jueves, 24 de abril de 2014

La rebelión de los justos

Sucedió el otro día. Isabel y yo estábamos volviendo a casa, después de pasar un soleado día motero. Circulábamos por una pista asfaltada, que salía de un pequeño pueblo de montaña, y unos kilómetros más allá, finalizaba en una pequeña rotonda que daba acceso a la carretera principal.

Poco después de salir del pueblo, observé que un Mercedes-Benz clase “B”  plateado se acercaba por detrás de mí. Yo iba un poco ligero porque la tarde avanzaba, pero aún así el coche me aguantaba el ritmo: no nos llegaba a achuchar del todo, pero si hubiéramos aflojado un poco, habríamos sido un incordio en su camino.

La cuestión es que, al llegar a la mencionada rotonda de acceso a la vía principal, al tipo no se le ocurre otra cosa que meterse en contradirección para ganarnos la posición, e incorporarse a la circulación por delante de mí: juego, set y partido, ja ja qué jugada más sagaz.

Me pongo por detrás de él, lleva un adhesivo con manzanita de Apple en el maletero; no veo nada más allá de que conduce un hombre, y lleva una mujer al lado. Su absurda maniobra no ha puesto en peligro nuestra integridad, de hecho no ha puesto en peligro a nadie, ya que la rotonda no tiene tránsito.

Pero ésta no se la perdono. No por el riesgo, sino por el respeto. Aguardo mi momento, tras él.

La carretera principal sí que tiene tráfico; el tipo sigue con su política de achuchar al coche que le precede, aún sin tener espacio para adelantar, y sin ver el principio de la caravana. Yo sigo esperando mi oportunidad.

La carretera principal desemboca en una autovía, aprovecho un espacio mínimo para ponerme por delante, entre el tipo y el coche que le precedía, haciendo una brusca maniobra que me compromete: apenas tenía cinco metros de hueco para encajar la Varadero. Inmediatamente, me subo la mentonera del casco abatible, y le miro descaradamente por el retrovisor. Voy a por él, y quiero que lo sepa.

Ahora sí que puedo ver mejor al conductor. Es un tipo que navega por la cincuentena, al lado lleva a su señora esposa. Dos presuntos triunfadores que saben muy bien que lo primero son ellos, y que si de vez en cuando se ha de hacer una rotonda en contradirección, no dejarán de dormir tranquilos.

En la autovía, les dejo adelantar. Cuando se ponen a mi altura, les señalo con el dedo, y les hago el gesto universal de tener más cara que espalda: aplauso de mi mano contra el carrillo. Como veo que el tipo aguanta paralelo a mí, le hago otro gesto universal de negación, puño cerrado excepto el dedo índice que se mueve diciendo que no. Abro gas, me pongo por delante de él y le pongo el intermitente a la derecha, la próxima salida es la nuestra, y quiero invitarle a seguir la conversación de una manera más pausada. No recoje el guante, y continúan su camino más tiesos que un palo.

Probablemente no hayan aprendido una mierda, pero como mínimo lo de hoy no le ha salido gratis. Además, este episodio con el motero ha sido esporádico, y mañana volverá a conducir igual: a fin de cuentas, él es el puto amo y los vasallos como ese desquiciado motorizado no le tirarán del trono. Esto lo aprendió de los políticos que gobiernan en este país.

Era un cincuentón prepotente, pero me hubiera dado igual que hubiera sido un taleguero de permiso carcelario: si no llego a sacarme esto de dentro, hubiera sido yo el que hubiera dormido mal.

Estoy harto de esta gente. Harto de respetar semáforos, líneas contínuas, distancias de seguridad, y comprobar que todo este esfuerzo para convivir pacíficamente no tiene correspondencia por parte de algunos bastardos egocéntricos que reinterpretan las reglas del mundo, para adaptarlas al centro del universo, es decir, ellos mismos.

Tenemos un problema en las carreteras de nuestro país: no vemos al resto de conductores como semejantes a los que hay que respetar, sino como intrusos en una carretera que todos ansiaríamos para nosotros solos, por supuesto sin reglas, leyes o radares que valgan.

La gente cumplidora y cívica también es pacífica por principios. Pero, en mi caso, eso se está acabando. Tengo el saco escrotal a punto de explotar al ver esas pequeñas injusticias cotidianas, y poner cara de benevolente con el corazón herido, mientras masajeamos nuestra conciencia pensando en que algún día le llegará la hora a ese insurrecto. Pues bien, si nos ponemos todos de acuerdo, podemos hacer que esa hora por fin llegue:

Cuando alguien deja de poner un intermitente, no está arriesgando la vida de nadie, pero deja en evidencia a los que se toman la molestia de cumplir la ley.

Cuando alguien no respeta la distancia de seguridad, está multiplicando las posibilidades de tener un accidente, crea angustia en el conductor que le precede y, si es un motorista, podría llegar a matarlo.

Cuando alguien aparca en doble fila, o en el carril bus, o en la plaza de un discapacitado, está demostrando una monumental falta de respeto hacia el resto de conductores: “¡Que es un momentito, coño!”, dice el ofendido conductor, esperando que todo el mundo sea comprensivo con su urgencia.

Etcétera, etcétera, etcétera... Ante estos actos, tolerancia cero: denunciémosles, ya sea por la vía legal (denúncia administrativa voluntaria), o directamente recriminándoles su actitud, tal vez la justicia más instantánea y reparadora que existe. Si el infractor es un ignorante, instruyámosle. Si es un caradura, convirtámonos en un espejo que refleje su miseria. Y si es un caradura violento, habrá que pelear más fuerte que él.

Es la rebelión de los justos. Vamos a por ellos, todos juntos… aunque eso represente que, tarde o temprano, también tengáis que venir a por mí.

2 comentarios:

  1. ¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo has podido describir en las palabras exactas lo que en mi mente estaba? Gracias. Un lujo haber leido esta entrada.

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    1. Bueno, ya sabes aquello de que si ponemos a cien monos aporreando cien máquinas de escribir durante cien años, en algún momento saldrá algo que nos puede gustar ;-) Gracias por el halago!

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