sábado, 14 de noviembre de 2015

Seis cifras para Eloise

La vida es como un libro: empieza con un prólogo (generalmente, un cachete y un berreo expelido con el primer aire que entra en tus pulmones), y acaba con el epílogo que todos conocemos… Y en medio, capítulos. Algunos más y otros menos, pero todos tenemos varios capítulos que escribir: el primer día de escuela, el amor platónico del verano, las llaves del primer coche, el matrimonio, el divorcio, otra novia, un achaque que llega sin avisar, la primera vez que llegas a Finisterre y decides que quieres ser poeta… Escribiría mil ejemplos más, pero seguro que te haces una idea de lo que quiero decir, ¿no?

Y las motos. Un capítulo entero para los que vivimos un idilio con las motos. Y cuando digo “idilio” me refiero a que es mucho más que verla como una herramienta para ir a por el pan: es incorporar la filosofía de las dos ruedas a nuestro círculo vital, con todo lo que ello conlleva.

Esta “filosofía” antes mencionada es una cuestión personal que cada uno interpreta a su manera. En mi caso, la moto es una prolongación del individualismo como persona (y aunque parezca un contrasentido, gracias a ir en dos ruedas he podido conocer a multitud de amigos); me gusta viajar en solitario, mucho más de lo que quisiera reconocerle a mi sufrida pareja. Es en estos viajes cuando doy rienda suelta a mis neuras, y abro el debate sobre el estado de mi mundo interior.
Pero lo más importante es que, viajando en moto, veo las cosas con otro punto de vista. Más puro, sencillo, sin un muro de chapa y cristal que te aísla. Y si llueve, pues toca joderse y tirar de estoicismo. De hecho, casi diría que es conveniente que los elementos se vuelvan ocasionalmente en tu contra, así te reafirmas en haber elegido una vida menos cómoda y controlada. Un pistolero solitario vagando por el mundo.

Por supuesto, nadie está ni mucho menos obligado a creer o  compartir estos fundamentos: la vida es diversidad, y hay gente que llena sus ratos tirándose en paracaídas, coleccionando discos de los 70 o jugando a balonmano, aficiones respetabilísimas pero que me suenan tan a chino como que alguien considere de locos subirse a una moto para hacer un viaje de dos, veinte o veinte mil kilómetros. Págame con respeto y yo te devolveré la deuda con intereses y propina.

Pero volvamos a las motos. O mejor dicho, a una moto: mi moto. Una Honda Varadero de color azul, ensamblada en la fábrica de Santa Perpètua de Mogoda en 2.005, cuando España todavía era una potencia mundial en la fabricación de motos (¡ah, qué tiempos!). Entregada a su primer dueño en febrero de 2.005, llegó a mis manos en noviembre de 2.009.

Por aquel entonces, yo estaba entrando en una fase de “cordura motociclista”: no mamé motos de crío, ni tenía amigos moteros que me quisieran conducir por la senda de la salvación (ja ja). De hecho, yo siempre había sido de coches. A mediados de los 90, compré una Honda CB250 de cuarta mano “para ir a por el pan”, y ahí fue, amigos, donde algo se torció en mi mente...

A partir de ahí, pasé una época de “veleta” en la que intenté comprar todas las motos del mundo… y casi lo consigo: me salía prácticamente una moto por año. Una época loca desde el punto de vista mental, y ruinosa desde el punto de vista económico: Aprilia Pegaso carburadaTriumph Sprint 995, otra Pegaso inyectada, y finalmente una BMW GS1150 con la que nunca llegué a empatizar. Tras un pequeño arrastrón sin consecuencias con esta última, le cogí miedo al caballo y me cuestioné si debía dar por cerrado mi capítulo con las motos: ya había tenido mis años de “Born to be wild” y todo ese rollo, tal vez había llegado la hora de que la cordura pasara de la chaqueta a la cabeza…







Y así estuve durante algo más de un año, hasta que la historia se repitió: “¡Caramba, qué bueno está este pan, y qué lejos está la panadería!” Siempre recordando que ya no estaba en la movida motera, no qué va para nada, en 2.005 compré una Yamaha YBR125, humilde naked que me resolvía las cuestiones de movilidad… Estaba recién lanzada en el mercado, y su relación calidad-precio la había puesto en el indiscutible número uno en ventas.



En Internet se acababa de crear un club de usuarios de esta moto, y ahí fue donde me enredaron bien: pese al humilde cubicaje, esta gente no tenía complejos en montar quedadas y concentraciones allá donde fuese. Conocí a grandes amigos que aún conservo, gente espectacular que son un reflejo de aquella moto, sencillos y honestos.
Nuevamente, estaba dentro de la movida. El motero no estaba muerto, sólo había estado de parranda con motos inadecuadas.


Ante el nuevo giro de los acontecimientos, la YBR era una maravilla, pero se quedaba corta para, por ejemplo, hacer un viaje a 800 kilómetros de casa… Sin perder la cabeza, me puse a buscar una evolución lógica, y como suele pasar en las películas de amor, yo buscaba a la moto, y la moto me encontró a mí:

El "flechazo" se encarnó en una Suzuki Bandit 650 de re-estreno, con tan sólo 6.000 kilómetros en el marcador. Fue verla y quererla. Versión desnuda, esencia absoluta del concepto moto: dos ruedas, un motor a la vista y un faro redondo. Y ese color… un azul cielo precioso, aún hoy lo veo y no concibo esta moto en un tono diferente.



Comprada en 2.006, la Bandit seguía su propio camino, y no se planteaba un combate cuerpo a cuerpo con sus teóricas rivales; enseñaba sin complejos sus “michelines” de la vieja escuela, nada de siluetas aligeradas. Te costaba unos minutos acostumbrarte a esa masiva joroba del depósito de combustible. Tampoco tenía estridencias en forma de pegatinas superfluas, una simple “S” de Suzuki en los laterales del depósito, y la denominación del modelo en las ancas traseras. El faro redondo, intemporal, hace que nunca esté de moda, y a la vez que nunca pase de moda.



Fue tal la química, que fue la primera moto que “bauticé”: Mabel.

Mi voracidad por seguir ampliando fronteras en moto estaba desbocada. Habría prolongado la historia de amor con Mabel en el tiempo, pero su robustez eterna me indicaba que, si debía esperar hasta que se rompiera, ya podía esperar sentado… Por otra parte, había otra máquina por la que suspiraba desde hacía años, la Honda XL1000V, a.k.a “Varadero”.

Decidí que, en los tiempos frenéticos que se avecinaban, esa maxitrail masiva podría ser la “socia de ruta” perfecta... y también la consecución de un sueño, el colmo del maxitrail, lo más de lo más: para mí, la Honda Varadero era la cima de la montaña, y no quería dejar pasar la oportunidad de conseguirla coincidiendo con el momento más efervescente de mi vida.

Me puse manos a la obra. Mi presupuesto no llegaba para una nueva, así que visité los ciber-lugares habituales de compraventa. Buscaba candidatas poco rodadas, de color atrayente y precio atractivo.

Dentro de mi provincia, encontré lo que creía estar buscando: una Varadero de color azul. Tenía cuatro años de antigüedad, pero tan sólo 19.500 kilómetros. El precio era interesante, me ahorraba el 50% respecto a la nueva. Además, incluía las tres maletas originales.

Valía la pena acercarse a echarle un vistazo. Cuando llegué al punto de encuentro pactado con el propietario, me pasó algo similar que con la Bandit: el flechazo fue prácticamente instantáneo con ese percherón japonés de 270 kilos.

La primera toma de contacto fue positiva: me gustan las motos masivas, y desde luego, la Varadero cumple este apartado con creces. La puse en marcha, el bicilíndrico ronroneó prometiéndome alegrías. La moto estaba casi vendida por sí sola.

No pude dar una vuelta para probarla: “tiene dado de baja el seguro, y tampoco ha pasado la ITV”, me comentó el propietario. Luego descubrí que me escondía algunas cosas más, pero para entonces yo ya era el nuevo dueño. Le condicioné la venta a que la ITV estuviera correctamente pasada, y que también cambiara el neumático delantero: con 19.500 kilómetros, todavía era el de origen, insoportablemente gastado. El propietario no puso pegas a mis condiciones.

Contento como unas castañuelas, llegó el día del “intercambio”. Subo en ella, todos los papeles en regla, pagada. Mía. Pongo primera, al principio da un poco de inseguridad, la rueda delantera no se ve, se intuye ahí delante, tapada por el mastodóntico frontal; también asusta un poco en las maniobras a baja velocidad, este carro de polos tiene el centro de gravedad muy alto y toca adaptarse a las nuevas inercias.

La primera parada será en mi taller de confianza, Motoservei Manresa (calle Alcalde Armengou, 57, de Manresa). Lo menciono expresamente porque la honestidad de Dani, propietario y mecánico, ha quedado demostrada durante todos estos años de fidelidad, y no hay ningún otro que me toque la moto… La cuestión es que había encargado por internet unas barras de protección y un caballete central, que había enviado directamente al taller: soy un zoquete para el bricolaje, así que Dani las montaría, y también le echaría un ojo profesional a la moto.

Una vez revisada, el informe fue agridulce: la moto en general está bien, no se aprecian holguras, fatiga prematura o pérdidas, pero el “kit” de transmisión está en las últimas (otro indicio de la mala vida que le dio el primer propietario), y la batería es de “juguete”, incompatible con el amperaje del modelo. Condenada a muerte. El antiguo dueño la había puesto para que arrancara bien durante dos semanas.

Pero aún quedaba el peor síntoma: en algún momento de su efímero kilometraje, la Varadero padeció un arrastrón, reparado posteriormente. El síntoma me pasó por alto a mí, pero no a Dani: las pegatinas de un lateral están “pegadas”, mientas que las del otro lado, las de fábrica, están lacadas. De todas maneras, Dani me reitera que la moto va como un tiro, y que no hay nada doblado o roto por ahí dentro...“¡¡Judas!!”, espeto mentalmente al antiguo propietario, de cuyo nombre ni quiero ni me sale de las pelotas acordarme. Prometo darle a la Varadero los mimos que se merece. Empezando por el nombre: Eloise.

Tras recogerla del taller, hice lo que supongo habrán hecho muchos otros: acercarme a una gravera para hacerle a Eloise una sesión de fotos con fondo rudo y aventurero.



Noviembre de 2.009: la era Eloise había empezado.


Aquel invierno en la Cataluña central fue bien riguroso. Hay lugares más gélidos, por supuesto, pero aquí tienes que ir bien equipado si no quieres que el frío se te clave en la piel como alfileres. O en las manos. Tardé pocos días en instalarle a Eloise unos puños térmicos.
Durante aquel primer invierno varaderiano, también apareció un “incordio” inesperado: el botón de las luces largas tendía a quedarse clavado, nada que no se pudiera solucionar con espray antihumedad… y que no se ha vuelto a reproducir, por cierto.

En marzo de 2.010 pasó su primera revisión exhaustiva, incluido el cambio de la nefasta batería y el kit de transmisión: la moto debía estar impecable para afrontar su primer gran viaje, Marruecos.








La moto no dio absolutamente ningún problema, ni con frío, lluvia, calor extremo o arena del desierto. Se comportó al nivel de su reputación, un tanque de dos ruedas.


Tan sólo necesité cinco meses para hacer los primeros 10.000 kilómetros: estoy exprimiendo a tope el individualismo de la soltería, y mi tiempo libre pivota casi exclusivamente alrededor de la moto. Eloise no es ni mucho menos tan intuitiva y juguetona como la antigua Bandit, pero me gusta la sensación de pilotar este portaaviones.








En abril bajé, bien escoltado, al circuito de Cheste para ver las Superbikes. Joan me acompañó desde Barcelona, Ricardo nos esperaba en su tierra valenciana: dos tipos que, si algún día me piden un favor, se convertirá automáticamente en un objetivo a cumplir cueste lo que cueste. Gente de mucha calidad.





Por cierto, el acceso gratuito (con pase de paddock) a Cheste fue una pirueta del destino, gracias a un amigo que tiene un cuñado que tiene un amigo que es el jefe de Ducati España… Creo que algún día me animaré a explicarlo en una crónica ;-)

No he mencionado que la compra de Eloise coincidió con la creación de este blog que ahora mismo estás leyendo. En principio no sabía muy bien qué hacer con él, era una especie de “cajón de sastre” en el que iba escribiendo las diferentes excursiones que realizaba, y por supuesto los viajes más rumbosos, como el antes mencionado de Marruecos, Cerdeña o mi bautizo en los Alpes, también realizado en aquel loco 2.010.

















En las 24 horas de Montmeló, veía por primera vez cierta Yamaha que me subió las pulsaciones… pero Eloise tenía su plaza bien consolidada.
Con un par de viajes lejanos (dentro de la península) y algunas escapaditas de fin de semana puse punto y final al 2.010. En un año, Eloise había recorrido 25.000 kilómetros.









El año 2.011 empezó “calentito”, y no precisamente por la temperatura ambiental: todavía no había acudido a alguna de las concentraciones invernales “clásicas”, y había llegado la hora de ponerle remedio. Asustado por la masificación de Pingüinos-Motauros, puse el ojo en otra de las clásicas, la “Estrella de Javalambre”.



Hubo otro gran acontecimiento con el nuevo año: Eloise ya no me iba a transportar sólo a mí. Isabel y yo habíamos encontrado un camino común… y en él seguimos hoy. Esta muchacha entró en mi vida sin ningún antecedente motero, pero afortunadamente no sólo no le hizo ascos a su puesto de “artillera”, sino que afronta los viajes con el mismo entusiasmo que le puedo poner yo. La vida, a veces, nos regala estos golpes de suerte.




Eloise también fue testigo de un hecho, digamos, excepcional: gracias a un amigo, ex-corredor olímpico, conseguí tener en mis manos una de las antorchas que llevó el fuego de Barcelona´92 hasta el pebetero… ¿Y qué mejor lugar para retratar el momento que en el mismo estadio Olímpico de Montjuic? El revuelo que monté con unos turistas japoneses que también querían su foto propició la intervención de uno de los guardias de seguridad…





El año trascurría plácido, no era una época de grandes retos, pero aún así Eloise no se aburría en el garaje. Había empezado la época de los viajes “con sustancia”, aquellos en los que empezaba a pesar más la historia de los lugares visitados que no el viaje en sí. En mi “blog” se empezaba a hablar menos de motos y más de historia. Y así seguimos…









En verano, una colla de amiguetes “habituales”, nos pusimos en ruta para atravesar los Pirineos de punta a punta. Eloise volvió “tocada” de aquella experiencia, las marchas no sincronizaban como es debido. Estuve haciendo pruebas con la tensión del cable del embrague, más tarde cambié el propio cable, pero la cosa no acababa de funcionar. Soy un tío impaciente y decidí cortar por lo sano, así que con 55.000 kilómetros cambié el embrague entero: mi sonrisa de satisfacción tan sólo tembló cuando tuve que pagar la factura.








Tanto nos gustó la experiencia, que dos meses más tarde repetí nuevamente la travesía de los Pirineos, acompañado de unos compañeros del trabajo... En aquel viaje me falló el sensor del inmovilizador electrónico; estuve a punto de quedarme tirado en Francia, aunque finalmente aguantó hasta la vuelta. Esta avería es endémica en las Varadero, un error de fabricación al que incomprensiblemente Honda ha dado la espalda, desentendiéndose del tema.





El degenerado de mi amigo Joan se compró una Superteneré, supongo que con la única intención de tentarme cuál Eva manzana en mano: “Aparta ese artefacto de mi vista”, le respondí, con lágrimas de deseo y codicia. La poligamia no está bien vista en este país, ni con las mujeres, ni con las motos.



En otoño, organizamos una ruta “non-stop” por Cataluña, 600 kilómetros por los puertos de montaña más endiablados.







Al llegar la época navideña, Eloise formó parte del paisaje familiar…



ITV pasada, cero defectos.











El año 2.012 empezó como es normal, con excursiones cercanas en los meses más fríos, que iban ampliando su radio conforme se alargaban los días y subían las temperaturas. Eloise estrenó una nueva cúpula, sobreelevada: estéticamente, con la belleza de un santo con dos pistolas, pero con una efectividad sorprendente, que es de lo que se trata...







 También empecé a tomarme en serio la movida de los viejos ferrocarriles…




El mes de abril, coincidiendo “casualmente” con mis primeros 40 años de juventud, a Isabel no se le ocurrió otra cosa que montar una concentración motera a mis espaldas, con los “amiguetes” habituales, en la que ha sido una de las mayores sorpresas de mi vida. David, más que un amigo casi un hermano, pasó de mí y le regaló a Eloise un Scottoiler. Me despreocupé completamente de engrasar la cadena… y pasé a preocuparme porque el caudal de la grasa bajara correctamente, misión imposible.





Poco después, Eloise estrenaba también unos “presuntos” faros auxilliares de largo alcance, en la práctica unos meros cuneteros que tampoco son nada del otro jueves, pero que estéticamente le dan a la moto una imagen aún más maciza, si cabe.













Antes del verano, también nos acercamos hasta las nieves. Fue un año muy blanco.















En 2.012 hubo diferentes viajes, pero el viaje, el grande, fue de nuevo a tierras alpinas, coronando los puertos franco-suizos: si nos gusta el caldo, pues dos tazas, ¿no?











El mes de julio, tuve el gran privilegio de conocer al motoaventurero Ian Coates, que realizó una pausada vuelta al mundo, 14 años y 400.000 kilómetros, en una Honda Africa Twin. Sin patrocinio y casi sin hacer ruido. El anfitrión que hizo posible este encuentro fue Jorge Sardà, actualmente volviendo de un accidentado motoviaje a Mongolia.


Octubre es un mes “tonto” que muchas veces pasa injustamente desapercibido, sin embargo es una época fenomenal para planear una escapada, si es que la coyuntura te lo permite, claro… Nosotros cargamos la Varadero en un ferry, e hicimos una escapada a Menorca para apurar los últimos rayos estivales del sol.






En noviembre de aquel año nos acercamos hasta Cervera para rendir honores al reciente campeón de Moto2, un tal Marc Márquez



Tras la fiesta con el campeón, Eloise entró en quirófano para afrontar una operación que en teoría era sencilla (cambiar la junta del colector, otro problema inherente a este modelo); el problema es que para llegar al maldito aro, Dani tuvo que desmontar media moto. Me vino a la cabeza una frase del motoviajero Charly Sinewan, que tras sufrir un problema mecánico en su Varadero dijo que “esta moto parece que fue concebida por varios diseñadores diferentes que luego no se pusieron de acuerdo para ensamblar las piezas”. Cuánta razón.

También cambié, por enésima vez, una de las bombillas de freno: esta moto se las come con una voracidad inaudita.



Con algunas “escapaditas” a lugares cercanos acabó el 2.012. El marcador de Eloise indicaba 77.000 kilómetros.


El año 2.013 empezó meteorológicamente revuelto. Envejecido, herrumbrado y cuarentañero, este rudo motero está perdiendo las últimas escamas de valentía para hacer frente a la climatología extrema. Un amigo de Valladolid me preguntó por enésima vez si iría a la Pingüinos, y por enésima vez le dije que ni hablar.


Busqué en el mapa un lugar tranquilo para hacer una escapadita invernal… ¿Qué tal allá donde el sol brilla 300 días al año? Hacia años que le tenía ganas a la Almería de los “spaghetti-western”, en lo que hasta ahora ha sido uno de los viajes que más he disfrutado.





Empecé a meterme a fondo en la chaladura de los viejos ferrocarriles, y también en viajar siguiendo episodios de la Guerra Civil. Insisto en que no tengo intereses personales ni en una cosa ni en la otra, pero… bueno, tal vez es mejor esto que, por ejemplo, aprender a tocar la trompeta, porque con lo primero puedo ir en moto, y con lo segundo no, porque las manos deben ir siempre apoyadas en el manillar.




El resto de la temporada primaveral fue movido, aunque siempre destinos próximos: con Isabel escapadas de fin de semana, y en solitario para chafardear esos sitios raros que luego aparecen mencionados en este blog.















El viaje del verano se puede considerar “próximo”, pero igualmente lleno de buenas vibraciones: todo el norte peninsular hasta Finisterre, acompañados por nuestros amigos Javier, Gonzalo, Julia y Ricardo.














Pasados los 80.000 kilómetros, el motor empezó a consumir aceite, no de manera preocupante, pero todo lo que fuera más que cero ya es un incordio. Desde entonces, utilizo un aditivo para tapar pequeñas fugas, un “remiendo” con el que espero dilatar la inevitable apertura de motor.

También descubrí, con un escalofrío, que hacía miles y miles de kilómetros que el amortiguador trasero había pasado a mejor vida: la moto se apoyaba únicamente en el muelle. Ya decía yo que últimamente era como “más baja”…

ITV pasada en diciembre de 2.013, cero defectos, 93.000 kilómetros.

Poco antes de los 100.000 kilómetros, decido ponerme serio con el maldito dolor de espalda: parecer ser que el origen es la postura fija del brazo derecho en el puño del gas, por lo que le instalo un bloqueador manual del acelerador y unas torretas de manillar, a ver si la cosa se suaviza... El bloqueador resulta ser un incordio, pero ahí queda instalado, y del dolor muscular... bueno, con medicación y algún que otro "andamio" fabricado artesanalmente por mi fisioterapeuta, voy tirando... ¡ah! Y los mimos de Isabel, sin duda la mejor medicina.


VISITAS AL TALLER

Eloise ha tenido un mantenimiento puntual y cariñoso, cada 6.000 kilómetros durante la mayor parte de su vida. Últimamente tengo la “bendición” de mi mecánico Dani para alargar hasta 10.000 si así lo deseo, aunque lo más normal es que siempre haya una “excusa” para llevarla antes, normalmente para sustituir algún consumible.

La Varadero nunca ha necesitado una grúa, aunque más de una vez ha sido por suerte: en Francia, me tiré un buen rato tirado a causa de la avería en el HISS, aunque finalmente arrancó por si sola.

El “kit” de transmisión viene durando unos 25.000 kilómetros de media. El supuesto “milagro” de duplicar su durabilidad gracias al Scottoiler no lo he visto por ningún lado.


NEUMÁTICOS

Conduciendo “fino”, los neumáticos suelen durar entre 10 y 14.000 kilómetros. Mis neumáticos de confianza son los Metzeler Tourance (sin variantes ni letritas, los de “toda la vida”); alguna vez he cambiado de marca por probar, pero siempre he vuelto a los Tourance. Casi siempre cambiados de dos en dos.

EN POSITIVO

Cada uno de nosotros tenemos la mejor madre y la moto más bonita, y yo no voy a ser menos: estéticamente, para mí no hay maxi-trail más bella que la Varadero. Su carenado tiene el volumen de un Hummer, esto produce un cierto nerviosismo cuando subes por primera vez, pero… a mí me gustan así.

La comodidad a bordo es otra de sus bazas. Es una alfombra voladora para conductor y artillera. Con la cúpula de serie tapa el aire lo suyo, pero con pantalla sobreelevada ya es de traca.

La calidad percibida es notable, pero nos engañemos, que nada es perfecto: lo de “calidad Honda” es más una frase de marketing que otra cosa, las demás marcas no están dormidas en la parra.

El consumo es razonable… si no te pasas con el puño del gas: unos 6 litros a los 100.

La iluminación es fantástica, gracias a la doble parábola delantera.

EN NEGATIVO

-El amortiguador trasero de serie se muere demasiado pronto.
-El cable del HISS se parte por culpa de un defecto de diseño.
-Una moto devoramillas… ¿¿sin testigo de nivel de combustible??
-También es chocante que la moto sea de inyección, pero con estárter manual.
-El freno tiene un mordiente mejorable.
-Los conmutadores de las piñas ya eran viejunos cuando se vendía la moto. Una vez familiarizado con ellos, ahora incluso les veo un punto “vintage”. Lo importante es que funcionan bien.

CIEN MIL

Eloise llegó a la mítica cifra de 100.000 kilómetros haciendo lo que mejor sabe hacer: viajar. Concretamente, volviendo del tirón desde la frontera portuguesa. Era la primera vez que mi artillera Isabel padecía los rigores de una kilometrada tan larga en un sólo día, y respondió con el sobresaliente habitual... Al llegar a la cifra mágica, nos apartamos a la cuneta, e inmortalizamos el momento con las fotos que cierran esta crónica:

Aunque, pensándolo bien, más que una crónica, es un repaso biográfico a una importantísima parte de mi vida, de nuestra vida, y es que los motoristas no nos cansamos de repetir que nuestro vehículo va mucho más allá del mero medio de transporte: define nuestro carácter, y así es como nos gusta que nos recuerden.

Me gustaría acabar diciendo aquello tan manido de "ya os contaré cuando llegue a los 200.000", pero no puedo garantizarlo: hay días que esta veterana dama me resulta demasiado alta y pesada, o no sé qué haré si el consumo de aceite va a más, o si se me acaba la paciencia de engrasar periódicamente la cadena mientas suspiro por un cardán, o qué pasará si un día necesito ese ABS que ahora no tengo... Pase lo que pase, hoy todavía sigo perdonando a Eloise todos sus defectos, y mañana... bueno, mañana volverá a salir el sol, y estar ahí para verlo es lo más importante. Amigos, cuidémonos todos.

Saludos y buena ruta!

19 comentarios:

  1. Enhorabuena Manel por los 100000... Espero que sigas escribiendo capítulos, ya que al leerlos, haces que viajemos contigo. Seguro que nos veremos en algunas rutas...

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    1. Gracias, Chiqui! Espero que nos veamos pronto en la carretera... pero vamos, MUY pronto, no sé si me entiendes ;-)
      Abrazos!

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  2. Muy bueno Manel el relato, pero queda claro que el conformismo con una marca en concreto te da lo mismo, quizas sea mejor asi, sentir sensaciones mas que sentir las marcas, es mas logico. Luis.

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    1. Las marcas son marcas, cada una tiene su personalidad, sin que quiera decir que es mejor una que otra... Si fuera rico, tendría una de cada!! Jejejejeeee...
      Un abrazo, Luis!

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  3. Lo primero es darte la enhorabuena por esos 100.000 kms, en lo demas estoy con lo que dice Chíqui, es un verdadero placer leer tus crónicas, te deseo mucha suerte en lo que te dure "Eloise" o en su defecto con la nueva adquision que hagas, un abrazo.

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    1. Creo que aún tengo Eloise para rato, jejeje... Muchas gracias por el seguimiento, abrazos de vuelta!

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  4. ¡¡¡ E N H O R A B U E N A !!!, si es que al final se les acaba cogiendo cariño. Mis mejores deseos para los miles de kilómetros que te quedan por delante con tus dos compañeras, pero, sobre todo, mis mejores deseos para que sigas disfrutando de todos y cada uno de esos kilómetros, que al final es lo importante. :)

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    1. Muchas gracias por tus buenos deseos!! En ello estamos... Esta crónica ha sido muy "a lo Santi", mucha foto y mucha letra ;-)
      Abrazos y buena ruta!

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  5. Con la moto casi todos al intentamos llegar a lugares y cifras ""míticas"" personales, lo bueno es como lo vamos cumpliendo. Enhorabuena a los premiados ;-) y a seguir cumpliendo objetivos y que lo leamos. No soy del marquismo, cada uno que lleve lo que guste o pueda y si son ambas cosas mejor que mejor.
    Salud y gasss

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    1. Y que estemos ahí para verlo, Cristalines! Gracias por el seguimiento, saludos y buena ruta!

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  6. Enhorabuena Manel! he pasado un rato entretenido leyendo la historia. Me gustan esas crónicas ferroviarias,m no sé si te dije que simpre viví al lado de vias del tren (en las que incoscientemente jugabamos de niños....) y trabajé un año en una empresa externa de mantenimiento....y por supuesto las escapadas y viajes. Todavía te quedan muchos km con Eloise. Si quieres un consejo, mete un regulador de repuesto debajo del asiento....si no lo usas , mejor, pero el día que casque, que suele ser el peor día para eso, te acordarás del consejo...
    Salud y buenas rutas!!

    V´sss

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    1. Hola Fran! Gracias por los halagos, y tomo nota de la sugerencia del regulador...
      Nos vemos en la carretera... o en las vías del tren!! ;-)

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  7. Guau!!!! Una vez más gracias por este relato bibliográfico de Eloise y vuestros comienzos.
    Un abrazo Manel

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    1. Muchas gracias, guapa! Nos vemos pronto en la carretera... o en una mesa bien surtida de tapas ;-)

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  8. Guau!!!! Una vez más gracias por este relato bibliográfico de Eloise y vuestros comienzos.
    Un abrazo Manel

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    1. Gracias a vosotros por el seguimiento, abrazos de vuelta!

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  9. Vivirlo y escribir lo vivido es vivirlo dos veces. Gracias por la generosidad de compartirlo. 😉

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    1. Gracias a tí por el seguimiento, grandullón! Un abrazo y nos vemos pronto...

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  10. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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