lunes, 16 de marzo de 2015

ESTÁS AL BORDE-Capítulo 7

Capítulo 7: Sáhara, todo y nada – Siroco maldito – Imposible olvidar aquella noche

Dejamos atrás el paisaje “marciano” de Tamnougalt para seguir el curso del valle del Drâa; el lugar es excepcionalmente húmedo, lo que permite otras formas de cultivo. Por el margen de la carretera caminan mujeres que cargan enormes fajos de forraje sobre sus cabezas, parece increíble que el peso no les quiebre el cuello…




Una vez más, las exigencias horarias nos impiden llegar hasta Zagora, en el extremo del valle. Allí está el icónico cartel en el que se indicaba a las caravanas de camellos que aún faltan “52 días hasta Tombuctú”… En su lugar, tomamos un desvío que nos ahorrará tiempo y kilómetros hasta Tazzarine; atravesarlo ha supuesto un caótico eslálom de carretas, bicicletas y burros. En varios momentos hemos tenido que detenernos pacientemente hasta que se disolvían los “tapones humanos”.










Veo un hueco para poder avanzar unos metros más, pero un grand taxi se cuela hábilmente, e inmediatamente se detiene para que se apeen sus seis pasajeros; los grand taxis suelen ser viejos turismos Mercedes-Benz de los años 70, pintados de color crema. Hay una gran oferta de recambios para estos vehículos, y si no se encuentran, se fabrican artesanalmente. Es habitual que la mayoría de grand taxis pasen del millón de kilómetros.

Finalmente, dejamos atrás la anarquía de Tazzarine. El paisaje se endurece aún más, las montañas no dejan opción a que nazca nada entre sus piedras. Lo peor ha sido la irrupción del Siroco, feroz viento del desierto que nos empieza a agitar con sus ráfagas. A nuestro alrededor, se levantan algunos remolinos de calor, por suerte ninguno se cruza con nosotros. Grandes “bolsas” de arena en suspensión limitan la visibilidad.








Nos conjuramos para llegar a la kasbah de “Alí el Cojo”, en Merzouga, a la hora de comer. Roscamos gas, cuidando de tener bien cerradas las chaquetas: cuando más falta nos hacía la ventilación, más estancos debemos conservar nuestros cuerpos… Lenguas de arena se cruzan en el asfalto, empujadas por el siroco enloquecedor.




De esta manera hemos entrado en Rissani, la última población grande antes de finalizar la etapa. Viramos una vez más hacia el Sur, por una carretera que nos depositará en el Erg Chebbi, la primera oportunidad de mirar a los ojos del Sáhara.








El Erg Chebbi está cada vez más explotado por multitud de empresas ofrecen aventuras para los tipos más audaces del primer mundo. Hay ambiente expedicionario, constantemente nos cruzamos con multitud todoterrenos y motocicletas trail cargadas hasta las trancas, como las nuestras.

La kasbah de “Alí el Cojo” está a pie de dunas, en Hassilabied, pequeño poblado a pocos kilómetros de Merzouga. Es un lugar de referencia, sobre todo para aventureros y pilotos españoles: el “boca-oreja” le funciona perfectamente a Alí, piloto experimentado, hostelero, mecenas y, resumiendo, una personalidad local. Y eso, sólo con una pierna.

Aquí es donde descargaremos los bártulos… ocupando unas habitaciones en las que no dormiremos, ya que, con permiso del siroco, acamparemos entre las dunas.


Alí nos recibe personalmente; es un tipo que parece tener la habilidad de estar en todas partes a la vez. Nunca escatima una sonrisa a sus anfitriones y tiene carrete para mantener una conversación hasta el infinito. Nos reparte las llaves, y finalmente ocupamos nuestras respectivas habitaciones, que por cierto, son inmensas.

Todo el edificio está construido en una planta, con paredes de adobe. Las habitaciones se reparten en una cuadrícula, en el centro de la cual hay una piscina de aspecto tentador. Se nos hace tarde para comer, pero aún así hemos reclamado media hora para poder darnos un chapuzón: estamos asados de calor.

El comedor es grande, decorado al estilo bereber. En las grandes mesas corridas, algunos grupos estiran la hora de comer; prácticamente todos son españoles. Alguien se ha atrevido a cocinar una paella, todos hemos podido probar aquel arroz con regusto a tajín especiado. Todo este “buenrollismo” es un arma de doble filo, ya que por una parte está muy bien comer paella y hablar español con tus vecinos de mesa, pero… sentirse “tan” en casa también es contraproducente para aquellos que precisamente buscan sentirse tan lejos de ella como puedan.

Salimos al exterior, y apoyados en una de las paredes de adobe pedimos una ronda de tés; la sobremesa no acaba de ser agradable porque el siroco continúa soplando, incluso parece recrudecerse. Ante nosotros tenemos un panorama de dunas, bastante difuminado por las corrientes de polvo en suspensión. Antonio muestra su inquietud porque no se pueda llevar a cabo la acampada prevista, no tanto por poner en riesgo nuestra integridad como por convertir en sacrificada una actividad que debería ser recreativa… Finalmente, nos concedemos dos horas de reflexión, siesta y piscina.



Durante el resto de la tarde se suceden noticias contradictorias: “-Se anula todo”, dice uno, “Preparaos, que en media hora salimos”, comenta otro… Finalmente, la moneda cae por el lado bueno: Jorge nos aborda, y dice que nos vayamos preparando para partir: “-Alí cree que el viento amainará cuando se ponga el sol”, dice.

Nos informan de los pormenores de la acampada: no hay duchas ni lavabos, tan sólo unos catres repartidos en unas tiendas bereberes, así que prácticamente no hay que llevar nada encima, aparte de alguna chaqueta de abrigo para la noche. Una caravana de camellos nos llevará hasta el campamento.









¡Camellos! No necesito mirar mi carné de conducir para certificar que no tengo licencia para conducir jorobados... Afortunadamente, su manejo es sencillo (básicamente, agarrarse fuerte en las subidas y bajadas, y dejarse llevar mientras el guía bereber tira del camello). Alí nos vigila de cerca a bordo de su Land-Cruiser, no deja nada sin supervisar en su negocio… Al llegar a las primeras dunas, dio por finalizada la “escolta”, y giró en redondo, dejando tras de sí una estela de polvo que el huracán disipó en un instante.



Los camellos pisan seguros en la arena, pero el bamboleo a bordo es constante; nuestro guía bereber se ha quitado las chancletas, y las ha dejado clavadas en la arena, suponemos que sabrá dónde encontrarlas cuando vuelva. La tormenta de arena es muy desagradable, llevamos los pañuelos atados hasta allá donde podemos, y los ojos van más tiempo cerrados que abiertos; Isabel y yo nos lo tomamos como un aliciente más del viaje, no sé qué pensarán el resto de mis compañeros… Algunos sacan cámaras y teléfonos móviles para retratar el momento: craso error, alguno de ellos quedará inutilizado por siempre jamás, por culpa de millones de partículas de arena.





Una hora después, casi de noche ya, hemos llegado al campamento; son varias tiendas de tipo bereber que forman un círculo concéntrico. Algunas de ellas están habilitadas como habitaciones, otras son espacios comunes, como el comedor comunal. Tal y como nos habían prevenido, no hay lavabos, o mejor dicho, sí los hay: sal del campamento, y elige un hueco discreto entre las dunas. Dentro del círculo de tiendas hay un espacio diáfano para sentarse; así lo hemos hecho, sacando unas cervezas de esa lámpara de los deseos que es el maletero del Defender… Efectivamente, el 4x4 también ha llegado hasta aquí, gracias a la destreza de Antonio, habilidoso en conducción extrema.

De esta manera, nos engulló la noche. La iluminación es muy escasa, algunas lámparas de aceite, linternas de leds y poca cosa más… Las pantallas iluminadas de los teléfonos nos ayudan a encontrar los vasos que tenemos ante nosotros. Alí vuelve a aparecer en plan cameo, nadie lo ha oido llegar pero ahí está, manejando sus muletas con inaudita habilidad. Se despatarra junto a nosotros y acepta una cerveza que alguien le ofrece. Se viene arriba regalándonos una retahíla inacabable de chistes malos…


Aún queda un rato para que la cena esté lista. Todos acordamos salir del campamento y alejarnos del tumulto (¡y de los chistes de Alí!) para encontrar unos momentos de reflexión, únicamente iluminados por la Luna llena que empieza a asomar en el horizonte… Es un momento mágico para quien así quiera interpretarlo; algunos continúan la tertulia entre ellos, los mismos temas pero en un decorado diferente. Observo que Javier y Luis se han aislado en ellos mismos, no buscan compañía ni tertulia, sencillamente buscan cada uno su lugar en la duna, miran hacia ninguna parte, y se pierden en sus pensamientos. Unos días más tarde, me explicarán que sus cavilaciones eran más trascendentes de lo que podía imaginar; un lugar tan vacío de todo relativiza nuestros problemas, da alas a nuestros sueños, y nos deja la sensación de haber encontrado algo muy importante en nuestra vida, sin saber lo que es. Esa es la magia del desierto.




Jorge y Antonio nos llaman al orden: la cena ya está lista. Se acabaron las cavilaciones, toca volver al campamento… “Vosotros, no”, nos dice Antonio, señalándonos a Isabel y a mí. Nos pide que le acompañemos hasta el Defender, Jorge está adentro, ocupando el puesto del copiloto.

Los Conspiradoresestán a punto de volver a irrumpir en escena. Aquél “continuará” que leímos en el primer sobre está a punto de materializarse… La pregunta del millón es, ¿de qué manera? Estamos en medio del desierto, de noche, y el 4x4 tiene un neumático pinchado, como acaba de darse cuenta Antonio: “no hay tiempo para cambiar la rueda, subid”. El mosqueo va en aumento; subimos detrás como dos corderitos.

El vehículo se pone en marcha, sin luces, a Antonio le basta con la claridad que le procura la Luna. Empezamos a “surfear” por las dunas, la mayoría de las cuales tan altas, que no sabes lo que habrá al otro lado… Antonio sí que parece saberlo, porque las afronta con toda confianza. Isabel se agarra a los asideros con todas sus fuerzas, no puedo ver sus nudillos pero apostaría cualquier cosa a que los tiene blancos de la tensión; sin embargo, está disfrutando del inesperado viaje igual que yo.


Un rato después, me aferro a una teoría: tal vez la sorpresa es esta “vueltecita” con el 4x4, porque vamos hacia el interior del desierto, y allí no hay nada más, ¿verdad?

Pocos minutos después, el vehículo se para a pocos metros de una haima rodeada de alfombras. “Ya podéis bajar, mañana os vendrá a buscar alguien cuando salga el Sol. Y felicidades, de parte de vuestros amigos.”, nos dicen antes de marcharse echando leches…


Y ya está. Quedamos solitarios y estupefactos, nuestra atención se divide entre la haima, tenuemente iluminada por varias velas, y el Defender que, sin luces, nos está abandonando a nuestra suerte… En un instante, desapareció tras la primera duna que encontró.

Nos quedamos unos segundos plantados en el mismo sitio; una vez enmudecido el ruido del motor, no hay nada más que oír, aparte del leve siseo del aire. Es un silencio casi opresivo. A nuestra izquierda, sobre una duna, podemos distinguir lo que parece ser un colchón, con sábanas y almohadas, depositado sobre un lecho de alfombras; empezamos a intuir que esta noche será muy diferente a cualquier otra noche que hayamos vivido hasta ahora.


Un buen rato después, nos hemos acercado a la haima. Más allá de las mantas que hacían la función de puerta, un interior que ningún hotel de cinco estrellas podrá igualar nunca: a la izquierda, un catre con pétalos de rosas, y a la derecha, una mesita en la que aún humean dos cuencos de sopa y un tajín de carne. Una botella de cava se enfriaba en una cubitera con hielo…


-“¿Cómo diablos han podido traer todo esto hasta aquí?”, me preguntaba yo, estúpidamente.

Como si no hubiera otras cosas en qué pensar: por ejemplo, en la gratitud. O en el amor. Pero no, mi cabeza decidió que lo primero era pensar en la logística… ¿Debería ir cogiendo hora para el psicólogo? ¿O, mejor aún, encajo deportivamente la ostia que de buena gana me quiere propinar mi señora esposa?

Junto a la cama, han dispuesto una pequeña mesita. Y sobre ella, un sobre. Por supuesto, otro mensaje de los Conspiradores: el envite, por si nos quedaba alguna duda, consistía en pasar esa noche alejados de todo y de todos. No hay otra opción: no tenemos teléfono, ni tampoco referencias para volver caminando hasta el campamento. Sólo nos queda disfrutar del momento.




Tras la deliciosa cena, nos descalzamos y salimos al exterior; ya hemos superado esa inquietud inicial de que alguien podría pasarse por aquí para pedirnos azúcar, o tal vez secuestrarnos. Subimos hasta la duna en la que está el jergón, y nos tumbamos sobre él. La Luna y un millón de estrellas brillan en un cielo libre de contaminación.

Gratitud. Pensamos en de qué manera podríamos devolver este envite a los conspiradores… Han sido astutos, no es sólo una cuestión de poner dinero encima de la mesa, y hala, que lo disfrutéis: realmente, nos han regalado una sensación difícil de igualar, un recuerdo que ya no se nos borrará nunca más.

Alrededor de la medianoche, la temperatura había bajado lo suficiente como para que ya no fuera agradable estar al raso, así que volvimos a la haima. Algunas velas ya se habían consumido, pero la claridad de la Luna las hacía prescindibles. De una manera muy tenue, nos llega el sonido de unos tambores: en el campamento, los demás expedicionarios se dejan llevar por ritmos tribales.

El resto de la noche fue entrecortado; el catre no dejaba de ser un colchón asentado en un terreno irregular, por lo que la inercia me empujaba a “caerme” de la cama. Aún así, no cambiaría esta noche por nada del mundo.

Sobre las dos y media de la madrugada, he vuelto a salir al exterior para ir al “lavabo”. La Luna está justo sobre mí, en el cenit, no tengo prisa por volver adentro. El desierto produce una sensación similar a orbitar en el espacio: un mundo paralelo en el que no hay ninguna de esas familiaridades que te hacen sentir seguro, aunque tampoco hay nada que nos haga sentir miedo. Sólo estamos nosotros.


Kilómetros etapa: 295

Total acumulado: 2.840

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