jueves, 22 de mayo de 2014

Por una mierda de foto

El otro día, mientras circulaba por la autovía volviendo de un relajado paseo matinal, pinché el neumático trasero… Bueno, más que pinchar, explotó. Literalmente. Y además, dentro de un túnel, por lo que el sobresalto acústico fue importante: ¡¡BANG!!
Lo primero que pensé fue que la arandela del colector de escape volvía a las andadas provocando explosiones en vacío, pero casi inmediatamente después, un “plaplaplaplap…” y una evidente caída del eje posterior me indicó lo que pasaba, incluso antes de verlo: mayday mayday, hemos perdido la rueda trasera...
Me aferro fuerte al manillar, pongo los “warnings”, y me voy al arcén con la suavidad de un cuchillo deslizándose por la mantequilla. Pasé de cien a cero de manera paulatina, y sin que ningún latigazo me desbocara el corazón. Un aterrizaje de emergencia limpio, enhorabuena comandante.
Pasada la crisis inicial, toca asegurar la posición: el arcén es ancho, pero sigo dentro del túnel... Conozco a la empresa concesionaria de esta autovía, sé que este túnel tiene sensores y cámaras de videovigilancia: en este preciso instantes, un controlador ha dejado de prestar atención a su bolsa de pipas para seguir atentamente mis evoluciones, mientras acerca su mano al teléfono para enviar a la caballería.
Yo era el primer interesado en salir de allí, así que metí primera, y medio remando con las piernas empecé a avanzar, poco a poco, hasta la salida: "plap...plap...plap...". Sólo eran mil metros, pero circulando a veinte kilómetros por hora se hacen eternos. Bajo todas las capas textiles, en la espalda, regueros de sudor empiezan a converger hacia ese sitio oscuro ubicado entre las nalgas.
Finalmente, llego a la salida. Aliviado, bajo de la moto, la aúpo en el caballete, y empiezo la evaluación de daños…
Efectivamente, la rueda posterior está desinflada. Un agujero en el neumático me mira con indolència, entre dos tacos: algún objeto punzante se ha quedado trabado allí, y vuelta a vuelta, ha horadado la goma hasta la explosión final.
Tengo un “kit” para reparar pinchazos, aunque todavía no había tenido que utilizarlo… Mientras le doy vueltas a la hoja de instrucciones, otra idea se cuela en mi mente, iluminándome como una bombilla de mil vatios:
El viaducto bajo la autovía.
Veinte minutos antes del “incidente”, metí la moto bajo uno de los viaductos de la autovía para hacer una foto de aquellas “geométricas”...


La base del viaducto había sido explanada para la instalación de los pilares; finalizada la obra, el espacio se reconvirtió en "picadero" ocasional, vertedero irregular y lugar descuidado en general. Obcecado en encontrar el mejor encuadre para mi instantánea, no le dediqué al suelo la atención merecida, rodando por encima de todo tipo de desechos humanos. Uno de ellos era una botella rota de cava. Algún fragmento de vidrio debió quedarse enganchado en la rueda, porque empecé a oír un “cleck-cleck-cleck” que quedó silenciado al cabo de pocos instantes. Creo que aquel fue el primer capítulo de esta tragedia.
Me entró un mosqueo por varios flancos. Mosqueado por el anormal que rompió la botella. Mosqueado por el ayuntamiento por no recogerla. Y mosqueado conmigo mismo por no haber estado más atento.
Vuelvo a observar el neumático;  el cubrecadena de plástico también se ha desplazado de su sitio, retorciéndose entre el neumático herido y el basculante de aluminio. Tendré que desmontarlo también.
Mientras preparaba las herramientas, un chaval con un ciclomotor trucado se ha parado a mi altura:
-“¿Te has averiado?”, pregunta educadamente.
-“Un pinchazo, pero llevo para arreglarlo”, le respondo.
Se queda un rato pensativo, mientras da golpes de gas en vacío a su chicharrilla:
-“Si necesitas alguna cosa, que te acerque al pueblo, o alguna herramienta, lo que sea…”.
Este chaval me está rompiendo los esquemas: tenía muchos prejuicios contra los adolescentes cabalgando motos de dos tiempos, sobre todo relacionados con su melapelismo hacia el mundo en general. Ya puedo empezar a hablar en pasado sobre ello. Agradecido, le insisto en mi autosuficiencia, y lo despido con amabilidad, creo que nunca sabrá el favor que ha hecho a los de su generación.
En la bolsa de herramientas llevo espray antipinchazos, y también un kit reparador, conocido comúnmente como “macarrón”; tengo leído que este último sistema es más laborioso de aplicar, pero también es mucho más fiable. Desplego la hoja de instrucciones, y me pongo por la labor: pinchar el agujero para uniformizarlo, trenzar el “macarrón”, ensartarlo en el neumático y cortar lo sobrante, hinchar el neumático con las botellitas de aire comprimido... Cirugía de precisión para el profano.
Mientras estoy con la tarea, se para un enlatado: el conductor también es motero. Hoy debe ser el día del samaritano. Le doy las gracias, y continúa su camino.
Termino de empalmar el macarrón. Lo observo con ojos suspicaces, todo parece demasiado chapucero como para que funcione... Utilizo la primera botella de aire comprimido, tan sólo ha hinchado el neumático a 0,5 bares: me quedan cuatro botellas más, así que como mucho sólo conseguiré 2,5 bares... Decido ahorrar botellas y ejercitarme con una bomba de pie que casualmente llevo conmigo. Cinco minutos y trecientos pisotones después, la rueda vuelve a estar inflada, ¡milagro! Saco pecho, y me miro las manos negras sintiéndome un tipo útil.


Me precipité cantando victoria: el macarrón no sella completamente el pinchazo, y el aire se escapa con un siseo breve y enojado. Me pongo a maldecir, viendo cómo se esfuman en la atmósfera mis trescientas patadas… Sin dejar de rezongar palabrotas, saco el espray antipinchazos, y lo conecto a lo bruto en la válvula. Vacío medio bote, y muevo un poco el neumático para repartir el espumarajo blanco. El agujero burbujea un poco, y parece estabilizarse. Ahora sí que puedo cantar victoria.
Mientras recogía las herramientas, se acerca hasta mí el vigilante municipal, conduciendo su “pickup” logotipado. Tercer ángel de la guarda en 30 minutos. Le agradezco el interés, pero es que oiga, con pena le digo que debo marcharme de este pueblo en el que tanto abunda la buena gente.
Al día siguiente, cambié el neumático. El mecánico me dijo que "había hecho un buen trabajo con el macarrón".

6 comentarios:

  1. Una persona prevenida vale por dos.
    Saludos.

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    1. Y que lo digas, socio! A los hechos me remito...
      Saludos y buena ruta!

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  2. Puff..siempre hay una primera vez. Tu, por lo visto, la superaste con nota. Felicidades.
    Hay ocasiones en el que, aún, no todo está perdido en esta sociedad tan individualista, y no me refiero al macarrón.
    Saludos.
    Gelu.

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    1. Moraleja: en el fondo, hay más gente en el lado de los buenos ;-)
      Como siempre, gracias por el seguimiento y un saludo!

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  3. Manel eres un mostruo. Menuda cronica de esa anecdota.
    Yo llevo conmigo un kit de esos y por suertw nunca lo he
    tenido que usar aun.
    Y comprate un inchador de 12v que te evita muchos pisotones.
    Un saludo

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    1. Lo del hinchador automático es una buena idea, pero qué le vamos a hacer, soy un clásico ;-)
      Gracias por el seguimiento, nos seguimos leyendo!

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