo, invertiremos buena parte del día dándole a los pedales. Ya sobre dos bicicletas, nos vamos a rodear el otro gran lago de la isla, el “estany pudent”.


Llegamos a Es Pujols, y nos sorprende una relativa actividad turística, con hoteles, terrazas y chiringuitos de playa, algo inusual. Está plagado de italianos, aunque a estas alturas del verano/otoño no están en su habitual plan jaranero. Abundan las parejas.


Más tarde, y siempre por caminos de tierra, bajamos hasta Sant Ferran, y fue entonces cuando… pssssssss… Isabel pincha la rueda de atrás. Providencialmente, estamos en una pista asfaltada, al lado del campo de fútbol del Formentera. Es la una y media de la tarde, y los del alquiler de bicis no abren hasta las cuatro, así que atamos la bici averiada a un árbol, y nos subimos los dos en la otra bicicleta para pedalear hasta Sant Francesc Xavier, haríamos tiempo y aprovecharíamos para comer.


A las cuatro, estábamos de nuevo junto a la bici malherida; llamamos a la agencia, que envía a un empleado que nos arregla el neumático mientras nos dice que “en esta época del año, caen de los árboles unas bolitas con pinchos que nos hacen ir de culo: ayer arreglamos dieciséis pinchazos”.


Volvemos a la carretera, queríamos llegar a Cala Saona, y diez minutos después… pssssssssss… otra vez la misma rueda en la bici de Isabel. Volvemos a llamar a la empresa, nos envían a otro operario en furgoneta, que nos dice que “en esta época del año, caen de los árboles unas bolitas con pinchos que nos hacen ir de culo: ayer arreglamos dieciséis pinchazos”. No me digas.

Hastiados de tanta paradita para arreglar pinchazos, decidimos no salirnos de la carretera, pero así la excursión se volvía aburrida… Bah, se acabó el rollo bicicletero: volvemos a la carretera principal, y pedaleamos los últimos cuatro kilómetros hasta La Savina, para devolver las bicis.

Subimos de nuevo a la VanVan (¡esta sí que no pincha!), y volvemos a acercarnos a Ses Illetes, pero no para bañarnos, sino para caminar hasta el final, y que nos pille la puesta de sol donde sea.


El camino se acaba en un chiringuito, y empezamos una caminata de cuarenta y cinco minutos. Conforme avanzamos, las calas son cada vez más estrechas e inhóspitas, y nos vamos encontrando unas curiosas torres hechas con piedras, e incluso algunas esculturas improvisadas por “hippies”. En este punto, la isla es muy estrecha, menos de cien metros de lado a lado. Algunos tipos hacen nudismo aquí y allá. De esta forma llegamos al final de tierra firme, en el brazo de agua que nos separa de la isla de S´Espalmador. 




El Sol empieza a bajar en el horizonte. Volvemos sobre nuestros pasos, yo no llevo bañador pero aún así nos tiramos al agua (guiño, guiño). No busquéis fotos del momento, canallas, que no las pienso publicar…

La puesta de Sol nos sorprendió sentados en un pequeño embarcadero de madera: creíamos que no se podía superar lo de Barbària, pero hemos subido aún más el listón. Sin duda, una de las mejores puestas de  Sol que hemos visto en nuestra vida.




Dia 5: ociosos

Hoy nos hemos levantado con el espíritu relajado, y ganas de aplicarnos al dolce far niente. Isabel ha cogido una toalla y se ha acercado a la cala más próxima al hostal, mientras yo me quedaba leyendo una revista en el balcón de la habitación, alternando la lectura con miradas al horizonte, en plan rey Faruk.

Hasta mediodía no nos subimos a la VanVan, para hacer algunas compras ociosas en Sant Francesc, cuatro cachivaches para la familia: no podíamos pasarnos, o la maldición del exceso de equipaje de Ryanair caería sobre nuestras maletas.



Por la tarde, volvimos a la zona de La Mola, exploramos cuatro caminos, y nos fuimos a ver ponerse el Sol a la terraza de un restaurante de nombre evidente: Es Mirador. Al estar elevados sobre el nivel del mar, teníamos una perspectiva de casi toda la isla, con Ibiza al fondo. 


Ya de noche, quisimos repetir la visita al faro de La Mola, más solitario que nunca...




De vuelta, paramos en El Pilar de La Mola, en el mismo sitio donde comimos días atrás. Hacemos buenas migas con la pareja que regenta el local, repito lo que dije al principio de la crónica: la amabilidad de las gentes de la isla es casi inaudita, o tal vez hemos tenido la suerte de tratar con la gente adecuada.


Por la noche, para celebrar la última cena, volvimos al restaurante del arroz caldoso, esta vez nos reventamos una cantidad tan desorbitada de mejillones al vapor, que el camarero se pensó que le estábamos vacilando cuando le pedimos repetir ración.


Ni qué decir que aquella noche dormimos como dos cucharas.

Dia 6: No te digo adiós, sino hasta siempre

Hoy nos levantamos con el aire melancólico de quien tiene que marcharse cuando lo está pasando bien, pero las obligaciones (¡y el dinero!) mandan, y lo empaquetamos todo.

En el vestíbulo del hotel, Isabel compra unas postales para enviarlas a familia y amigos, no tenemos sellos pero en el hostal se comprometen a timbrarlas y enviarlas.


Cargamos la moto con el equipaje (la “trolley” vuelve a ir atada con pulpos encima del cofre), y volvemos a La Savina. Deshacernos de la moto fue un momento melancólico, la Suzuki VanVan se ha hecho con un sitio en nuestro corazón, desde la humildad nos ha dado lo que no nos habría dado cualquier otra moto de más empaque.


Subimos al “fast ferry” que nos devolvió a Ibiza, colándonos en los butacones con vistas de la sala VIP sin que nadie nos lo impidiera…


Como el avión partía de noche, pasamos el día en la ciudad de Ibiza, que bueno vale, muy bien, pero como lo vivido en Formentera no hay comparación.






De la vuelta con Ryanair, a última hora de la noche, mejor no hablar: casi una hora de retraso a causa de “la tormenta que estaba cayendo en Barcelona”, y aterrizaje movido a causa de la mencionada tormenta. Tan agobiados estábamos, que la tripulación nos dejó volar en paz, sin intentar vendernos nada…



Un saludo a todos y buena ruta!!

5 comentarios:

  1. Muy bueno Manel, como siempre.
    Un destino a tener en cuenta para Octubre relax¡¡

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    1. Gracias, Javi!! Si vas, igual nos encontramos por allí ;-)

      Un abrazo!

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  2. Muy buena cronica ,y me apunto los datos de lugares y fechas ,gracias por compartir

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    1. A disponer! Cualquier duda concreta, no dudes en consultármela... Saludos y buena ruta!

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  3. Admiro a la valiosa información que ofrecen en sus artículos. Voy a marcar tu blog y tener mis hijos comprueben aquí a menudo. Estoy seguro de que van a aprender un montón de cosas nuevas aquí que nadie!
    boat trips in ibiza

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