jueves, 3 de abril de 2014

No me pidas que sonría


Una fotografía es un instante congelado en nuestra vida, un documento que formaliza nuestra existencia... y que tal vez demasiado a menudo deseamos que se inmortalice con una resplandeciente sonrisa en nuestro rostro.

Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que retratarse era un acto que se efectuaba con solemnidad, y si era posible, con el traje de los domingos.

Reviso mis álbumes familiares... Observad esta foto del viaje a París, con ampollas en los pies y el cuerpo aterido de frío: tanto da, mirad qué sonrisa tan jovial. ¿Y qué me decís de esa instantánea, en la playa de Vilanova, con aquella novia de juventud? Parecíamos una feliz pareja de anuncio, nadie hubiera dicho que al día siguiente íbamos separar nuestros caminos de una vez por todas… ¿Y esa foto en el parque de atracciones, todo alborozo? Un momento, déjame recordar… pues sí, hacía cuatro días que había fallecido el abuelo.

Sigo pasando las páginas de los álbumes, amarilleadas por el paso del tiempo: ahora, las fotos no son de papel... De manera creciente, me instalo en una inquietud ante las sonrisas que, por reiteradas, se transforman en una mueca, una pose fuera de contexto que desconecta al personaje de la situación.

Desde aquel día, salgo bastante menos en las fotos... Y si me veis posando, por favor, no me pidáis que sonría.

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