domingo, 27 de julio de 2014

La Provenza

¡Mpf! ¿Qué hace un machote como tú en un sitio como este? ¿Olores fragantes, contraste de colores, pueblecitos medievales de postal? ¿Saquitos aromáticos? ¿Disfrutar del savoir faire francés? ¡Por favor! Como habrás adivinado, estoy aquí únicamente para satisfacer a mi santa pareja, y sus delirios hippy-guays… Yo soy demasiado masculino para esto, a mí me van más los lugares tipo ir al anillo de Nürburgring para pilotar al límite, pasar en vela la noche previa al Bol d´Or mientras el mundo se vuelve loco a tu alrededor, o bien hacer una ruta trail, orinar en la cima, y acampar allí mismo cuál espíritu libre mientras me pulo un pack de seis latas de cerveza…
De acuerdo, estoy mintiendo como un bellaco, ¿a quién pretendo engañar? Es imposible negar los encantos de la Provenza francesa. 

En este viaje, dejaremos deliberadamente de lado toda la parte costera de La Provenza, nuestro interés principal son los grandes campos de lavanda, que en julio están a punto de recolección. Por clima y calidad de la tierra, estamos en la mejor zona para cultivar esta planta aromática, de uso ornamental, terapéutico, e incluso se puede utilizar como condimento.


Pero no sólo de lavandas vive la Provenza. Unos paisajes maravillosos, el legado cultural y arquitectónico de diversas culturas, hogar de pintores y escritores, lugar de reposo de diversas estrellas de Hollywood… ¿Preparados para entrar en un cuadro de Van Gogh? 

Dia 1

Entramos en Francia por la Jonquera, tenemos ante nosotros 300 tediosos kilómetros por la autopista del Mediterráneo… Subimos la velocidad legal a 130, y casi inmediatamente hemos empezado a pelearnos con el maldito viento de mistral, procedente del mismo anticiclón que genera el cierzo, y con la misma mala leche que éste; primero rezongamos, luego insultamos, luego suplicamos, pero el viento no atendía a razones y nos agitó como peleles. Por lo menos, no teníamos que preocuparnos por el tráfico caníbal, ya que los franceses, a diferencia de los latinos, utilizan el carril de la derecha y son respetuosos con los límites de velocidad.

De esta manera, hemos llegado a nuestra primera parada, e inicio de la ruta turística: Arlés.





Cruce de caminos estratégico, el imperio romano dejó huella en Arlés con construcciones imponentes como Les Arenes, el anfiteatro mejor conservado de Francia, y actualmente utilizado para celebrar corridas de toros -de gran aceptación aquí-.



Cerca del anfiteatro, el Teatro Romano mantiene algunas columnas en pie, además del foro, que en su día podía albergar hasta 10.000 personas. Hoy sigue utilizándose para celebrar representaciones al aire libre.





El resto de la ciudad antigua es una gozada para perderse por sus calles, contemplando palacetes y otras construcciones regias.











Vincent Van Gogh pintó en Arlés más de 300 cuadros, entre 1.888 y 1.889; se puede realizar un circuito a pie para ver los lugares representados en sus lienzos. El lugar más representativo es el “Café la Nuit”, rebautizado como Café Van Gogh, cuyas paredes de color amarillo huevo inspiraron al artista para plasmarlo en un cuadro.



Como ya habrás podido deducir, Arlés tiene muchas teclas diferentes para poder tocarte la fibra, pero yo siempre la asociaré a la película Ronin, trepidante thriller de John Frankenheimer; siempre me resulta fascinante mezclar ficción con realidad, imaginándome que nos cruzábamos con Jonathan Pryce frente al Café Van Gogh, o que en el anfiteatro romano debíamos protegernos del fuego cruzado en el que Robert de Niro salió herido, sin que Jean Reno pudiera hacer nada por evitarlo… Tonterías de cinéfilos.



Volvemos a la carretera. Saint-Remy de Provence es una típica villa provenzal, que vio nacer a Nostradamus en 1.506, y que también acogió a Van Gogh en la etapa terminal de su vida, cuando la demencia le hacía pintar un cuadro tras otro hasta que se suicidó de un tiro en la sien, en 1.890. Por tamaño y servicios, nos parece un lugar perfecto para pernoctar.

Antes de dejar definitivamente la moto, nos hemos acercado hasta Les Baux de Provence, pequeña villa medieval encaramada en las colinas de Les Alpilles.


Afortunadamente, hemos llegado a una hora en la que la manada ya se está batiendo en retirada. El tráfico por el interior del pueblo no sólo está prohibido, sino que es casi imposible por falta de espacio, así que hay que utilizar los aparcamientos que hay en las afueras.




En la entrada, un monumento glorificando al geólogo Pierre Berthier, que en 1.821 halló en este lugar un nuevo mineral, inédito hasta entonces, y lo bautizó con el nombre de bauxita.



De nuevo en Saint-Remy, cenamos en una terraza. La camarera que nos atiende es de abuelos toledanos, y chapurrea algo de español.


Aunque sólo habíamos pedido unas ensaladas y alguna otra cosa ligera, los platos tardaron una eternidad en aparecer, lo cual no quiere decir que nos aburriéramos: están de fiesta mayor, y un pasacalles festivo nos animó la espera.



Cualquier rincón del mundo tiene dos caras bien definidas: la del día y la de la noche, y Saint-Remy de Provence no iba a ser menos. Las callejuelas, con el empedrado reflejando las luces de las farolas, dan un ambiente romántico a nuestro paseo.


Es un buen momento para acercarse hasta la casa natal de Nostradamus.




Seguimos caminando; toda la vida social se concentra en los alrededores de la parroquia de San Martín: en una explanada, hay una feria multicolor, algunos puestos ambulantes de gofres y pizzas, y un escenario en el que una banda de música calienta motores para más tarde…



El cielo se ilumina de fuegos artificiales, y justo al acabar, el pueblo se congrega ante el escenario, los instrumentos empiezan a sonar…





Volvimos al hotel medio a tienta,s por unas calles mal iluminadas.



Dia 2



Recoger, cargar la moto y seguir camino: la imprevisión forma parte de la diversión. Ponemos proa hacia Gordes, uno de los pueblos más retratados de la Provenza. Hoy es día de mercado, por lo que está muy animado. Unas gitanas españolas venden ajos.







A mediodía, el pueblo empieza a desbordarse de gente; una horda de jubilados alemanes acaba de bajarse de un autocar y se diluyen en el gentío como una mancha de aceite, centenares de coches se arrastran por el atestado aparcamiento para conseguir un cuadrado libre… Es un buen momento para marcharse de allí.


A las afueras de Gordes, hay que recorrer pocos kilómetros para llegar hasta la abadía de Senanque, otro de los lugares icónicos de la Provenza.





Cerca de Gordes, Roussillon nos saluda con sus diecisiete tonos de ocre: en las laderas de la montaña, en las paredes de las casas y en las figuras de arcilla que se venden en las tiendas de recuerdos.




Hemos comido en un restaurante con vistas al valle. La camarera es de Valencia y desoxida su catalán hablando con nosotros.

Más adelante, la meseta de Valensole, nos presenta por fin esa postal provenzana que tanto anhelábamos: kilómetros y kilómetros de plantas violetas. 




En uno de los campos, una cosechadora recoge lavandas;  un pequeño tumulto de japoneses se congrega a su alrededor. El olor es más intenso aquí que en cualquier otro lado. Estamos pisando centenares de flores desparramadas por el suelo, las mismas que se venderán en los comercios a precio de caviar.




Hubiéramos querido pernoctar en Valensole, pero está todo completamente saturado: no contábamos con que es precisamente ahora que La Provenza registra su punto álgido de la temporada. Incluso la chica de la oficina de información turística nos ofrece una habitación, aspecto que declinamos, a no ser que nos den demasiadas veces con la puerta en las narices.



Finalmente, hemos encontrado un hotel en Allemagne-en-Provence, a 14 kilómetros de Valensole; nos dicen que “les queda la última habitación” a un precio tirando a caro. Aceptamos la propuesta, y vamos para allá.

La carretera que une Valensole y Allemagne-en-Provence es terriblemente retorcida y parcheada, pero no nos importa, las extensiones de lavandas continúan a nuestro alrededor.

Por fin llegamos a Allemagne-en-Provence, son cuatro casas en un lugar de paso hacia el Verdon, pero aquí no parece que quiera parar nadie. Si no fuera porque ya estábamos verbalmente comprometidos con el hotelero, también habríamos pasado de largo.


Llegamos al hotel, está en las afueras. Por fuera no da mala impresión, pero por dentro deja bastante que desear… Y eso que aún no habíamos visto la habitación, decorada “al estilo de la abuela” y con un furtivo olor a polvo y humedad.


Por cierto, pese a que nos habían dicho que el hotel estaba a tope, no nos cruzamos con nadie: o eran huéspedes tremendamente discretos, o nos la habían colado.


En las afueras, un chateau indica que es “visitable a horas convenidas”, pero también que es de “propiedad particular”, y que “no se moleste fuera de horas”. Pues nada, au revoir.




Día 3

A primera hora de la mañana, ya estábamos encima de la moto. Ni siquiera nos quedamos a desayunar.


Paramos en Moustiers-Sainte-Marie, preciosa villa situada a los pies de un acantilado del que brama una cascada. Es tradicional por sus cerámicas, como se puede comprobar en los comercios.




Encaramada en la pared, la capilla de Notre-Dame de Beauvoir vigila el pueblo, se puede llegar haciendo una pequeña pero trabajada excursión.

Otro de los emblemas que distingue el pueblo es la estrella de 80 centímetros de diámetro, suspendida por una cadena anclada entre dos crestas, y que aparece incluso en el escudo heráldico del municipio.

En una cafetería, nos hemos puesto las pilas con un desayuno “francés” (croissant, pan, mantequilla, leche), y después, hemos visitado "a vista de pájaro" las gargantas del Verdon.










Hay cierto tráfico, pero sin apreturas. En uno de los miradores, hemos coincidido con unos harlystas checos.


Ya de vuelta, hemos parado en Riez porque hemos visto que era día de mercado.. Hemos comprado cerezas, y algún cachivache más que hemos comprimido en el último hueco libre de las motomaletas.

De nuevo estamos en los alrededores de Valensole; paramos para hacer la última sesión fotográfica.








Volvemos a la autopista, que ya no abandonaremos hasta llegar a casa, del tirón y a altas horas de la noche.

Saludos y buena ruta!

8 comentarios:

  1. Excelente relato Manel. Las fotos como siempre de diez. Esos azules de los campos de lavanda preciosos.
    Saludos.

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    1. Gracias, Pedro! Ahí queda la idea para otra de tus escapadas...
      Saludos!

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  2. Qué placer acompañaros desde este lado de la pantalla.

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  3. Como he disfrutado con vuestra Provenza. Leyéndote no hacen falta imágenes para ver ese paisaje.
    Decididamente, gracias.
    Gelu.

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    1. Gracias a tí por el habitual seguimiento, Gelu!

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  4. Hasta hoy no he podido meterme con ella a fondo, algo me decía que iba a merecer la pena y no podía dejarla sin leer. Como así ha sido, un gran viaje. Enhorabuena pareja!
    Abrazos

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    1. Gracias, Joaquín! Nos vemos pronto, abrazos de vuelta!

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