lunes, 13 de julio de 2015

El fantasma del "Azor"

He llegado tarde para presentarme al “Azor”, y lo lamento. Consideraciones políticas aparte, me hubiera gustado tocar de primera mano el surrealista destino final de uno de los iconos del franquismo.

Botado en los astilleros Bazán de Ferrol en 1.949, el “Azor” se construyó como barco de recreo para el general Franco, y que utilizó intensamente para llevar a cabo una de sus actividades favoritas: la pesca. Por tener, tenía hasta un cañón arponero.



En el interior, dos camarotes reducidos aunque profusamente decorados servían de alcobas separadas para el matrimonio Franco-Polo.

También se utilizó a modo de “despacho flotante”, en las que el dictador despachó con diferentes autoridades en un ambiente distendido.

Tras la muerte de Franco, el barco se mantuvo en perfecto estado de navegación, aunque casi sin uso. El presidente Felipe González lo utilizó en 1.985 para hacer un crucero entre Rota y Lisboa, hecho polémico por el que aún se frota la nuca, de tantas collejas que le llovieron.


En 1.992, el “Azor” fue dado de baja y subastado. Lázaro González, un empresario con ideas visionarias, lo adquirió por algo más de cuatro millones de las antiguas pesetas. En el contrato de adjudicación se especificaba que debía ir necesariamente al desguace, pero Lázaro tenía otros planes.


Primeramente, intentó revertir la cláusula del achatarramiento del barco, para convertirlo en una especie de sala de fiestas flotante. La iniciativa no pasó inadvertida a ciertos personajes de la farándula aristocrática: Jesús Gil y Gil le ofreció un amarre gratuito en Marbella.

Pero con la administración se topó. Administración socialista, tal vez el interlocutor menos adecuado para “indultar” semejante fetiche. Así que Lázaro desguazó selectivamente diversas piezas de mampostería y sala de máquinas, y las intentó vender de manera individual. Algunos años más tarde se le preguntó por el éxito de aquella iniciativa: “no me cubrí de oro con aquello, precisamente”.

Total, que el buen hombre (que, por cierto, se declara “apolítico”), se encontró con que tenía un barco con mucha historia, pero sin motor ni proyecto que lo sacara a flote, ja-ja. Así que sacó de su billetera otros doce millones de pesetas para traer al “Azor” tierra adentro, y que sirviera de reclamo para su asador-motel, que como no podía ser de otro modo, se llamaba igual que el barco de marras.



Lázaro varó el “Azor” frente a las habitaciones, con intención de crear dos “suites” exclusivas dentro de él (la suite Franco y la suite Carmen Polo, en los camarotes respectivos). Pero entonces, tuvo una experiencia mística: al volver del camino de Santiago, Lázaro consideró que “ya tenía bastante dinero para vivir”, así que traspasó el negocio, barco incluido.

A partir de entonces, el “Azor” sufrió un deterioro constante, oxidado, saqueado y utilizado como cagadero de urgencia. Sus mamparos se convirtieron en tablón de anuncios para enamorados, fascistas, antifascistas y otras tribus urbanas por el estilo. En 2.003, Albert Boadella filmó aquí unos planos para su película Buen Viaje, excelencia.




Finalmente, en 2.011, el artista Fernando Sánchez Castillo compró el barco por un precio “simbólico”, lo desmontó, lo convirtió en una serie de cubos de chatarra, y lo expuso a modo de escultura en Madrid, con el nombre de “Síndrome de Guernica”.


Perdí la pista de la escultura en una sala de exposiciones de Alemania, en 2.012: o el escultor la ha guardado en el garaje de su casa, o lo que en su día fue el “Azor” ha pasado definitivamente a mejor vida, reciclado en viga de edificio, trenza de hormigón armado o puerta de archivero metálico.

No es sorprendente afirmar que el momento más digno del “Azor” durante la democracia fue mientras estuvo achatarrado y reconvertido en escultura.

Aún así, tenía ganas de parar a tomarme un café en el motel “Azor”… Pero incluso para eso también llegué tarde.

En la autovía A-1, tomo la salida de Cogollos, a menos de 30 kilómetros de Burgos. El motel de marras está en tierra de nadie, desconectado del pueblo, y lo suficientemente lejos de la autovía como para pasar desapercibido. Antes de bajar de la moto, ya me doy cuenta que algo no va bien: aparte de no haber ningún vehículo en la amplia zona de aparcamiento, los jardines presentan un aspecto descuidado. El restaurante anexo al motel fue relanzado por su nuevo propietario, cambiándole el nombre y la decoración, pero al parecer ha acabado tirando la toalla: todas las puertas están cerradas a cal y canto. O tal vez no, y ha cerrado por “fiesta semanal”, o quizás abre sólo los fines de semana, si es que un restaurante de carretera puede permitirse esos horarios.


El motel en sí es una absoluta ruina. Las habitaciones, al estilo de los establecimientos americanos, están alineadas tipo “bungalow”, con espacio para aparcar frente la puerta; todas están expoliadas, vandalizadas y saqueadas por los amigos del cobre.



Frente a las habitaciones, en una explanada de tierra, hay un viejo barco que no se ve, pero se intuye: sigue siendo un fantasma, al igual que su inquilino original, que todavía vaga en ciertos ámbitos del país, negándose a desaparecer del todo.

2 comentarios:

  1. Estaba buscando alguna información sobre el Azor y me he encontrado con esta página tan genial, felicitaciones por todos estos maravillosos viajes que has hecho y por los relatos, saludos desde Venezuela

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    1. Gracias por el halago, Pedro! Saludos desde el otro lado del charco ;-)

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