lunes, 10 de marzo de 2014

36 horas en San Sebastián

Algún ultraviajero (Ian Coates, creo recordar) decía que, en la medida de lo posible, se evitasen las grandes ciudades, donde las posibilidades de tener algún imprevisto se multiplicaban. Desde mi posición de antimetropolitano radical, no puedo estar más de acuerdo con esa afirmación… Sin embargo, hay momentos en los que debo flexibilizar esa postura, ya que si niego la existencia de las ciudades, estoy dejando fuera del cuadro una importante porción de ese “collage” social que los viajeros vamos componiendo durante nuestra vida.


Pese a todo, hay sitios y sitios, lugares en los que es poco probable que nos crucemos, y otros en los que no representa un sacrificio pasar 36 horas. San Sebastián es uno de ellos.


Los vascos la llaman Donostia, y aunque por afinidad la llamaría así, prefiero el nombre españolizado, más que nada porque, pese a no considerarme creyente, una ciudad con nombre de santo siempre añade un plus de bondad… O sencillamente porque me encanta como suena. 200.000 donostiarras habitan en la ciudad con el precio por metro cuadrado más caro del país.


Tenemos reservado alojamiento en un hotel del barrio del Gros, cercano al Kursaal, y hacia él nos dirigimos. Venimos de Pamplona por la autovía de Leitzarán, donde el viento y el frío nos han maltratado más de la cuenta, y tenemos ganas de llegar. Entramos en la trama urbana de la metrópoli donostiarra, y gracias a 4 partes de intuición y 6 de suerte llegamos a la puerta del hotel sin haber consultado el mapa.


La chica de la recepción es todo amabilidad; el hotel es pequeño pero coqueto. Nuestra ventana da a una calle de tres carriles, en la acera de enfrente hay dos negocios, una tienda de arte llamada “el rincón del artista” y una pizzería llamada “la torre de pizza”.


El barrio del Gros está desbordado de coches, motos y bicicletas que aprovechan hasta el último palmo de calle para estacionar. La pregunta del millón es ¿qué hacemos con la moto? Está claro que no la vamos a usar para recorrer la ciudad, sería un engorro en un sitio donde todo está relativamente cerca, y la calle tiene demasiado aspecto de jungla urbana como para dejarla confiadamente tantas horas. En el hotel nos ofrecen una tarjeta de estacionamiento en un cercano parking público… sin aparcamiento específico para motos. O sea, que toca dejar la burra en una parcela de coche, a precio de coche. Menuda gracia.


Regalo de las circunstancias, hay una plaza libre justo frente a la garita de control. Dejo aquí a Eloise con la convicción de que no encontraré un lugar más vigilado. La foto del lugar será la única en la que se verá la moto en San Sebastián. Es lo que hay, chavales…





Tras la ducha reconfortante de rigor, tocaba cenar, dándonos por satisfechos con unas rondas de “pintxos” y zuritos en los garitos la parte vieja.


Los bocados han de ser breves, y lo más normal es que tengas que comértelos de pie, luchando por conservar tu pequeña parcela de mostrador.


Un tipo bastante pasado de alcohol está meando con poco disimulo en un portal. Siempre tiene que haber alguien jodiendo la postal bucólica.


Volvimos al hotel paseando por el paseo de la Concha.





El día siguiente amanece soleado, italiano y musical. Subimos las persianas de la habitación y saludamos al rincón del artista y la torre de pizza. Es temprano, y la calle está mucho menos frenética que la noche anterior.




El día es claro, pero hay temporal y mucho viento costero. En la playa de Zurriola, los más madrugadores ya están paseando al perro, haciendo “footing” o sencillamente paseando. El Kursaal es una mole que nos observa silenciosa. Cruzamos el río Urumea por el puente de la Zurriola, nos choca ver a diversos grupos de surferos que caminan con su tabla bajo el brazo, suponemos que van a peinar las olas de la playa de Ondarreta…


El mercado de la Bretxa es uno de los lugares favoritos de los grandes cocineros locales para aprovisionarse de materia prima. En los alrededores del mercado, unos tenderetes ofrecen flores, verduras y frutas que se comen con los ojos.

San Sebastián es muy amiga de las bicicletas, con una eficiente red de carriles segregados. La mejor manera de llegar a todas partes en el mínimo tiempo es alquilar un par de bicis; en la oficina de Turismo del Boulevard nos indican el único negocio que se dedica a ello durante todo el año, un local situado cerca de la catedral.


Hacia allá vamos, deteniéndonos brevemente para observar la catedral del Buen Pastor, la más grande de Euskadi. Es una construcción relativamente reciente (inaugurada a finales del siglo XIX).


Antes de llegar, hacemos algunas compras en el centro: Isabel unos zapatos, yo unos discos de Loquillo en la FNAC. El "Loco" vive desde hace algunos años en San Sebastián.



Finalmente hemos entrado en la tienda de alquiler de bicis. Cerrar el trato fue un momento, y diez minutos después ya estábamos pedaleando.
Bajamos siguiendo a contracorriente el río Urumea, hay un carril bici ancho y de dos sentidos: así da gusto pedalear, sin molestar ni ser molestado. En sentido contrario, se cruza con nosotros el autocar del FC Barcelona; le precede una furgo de la Ertzainza. Esta tarde hay partido en Anoeta, intentaremos pillar unas entradas después.


Damos gas (perdón, “pedal”) hacia el barrio de Amara, donde está el estadio de Anoeta. Es zona residencial, sin atractivo para el turista ocasional, aparte del mismo estadio.


Un tenderete vende banderas de la Real, Barça… y ya que estamos, también del Real Madrid, Athletic de Bilbao y Liverpool: oiga, yo lo que quiero es ganarme la vida, y el dinero no tiene ideologías.


A esta hora de la mañana, no hay ambiente futbolero. El autocar de la Real está aparcado en la puerta del estadio.


Estamos en la periferia de la ciudad. El carril bici nos lleva al túnel de Morlans, exclusivo para ciclistas. Se trata de un antiguo túnel ferroviario de 840 metros, reconvertido en un pasillo que une los barrios de Amara e Aiete. Qué gran idea.



Aparecemos en la playa de Ondarreta. El Sol empieza a taparse y el mar está muy revuelto. Aún así, el paseo continúa siendo agradable. Desde esta posición, la isla de Santa Clara y la península del monte Urgull se superponen en la bahía.


En un extremo de Ondarreta están las esculturas del “peine del viento”, de Eduardo Chillida.



Se nos echaba encima la hora de comer, y debíamos devolver las bicis cuanto antes. Volvimos al centro, recorriendo la Concha a ritmo de Indurain.


Una cafetería de aspecto cuidado, pero que no parece priorizar la cocina, nos ofrece un menú básico a precio decente. Una vez más, nos sorprende que en Euskadi en general, y San Sebastián en particular, tienen arte hasta para preparar un filete con ensalada verde.


Mientras comemos, dos scooteros se encalzan entre ellos ante nuestros atónitos ojos, al otro lado de las vidrieras. Un accidente absurdo, fruto de las prisas y de creerse inmortales, sin más consecuencias que las magulladuras del arrastrón. Este espectáculo iba incluído en el menú, no nos cobraron de más.


Repostados y animados, nos disponemos a quemar la última tarde donostiarra. Tercera pasada por el Kursaal, que ya nos saluda por nuestro nombre. En el puente de Zurriola, el mar Cantábrico y el río Urumea están enzarzados en una guerra llena de turbulencias y salpicaduras.


Nuestra intención es subir al monte Urgull, y por lo tanto se hace imprescindible volver a cruzar por la parte vieja. Como su nombre indica, la ciudad empezó a desarrollarse aquí, protegida por murallas hasta el siglo XIX. El corazón de la parte vieja es la plaza de la Constitución, un oasis de espacio en una zona tan abigarrada.


Por encima de la parte vieja, el monte Urgull es una fenomenal atalaya, que tendrás que ganártela a base de piernas …






En lo más alto del monte, una de las capillas del castillo de la Mota sirve de peana para el Sagrado Corazón de Jesús, y sus 13 metros de alto.



En una de sus laderas, el Cementerio de los Ingleses acoge a diversos soldados que murieron defendiendo a la ciudad durante el asedio de 1.813.


Al fondo, destaca el monte Igeldo, intentaremos ver ponerse el sol desde allí, si los ánimos y las piernas resisten…





Desde nuestra posición, las barcas de pesca de puerto deportivo conforman un vistoso “puzzle” de vivos colores:



Bajamos a la playa de la Concha. Lo primero que encontramos es el ayuntamiento, originariamente construído para albergar el Gran Casino.



El paseo de la Concha bulle de paseantes ávidos de disfrutar de una tarde de sol y temperaturas suaves.






De nuevo estamos en las inmediaciones del Peine del Viento. Cerca de aquí está el funicular que remonta hasta la cima del monte Igeldo.




En la cima hay un parque de atracciones que parece anclado en el siglo XX.


En lo más alto del monte Igeldo está la torre de un antiguo faro, que funcionó con leña hasta 1.854. Actualmente se utiliza como curiosa sala de exposiciones “vertical”. Un letrero en el vestíbulo promete que, desde su terraza, se ve “la mejor panorámica de San Sebastián”.



El penúltimo funicular del día nos depositó de nuevo al pie del monte.


No nos hemos olvidado de que es tarde de fútbol, así que cogemos uno de los atestados buses urbanos que llevan a Anoeta. Por la calle marchan las dos aficiones, mezcladas entre ellas sin ningún problema.


Los alrededores del estadio están de lo más animados: gente con bufandas, gente con banderas, gente con bufanda y bandera, reventas, ertzainas con txapela, ertzainas con casco, escudo y cara de no-me-toques-las-pelotas controlando las puertas más calientes, esto está a tope.


Nos acercamos a una de las taquillas, a ver si pillamos un par de entradas de general (50 euros); el taquillero nos dice que “queda algo aquí y allá, pero no podréis estar juntos”. Ni hablar, eso es innegociable pese a que Isabel se ha unido al bando “txuri-urdin”: la muy chaquetera siempre se alinea con la afición más hooligan.


Para demostrar que no le guardo rencor, le intento comprar una bufanda, pero la tienda del estadio nos ha cerrado la puerta en las narices. El interior de Anoeta parece una olla a presión, y a nosotros sólo nos queda buscar un bar para ver el partido…


Bares con el GolTV hay a patadas, otra cosa es que haya sitio: están literalmente tomados. Si salir de pintxos es casi una religión para los donostiarras, hacerlo en día de partido es un decreto de obligado cumplimiento. Finalmente acabamos cenando cómodamente en un bar… que no tenía televisión.


Ya sólo nos quedaba recogernos para ir a dormir, al día siguiente nos esperaba una vuelta del tirón a casa.


Insistimos en nuestra desafección por las ciudades… pero en tu caso, Donostia, haremos una excepción.



Saludos y buena ruta!

14 comentarios:

  1. Quin finde més xulo, i més ben aprofitat!!! I les fotos moooooolt maques!!! Quines ganes d'anar-hi...

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    1. Doncs és un cop de gas i ja esteu, noia! Va animeu-vos, que ara els hotels estan baratets...

      Gràcies pel comentari, petons i arreveure!! ;-)

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  2. Despues de visto lo visto leido todo lo escrito
    me han dado ganas de visitar la ciudad.
    Saludos.

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    1. Qué casualidad: ¡¡¡a mí me pasa lo mismo!!! Jejejejeee...

      Saludos y nos leemos!

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  3. Hace años hicimos una intentona de una visita fugaz en un viaje con moto por el norte, una mani nos "expulsó" de allí. Ahora que se ha mudado allí la sobri procederemos a una ocupación low cost y conocer la ciudad.
    Saludos.

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    1. Pues cuando eso pase, a disfrutar de la visita, seguro que no os defrauda!

      Saludos y nos leemos ;-)

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  4. San Sebastian bien merece esas horas de visitas...Preciosa ciudad.
    Saludos.
    Gelu.

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    1. Agradecido como siempre por el seguimiento, saludos de vuelta!

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    2. Me tienes enganchadísimo a tus crónicas, viajes, relatos, historias y cuentos. Y esta vez has tocado fibra porque conozco Vitoria, Bilbao y parte del País Vasco, pero San Sebastián se me resiste y no sé por qué. Lo tengo en tareas pendientes porque además mi mujer está deseando ir para allá.
      En cuanto a las ciudades, comparto contigo mi desafección por las grandes urbes, a pesar de que pienso que para criticar algo hay que conocerlo y, al menos, visitar una vez en la vida ciudades como NY, Londres, LA, Chicago, Detroit, París, Sidney, Kuala Lumpur, Tokio y alguna ciudad más de Asia entre otras, pero desde luego también soy más de espacios abiertos, paisanos de pueblo (yo vivo en Madrid y sigo siendo más de campo que las amapolas) y poco "estrés".
      Buena crónica Manel.
      Un abrazo

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    3. Santi, a nosotros nos pasa al revés que tí: San Sebastián bien, pero de Bilbao y Vitoria, "ná de ná". Tendremos que ponerle solución a ello ;-) Creo que puedo poner la mano en el fuego diciéndote que Donostia no os defraudará, es lugar ideal para disfrutar en pareja...
      He estado en alguna de las megaurbes que mencionas, y realmente todas tienen su algo, su hecho diferencial, pero todas coinciden en su funcionamiento: un gran escaparate turístico rodeado de grandes barrios anónimos donde la gente vive de verdad. Sigo renegando, pero reincidiré, ya lo verás (o leerás, je).
      Una vez más, y de bloguero a bloguero, gracias por tu seguimiento! Abrazos de vuelta ;-)

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  5. Bonitas fotos. Mejor fin de semana. Enhorabuena

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    1. Gracias, Joaquín! A seguir en la brecha, mientras el tiempo (poco), el dinero (ffff), y la salud (ay ay, la espalda) acompañen...

      Abrazos y nos leemos!

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  6. Hola Manel,
    muy bonita tu descripciín de las 36 horas en Donostia(aunque prefieras San Sebastian). Después de leerla a cualquiera le darían ganas de visitarla, aunque no va a ser mi caso ya que vivo muy cerca de ella.
    Pero yo quería hacerte una pequeña corrección y es la de que el puente que cruzaste nada mas instalaros en en el hotel y para acercaros a la parte vieja no se llama "Zubia", eso es la traducción al euskera de "puente" que debiste de leerlo al cruzarlo. Ese puente se llama "Kursaal" también conocido como el puente de la Zurriola.
    Otra cosa, esta vez es una petición: ¿ podría utilizar la foto que hiciste a unos surferos justamente cruzando el puente del Kursaal? Me gustaría utilizarlo en una web que estoy creando para una pequeña empresa de guías que estoy intentando arrancar. Ilustra muy bien el ambiente en esa parte de la ciudad. Moltes gracies

    Una abraçada

    Mikel Erkiaga

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    1. Kaixo, Mikel! Muchas gracias por la corrección, vaya metedura de pata, sólo me hubiera faltado decir que estábamos hospedados en la calle "Kalea", jejejeee...
      Adelante con el uso de la foto; Isabel, mi chica, es la autora y seguro que estará orgullosa de que te haya gustado esa instantánea... Te agradecería si me pudieras pasar el enlace.

      Mucha suerte con tu proyecto! Abrazos de vuelta ;-)

      Manel

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