lunes, 16 de febrero de 2015

ESTÁS AL BORDE-Capítulo 3

Capítulo 3: “Monsieur Mogueno” – Un polizón – Paciencia en Rabat

Faltan quince minutos para las siete de la mañana; la gente habla poco, no va fina sin su dosis de cafeína. Javier lleva un rato embadurnando tostadas con gruesas capas de mermelada. Antonio y Jorge también andan por la cafetería. Les acompaña Manolo, el “tercer hombre” del staff organizativo; Nos reparten los billetes del ferry, y también todo el papeleo aduanero: parte de los trámites los efectuaremos a bordo, en una especie de “aduana móvil” que agiliza un poco la kafkiana burocracia fronteriza.

Antonio me previene con una advertencia: “Si te preguntan, recuerda que no eres ni periodista, ni policía: últimamente los marroquíes están muy quisquillosos con esta gente”. De pequeño hubiera querido ser lo primero, pero finalmente me he conformado con lo segundo…
Tendré que inventarme una identidad secreta, a lo Jason Bourne, pensé astutamente. Me río nerviosamente, sacando de mi mente cualquier pensamiento relacionado con interrogatorios intensos impartidos por un sudoroso y barrigón funcionario de aduanas marroquí.

Aún es de noche cuando ponemos en marcha las motos; la organización nos acompaña en un “Land-Rover” Defender, que lleva enganchado un remolque de motos. nuestro deus ex machina.

El puerto de Tarifa está a poco menos de cinco minutos. Cuando llegamos, hay una larga fila de vehículos que esperan pacientemente para embarcar… Pasamos el control de pasaportes de la policía española, y rápidamente subimos al ferry.



Se nota que no es temporada alta, la mayoría de la gente que nos rodea no tiene aspecto de estar haciendo un viaje de placer. Todos tienen la lección aprendida, y lo primero que hacen es ponerse en la cola del funcionario de aduanas, que irá sellando los pasaportes, uno a uno. Sobra trabajo para ocupar a dos o tres tipos más, pero aquí no entienden de prisas, y mucho menos si hablamos de entrar al país… El único consuelo es que, como estamos navegando, en cierto modo avanzamos aunque la cola permanezca estática.

Isabel se autoproclama vigilante del improvisado ropero en el que dejamos las chaquetas. Aprovecha para ojear una guía turística; entre Tánger y Rabat, tan sólo tenemos prevista una parada, para comer. Ella me señala otros lugares interesantes que, de ir solos, también habríamos visitado… Es lo “malo” de los viajes organizados, que las paradas ya están programadas. La buena noticia es que, ciñéndonos al plan original, llegaremos en un periquete a Rabat, y tendremos toda la tarde para zanganear a nuestro aire.

La cola avanza con una lentitud exasperante. Al otro lado de las ventanas, la costa de Tánger es claramente visible. Por fin estamos ante el mostrador; el funcionario es un tipo enjuto que lleva unas anticuadas gafas de montura metálica que se le deslizan por la nariz. Me recuerda al actor Michael Jeter, lo que me hace resoplar una discreta sonrisa. Aplicado, no se deja ningún detalle por escudriñar, lo que incrementa nuestra ansiedad por acabar el trámite de una puñetera vez. Yo soy el último de nuestro grupo, Michael Jeter me mira por encima de las gafas, coge mi pasaporte y empieza el ritual de estampación de sellos.

Un par de minutos después, me alarga el pasaporte, yo lo cojo y empiezo a alejarme de allí, tras un “Merci” de rigor… No había dado ni un par de pasos, cuando el tipo me llama por mi nombre: cuando eso pasa, normalmente no lo hacen para desear que pases un feliz día…

“-Moinseur ‘Mogueno’, s´il vous plait…”

Me giro, con una sonrisa forzada; en mi mente, empiezan a destellar pilotos rojos de alarma.

“-Ici il met qu'il est employé par le gouvernement, est-ce vrai ?”, me dice, señalando mi formulario…

La madre que me parió. En el apartado “empleo” he puesto “funcionario”, y el tipo quiere saber más Vaya mierda de Jason Bourne estoy hecho, no había vuelto a pensar en mi “identidad secreta”, y ahora tengo que improvisar sobre la marcha.

-“Je suis administrative…”, farfullo, haciendo el gesto de escribir en una máquina de escribir etérea. Mis camaradas se han esfumado de mi lado, supongo que entusiasmados por responder a quien les pregunte que a mí no me conocen de nada. Isabel sigue enfrascada en la guía, no se ha dado cuenta de nada.

-“Mais, quel ministère?”, insiste, machacón. Le vuelvo a hacer el gesto de escribir a máquina. El tipo se me queda mirando, tiene todo el derecho a considerarme otro gilipollas más del primer mundo, pero prefiero eso a ser un listillo encerrado en un cuarto mal ventilado, acusado de espionaje, terrorismo, del asesinato de Kennedy y, por qué no, del hundimiento del Titanic.

Finalmente, hace un gesto medio exasperado, y con la mano me dice que me largue. Me giro, y le pido a mi corazón que por favor vuelva a bombear sangre a mi cuerpo, si no es mucho pedir…

A partir de este momento, memorizo que seré un “subordonné de l'environnement”, o sea, un chico de los cafés y poco más del Ministerio de Medio Ambiente.

Tánger nos recibe con sus casitas encaladas retrepadas en el acantilado que franquea el puerto. Cogemos los bártulos, y bajamos a la bodega del ferry. Las compuertas empiezan a abrirse… y casi instantáneamente empiezan a sonar bocinazos impacientes, con la amplificación que supone hacerlo en un espacio cerrado. Entre el humo de los vehículos y el escándalo, aquello se convierte en una pequeña jaula de locos; Isabel pone cara de pasmo: “¿pero qué hacen?”, pregunta estupefacta, “¡Bienvenida a Marruecos!”, le respondo, divertido. Una joven pareja autóctona que hay a nuestro lado se ríe con nosotros: “forma parte de nuestra cultura”, nos dice él, en un castellano más que aceptable. Ciertamente, aquí se pita mucho, muchísimo, pero a diferencia de nuestro país, que te toquen la bocina no significa que estén pensando cosas sucias sobre ti o tu santa madre.

Por fin pisamos suelo marroquí, pero aún no somos ciudadanos libres. Entre la verja que nos libera en África y nosotros hay un funcionario de aduanas. Viste de paisano, y el perímetro de su abdomen se le empieza a ir de las manos. Alterna preguntas incisivas con comentarios presuntamente jocosos (que le reímos con un entusiasmo casi demente); no sabemos si nos está tanteando para ganarse un “sobresueldo”, o lo hace por pura diversión. Finalmente, se lleva nuestros papeles a un despacho: tardarán una hora en salir de allí.

Entretenemos la espera observando el panorama que nos rodea… A pocos metros de nosotros, un enorme camión gris contiene algo que se parece a un grupo electrógeno: “Es un equipo de rayos-X”, me dice Antonio, “eligen algunos coches al azar, los alinean al lado del camión, y les retrata las entrañas. Ese juguetito cuesta un dineral”. No lo dudo.

De repente, se arma un jaleo en los alrededores del ferry; empiezan a aparecer policías corriendo, uniformados y de paisano. Al rato, se presentan Jorge y Manolo con el Defender: “¿Habéis visto la movida?”, exclama Jorge, “llevábamos un polizón a bordo, lo han descubierto, y han salido tras él”. Esto sí que es una novedad: que intenten entrar ilegalmente a España es algo que sucede a diario, pero no sabía que eso también pasaba en dirección contraria…

El tipo bipolar de la aduana sigue con su guerra psicológica: siempre falta una firma, o algún número, o una letra que no acaban de entender… Finalmente nos devuelven los documentos sellados, “Bienvenue!”, nos exclama, dándose aires de importancia. Por fin rebasamos la verja… Pero no iremos muy lejos, ya que a menos de cien metros hay una oficina de cambio de divisas. Está prohibido el comercio con dirhams fuera del país, lo que obliga a cambiar moneda autóctona nada más llegar… y deshacerse de ellos justo antes de partir.







Hacemos un rapidísimo tutorial con la moneda marroquí: once dirhams equivalen  a un euro, hay billetes a partir de 5 dirhams, y monedas de un valor tan pequeño que nos preguntamos qué clase de negocios se pueden hacer con ellas.

Antonio está junto a su veterana BMW GS-1150; todavía está montada en el remolque del Defender, será la que abrirá la comitiva. Varios expedicionarios rodean a la moto, me pregunto cómo la vamos a bajar al suelo si no hay ninguna rampa a la vista… Aún no he acabado de madurar este razonamiento, cuando la aúpan a peso y la depositan en el suelo.


Repasamos nociones sobre “conducción urbana en países subdesarrollados”; Antonio nos previene: “Id pegados, proteged vuestro espacio a bocinazos si es necesario”. Permiso concedido para poner el “modo a saco”, sin preocuparte por las infracciones que puedas cometer: si nadie resulta herido, no te van a perseguir por ello… aunque, sorprendentemente, está conducción agresiva no significa que tengan modales agresivos.




La parte “nueva” de Tánger podría compararse con cualquiera de nuestras ciudades occidentales, incluso hay un McDonalds. En una rotonda, me he tirado encima de un petit taxi que, sobre el papel, tiene la prioridad; me pita un poco, y cuando se pone a nuestro lado, tanto el conductor como sus cinco pasajeros nos miran con más interés que ira. Es una manera cansina de circular, pero te acabas acostumbrando.

El extrarradio es una fotocopia de cualquier gran ciudad de Marruecos: kilómetros enteros de edificios a medio construir, suciedad evidente, y muchos triciclos “pickup”, que parecen ser el vehículo más demandado aquí.




También vemos mucho trasiego de corderos: en furgonetas, en maleteros de coches, dentro de los coches… pronto sabremos el porqué de esto.


Enfilamos la autopista de la costa. Marruecos tiene una eficaz red de vías rápidas que unen las grandes ciudades, aunque no tienen, digamos, los “estándares” de seguridad europeos: la ausencia de vallas provoca que te puedas encontrar cabras mascando la hierba de las medianas, gente haciendo auto-stop o incluso vendedores a pie de arcén. Pero el “peligro” más grande son los gendarmes motorizados, casi siempre acompañados de una especie de radares portátiles de precisión discutible.

En los alrededores de Kenitra hay una zona de chiringuitos muy concurrida por gente en tránsito. Es nuestro primer contacto cercano con la cocina alauí, cuyo primer mandamiento es “no mires cómo lo preparan: si te gusta, cómetelo”.




El país de las moscas. Omnipresentes allá donde vayas, no dudes que se posarán en tu piel, en tu cara y en tu apetitoso plato de tajín. Putas moscas. Odio las moscas.

Hemos descubierto una bebida tan adictiva como sorprendente, la Fanta de Naranja. No es broma, presenta un intenso sabor a naranja… La explicación viene impresa en la etiqueta: una botella de 33 cl. contiene el 48% del azúcar diario que necesita un adulto.

Pero, por supuesto, la bebida de cabecera es el ; más que una bebida es casi un convencionalismo social, y símbolo de hospitalidad cuando visitas casa ajena.





Antonio aprovecha para explicarnos el porqué de tanta gente acarreando corderos… Por circunstancias del destino, ya que la fecha es cambiante, hemos llegado a Marruecos coincidiendo con el “Eid al-Adha”, conocida por nosotros como “fiesta del cordero”. El ambiente en las calles equivale a nuestro día de Navidad. Consiste precisamente en la recreación de un pasaje recogido tanto en el Corán como en la Biblia: quien puede permitírselo –y prácticamente es todo el mundo, por lo que pudimos ver-, se lleva un cordero a casa, y al día siguiente, después de la oración, es pasado a cuchillo. Más tarde, lo brasean y se lo comen por completo, incluyendo vísceras.

Frente a la mesa donde damos cuenta de los tés, un mendigo pide limosna con modales algo coercitivos. Mulato y delgado como un alambre, viste una chaqueta de cuero a pesar de la canícula. Aún no habíamos acabado el té cuando el pobre diablo se tomó un descanso, sentándose a nuestro lado: le ofrecemos un generoso trozo de carne a la brasa con pan, que acepta con dignidad.


Una pareja de ancianos se apean de su coche, y se dirigen hacia nuestra terraza, les acompañan dos niñas pequeñas. Al pasar junto a la Varadero, se quedan observándola, fascinadas. El abuelo saca una pequeña cámara de su chilaba, y se dispone a retratarlas; yo me acerco hasta la familia:
“-¿Os gustan las motos?”, le pregunto a las niñas. No entienden lo que digo, pero sí  de qué manera lo digo. Miro al anciano, buscando su “autorización”, para auparlas a la moto; él ya está enfocando la cámara, lo que interpreto como un “adelante”. Tras la sesión fotográfica, el hombre me tiende la mano, y se dirige a mí en un inglés tosco pero efectivo: no pierde tiempo con las típicas generalidades sobre de dónde somos y a dónde vamos, le interesan las prestaciones de la moto, y qué sensaciones transmite pilotarla. Por encima de lo que digan las guías turísticas, estas pequeñas conversaciones son las que te ayudan a sentir la dinámica del país.

Volvemos a las motos; Antonio me señala el petate que llevamos atado en el cofre: “-No nos queda más sitio adentro”, le comento. La verdad, hemos economizado equipaje como no lo habíamos hecho nunca, pero aún así, las tres maletas de la Varadero tienen sus límites. “-Desátalo, que lo echamos al Land Rover”, me ofrece. La verdad es que no deja de ser un alivio, sobre todo para despreocuparme de “controlarlo” cada vez que hacemos una parada.

Finalmente, hemos entrado en Rabat. La ciudad sirve de escaparate marroquí: moderna, cosmopolita, sus calles limpias están adornadas por decenas de banderas nacionales. Presentó candidatura para organizar los Juegos Olímpicos de 2.020 (perdió), y por tener, tiene hasta un moderno tranvía. Pero tiene otra cara menos reluciente, luego iremos a visitarla.





Nuestro hotel es moderno, de estilo occidental aunque algo recargado de moqueta. El retrato del rey Mohammed VI preside la recepción, algo habitual en todo el país. Subimos los trastos a nuestra habitación. Sobre el escritorio, una pequeña tarjeta indica la dirección a La Meca.









El hotel está perfectamente ubicado, en una zona tranquila pero a tiro de piedra de las principales atracciones turísticas: el mausoleo de Mohammed V -primer Rey del Marruecos independiente-, y la Torre de Hassán –vestigio del proyecto fallido de crear la mayor mezquita del mundo-.







La Kasbah y la Medina conforman la parte antigua, y la más interesante también, de la ciudad. Empezamos por la Medina, un abigarrado conjunto de callejuelas en las que se hacinan comercios de todo tipo. Una  auténtica explosión sensitiva para el visitante.







Me fascinan los rostros con los que nos cruzamos: el chiquillo que tira de un carretón, una abuela ciega que pide limosna, ancianos viendo pasar la vida acuclillados en la acera…





Nos sorprende el tercer salat del día, oración musulmana que, desde los minaretes de las mezquitas, se pregona sobre toda la población: Allahu Akbar, Alá es grande, cinco veces al día desde el alba hasta la puesta del Sol.

El paseo marítimo es casi como volver a Europa. Una mujer pasea su perrito, y cuando al animal se le revuelven las tripas, la mujer recoge los excrementos: aún no hace quinientos metros hemos visto a un tipo en la medina orinando contra una pared. Contrastes.


Unos chavales patinan con destreza sorprendente, haciendo esláloms en unos pequeños conos. Hay mucha juventud occidentalizada, la mayoría de mujeres llevan la melena al viento.

Nos sentamos en una terraza para tomar unos batidos. Ante nosotros, hay un puesto de patatas fritas ambulante, el tendero prepara las raciones cogiéndolas a puñados con las manos… Marruecos no es país para maniáticos de la higiene.

Anochece sobre nosotros. Nos acercamos hasta la kasbah de Oudaia, pequeña porción de la ciudad más ancestral en la que todos los gatos, además de pardos, tienen un punto de canalleo: no hemos recorrido cincuenta metros cuando ya nos han ofrecido hachís. Desde aquí nos hemos asomado al gran océano Atlántico, prácticamente engullido por la noche.



Nos queda pendiente la cena. Antonio conoce un restaurante sirio con una buena relación calidad-precio. Hay que caminar un rato para llegar allí, pero no es un trayecto aburrido: la ciudad está hirviendo con las últimas compras antes de la fiesta del cordero. Entramos para visitar un mercado local, abierto aún a aquellas horas intempestivas; los productos se intuyen de gran calidad, pero están presentados de manera caótica, desordenada.


Llegamos al restaurante sirio. Frente a sus puertas hay aparcada una Yamaha V-Max de las antiguas. Un asistente la está abrillantando con un paño: hay que ser muy excéntrico, y también adinerado, para moverse por el país con semejante artefacto.


El interior no difiere de los restaurantes sirios que conocemos en nuestro país, es un curioso punto de encuentro de la sociedad más cool de la ciudad, y también de extranjeros. Las televisiones tienen sintonizado un partido de la Premier League; es increíble la devoción que hay aquí por el fútbol, todo el mundo conoce las alineaciones del Barça o del Real Madrid.


Tras la cena, no nos apetece caminar hasta el hotel; los del restaurante tienen convenio con un taxista “particular” que pone su Citroën Berlingo a nuestra disposición. En un principio, hemos acordado volver en dos viajes; todos queremos subir los primeros, así que empezamos a acomodarnos en aquella furgoneta que, como no podía ser de otra manera, también olía a cordero. Llegó un momento en el que había más gente dentro del vehículo que fuera, así que nos achuchamos aún más, hasta conseguir lo imposible: diez tíos bien alimentados, y una señorita, transportados de una tacada. Cinco kilómetros de demencia que se han convertido en otro más de los recuerdos imborrables de este viaje.



Kilómetros etapa: 262

Total acumulado: 1.526

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