lunes, 9 de marzo de 2015

ESTÁS AL BORDE-Capítulo 6

Capítulo 6: Estonia is not Spain – Carretera al infierno – una medina “de cine”

La etapa de hoy es bastante exigente, no tanto por los kilómetros (que, después de varios días, pesan más aunque duelen menos), como por la dureza del recorrido, con unas carreteras que van a degenerar hasta ponernos al límite del desequilibrio… Pero ya sabíamos lo que veníamos a buscar cuando cruzamos el Estrecho, así que abandonamos Agadir, a la conquista de tierras áridas. Bye bye, océano.






Circulamos en dirección Este; a nuestra izquierda, vemos las primeras cordilleras del alto Atlas, cada vez más altas conforme avanzamos. A nuestra derecha, a lo lejos, se pueden intuir las ondulaciones del Anti-Atlas. Y en medio estamos nosotros, un vasto valle de vistas tan abiertas que pueden llegar a causar cierta inquietud. El termómetro ha dado un considerable salto hacia arriba.







En los márgenes de la carretera, una multitud de personas espera a que algún grand taxi les lleve a la próxima ciudad grande, Taroudannt al Este, o Agadir al Oeste… Pueden pasar horas esperando a que alguien les lleve.




Las facciones de los autóctonos son diferentes, ahora son de piel más oscura, o directamente negros: son los bereberes, una vasta tribu que habita sobre todo en las zonas más desérticas del norte de África. Bereber significa “hombre libre”, definición de la cual se sienten orgullosos: antes que a su país, se deben a su pueblo. Se les denomina erróneamente como “nómadas”, aunque fundamentalmente se dedican a la agricultura. Los touaregs, que también forman parte de la comunidad bereber, sí que son nómadas.

A ochenta kilómetros de Agadir, está Taroudannt. Nuestro horario nos impide parar para verla a pie, es una ciudad completamente amurallada, con muchos servicios para el viajero en tránsito.

El paisaje combina zonas secas, con espesos palmerales que indican la presencia de agua. Aquí y allá se dejan ver pequeños pueblos, algunos con la sencilla construcción magrebí (la mayoría de las casas parecen estar a medio construir), y otros con casas de adobe y caña, típicamente bereberes. La cordillera del Atlas continúa discurriendo a nuestro lado, pero ahora se ha agigantado, mostrando sus paredes más escarpadas. Hacemos una breve parada para contemplar el Toubkal, que con sus 4.167 metros, es el pico más alto no sólo de Marruecos, sino de todo el norte de África. Y uno de los pocos lugares con nieves perpetuas. Cerca de donde hemos parado, se ramifica una pequeña carretera secundaria que se dirige a las entrañas del macizo, nos relamemos con el delicioso recorrido que debe ofrecer… Siempre hay una excusa para volver a Marruecos.

A pocos metros de la carretera, un pastor dormita bajo la canícula, lleva una gruesa chaqueta de piel: cualquier occidental ya estaría inconsciente por deshidratación. El ganado se reparte los miserables manojos de hierba que brotan cansinamente aquí y allá.
 
La carretera parte por la mitad el pueblo de Taliouine. Es lo suficientemente grande para que disponga de un polvoriento poste de gasolina, y un pequeño taller anexo. Los dos empleados que dormitaban a la sombra se activan automáticamente ante el alud de motos que les proporcionará un rato de acción. La travesía del pueblo, como es habitual, es un gigantesco “zoco” donde se compra y se vende de todo; es un caos de gente, bicicletas, burros tirando de carros y viejas furgonetas cargadas hasta lo imposible. Comerciar es prácticamente una cultura de Marruecos, todo el mundo parece tener algo que ofrecer.


Un poco retirados del meollo, que no de la carretera, hemos parado a comer en un restaurante que tiene una terraza entoldada y un generoso espacio para dejar las motos. Coincidimos con un grupo de turistas que se están levantando para marcharse, parecen ser del norte de Europa, muchos de ellos jubilados; cerca de allí, les espera un autocar turístico climatizado. Parecen estar bastante fuera de lugar. Nos miramos mutuamente con curiosidad, lo único que parecemos tener en común es nuestra procedencia del primer mundo. Algunos de ellos miran furtivamente nuestras placas de matrícula: “¿Estonia?”, cuchichea uno de ellos en voz baja… Qué interesante, coges a un europeo del norte, le dices que mencione un país vecino que empiece por “E”, y le viene a la cabeza “Estonia” antes que “España”. Qué chasco para aquéllos que creen que por haber ganado un Mundial de fútbol ya somos el ombligo del mundo…

Antonio pide por todos nosotros: papas con huevo frito, y además, oh sorpresa, jamón serrano que acarreaban en el maletero del Defender.

Estábamos a punto de levantarnos cuando apareció otra pareja de motards, a bordo de una BMW GS… Van bien pertrechados, al igual que nosotros, con la diferencia de que ellos viajan en solitario. Entran en la terraza con el saludo de rigor, resulta que son de Figueres, y tienen una historia bastante paralela a la nuestra: “-Yo ya he bajado cinco veces, siempre en solitario”, nos dice él, “pero ella es la primera vez que viene”. Hablamos de rutas comunes, ellos vienen de donde vamos nosotros, Merzouga. Son buena gente, cuesta poco ir tejiendo la conversación; las pitadas impacientes de nuestro grupo nos recuerdan que ya es la hora de partir. Nos deseamos suerte, y volvemos a la carretera.

En Tazenakht hay un cruce de caminos, elegir un ramal u otro es casi una cuestión de tirar una moneda al aire: a nuestra izquierda, la carretera general traza un amplio arco hacia el norte, atravesando Ouarzazate, y a nuestra derecha, una carretera secundaria nos mete entre las gargantas del Djebel Anaour. Esta última opción nos ahorra un buen puñado de kilómetros, pero a la vez nos hace pagar un “precio”: el asfalto ha desaparecido en buena parte del recorrido, a causa de una de esas eternas obras de reacondicionamiento que en Marruecos pueden prolongarse durante años. Antonio coge el teléfono y hace gestiones con unos amigos locales: ninguno es capaz de aclararles si la carretera es apta. Finalmente, decidimos que esta incertidumbre también forma parte de la aventura, y en el peor de los casos, siempre podemos dar media vuelta.



Así que hemos tomado la elección de los valientes. Tal y como estaba previsto, el asfalto ha tardado poco en desaparecer, dando paso a una pista de suelo más o menos compacto. Tras pasar el puerto de Tizi-Taguergoust (1.640 msnm), la carretera baja al valle, y se encaja entre montañas; el camino se vuelve muy delicado, abunda la gravilla suelta y los socavones de un palmo de profundidad. Tardamos treinta kilómetros en volver a ver el asfalto. Eloise pisaba con seguridad, aunque las numerosas trampas de gravilla nos ponían los pelos de punta; los que realmente nos preocupaban eran Javier y Juan Carlos, los dos asfálticos. Una hora más tarde, volvimos a pisar suelo firme de la mejor manera posible: sin ninguna incidencia que explicar.


Finalmente, hemos llegado a Agdz, ciudad de referencia desde tiempos inmemoriales, en los que era lugar de parada, descanso y comercio para las caravanas que hacían la ruta entre Marrakesch y Tombuctú.

En las afueras está la aldea de Tamnougalt, lugar donde está nuestra kasbah; será nuestra primera experiencia con este tipo de alojamientos, más espartanos que los hoteles al uso… No nos importa esta incomodidad, es más, parece como más adecuada al espíritu del viaje: quien viene aquí tiene claro que viene a masticar polvo, por lo que tampoco es una exigencia tener TV con satélite. Esto no quiere decir que la kasbah sea austera, al contrario, muestra una sabia combinación de lujo y rudeza, en la que las paredes de adobe se combinan con camas de dos por dos metros… Y lo más importante: tiene una piscina en la que no hemos tardado ni diez minutos en sumergirnos para refrigerar nuestros cuerpos.




Avanzada la tarde, hacemos una ronda de tés en la terraza. A pocos metros de nuestra kasbah está la antigua medina de Tamnougalt, de enorme belleza visual. Ha sido escenario de varias películas de Hollywood, como “Babel”, protagonizada por Brad Pitt y Cate Blanchett o “la última tentación de Cristo”, de Martin Scorsese. Los expedicionarios queremos ver aquello con detalle, así que Antonio “contrata” a un joven voluntario que nos conducirá hasta los entresijos más secretos del lugar. Además de árabe, habla algo de francés, entre eso y la mímica será suficiente para poder comunicarnos.







Este lugar fue, en tiempos pasados, lugar de gran importancia estratégica, como lo demuestran las sucesivas ocupaciones por parte de judíos, cristianos y musulmanes. Además, fue residencia de califas, fuerte militar, e incluso capital del imperio en tiempos medievales… Es un laberinto de estrechas callejuelas flanqueadas por casas de adobe, algunas de ellas colapsadas por la falta de mantenimiento. Parte del lugar ha sido reacondicionado a modo de museo temático, sin duda alojar diferentes filmaciones históricas ha servido para mantenerla cuidada.
















En una de las paredes del perímetro, se apilan centenares de objetos utilizados durante la filmación de La última tentación de Cristo: ánforas, carretas, tinajas… Un auténtico filón de fetiches para coleccionistas. Nuestro guía me comenta que él mismo fue un extra de la película, como prácticamente todo el pueblo: “¿Te has reconocido cuando viste la película?”, le pregunté yo, “Sí, pero sólo soy un puntito entre la multitud”, me responde, divertido.



Por razones inexplicables, este lugar está excluido de los circuitos turísticos: será nuestro secreto, y desde hoy, también el tuyo si estás leyendo esto. Os aseguro que he pagado por visitar lugares “presuntamente” turísticos que no le llegan a la suela del zapato a lo que ahora mismo tenemos delante.

La tarde avanza, y el adobe de las paredes se va convirtiendo paulatinamente en un vivo color ocre. Subimos hasta la terraza de una de las casas para poner ante nuestros pies el conjunto de la kasbah, y el valle del Drâa, impresionante hasta allí donde llega nuestra vista. Sin duda, estamos ante una de las “diapositivas” indispensables del viaje.





Fue un lujo subir hasta lo alto de una colina, para ver ponerse el sol. Las paredes de adobe del pueblo se fueron tornando paulatinamente de color ocre vivo.













Bajamos la montaña casi a oscuras. De vuelta a la kasbah, hacemos otra ronda de tés y Fantas… Ya no somos un grupo de desconocidos, llevamos suficiente tiempo juntos para que empecemos a “compadrear” en función de nuestras afinidades. Alguien empieza a hablar de política, de integridad territorial y de secesionismos, la conversación degenera en un circuito de habilidad lleno de cuchillos giratorios, y no quiero joderme el viaje hablando de temas tan cansinos: he dejado de creer en banderas, y mi nacionalidad es tan sólo un tecnicismo administrativo. Mi mundo sólo tiene dos bandos: la gente de buen corazón, y los demás. El patriotismo me la suda.


El personal de la kasbah ha acondicionado unas mesas para que podamos cenar al aire libre; el calor no dio tregua hasta bien entrada la madrugada.

Kilómetros etapa: 351

Total acumulado: 2.545

No hay comentarios:

Publicar un comentario