domingo, 22 de marzo de 2015

ESTÁS AL BORDE-Capítulo 8

Capítulo 8: Amanece – Buggies – Una suite inesperada

Abro los ojos, legañoso y algo desorientado; a través de las telas de la haima se intuye la claridad de un nuevo día. Alargué el brazo buscando a Isabel… y sólo moví el aire: mi esposa se había dado a la fuga. Salgo al exterior, y me la encuentro sentada en lo alto de una duna, espera la salida del Sol.


Trepé por la duna para llegar hasta ella, fue un paseo trabajoso: la arena me hundía las piernas hasta los tobillos.




“-¡Ánimo, valiente!”, me animaba con socarronería desde la cima. Un rato después, conseguí llegar junto a ella… Desde esta atalaya, la inmensidad del Erg Chebbi es bien patente; al fondo, por fin, podemos ver el campamento bereber, a unos dos kilómetros en línea recta. Más allá, unos pequeños puntitos trepaban por la grand dune: seguramente eran nuestros propios compañeros, que también querían ver amanecer desde la mejor tribuna disponible.

La salida del Sol fue uno de esos acontecimientos que difícilmente se olvidan; el desierto muestra una paleta de colores que empieza por el crema suave, y acaba en un ocre furioso. No hay programa de televisión capaz de contraprogramar este espectáculo.





Poco rato después, la claridad se estabiliza  podemos considerar finalizado el “momento mágico”. En la grand dune también había acabado la función, y los puntitos bajaban de nuevo hacia el campamento; algún papanata gritaba de alborozo a todo pulmón, hasta el punto de que nosotros podíamos oírle: supongo que al tipo debía parecerle divertidísimo romper la magia del momento con sus payasadas. Le deseé cordialmente que tropezara, y cayera rodando como una croqueta hasta el pie de la duna.

Un bereber se acerca en dirección a nuestra haima, tirando de unos camellos: “-Nena, ahí viene nuestro taxi”, le digo a Isabel, mientras levanto el culo de la duna. A saltitos, bajamos a recoger nuestro mínimo equipaje.



De nuevo estamos con nuestro grupo. Jorge y Antonio están cambiando la rueda pinchada del Defender; les preguntamos cómo diablos pudieron conseguir que, la noche pasada, pudiéramos tener sopa caliente en la haima: “-Hombre, pues corriendo mucho, y llevando la cazuela por fuera de la ventanilla”, nos dice Antonio, mientras señala un gran manchurrón de color marrón que decora uno de los laterales del vehículo.

Nos ofrecen salir de allí en los camellos, o bien volver por la vía rápida en el Defender, nosotros tenemos el culo algo jorobado (ja ja, ¿lo pillas?), y preferimos el todoterreno; Luis y Javi también suben con nosotros.


De nuevo en la kasbah, nos hemos duchado y desayunado. He abordado a Alí para agradecerle personalmente todo el “dispositivo” de la haima, pero él lo relativiza todo con su habitual cachondeo.

Ha llegado la hora de la excursión; hoy no tocaremos las motos, nos comportaremos como buenos turistas, y subidos en todoterrenos, recorreremos el entorno. Como todos no cabemos en el Defender, Antonio llama a Tau Tau, que regenta otra kasbah en Merzouga y, lo que más nos interesa, es propietario de un inmenso Land Cruiser que pone a nuestra disposición. Tau Tau está también un poco loco, como iremos comprobando durante el día.

Nos repartimos entre los dos vehículos, a nosotros nos toca el Defender. Llevamos bebidas en neveras, pero no hielo para mantenerlas frescas, así que antes de salir de Hassilabied hemos parado en una especie de “tienda de conveniencia” que vendía hielo de una manera muy original, congelando botellas de agua. Tau Tau y Antonio han cogido un par de botellas, y rompiendo los envases a machetazos, han desparramado el hielo dentro de las neveras. Ahora sí que podemos marchar.


Hemos seguido hacia el Sur, para ver las canteras de fósiles de Taouz. Literalmente, estamos pisando fósiles por todas partes, incrustados en rocas milenarias con las que se fabrican repisas de baño, o sencillamente las pulen para venderlas como ornamento. El paisaje es muy duro, las arenas del Erg Chebbi han dado paso a la roca descarnada, unos kilómetros más allá se divisan las garitas de vigilancia militar que delimitan la frontera con Argelia.



Remontamos de nuevo al norte. Abandonamos el asfalto para seguir las pistas por las que se disputan diversos raids, incluído el “Dakar” cuando era africano. Tau Tau se desmelena un poco con el Land Cruiser, nosotros no podemos hacer gran cosa para seguirles, el Defender es imbatible en las dunas, pero tiene la agilidad de un carro de polos en pistas rápidas. De esta manera hemos entrado en Tisserdmine, cuatro casas diseminadas en medio de la nada. La única “atracción” es un restaurante, únicamente conocido por los aventureros que hacen pistas. Lo regenta Hassan “el loco”, otro buen amigo de Antonio.


Mientras damos cuenta de las bebidas, observo que Hassan también es propietario de un Renault 4 preparado para raids, probablemente participante de la “4L Trophy”, un rallye en el que sólo participan los mencionados cuatro latas, con fines más solidarios que competitivos. El “4-L” es un vehículo muy apreciado aquí por su dureza y sencillez.

Saliendo de Tisserdmine, observamos un anciano menudo que está acuclillado a la sombra de una pared de adobe. Antonio nos explica su historia: “-Ese hombre tiene más de cien años, y eso es lo único que hace durante el día.” Me entra una cierta inquietud por aquel individuo, viendo pasar lo que le queda de vida apoyado en una pared.

Volvemos a la ruta. En la entrada de Rissani, los conductores se intercambian los vehículos: Tau Tau no tiene licencia para llevar a turistas, y el Defender, con matrícula española, pasa más desapercibido.

“-¡Hola muchachos!”, se presenta al subir, “Tranquilos, que me pagué el carnet por Internet pero soy un conductor de puta madre… perdone el lenguaje, señora”. Rissani tiene una caótica travesía, pero Tau Tau conduce a lo marroquí, llevando el todoterreno al límite del atropello o colisión inminente; en un momento dado, bajó la ventanilla para decirle de todo a un chaval en bicicleta que tuvo la osadía de cruzarse en nuestro camino: “¡Estos pequeños cabrones no tienen educación!... Perdone el lenguaje, señora”.

Pocos kilómetros más allá de Rissani, tomamos una pista pedregosa que nos llevará hasta la llamada “cárcel portuguesa”, una gran encajadura del terreno en forma de “U”, cerrado por un gran muro de piedras. Construido en el siglo XIX, su función era contener las aguas de la lluvia a modo de pequeña presa. El muro fue levantado por esclavos subsaharianos que después eran vendidos en Portugal, de ahí su nombre.

Pero lo realmente impresionante de la “cárcel portuguesa” es el mirador que asoma a un valle de unas vistas tan abiertas como agrestes. Es difícil describir la belleza de un paisaje tan descarnado, toca volver a tirar del tópico de “hay que verlo”. Antonio ha llevado al Defender hasta el borde del precipicio, poniéndonos los pelos de punta y encomendándonos al Altísimo para que, si en algún momento fallan los frenos, que no sea aquí y ahora: la caída libre es de unos 200 metros.







Es un buen momento para abrir las neveras y refrescar los gaznates sintiéndonos los reyes del mundo. Un par de bereberes se acercan hasta nosotros, y nos ofrecen diversos abalorios hechos de fósiles. Miramos mucho, pero compramos poco. Aceptan entusiasmados el vaso de cerveza que les ofrecemos.


Volvemos a Rissani, y nos apeamos de los vehículos para perdernos una hora en su mercado; nunca decepcionan, son el auténtico pulso del pueblo y, aunque hay un poco de todo, trabajan sobre todo para “sus” clientes, en vez de ser un mero reclamo de turistas.




Un par de pícaros adolescentes se ponen a nuestra disposición para lo que necesitemos… Antonio ya los conoce, y les deja hacer. Hemos parado en un zoco especializado en especias, el olor del ambiente es penetrante y exótico a partes iguales. Antonio y Jorge traen un “encargo” de sus respectivas esposas: comprar aceite de argán, cotizado y raro de encontrar en nuestro país, habitual aquí. El tendero se atribula, dice que “en este preciso instante” no tiene existencias, pero que “le demos media hora”. Otro hecho confirmado en Marruecos: es muy difícil que alguien te diga “No”, normalmente hay un plan “B” en la manga, un amigo que tiene un amigo que nos puede proporcionar lo que necesitemos… Quid pro quo. Más tarde volveremos para reclamar nuestro “botín”.



Entramos en un caótico local lleno de chucherías regalables, desde un anillo a una alfombra, está todo tan atestado que parece que se nos vaya a caer encima… El propietario nos da la mano, nos invita a sentarnos, y empieza el apasionado ritual del regateo: cuánto ofreces, cuánto te doy, cuánto te descuento si añado esto… la gracia es saber encontrar el límite.

En los alrededores del mercado, una gran campa sirve de “aparcamiento” para los burros y carretas de los mercaderes. Un pequeño rebaño de ovejas irrumpe en la calle, el tráfico se para, esto es un día más en Rissani.



Subimos a los todoterrenos. De repente, aparece un tipo corriendo por el medio de la calle; es el tendero de las especias, y se ha presentado con decenas de cremas de aceite de argán que acarrea en dos bolsas de plástico. Por los pelos, lo ha conseguido. Regatea apoyado en la puerta de nuestro todoterreno, casi no tiene resuello para mantener un “combate económico”, aún así llegamos a un acuerdo satisfactorio, y los potingues cambian de manos.

De vuelta a la kasbah de Alí, damos cuenta de la comida. Más tarde, se nos ofrece la opción de ir a dar unos saltos por las dunas a bordo de unos buggies. Antonio nos comenta que “nuestro buggy ya está reservado”, lo que levanta nuestras suspicacias: tenemos la sospecha de que a “los conspiradores” todavía les queda algún as en la manga.

El negocio de los buggies está a pocos kilómetros, en Merzouga; se llama “Desert buggies”, y lo regentan Jordi Mercader y su hijo. No deja de ser curiosa esta “concentración” de emprendedores catalanes, al estilo de los indianos que en el siglo XIX se fueron a hacer las Américas, pero en versión africana. Antonio tiene la teoría de que “el dinero está en Cataluña”, aunque yo soy más de la opinión de que el dinero está en el bolsillo de cualquier valiente que se lo juegue todo a una mano, y gane. Éste parece ser el caso de Jordi Mercader, que hace diez años cambió la niebla húmeda de Vic por las dunas del desierto, dejando atrás esos pilares en los que asentamos nuestra vida, para fabricarse otros nuevos. Y todo esto, pasados los cuarenta, edad en la que la audacia se empieza a batir en retirada. Con un par, sí señor.

Unos empleados nos están preparando dos buggies: uno para nosotros, y el otro para Adolfo y Jorge, que también se han apuntado a la movida.

Como nos temíamos, Antonio nos alarga otro sobre: “los conspiradores” nos desean una feliz tarde de acción.

El guía, un jóven bereber, nos explica los tecnicismos del vehículo: “-En llano se pone a cien por hora, respetad a esta bestia, que tiene mucha mala leche”, nos dice. Nos ponemos en marcha, yo conduzco, Isabel ocupa el asiento del pánico; llevamos gafas protectoras, imprescindibles para no convertir nuestras cuencas oculares en dedales de arena.

El buggy resulta ser muy intuitivo de conducir, y casi de inmediato nos encontramos buscando sus límites; surfear las dunas es un placer, siempre que te asegures de ver lo que hay al otro lado antes de saltarlas a lo loco.

Un rato después, Isabel y yo hemos intercambiado los puestos. Mi santa esposa también coge rápido el tranquillo, y sale disparada como una bala para saltar dunas como si nos persiguiera el diablo, sin atender a los llamamientos a la moderación que le suplicaba su acojonado rehén.

Poco antes de volver a Desert Buggies, las dunas se convierten en tierra compacta en las que diría que hemos puesto a tope los bólidos: nos hemos “picado” con nuestros compañeros, buscando caminos paralelos para no comernos la inmensa estela de polvo que íbamos dejando tras nosotros.

Sacudiéndonos el polvo, hemos devuelto los buggies, y ante una ronda de tés, comentamos la experiencia. Se nos une el “boss” Jordi Mercader. Es un apasionado de los rallyes, y nos explica, a modo de exclusiva, que el nuevo equipo Peugeot estuvo entrenándose aquí la semana pasada, poniéndose a punto para conquistar el próximo Dakar... Han invertido mucho dinero, y reclutado a las mejores manos (Carlos Sainz, Monsieur Dakar Stéphane Peterhansel y Cyril Despres), para que la marca del león vuelva a ese trono que ya ocupó con aquellos míticos “205 Grand Raid” que los chavales ochenteros veíamos por la tele, cuando el “Dakar” llegaba a Dakar… Jordi Mercader, al igual que Alí “el cojo” o el propio Antonio conocen personalmente a muchos de los pilotos punteros del Dakar, especialmente si son españoles.

El Defender nos devuelve a la kasbah de Alí. Nuestras risas rememorando las batallitas de los buggies se cortan de raíz nada más llegar: “-Vosotros dos, recogedlo todo rápido, que en quince minutos os marcháis”, nos dice Antonio, con esa parquedad de palabras que ya nos empieza a ser familiar, y que precede a una nueva emboscada de “los conspiradores”. Estamos rebozados en polvo hasta las pestañas, y tenemos el equipaje desparramado por toda la habitación… ¡¡Qué estrés!! A la carrera, lo recogemos todo de cualquier manera.

Un cuarto de hora después estamos junto a la moto, con las maletas cargadas y la ropa motera cubriendo nuestros mugrientos cuerpos. Jorge y Antonio están junto a la BMW. Les preguntamos a dónde vamos, obteniendo un encogimiento de hombros por respuesta.

Salimos a la carretera, en dirección norte. Rápidamente, la noche nos cae encima. La BMW de Antonio acaba de fundir la luz corta; a nuestra Varadero le pasa lo contrario, a causa de la carga vamos deslumbrando a todos los que se cruzan con nosotros. Media hora después, llegamos de nuevo a Rissani; la ciudad continúa bullendo de actividad, pero ahora en su faceta nocturna, iluminada por farolas de sodio naranja, bombillas incandescentes y neones que hace muchos años dejaron de estar de moda. La oscuridad no hace cambiar los hábitos de conducción de los autóctonos, por lo que la travesía tiene algo de supervivencia.

Para pasmo nuestro, dejamos atrás Rissani, y seguimos hacia el norte. La ignorancia sobre nuestro paradero hace que los kilómetros se hagan más largos… Cruzamos Erfoud, otro caos style marocain, y por fin la BMW echa el freno: nos hemos detenido ante la Kasbah Xaluca, un lujoso resort que rompe con los austeros alojamientos habituales de la zona.


El ínclito Alí nos recibe en la entrada, ha llegado antes que nosotros en su Land Cruiser, y ahora está desgañitándose con un par de recepcionistas que parecen no entender algo relacionado con nuestro alojamiento. Nosotros estamos más por la labor de alucinar con un entorno en el que la autenticidad deja paso a un postizo, pero inesperado lujo; más allá de recepción, observamos una piscina iluminada, junto a la cual un grupo local ameniza con música la velada de decenas de turistas que toman un cóctel nocturno. Antonio aprovecha para explicarnos el origen de la cadena Xaluca, cinco hoteles repartidos por el Sur de Marruecos, fundados desde cero por Lluis Tort, otro catalán enamorado de estos paisajes que decidió echar el ancla aquí, creando un pequeño emporio hotelero.

El follón con los recepcionistas ha quedado solucionado, Alí nos recuerda que “ni se nos ocurra pagar ni un céntimo de nada”, y por fin podemos ir a nuestra suite, a la que le calculamos cincuenta metros cuadrados. Antonio nos  entrega el último sobre de “los Conspiradores”, en el que nos desean una feliz noche de ensueño. De nuevo nos envuelve una sensación de gratitud… y “rabia” porque los patrocinadores de esta movida no puedan ver la dimensión de su obsequio, al que por cierto no preguntaremos el precio, impúdicamente elevado por mucho que sea repartido entre ocho. Además, incluye un masaje.

Jorge y Antonio se retiran para que disfrutemos de nuestra noche, les queda un largo retorno hasta Hassilabied. Para no volver a ciegas, dejarán la BMW estacionada en el hotel, y subirán al Land Cruiser de Alí.

Es muy tarde, y debemos ser rápidos para poder encajar cena y masaje en el poco tiempo que nos queda… Pero nada nos privará del placer prioritario de la anhelada ducha; la lluvia de agua dulce se lleva al desagüe ingentes cantidades de arena que todavía llevábamos adherida en la piel.

El restaurante bulle de actividad, es tipo buffet e incluye hasta paella, con un aspecto apetitoso que no se corresponde con su sabor: en el Sáhara, mejor decantarse por otros platos. La clientela es variopinta, hay equipos de raids vestidos con camisas corporativas, y también turistas de diversos países, muchos de ellos jubilados que buscan unas vacaciones exóticas, pero dentro de un orden: no creo que se alejen demasiado del hotel.

Saliendo del restaurante, la camarera nos persigue: hay que pagar las bebidas ipso facto… “Somos la pareja que ha traído Alí El Cojo”, le decimos, pero ella insiste en cobrar. Al final sacamos la cartera, para ahorrar tiempo y berrinches. Casi se nos acaba el tiempo para el masaje, formalizamos en recepción la última hora disponible, y de nuevo se empeñan en cobrarnos el servicio: “Somos la pareja de Alí”, volvemos a repetir como si fuera un mantra. Al recepcionista le cambia la cara, es uno de los dos que ha tenido que aguantar el chorreo del propio Alí un rato antes. Se marcha para hablar con alguien que parece tener un poco de autoridad, y todo queda arreglado. Es curiosa esta dualidad marroquí, tan informales y flexibles para unas cosas, y sin embargo, tan cuadriculados en puestos que conllevan cierta responsabilidad, como por ejemplo la aduana… o la recepción de un hotel.

En el spa, nos han repartido en dos habitaciones: a Isabel le ha tocado una masajista con pinta de guardiana de campo de concentración, a mí me ha tocado una muchacha más modosa, pero que pasa olímpicamente de mí cuando le digo que se centre especialmente en ese músculo de la espalda que se empeña en agarrotarse después de una jornada sobre la moto. Me hace ponerme un ridículo calzoncillo de papel, y empieza con su tarea. Mientras me amasaba la espalda, caí dormido como un tronco.

La masajista me despierta suavemente una hora después: “Monsieur… monsieur… c´est fini”. Legañoso y medio desorientado, salté de la camilla. Isabel ya me esperaba en el pasillo, la guardiana nazi le había machacado la espalda con la delicadeza de un peón caminero trabajando con su martillo neumático.

Kilómetros etapa: 62
Total acumulado: 2.902

No hay comentarios:

Publicar un comentario