lunes, 2 de febrero de 2015

ESTÁS AL BORDE-Capítulo 1

Capítulo 1: Por ancho camino – Definición de “Borde” – Amigos manchegos

La moto ronronea a una velocidad constante, al límite de la legalidad. Estamos cubriendo un trayecto que no deja de ser un mero enlace de autovía. Isabel está echando una de esas “microsiestas” que para los no iniciados puede parecer algo imposible de hacer sobre una moto, pero es así, y lo noto desde el momento en que su casco se apoya entre mis omóplatos, con todo su peso pero sin tensión aparente.

¿Aquí es donde empieza todo? Bueno, tal vez deberíamos retroceder cinco días, cuando esta bella durmiente del asiento posterior y el que os escribe se prometieron en matrimonio ante la autoridad del alcalde, y el testimonio de cien queridas personas…


Aún me estoy quedando corto. Creo que este “big bang” lo desencadenó mi primer viaje a Marruecos, durante aquel 2.010 de locura: era más fácil que me vieras sobre la moto, que bajado de ella…


Basta. Debo asumir que, si he de buscar un principio de esta movida, retrocedería hasta el día de mi nacimiento, y entonces escribiría una introducción 500 páginas que acabaría con un “… y así fue como las circunstancias nos trajeron hasta esta autovía, en dirección a Puertollano”.

Empecemos de nuevo. Amable y paciente lector/a, mi nombre es Manel Kaizen. El apellido “artístico” corresponde a una expresión japonesa que viene a decir “voluntad de mejorar cada día”. Bonito, pero no completamente ajustado a la realidad: allá donde voy, arrastro mis defectos. Pero me esfuerzo.

No mamé motos de pequeño, de hecho tuve que esperar hasta bien pasada la veintena para que la fiebre de las dos ruedas se apoderara de mí. Poco a poco fui buscando mi lugar en el mundo, y el encaje que podían tener las motos en él. A finales de 2.009, compré la moto que protagoniza este relato: una Honda Varadero de segunda mano, azul, preciosa, un icono de juventud que me prometía pistonadas de felicidad. Tenía 19.500 kilómetros. Hoy tiene cien mil más. La bauticé como Eloise, una tradición copiada de lo que hacen los pescadores con sus barcas, pero sobre todo un intento de humanizar lo que no deja de ser un artefacto mecánico sin alma.

En el año 2.010, hice el viaje que me rompió los esquemas: Marruecos.

¿Cómo describir aquella experiencia? Es un poco cutre tirar de una expresión tan gastada, pero “hay que verlo para entenderlo”. Fue mi primer contacto con una cultura realmente diferente, una forma de hacer diferente, y eso es algo que no te deja indiferente…

Un badén imprevisto y demasiado pronunciado me devuelve a la autovía; me agarro fuerte al manillar, rezongando palabrotas. Nuestra integridad no se ha visto en peligro, pero Isabel se ha despertado. Llevamos conectados los intercomunicadores:

-“¿Cómo estás?”- le pregunto, “Bien, no me iría mal un café”, me responde ella; llevamos casi 200 kilómetros desde la última parada. Le digo de hacer cincuenta kilómetros más, ella me responde “¡okey!”, y para que quede claro, me muestra el puño izquierdo, y alza el pulgar. Dios, cómo quiero a esta mujer.

Desconecto el canal de voz, y vuelvo a la playlist con la que entretengo el tedio de la autovía; llevo unos días revisando la música española de los 80… Suena “Estás al borde”, de Los Ilegales


Marruecos es el borde, el umbral que marca el confín de nuestra “zona de confort”. Traspasar el borde supone tomar una de dos decisiones: o amas el nuevo escenario, o lo rechazas para no volver. Un día de 2.010 lo crucé… y quedé fascinado.

Debo aclarar que no visité Marruecos a lo loco y en solitario; me procuré una “red de seguridad”, un deus ex machina que debía protegerme en caso de cualquier incidente: esa “red” se llamaba Ruta Cero Tours. Mi espíritu emprendedor no llegaba hasta el límite de tirarme por libre en un país extraño, y preferí ir de la mano que me tendían unos expertos conocedores del terreno, siempre cerca de nosotros a bordo de un 4x4 de asistencia. Ellos eran empresarios, y yo un cliente, pero cuando finalizó aquel viaje, descubrí que éramos amigos que aún hoy conservo.


Regresé a España sin miedo al borde. De hecho, llevaba tal subidón que, en el viaje de vuelta, habría seguido hasta el fin del asfalto sin pasar por casa ni deshacer el equipaje. Pero los occidentales estamos encadenados, aunque esas cadenas no se vean: la hipoteca, la familia… tu vida tal y como te han entrenado para vivirla. Entonces era joven, soltero y vital, pero no tanto como para darle un puntapié a mi vida y volver a la casilla de salida. Así que me conformé con dar las gracias por la experiencia, y volví a mi “zona de confort”, otro hámster girando en la rueda.

Y de repente, tu vida da un golpe de timón.

Pensamos que todo es para siempre, pero la realidad es cambiante: en mi caso, ese cambio se llamó Isabel. Poco después de lo de Marruecos, me armé de valor para conseguir una cita con ella; en algún momento, la relación se me fue de las manos, hasta el punto de “degenerar” en una propuesta de matrimonio, con fecha inminente.

Una vez resueltos los pormenores de la ceremonia, debíamos decidir  el destino del viaje nupcial; para no romper nuestra condición de outsiders, teníamos claro que no se nos caerían los anillos (ja ja, ¿lo pillas?), si viajábamos al destino elegido a lomos de Eloise.

Y volví a pensar en el borde.

Si a fin de cuentas se trataba de hacer un viaje inolvidable, Marruecos cumplía definitivamente con ese requisito… Por lo menos, para mí. En el caso de Isabel, el tema planteaba muchos interrogantes: Nena, ¿Te atrae la idea de visitar un país en el que, según donde mires, verás 80 años de atraso?

-“¿Y por qué no?”-me respondió ella, -“irnos de crucero es demasiado fácil”-, dijo entre risas. Isabel quedó seducida por la idea de mezclarse con otras culturas.
-“Serán casi 5.000 kilómetros de moto”-, insistí, testarudo: casi estaba deseando que me dijera que no, y embarcarnos en el jodido crucero. No hubo vuelta atrás, el plan ya estaba sobre la mesa y estábamos dispuestos a seguirlo.

Mi futura esposa tan sólo puso una condición: no correr más riesgos de los necesarios. Así que nuevamente recurrí a Ruta Cero Tours. Un vistazo en  Internet me corroboró que todavía organizaban expediciones a Marruecos, así que abrí la agenda de mi móvil y busqué un teléfono que hacía años que no marcaba, pero que me alegraba de conservar: Antonio Bravo, el hombre de Ruta Cero en Marruecos.

Antonio es mucho más que un road-leader, disfruta de cada expedición mostrándonos los rincones de un país que se conoce como la palma de su mano… Aún más, ha sido abducido por él, y ahora tiene el corazón partido entre Málaga y Marruecos. También es un amigo, un tipo que no se movió de mi lado en un desagradable accidente que sufrí durante el viaje de 2.010, y que nos llevó hasta la sala de urgencias de un escalofriante hospital público de Marrakesch.

La cuestión es que Antonio me confirmó que sigue estando al frente de las expediciones a Marruecos:
-“¿Tienes hueco para una moto más en el viaje de octubre?”
-“Eso no hace falta que lo preguntes, aquí os esperamos”, me respondió.

También le pregunté si había muchas motos interesadas en la expedición, “La crisis nos está zurrando de lo lindo, no creo que seáis más de ocho o diez”, me respondió apesadumbrado. Ruta Cero marca un límite de veinte motos por expedición, para evitar masificaciones.

Una vez atada nuestra reserva, Isabel y yo hemos debatido la conveniencia de abrir nuestro viaje a algunos de nuestros amigos más cercanos, y que en algún momento habían mostrado interés por hacer este viaje. Alguno respondió “no quiero”, la mayoría dijeron “no puedo”, pero dos de ellos aceptaron el envite: Luis, el tarifeño tranquilo, y Javier, alias “Chiqui”, dos trozos de pan bendito. Chiqui es un viejo compinche de correrías, y precisamente nos estamos dirigiendo hacia su casa, en Puertollano. Haremos allí la primera noche, tenemos que cruzar todo el país de punta a punta, y hacerlo todo en un día hubiera sido demasiado exigente para nuestras posaderas, y también para nuestra moral…

Volvemos a la realidad de la autovía. En algún lugar entre las provincias de Soria y Zaragoza hacemos la parada prometida en una gasolinera aislada de todo; no hay otro servicio al viajero aparte de los postes de gasolina y lo que haya dentro de la tienda de conveniencia. Sorprende lo sobredimensionado que está el edificio, y la gran explanada que espera un tráfico inexistente: en todo el complejo tan sólo estamos nosotros, y un abúlico empleado que hay tras el mostrador; no parece importarle que nos repostemos nosotros mismos, de hecho no hace el más mínimo gesto por salir.

Llenamos el tanque de gasolina, por los altavoces retruena una melodía dance a un volumen demasiado exagerado; en el interior, una tele está sintonizada en un magazín matinal. Como está en el otro extremo de la estancia, también está a toda castaña, lo que provoca ecos y cacofonías que rebotan por la sala diáfana. El empleado nos cobra la gasolina sin desviar la vista de la tele más que lo imprescindible.

Antes de seguir ruta, nos tomamos un descanso al abrigo de la pared más protegida del viento. Junto a nosotros están los lavabos, cerrados; vuelvo al edificio para pedirle la llave al gasolinero: “¿Aún estáis aquí?”, parece decirme con la mirada. Me entrega la llave, y también dos cestitas que contienen la intendencia básica para un buen uso del “trono real”: papel, jabón… e incluso colonia. Nos echamos unas risas ante el detalle, que todo sea dicho no dejamos de agradecer.

De nuevo en ruta, nos hemos metido en el tráfico nervioso de Madrid. Para no perder la tradición, me he despistado a la hora de coger una de las “emes” que circunvalan la capital. Las ciudades me ponen muy nervioso, no respiré tranquilo hasta que dejamos atrás el Cerro de los Ángeles.

Cada vez teníamos más cerca el final de la etapa; Isabel no había estado antes en La Mancha, así que hemos parado en Consuegra para regalarnos una postal de molinos de viento.







La tarde avanza, y no es cuestión de hacer esperar a Javier, que ya lleva un rato desquiciándose por nuestro paradero, vía whatsapp… Damos gas para llegar a Puertollano antes de que se ponga el Sol.

Hemos quedado ante la plaza de toros. Nuestro cuentakilómetros parcial marca exactamente 800 kilómetros. Javier sale a nuestro encuentro, al volante de su pequeño todoterreno… Aún sin haber hablado, esbozamos una sonrisa involuntaria: Chiqui empuja el mundo hacia el lado correcto.

Hemos encerrado a Eloise en su cochera, junto a su Kawa ER-6; ya tiene montadas las tres maletas. Huele a grasa de cadena, a moto limpia… Huele a ganas de partir.

Pero antes teníamos pendientes dos temas muy importantes: saludar a nuestro amigo Joaquín (otro que se hubiera enrolado en la expedición si las circunstancias se lo hubieran permitido), y probar el queso manchego, labor a la que nos hemos aplicado saltando de terraza en terraza, aprovechando la buena temperatura y las ganas de tertulia.

Nos despedimos de Joaquín; ya en casa, nos hemos enfrascado en una nerviosa conversación: cuando salimos de viaje, no es inusual que se nos olvide alguna cosa… y que nos llevemos un montón que sobran. Nuestro equipaje está compactado al máximo, llevamos ropa limpia sólo para tres días: nos encomendamos al clima seco del desierto y a un bote de detergente líquido para lavar a mano.

El resto de los bártulos es intendencia habitual: pantalones de algodón desmontables, zapatillas deportivas, ropa de abrigo, cargadores para cámaras, teléfono móvil e intercomunicadores, tapones, linternas, dos guías turísticas, mapas (seguimos siendo alérgicos a los GPS), gorras, y, a modo de colofón, un pequeño paraguas plegable –consejo del overlander Ted Simon, que nunca sale de viaje sin él-. También llevamos un botiquín bien surtido, sobre todo pensando en los trastornos alimentarios que puede acarrear la cocina exótica.

Para la moto llevamos bridas, cinta americana, grasa para cadena, y en mi caso, un litro de aceite: Eloise empieza a mostrar su veterania bebiéndose el lubricante.

Kilómetros etapa: 800.
Total acumulado: 800.

7 comentarios:

  1. Maravilloso post, Manel. Gracias una vez más por compartir con nosotros todo tu mundo. Me ha encantado. Isabel es una gran afortunada de tenerte a su lado. ;) Un abrazo para los dos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Caray, muchas gracias!! Besos, abrazos y recuerdos de vuelta, familia!!

      Eliminar
  2. Respuestas
    1. Muchas gracias por el apoyo, hombre! Aquí andaremos mientras la neurona aguante...

      Saludos y buena ruta!

      Eliminar
  3. Coime, Manel!!!! Ante todo la enhorabuena para ambos. Cosa bonita, esa de rodar en grata compañía, escuchando, además del incombustible Jorge Martínez, a la dama.
    Me está encantando, en tardes de nevadas, la lectura de tu libro de viaje particular.
    Aquí amarraré de tanto en tanto.
    Saludos, amigo.
    Gelu.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias socio! Por aquí andaremos, mientras las inclemencias del tiempo nos mantengan en dique seco...
      Saludos de vuelta, hasta pronto!

      Eliminar