lunes, 23 de febrero de 2015

ESTÁS AL BORDE-Capítulo 4

Capítulo 4: Sacrificio sangriento – Ostras, ostras – “Los Conspiradores” se presentan en Essaouira

Pese a que nos fuimos a dormir a una hora políticamente incorrecta, nos hemos conjurado para madrugar, y acercarnos a ver el mausoleo de Mohammed V. Las calles están muy tranquilas, es el día del sacrificio, y los últimos rezagados van con el cordero a cuestas.


En el mausoleo, nos dieron con la puerta en las narices, hoy es festivo, y por lo tanto no abren. La mezquita que hay en los sótanos de la plaza sí tiene demanda, y los fieles visten sus mejores chilabas para una de las oraciones más trascendentales del año. Los no-creyentes tenemos el acceso prohibido, como en la práctica totalidad de las mezquitas.



También tenemos la oportunidad de retratar la Torre de Hassán, que muestra su mejor aspecto cuando las primeras luces del día se reflejan en sus paredes.


Subimos a las motos, y dejamos atrás Rabat. Hoy rodaremos sin abandonar el océano Atlántico, siguiendo la línea de una costa que, pese a tener playas fabulosas, se ha abierto muy poco al turismo.










En los alrededores de Casablanca, la circulación se vuelve bastante más densa, y mucho más nerviosa; es la metrópolis más grande de Marruecos, casi 4 millones de personas viven con un pie en la modernidad occidental, y otro en las tradiciones más arraigadas. No hay tiempo para visitas, el tráfico kamikaze del centro nos provocaría un retraso que no nos podemos permitir. En su día, yo me ví obligado a atravesar Casablanca, de noche, y puedo garantizaros que fue una de las experiencias más estresantes que he vivido sobre la moto.

La autopista se acaba en El-Jadida; tardaremos varios días en volver a ver otra. Cogemos una carretera secundaria que nos permite estar mucho más encima del país. Los corderos ya han sido pasados a cuchillo, y por doquier se ven decenas de fogatas, que se convierten en centenares con el paso de los kilómetros, en las que están asando la cabeza, la primera parte que se comen. Los fuegos se improvisan en aceras, en calles del extrarradio… los más jóvenes de la casa se encargan de la barbacoa. El olor a carne quemada no es nauseabundo, pero sí persistente.





La carretera se rompe en algunos tramos hasta llegar a desaparecer. Los traileros pisamos con firmeza, pero Javi y Juan Carlos no se divierten tanto con sus motos 100x100 de carretera. Atravesamos pequeños pueblos al borde del océano, no hay resorts hoteleros a la vista, y las playas de arena blanca sirven para varar las barcas de los pescadores: igual que en nuestras costas hace 70 años, cuando el concepto “turismo” era una palabra que tal vez ni estaba inventada.



En Oualidia hemos parado a comer; la elección no ha sido casual, este pequeño pueblo es famoso por sus viveros de ostras, que prácticamente pasan del mar al plato ante tus ojos. Hasta hace poco, el cultivo del marisco era muy rudimentario, ancestral, pero la calidad del producto hacia innecesario cualquier tipo de intervención más allá de recogerlo, abrirlo y comérselo. De todas formas, el siglo XXI también ha llegado aquí, y los tanques de purificación presentan un aspecto moderno.








A mí no me entusiasmó mucho la textura ni el sabor de las ostras (y más después de saber que nos las comemos vivas), pero la organización traía un “plan B” en el maletero del Defender: jamón serrano, embutidos y vino tinto procedentes del país europeo donde mejor se come: España.


Pese a que sopla una agradable brisa marina, el calor es bien presente. Mucho me temo que, si la cosa no cambia, cuando pasado mañana pongamos rumbo hacia tierras interiores nos vamos a achicharrar. Nos da pereza abandonar la sombra de los árboles, los devoradores de ostras no han podido con toda la bandeja. Compartimos vino con el trío de comensales que tenemos a nuestro lado, un hombre español de edad madura, y una joven pareja francesa. No será la última vez que nos topemos con españoles.

El chiringuito de las ostras no tiene té, ni café… no tiene nada excepto ostras, así que nos acercamos hasta una cafetería para hacer la enésima ronda de tés. Dos chicas, salidas de vete a saber dónde, se pavonean ante nosotros a los mandos de una preciosa Ducati Monster roja; por supuesto, no llevan casco, no sea que se despeinen. Los machos alfa aúllan, pero las damas motorizadas se conforman con ser observadas.


Volvemos a la carretera. Las fogatas continúan por doquier. En el arcén, unas polvorientas atracciones de feria se consumen abandonadas al sol. En la pista de los autos de choque, han usado el mástil de uno de los coches para colgar un cordero desollado. Esto se parece cada vez más a una película de terror post-apocalíptico.

En dirección contraria, viene un tipo a bordo de una andrajosa Mobylette; tras cruzarse con nuestra comitiva, da media vuelta y empieza una frenética persecución… Al final, el pobre diablo sólo quería llevarnos a su propio restaurante de ostras: demasiado tarde, nuestros estómagos ya están llenos.


Las playas desaparecen, para dar paso a unos acantilados. Hay muy poco tráfico, es un momento ideal para congelar y recordar como un gran instante motero. Hay burros por todas partes; son una “herramienta” indispensable en el Marruecos rural. Al principio, cada avistamiento era un alborozo, pero con el paso de los kilómetros nos hemos acostumbrado a su habitualidad. Incluso damos por normal tener que apartarnos cuando invaden la carretera. Hay momentos en los que vemos a familias enteras desplazándose con el pollino a cuestas: “míralos, parece una escena de la Biblia”, me comenta Isabel.



Más pueblos, más hogueras. En una de ellas, un joven tiene las manos ensangrentadas casi hasta los codos, a su lado hay un cordero desollado. Un crío nos ofrece los cuernos del animal sacrificado, ninguno de nosotros se para, es un souvenir demasiado siniestro.


Adelantamos a un carro tirado por una mula, lo conduce un chaval; el carro va rebosante de pieles recién desolladas, el olor es nauseabundo.

Un imprevisto añade inquietud a la expedición: es el día de “Navidad”, por lo que la actividad comercial es cero. Y eso incluye las gasolineras: las que nos vamos encontrando por el camino están cerradas, sin excepción. Las trails podríamos acabar la etapa, sedientas pero enteras, pero las naked quedan cortas de autonomía; ya estábamos empezando a hacer comentarios nerviosos sobre repartirnos solidariamente la gasolina de los tanques, cuando encontramos una gasolinera abierta “por casualidad”: un empleado estaba repostando a un cliente, en plan “te abro el surtidor porque eres tú”, justo en el momento en que pasábamos nosotros.



Con los depósitos llenos, nuestras conciencias se tranquilizan; a nuestra derecha, observamos algunas casas a pie de playa, tomamos un desvío para acercarnos. Resulta ser una pequeña barriada de pescadores. La suciedad y la sencillez de las construcciones, atacadas por la sal, contrastan con la belleza de la gran playa. No hay ningún turista embadurnándose el cuerpo con Coppertone, nadie parece conocer este trozo de paraíso. En la arena, hay varadas decenas de barcas de pesca.













Aparcamos las motos en suelo compacto; pocos metros más allá, la arena se convierte en una trampa movediza sólo apta para endureros. Antonio se ofrece para impartir unas instrucciones básicas de conducción en este terreno, “en previsión de lo que os encontraréis en el desierto”. Paco recoge el envite, es un tipo que pone coraje allí donde no llega la prudencia; tan sólo necesitó cincuenta metros para darse cuenta de que aquello era serio, el manillar de su GS había cobrado vida propia y se empeñaba en querer tirar al suelo la moto y al motero que llevaba encima. Apoyándose en varios de nosotros, se hizo la foto de rigor y, con la precaución de una viejecita en su andador, salió del follón sin perder la verticalidad.





Mientras ayudábamos a Paco a salir del embrollo, Antonio subió en su vieja GS 1150, y se lanzó a la arena sin ningún tipo de complejo; en un instante, estaba rozando el océano a cien kilómetros por hora. Era la viva estampa de la libertad… y sin ningún tipo de mala conciencia, allí no había testigos que se pudieran molestar por esta intrusión, aparte de unas cuantas gaviotas que levantaron apresuradamente el vuelo entre graznidos insultantes.






Finalmente, hemos entrado en Essaouira. Tengo ganas de conocer esta población con fama de “bohemia”, refugio de inspiración para diversos artistas… Pero tendremos que esperar hasta mañana, ya que se nos ha echado la tarde encima, y nuestro alojamiento está algo alejado del centro… Por cierto, el hotel se llama “Riad Zahra”, y está regentado por Xavier Panadés y su mujer Edith, originarios de Andorra:


“-Així que vosaltres sou la parelleta?”, nos suelta Xavier, con un guiño.
“–Doncs sí”, le respondemos nosotros. Suponemos que destacamos porque Isabel es la única mujer del grupo.

En unos instantes, descubriremos que saben mucho más de lo que podíamos imaginar…

Xavier elige una llave, y se la entrega a su mujer, que nos acompaña escaleras arriba… El interior del hotel nos recuerda a de esas casas andaluzas con patio interior, muy acogedora. Nos extraña dejar atrás lo que parece ser la zona de dormitorios, y subimos aún una planta más. Salimos a la terraza, al fondo hay otra puerta, nuestra habitación… -“¡Qué exclusivo!”, comenta Isabel.

Edith nos abre la puerta, y se hace a un lado: quiere que entremos primero. “Que disfrutéis la estancia y enhorabuena por vuestro enlace”. Nuestra sorpresa porque fueran conocedores de esa información queda eclipsada por lo que hay dentro de la magnífica suite con fantásticas vistas al océano: dos chilabas sobre un lecho lleno de pétalos.



Estupefacción. Y un sobre.


Aquí es donde entran en escena los conspiradores. Llamaremos así a un grupo de amigos nuestros que se han compinchazo para aumentar aún más la singularidad de nuestro viaje nupcial. Abrimos el sobre, un mensaje lo explica todo:

“Ha llegado la hora, el día y el lugar de vuestra sorpresa…
Vistas al mar, olor de pétalos de rosa y otros detalles románticos, para que podáis disfrutar de una velada inolvidable de la manera que os merecéis… y todo esto, enfundados en unas típicas chilabas para cenar junto al resto del grupo…”

La postal finaliza con una palabra que es toda una amenaza: “Continuará”

Tras superar el estupor inicial (nos llevó un buen rato), hemos inspeccionado las túnicas: “¿Qué nos ponemos debajo de esto?”, le pregunto a Isabel.

Nuestra irrupción en la cena fue cualquier cosa menos discreta; el grupo ha pedido unas botellas de cava para brindar por nuestro enlace… y porque el viaje continúe brindándonos buenas vibraciones.

Kilómetros etapa: 471

Total acumulado: 1.997

2 comentarios:

  1. Me quedo con la envidia de la última playa. Los olores no se si podrán conmigo en una presumible futura incursión.

    Lo peor es la semana de espra para el siguiente capítulo...

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  2. Joaquín, te aseguro que, visto lo visto, los olores son un tema secundario ;-)
    Gracias por el seguimiento, socio!

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