domingo, 12 de abril de 2015

ESTÁS AL BORDE-Capítulo 9

Capítulo 9: Parece que va a llover-Mequinez-el chico de los caramelos

Dormir bien es casi una obligación en esta alcoba, y a eso nos hemos aplicado con entusiasmo. No podemos engancharnos a las sábanas, hoy tenemos la “etapa reina” del viaje. Atravesaremos medio país del tirón, sin parar hasta Mequinez, penúltima etapa de este maravilloso viaje nupcial.

Mientras nos vestimos, ponemos la tele para tener algún ruido de fondo; la televisión pública marroquí emite imágenes de un país irreal, tan moderno y avanzado que podría pasar por la Suiza africana. Momentos después, un tipo empieza a leer versos del Corán con esa cantinela a la que ya nos hemos acostumbrado. Apago la tele, mejor pongo la música del teléfono móvil. Loquillo brama que “esto no es Hawaii”. Y que lo digas, Loco.

Desayunamos junto a Jordi Arcarons; ha venido hasta Erfoud para guiar a un grupo de endureros en un raid de orientación por el desierto. También hay un nutrido grupo de moteros extranjeros, que nos pasaron desapercibidos la noche anterior, y que trajinan enormes maletas “Samsonite”: forman parte de un grupo organizado que les lleva el equipaje de hotel en hotel.

A la hora del checkout, hemos vuelto a tener movida: la recepcionista se empeñaba en cobrarnos la estancia. De nada sirvió mencionar a nuestro “padrino” Alí. Como un dejà vú, la recepcionista vuelve a llamar al tipo que manda, que en aquel momento está lidiando otro combate dialéctico con un cliente que se niega a pagar un servicio que, según él, no ha recibido. Sólo son las ocho de la mañana, y ya hemos coincidido con una recepcionista inoperante, un cliente airado, un encargado hasta los cojones de todo, y nosotros. La buena noticia es que, a partir de ahora, el día sólo puede ir a mejor.


El cielo está plomizo, no descartamos algún chaparrón. Una vez cargada la moto, zanganeamos por el hotel, esperando a nuestros compañeros de ruta… Un mozo de equipajes está desayunando dátiles que coge directamente de las palmeras. Arcarons y su tropa están ultimando la revisión de sus KTM, antes de partir. Isabel retrata una familia de camellos que están junto a la entrada principal.


Pocos minutos después, llegan el resto de expedicionarios; vienen pertrechados con ropa de lluvia, a ellos sí que les ha caído agua en Merzouga. Nos meten el miedo en el cuerpo, y también nos ponemos los impermeables.

El trayecto es entretenido, recorremos el valle del río Ziz, alternando aquí y allá inmensos palmerales. Más allá de Er-Rachidia, la carretera se encaja en las gargantas del Ziz, que dejamos atrás atravesando el túnel del Legionario, construido a pico y pala por la Legión Francesa durante los años en los que el país era protectorado galo. Debido a su gran importancia estratégica, está permanentemente vigilado por dos militares, uno en cada boca.




A partir de aquí, la carretera asciende abruptamente, buscando las alturas del Alto Atlas; definitivamente, el desierto ha quedado atrás, y con él, la parte más “salvaje” de nuestro viaje. La temperatura desciende varios grados, y aunque los nubarrones continúan amenazándonos, las cortinas de agua se mantienen a varios kilómetros de nosotros.

Superar el Atlas supone subir y bajar varios puertos de montaña, a cuál más divertido. Esta etapa también supone reencontrarse con las carreteras que un motero desearía tener siempre al alcance de su manillar.

Decenas de perros nos inquietan con su presencia en el arcén; tenemos la sensación de que en cualquier momento invadirán la carretera. Están esperando algún bocado que les pueda caer de algún vehículo en marcha. Todos estos perros son propiedad de los pastores nómadas que viven en precarias chabolas diseminadas aquí y allá. Los pastores viven con toda su familia, en lo que a nosotros se nos ha antojado una de las maneras más miserables de sobrevivir que hemos conocido en Marruecos.

Poco antes de llegar a Azrou, la carretera atraviesa un milenario bosque de cedros. Hacemos una parada, ya que aquí es normal ver en libertad a los macacos de Berbería. Y no nos defraudan, muy cerca de la carretera hay una decena de macacos, que no se alejan mientras no les atosiguemos en exceso.



Pese a ser mediodía, el clima es decididamente de alta montaña, con temperaturas frescas; cerca de aquí está la estación de esquí de Ifrane… No deja de ser curioso que esta mañana nos hayamos levantado en el desierto, y pocas horas después tengamos este panorama ante nuestros ojos.

Seguimos nuestro camino. En Boufekrane hemos parado a comer pinchitos en un chiringuito a pie de carretera. Los preparan en una gran barbacoa situada en la acera, la humareda no parece importarle a nadie. Un “vigilante” se encarga de regular el estacionamiento de vehículos; es un hombre de avanzada edad con una malformación que le inutiliza un brazo, viste un mugriento chaleco reflectante, gorra de plato y un silbato. Le he regalado un escudo bordado de mi cuerpo policial.


Finalmente, entramos en la ciudad imperial de Mequinez. Llamada el Versalles de Marruecos, llegó a ser capital del imperio durante el siglo XVII. Tiene casi un millón de habitantes, por lo que el tráfico se vuelve cansino y denso. Nuestro alojamiento será el hotel “Ibis”, ubicado a tiro de piedra de la zona turística.

Descargamos una vez más el equipaje; mañana volvemos a España, por lo que recuperamos del Defender el petate con equipaje “no esencial” que han tenido la amabilidad de transportarnos durante todos estos días.

El interior del “Ibis” es práctico e impersonal como un vagón de metro. Sin embargo, es perfecto para nuestras necesidades, llevamos varios dias de emociones en moto, así que lo único que necesitamos es una cama cómoda, sin más complicaciones ni agasajos.

Salimos a pasear por la ciudad. Con las últimas luces del dia llegamos a la place El Hedime, punto neurálgico de la ciudad. Es una réplica a escala de la mastodóntica Djemaa El Fna de Marrakesch. Encantadores de serpientes, cuentacuentos y otros buscavidas se reparten por la plataforma. Flanqueando la plaza, hay una serie de cafés y tiendas de artesanía.




Desde la place El Hedime podemos acceder a la medina, caótica como pocas: es un auténtico laberinto en el que lo más fácil es que se te rompa la brújula mental. La noche le da un toque canalla e intemporal, una mezcla entre el barrio chino de la Barcelona de los 70 y las calles de Blade Runner. Unas mujeres venden pinchos con frutas ensartadas de una manera graciosa, a un precio casi simbólico: compramos unos cuantos, sin esperar a que nos den el cambio.



Hemos vuelto a la plaza, y nos sentamos en una terraza para cenar algo. El viaje toca a su fin, mañana tan sólo queda enlazar con Rabat, cruzar el estrecho, y volver a nuestras rutinas. Es hora recapitular, de hacer balance, de resolver si el viaje ha cubierto nuestras expectativas o no, y en caso afirmativo, si ha servido para abrir nuestra mente o tan sólo ha sido “un viaje más”…

Adolfo lo tiene claro: él mismo reconoce que se le han caído muchos prejuicios. Ha quedado impresionado por el carácter amable de su gente, especialmente si eran humildes. Paco coincide con él en que nuestra sociedad tiene una percepción equivocada sobre lo que creemos que es Marruecos. A Javier le sorprenden los contrastes del país: la opulencia y la pobreza, la pulcritud casi maniática en unos sitios, contrastando con la suciedad insana de otros… También le ha chocado la sensación de sentirse constantemente observado por los autóctonos, y por supuesto la grandiosidad monumental. Para Luis, este viaje no han sido solo “vacaciones”, ha representado un ejercicio de resurrección personal, un paréntesis para recargar pilas y hacerse aún más fuerte.

Mi esposa Isabel no pondría ninguna pega en volver. Dice que el país es “sucio, caótico y atrasado”, pero a la vez “auténtico”. Está aguantando como una campeona el que es, con diferencia, el viaje motero más largo de su vida. Más que aguantar, lo está disfrutando.

En lo que todos estamos de acuerdo es en que el momento culminante de esta experiencia ha sido el desierto, sobre todo contemplar el amanecer; cada uno lo interpretó a su manera, pero siempre con intensidad…

Un chaval se acerca con timidez a nuestro grupo, trae una cajita con caramelos, que vende a un céntimo la unidad. Manolo saca un billete de veinte dirhams, y se lo da sin esperar ni el cambio, ni el caramelo. Al chico se le ponen los ojos como platos. Así no arreglaremos nunca el mundo, pero regalar estos pequeños “comprimidos de felicidad” no tiene precio… bueno, sí lo tiene: veinte dirhams, dos euros. Manolo le revuelve la cabellera, y el chaval se marcha con una sonrisa de oreja a oreja. Hay gestos que hablan mucho más que cincuenta folios escritos a doble cara.

Kilómetros recorridos: 401
Total acumulado: 3.303

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