lunes, 6 de julio de 2015

Polvorín de Hontoria de la Cantera

Si visitas o has visitado Burgos, seguro que te has tomado tu tiempo para contemplar la  catedral; ante tal derroche de ingeniería e imaginación, es posible que te surjan dudas sobre sus dimensiones, contexto social o historia, pero será más difícil que pienses de dónde salió la piedra con la que se construyó. Afortunadamente, y para que haya de todo, un puñado de tipos raros nos planteamos este tipo de cuestiones, porque a veces el hilo más discreto conduce a un ovillo de lo más interesante…

Despejemos la cuestión planteada: la piedra caliza de la catedral, y de tantas otras construcciones regias, salieron de las canteras del pueblo de Hontoria de la Cantera, situado a veinte kilómetros de la capital burgalesa. No era una explotación a cielo abierto, sino que se horadó la montaña mediante galerías que se iban abovedando conforme avanzaba su extracción.

Durante la Guerra Civil, la cantera se “recicló” en improvisada prisión de republicanos, y a partir de 1.937, en almacén de municiones del ejército sublevado. Como no podía ser de otra manera, las obras de acondicionamiento fueron a cargo de prisioneros de guerra.

Finalizada la contienda, el Ejército decidió darle uso permanente al polvorín, construyendo un acuartelamiento anexado, y blindando la zona con el habitual despliegue de alambradas y garitas. Hasta su cierre, en 1.994, miles de soldados de reemplazo cumplieron aquí con su todo por la patria. En 1.998, el Ejército se desligó por completo de todo el complejo, dejándolo abandonado a su suerte.

Desde entonces, y hasta que a ninguna autoridad se le ocurra algo original, este remoto lugar es un auténtico hallazgo por su singularidad, delirio de investigadores de lo paranormal, rareza de geólogos y “patio de colegio” de vándalos.

Dicho esto, un día nos acercamos para ver lo que queda del lugar. El cuartel se encuentra en una pista asfaltada casi desierta, a un lado están los edificios militares, y al otro el polvorín propiamente dicho.


Empezamos entrando al cuartel. Entre la carretera y los edificios, un pequeño puente salva un arroyo, al estilo de los fosos de los castillos. Más allá, tan sólo quedan las paredes desnudas, lo único que han respetado los “amigos de lo ajeno”.





En el edificio de los talleres, hay indicios de que algún “manitas” ha cambiado el aceite de su coche utilizando los fosos; probablemente fue el mismo que después dejó las garrafas del aceite usado metidas en la caseta de obra del perro.



Cruzamos la carretera: no hay prisa, no ha pasado nadie en todo el rato que llevamos aquí. El perímetro del polvorín está completamente desmantelado, y llegar hasta la entrada de la cueva principal es tan fácil como dar un breve paseo por unos escalones excavados en la roca.


Una vez dentro, la oscuridad nos envuelve conforme avanzamos en las entrañas de la montaña. Se encienden las linternas, unos desprendimientos aquí y allá nos inquietan, cruzamos los dedos porque, si hay un colapso, no se produzca precisamente aquí y ahora. La galería es muy ancha, tal vez veinte metros, y los laterales están explanados para depositar cajas. Los restos de algunas de ellas todavía están ahí, madera que tal vez lleva cuarenta años pudriéndose en el mismo sitio. Aún se ven letras, en grafía militar, con los códigos de la munición que contenían.


Al fondo de la cueva, la oscuridad se desvanece gracias a una inmensa claraboya. Aquí el ensanchamiento es máximo, y el techo está tal vez a quince metros sobre nosotros. Los derrumbes son más evidentes aquí y allá.






Hay restos de fogatas. Es un lugar ideal para jugar a invocar a Satanás, para un furtivo encuentro amoroso (si eres valiente/a), o para registrar voces del más allá en una grabadora. Me consta que alguien retrató aquí dentro una furgoneta calcinada, no vimos rastro de ella.


Saludos y buena ruta!

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