lunes, 26 de enero de 2015

ESTÁS AL BORDE-Prólogo

Eran alrededor de las dos y media de la madrugada cuando me desperté por enésima vez.

En esta ocasión he podido dormir del tirón algo más de dos horas, pero la incomodidad del colchón y la propia excepcionalidad del momento me han desvelado en lo que promete ser una noche con muchas pausas.

La luna llena atraviesa las telas de la haima, tiñendo el interior de una suave luz blanca. A mi lado, Isabel duerme a pierna suelta; me incorporé y, sin calzarme, salí al exterior. La arena del desierto, helada a aquellas horas de la noche, me masajeó la planta de los pies… “¿habrá escorpiones aquí debajo?”, pienso. No lo creo, el touareg que un rato antes nos ha guiado por las dunas iba descalzo.

Las velas que hay en el exterior se han consumido, pero el resplandor de la  Luna es más que suficiente. Hasta allá donde llega la vista, todo es desierto.


Sé que, a unos dos kilómetros de aquí, está el campamento donde duerme el resto del grupo, pero espero no tener una urgencia que nos obligue a volver apresuradamente: no estoy seguro de tomar el rumbo correcto, ya que cuando hicimos el camino de ida (de noche, y en un todoterreno sin luces que zigzagueaba constantemente en el mar de arena), me fue imposible tomar una referencia clara…

Tengo que escribir sobre esto, pienso con determinación. Es inevitable que, en mi condición de bloguero aficionado, acabe explicando algo de este viaje nupcial al desierto… Pero me sorprende la urgencia con que las palabras piden salir de la mente para encarnarse en texto: si hubiera tenido a mano papel y bolígrafo, estaría adelantando trabajo desde ya mismo, aquí y ahora.

“Cálmate, Kaizen”. La neurona encargada del “Departamento de la Puta Realidad de los Pies en el Suelo” también está desvelada, y me llama al orden con su habitual falta de tacto: “tampoco hace falta que te mojes los pantalones con lo que no deja de ser un viaje de recién casados, formando parte de un grupo organizado”. No le falta razón: esto no es un viaje trufado  de odiseas épicas e historias de superación personal… Pero qué diablos, es nuestro viaje, y está siendo la repera de estimulante; esto ya es suficiente para explicarlo a todo aquel que pueda interesarle.

Vale. Correcto. Una vez acordado que este no será el best-seller que me saque de pobre… ¿qué hacemos? Pues lo de siempre, abrir el Word y aporrear las teclas por diversión, a ver qué sale… Pero esta vez no tendré prisa por acabar de escribir. Y si me sale algo con extensión suficiente y contenido aceptable, tal vez me anime a autoimprimir unos pocos ejemplares para poder decir de una vez por todas que -redoble de tambores y fanfarria de trompetas, por favor-… ¡una vez escribí un libro!

Vuelvo a entrar en la haima. Junto al jergón hay una especie de mesita, busco a tientas el reloj y tiro al suelo una pequeña linterna que no he sabido ver. Isabel gruñe y se mueve, pero no se llega a despertar. Finalmente encuentro el reloj de los cojones: son las tres y media, llevo una hora pensando en la tontería del libro, en vez de estar haciendo lo correcto, que es vivir el momento, y amar a la mujer con quien me acabo de casar… Tengo sed, los responsables de esta inolvidable noche han sabido poner a nuestro alcance el mejor cava puesto en hielo, pero se les olvidó dejarnos una botella de agua; me hidrato con una naranja, y vuelvo a salir al exterior. La luna ha recorrido un trecho más, la luz que emana tapa la mayor parte de las estrellas.


Tengo que escribir sobre esto. Vamos allá.

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