lunes, 20 de abril de 2015

ESTÁS AL BORDE-Capítulo 10 y EPÍLOGO

Capítulo 10

Me despierta la lluvia, la última etapa se recorrerá sobre mojado. Al otro lado de la ventana, Mequinez se empieza a desperezar; el tráfico aún es escaso, y la megafonía llama a la oración con puntualidad machacona. Todo esto me entra por los ojos atravesando un filtro de melancolía, esa sensación de que el mundo que nos rodea está a punto de escurrírsenos entre los dedos como un puñado de arena del desierto.

Isabel se despereza de manera gradual, necesita quince minutos para activar sus circuitos neuronales. Le jodo un poco el ritual haciendo ruido con el equipaje –la impaciencia me lleva a empaquetar todo lo empaquetable-, y se queja con gruñidos mientras mete la cabeza debajo de la almohada.

¡Bringgg! El teléfono llama nuestra atención con una nota átona: Javier nos whatsapea que ya está desayunando en el comedor. Este tipo es la monda, si algún día se demuestra que es cierto aquello de que a quien madruga, Dios le ayuda, Javier será un enchufado del Altísimo.

En el comedor, Antonio pasa novedades: a causa de la lluvia, cogeremos la autopista hasta Rabat, donde enlazaremos con la A-1 hasta Tánger. Es un recorrido más largo, pero mucho más seguro. También nos dice que es “muy poco probable” que lleguemos a tiempo de coger el ferry de las 13 horas, lo que nos obligará a esperar hasta las tres y media de la tarde. Hacemos lo que se podría llamar un conjuro contradictorio: tiraremos “a saco”, pero con la mentalidad de que muy probablemente tendremos la partida perdida.

Sin perder un segundo, cargamos las motos. Ya no llueve, pero el suelo está mojado. Nuestra Varadero vuelve a ir hasta arriba de bultos, con el petate atado de manera aparatosa en la “baca” del cofre: dentro de él llevamos las chilabas regaladas por “los conspiradores”, y los cuadros comprados en Essaouira… ¿quién dijo que en moto hay que ir sólo con lo puesto?

Con los chubasqueros puestos, nos tiramos a la autopista. Se acabó el turismo y las fotos, sólo importa avanzar. Mantener los 120 kilómetros por hora es un asunto sagrado: los controles policiales son constantes, y ninguno de ellos carece de su radar portátil.

A media mañana, paramos a tomar un bocado en un área de servicio. Es una franquicia de una petrolera francesa, aparentemente brillante e impoluta, pero una rolliza rata corriendo entre las mesas de la terraza nos recuerda que esto no es Hawai, como nos decía ayer Loquillo. Una familia se baja de un Dacia, el chaval se queda flipando con las motos; me levanto de la mesa, y le invito a subir a Eloise. El padre saca el móvil y le hace unas cuantas fotos.

Volvemos a las motos. Conforme nos acercamos al puerto, vemos que lo “casi-imposible” se está convirtiendo en un “tal vez sí”: son las doce y diez, y si los de la aduana se comportan, igual embarcaremos en el ferry anhelado… Atravesamos Tánger a lo loco. Le hago una maniobra guarra a un petit taxi para no pillar un semáforo en rojo, el conductor se indigna y me pita:

“-¡Je suis desolé, cojones!”, le grito. Isabel ríe nerviosamente, pero si hubiera tenido una sartén a mano, sin duda me estaría atizando con ella en el casco.

A las doce y veinte, llegamos frente a la aduana. Más allá de la valla, el ferry está cargando vehículos en sus entrañas. Saltamos de las motos casi antes de haber puesto la pata de cabra, y nos vamos zumbando a la ventanilla para validar el papeleo de salida. Un facilitador se acerca a mosconear por si necesitamos alguna cosilla de última hora, ya sea legal o ilegal: lo echamos de allí con un bufido.

El policía de la aduana parece estar pasándoselo en grande con nuestra ansiedad y sella los pasaportes a cámara lenta, pero lo más importante es que no nos hemos atascado en esperas absurdas: a las 12:55, pisábamos la rampa del ferry. Lo hemos conseguido.

Las prisas por entrar al ferry han creado un efecto túnel que nos ha hecho olvidarnos de cambiar los dirhams que todavía llevábamos encima: entre Isabel y yo, casi 100 euros. El problema es que, fuera del país, es imposible comprar o vender dirhams. Nos llevamos un carísimo souvenir… O bien un fondo de divisas para cuando queramos volver.

Paradojas de la vida, al final no nos ha caído ni una gota de agua en todo el trayecto. Nos hemos hecho un hueco en la terraza de popa, y desde aquí hemos visto alejarse una tierra que ha superado ampliamente nuestras expectativas más optimistas. Un viaje sin incidentes, ni averías mecánicas, ni problemas de convivencia ya es un gran viaje. Antonio tiene la mirada perdida en el horizonte, seguro que está pensado en lo mismo: para él, nuestra experiencia es su rutina. En dos meses, volverá con otro grupo. Una vez más, ha demostrado ser no sólo un guía, sino un líder nato, un tipo que sabe imponer disciplina sin parecer despótico. Lo considero un amigo, y seguro que mis compañeros de ruta son de la misma opinión.



Cuarenta minutos después, atracamos en Tarifa. Los móviles vuelven a tener cobertura, y nos aislamos en conversaciones privadas con gente ansiosa de noticias: “Mamá, hemos vuelto”, “cariño, ya estamos aquí, pásame al chico que lo quiero saludar”…

El trámite en la aduana española es benditamente civilizado. Nos despedimos de Luis, el tarifeño ya está en casa. A nosotros, nos quedan casi 1.200 kilómetros más.

Eran casi las cuatro de la tarde cuando hemos parado a comer en un restaurante, a la entrada de Cartagena: la comida patria es recibida con entusiasmo. Nos despedimos de Jorge, Antonio y Manolo, dejando en el aire vagos proyectos para volver a coincidir en el futuro. A veces decimos estas cosas por puro formalismo, pero tengo la sensación de que, esta vez, no vamos de farol. Inshallah.

Con tanto camino aún por recorrer, no tenemos claro adónde pondremos el huevo esta noche, incluso se me pasa por la cabeza una idea demente: tirar y tirar hasta llegar a casa, conducir toda la noche como cantaba Roy Orbison… Menos mal que Isabel me ha devuelto al corral de la cordura. Al final, rodaremos hasta el crepúsculo, y entonces ya nos buscaremos la vida. Javier se apunta a hacernos de escudero, calcula que no tendrá que desviarse mucho de su propio camino a casa.

Los que aún quedamos del grupo volvemos a la carretera. Adolfo no tarda en despedirse, subirá por la Ruta de la Plata, también le queda un largo camino hasta Asturias. A Juan Carlos le apetece romper la monotonía de la autopista, y nos despedimos de el al cabo de poco. Paco se desvía en Granada, tiene Albacete a tiro de piedra. Quedamos la dama, su caballero y el fiel escudero.

En Jaén nos cae la noche. Decidimos entrar en la capital, para repostar y buscar alojamiento… Para desgracia nuestra, todo está a tope porque están celebrando su fiesta mayor. Buscando la salida de la ciudad, nos hemos quedado enganchados en un monumental atasco urbano. Cansado y hastiado por la situación, empiezo a encontrar razonable la idea de subir a la acera para seguir avanzando a todo gas, sin que importen las consecuencias penales… Tarea imposible, absolutamente todos los ciudadanos empadronados en Jaén están en la calle.

Salí de allí jurando que nunca más pisaría una puta ciudad que esté celebrando su fiesta mayor.

No encontramos una cama libre hasta Úbeda, en un hostal “de guerrilla” que, si lo reseñan en tripadvisor, no será para vanagloriarse de su excelencia. Pero era un techo digno para pasar las siguientes nueve horas: como decimos los viajeros veteranos, “en peores garitas hemos hecho guardia”.

Kilómetros recorridos: 716

Total acumulado: 4.019

Epílogo

Estamos en las últimas líneas, ese momento temible en que la prosa se vuelve pomposa, trascendental y sobreactuada para hacer análisis y repartir agradecimientos…

El siglo XXI ha traído la democratización de los viajes “de aventura”. Las grandes gestas de generaciones pasadas están al alcance de cualquiera que tenga suficiente dinero para pagárselo. Los motoristas de largo recorrido somos, en cierta manera, herederos de aquella manera nostálgica de “currarse” los viajes, quedando expuestos a la inclemencia de los elementos. Estas incomodidades son precisamente nuestro disfrute, la diferenciación que nos solidariza entre nosotros, y que convierten cada destino en una conquista.

Si nunca has podido o sentido necesidad de alejarte demasiado de tu casa, tal vez este viaje te parezca una epopeya digna de aplaudir; si, por el contrario, eres un overlander con el culo encallecido, es posible que hayas alcanzado metas aún más épicas… Pero coincidirás con nosotros en que, al fin y al cabo, no se trata de cuantificar un viaje en kilómetros o en “exotismo”, sino en el disfrute del mismo.

Nosotros hemos disfrutado de nuestro viaje nupcial a tope. Las incomodidades de la moto no han hecho más que aumentar el aliciente del mismo. Y las sorpresitas preparadas por “los conspiradores” han elevado al cuadrado unas buenas vibraciones que ya eran de por sí intensas. Marruecos tiene un equilibrio casi perfecto entre primitivismo y modernidad, y ojalá no haya extremismos que rompan esta fórmula.

Pasemos a los agradecimientos:

A nuestros compañeros de ruta; es probable que volvamos a coincidir con alguno de vosotros, pero en todo caso, hemos compartido un pequeño pero intenso paseo en este gran camino que es nuestra vida.

A nuestros padres y madres, que hubieran preferido un viaje de novios más convencional, pero aún así se tragaron sus prejuicios y pusieron la mejor de sus sonrisas para que no tuviéramos problemas de mala conciencia.

Gracias a ti, que estás leyendo esto. Tu interés es nuestro apoyo.

Y, por supuesto, gracias a “los conspiradores”: Joan, Carmen, Gappy, David Simón, David F, Nuria, Ricardo y Chema, muchas gracias por vuestro colosal montaje. Y no volváis a hacerlo más, so cabrones.


Besos y abrazos a repartir, nos vemos en ruta!

2 comentarios:

  1. Enhorabuena por esta gran crónica de vuestro viaje por Marruecos. Me ha encantado leerla. Me están dando ganas de repetir este año..... ;)

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    1. ...y no eres el único que volvería a bajar mañana mismo!! ;-) Gracias como siempre por el seguimiento, socio. Nos vemos en la carretera, ya sea aquí o en el Atlas!

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