lunes, 5 de octubre de 2015

Mallorca

Visitar Mallorca era un asunto pendiente que ya empezaba a durar demasiado. Su relativa proximidad, a ocho horas de ferry, hacía que siempre se pospusiera en nombre de esa "mini-escapada" que nunca acababa de llegar... Y si bien esa era la excusa oficial, había un motivo oculto, una "mosca cojonera" nunca verbalizada, pero siempre presente: además de las calas color turquesa, los faros retrepados en acantilados y las carreteras de ensueño, Mallorca está muerta de éxito a causa de un turismo que la desborda.

Empezamos nuestro viaje embarcados en un ferry nocturno que permite ganar la isla durmiendo en una cama que se mece al ritmo de las olas.



Desembarcamos en el puerto de Palma a las siete de la mañana. La ciudad aún está aletargada, es un buen momento para tener una relación cordial con ella. Las criaturas nocturnas ya se han batido en retirada, excepto algún borracho rezagado que murmura incoherencias sin que nadie le haga caso.

La brisa nos despereza, el Sol está empezando a salir. Como suele pasar al pisar tierra extraña, tenemos prisa por querer verlo todo a la vez. También estamos un poco desorientados, ya que esta vez hemos dejado el grueso del viaje a la improvisación y "lo que surja". Abandonamos la ciudad, y ponemos rumbo al sureste por la autopista MA-19.

Desayunamos en Llucmajor. Una cafetería nos ofrece pamboli, que es lo que vendría a ser nuestro “pà amb tomàquet” con embutido. Retirados los platos, ocupamos la mesa con un mapa de Mallorca. Al norte de Llucmajor, y coronando la cima del Puig de Randa, está el Santuario de Cura. Suponiéndolo una buena atalaya, nos ponemos en camino.

La carretera es una retorcida cinta de asfalto, que en pocos kilómetros gana una respetable altura.



El santuario de Cura funciona también como hospedería, y fue lugar de retiro del beato Ramon Llull.

A las afueras de Porreres, volvemos a remontar una colina sobre la que se edifica el santuario de Monti-Sión. El acceso está abierto, pero no hay un alma a la vista; la hospedería está cerrada al público, y nuestra moto es la única usuaria del aparcamiento. En un rincón del santuario, uno de tantos pozos que hay desperdigados por Mallorca nos regala un agua con fuerte regusto a óxido.



De nuevo en cotas bajas, cumplimos con la visita a un par de “topicazos” mallorquines: cierta fábrica de perlas en Manacor, y las cuevas del Drach, en Porto Cristo. Sobre lo primero, nada que añadir aparte de que es un negocio hábilmente vendido al visitante (lo de la calidad de sus productos lo dejo para los entendidos, aunque lo doy por supuesto), y sobre las cuevas, bueno… es una maravilla de la naturaleza, exprimida hasta lo insoportable para disfrute de la manada turística.


La localidad de Campos está alejada del bullicio de la costa, lo que nos permitirá acercarnos más fácilmente al carácter local. Nos rodean grandes extensiones de cultivo, y es que no sólo de turismo vive la isla. Aquí hemos contratado habitación en un cálido hotel familiar.

Ya sin equipaje a cuestas, nos hemos acercado hasta la cercana playa de Es Trenc, que al estar situada en un paraje protegido tiene el plus de esa belleza esperada en un destino idílico: aguas turquesas, arena blanca y vegetación casi hasta el agua.






A lo largo de la playa se diseminan antiguos nidos de ametralladoras, construidos por Franco ante el temor de una invasión durante la Segunda Guerra Mundial. Nunca llegaron a ser utilizados.



De nuevo en la moto, hemos dado gas hasta el vecino cap de Ses Salines para ver ponerse el Sol. El faro que lo preside fue el primero del país en ser alimentado por paneles solares.



A la mañana siguiente, estábamos desayunando en el patio del hotel; debíamos comprar algo de intendencia, y de paso aprovecharíamos para echarle un vistazo reposado al pueblo de Campos… Resultó que tampoco había tanto para ver, más allá de una arquitectura bastante uniforme de casas típicamente mallorquinas. Sus 8000 habitantes están bastante repartidos, por lo que recorrerlo de punta a punta supone un buen paseo que tampoco merece tanto la pena. Nos hizo gracia que todavía se conservaran los azulejos que aún indicaban la función de determinados edificios: juzgado de paz, escuelas, la iglesia… Predomina la piedra de color ocre, mayoritaria allá donde vayamos.



De nuevo en ruta, nuestra primera parada será en Cala Santanyí, a la que nos dirigimos atraídos por ser una de las playas más “fotogénicas” de la isla… Y la verdad es que así es, por más que sus arenas blancas estén invadidas por parasoles y hamacas de los complejos hoteleros que nos rodean.

Menos de cinco minutos a pie nos separan de un pequeño poblado pesquero… Esto sí que es precioso, también resulta chocante que dos mundos tan antagónicos puedan convivir tan cerca.


Subimos otra vez a la moto, pero estaremos sobre ella menos de cinco minutos, que es lo que hemos tardado en llegar hasta uno de los "Equilibrios” del escultor Rolf Schaffner. Cuatro esculturas repartidas en cuatro puntos de Europa, y que convergen todas ellas en la quinta, situada en la ciudad alemana de Colonia. Las otras tres esculturas están en Volgogrado (Rusia), Cork (Irlanda) y Trondheim (Noruega). Ahí queda la idea para overlanders que necesiten una “excusa” para dar sentido a sus viajes.


Cerca de la escultura, un breve paseo nos ha llevado hasta el mirador de Es Pontàs, espectacular islote rocoso en forma de puente. Suele ser frecuentado por escaladores que utilizan el mar como “colchón”, aunque hoy no hay ninguno a la vista. Unos alemanes con ganas de palique nos comentan que “las puestas de sol aquí son espectaculares”.

El resto de la mañana se nos pasó descubriendo las calas del sureste, las más salvajes de la isla.



Un poco saturados de playas, decidimos volver a las alturas. A las afueras de Felanitx, y visible desde muchos kilómetros a la redonda, está el monasterio de Sant Salvador, en la cima de la montaña del mismo nombre. Una carretera estrecha y retorcida nos aúpa montaña arriba, y poco antes de llegar, una gran cruz marca el enésimo mirador sobre la isla.






Ya en el monasterio, sorprende ver colgados en las paredes diversos maillots de ciclismo: son propiedad de Guillermo Timoner, referencia absoluta del ciclismo en pista español… y católico practicante. Timoner es de Felanitx, el municipio que está al pie de la montaña de San Salvador, y a sus 89 años continúa saliendo cada día con su bicicleta. Ganó seis campeonatos del mundo de ciclismo en pista, entre 1955 y 1965, además de innumerables campeonatos de España. Sorprende leer que su último campeonato de España lo consiguió en 1.984, con ¡¡58 años!! Hasta hace poco, regentó una tienda de bicicletas en Felanitx.





El restaurante del monasterio es reconocido por su cocina sencilla y casera: la camarera, una señora al borde de la ancianidad, tardaba un buen rato en recorrer el trecho entre la cocina y nuestra mesa.

De nuevo en ruta, una carretera retorcida, al norte de Artà, nos vuelve a elevar a las alturas hasta morir en la ermita de Betlem. Ocupada por ermitaños desde el siglo XIX, ninguno se dejó ver en el rato que estuvimos allí, aunque nos consta que estaban: se les podía avisar mediante una campanita, pero un letrero advertía que “se les dejara orar con la máxima tranquilidad”.

La tarde avanzaba con rapidez, así que desandamos el camino para volver a bajar a la civilización, ya que teníamos una cita para cenar con Pedro y Olga, dos amigos autóctonos que nos guiaron en una ruta nocturna por carreteras muy secundarias.

Al día siguiente, teníamos planeada “la” ruta, un día 100x100 motero, sin playitas ni shopping, tan sólo dar gas por la MA-10, hermosa carretera que cruza la isla de punta a punta, haciendo equilibrios entre la sierra de Tramuntana y el mar Mediterráneo.

Empezamos en la punta Este, el cabo de Formentor… La carretera que lleva hasta el extremo, donde está el faro, es el enésimo camino al fin del mundo, aunque nosotros no tardamos mucho en rebautizarlo como la autopista al infierno: el final del trayecto es una ratonera plagada de coches de alquiler que no pueden avanzar ni retroceder. Ni siquiera podemos contar con la ventaja de ir en dos ruedas, el arcén es inexistente y la tira de asfalto sólo da, a muy duras penas, para dos turismos. Finalmente, Isabel descabalgó de la moto, y se adelantaba andando hasta el siguiente ángulo de la carretera, momento en el cual me indicaba por el intercomunicador que podía seguir avanzando en contradirección; así lo hicimos durante un rato, pero la cosa estaba tan cansina que desistimos. Nos separaban 100 metros del faro.


Hacia el Oeste, la MA-10 tarda poco en remontar la montaña, es una carretera que no perdona despistes. Veinte kilómetros más allá, tiramos del freno para hacer la inevitable parada en el Santuari de Nostra senyora del Lluc, patrona de Mallorca y lugar de peregrinaje local por excelencia.



A pocos kilómetros está el desvío a la carretera de Sa Calobra; construida a pico y pala en 1.932, en su tiempo constituyó un reto para la ingeniería, teniendo que salvar un desnivel de 800 metros en soll 13 kilómetros. Esto se consiguió con una serie de curvas entrelazadas de 180 grados, y la más conocida de todas, “la corbata”, un giro de 300 grados donde la vía se entrelaza a dos alturas.



Esta carretera ha sido escenario de multitud de anuncios de televisión, y también ha aparecido en diversas películas… Pero también tiene su lado siniestro, y es que es una vía muy peligrosa en la que ha habido diversos accidentes mortales. En 2.010, tras ocho meses de búsqueda, hallaron el cadáver de un alemán que se había despeñado con su coche. Además, en la temporada de verano, decenas de autocares transitan por una carretera en la que hay que jugar al “tetris” para no atascarte con ellos.

Poco antes de la cala de Sa Calobra, la carretera se estrecha en un congosto por el que a duras penas pasa un vehículo.


Más abajo, la carretera finaliza en un aparcamiento a pocos metros de la cala, que presenta el habitual despliegue de chiringuitos turísticos. A unos minutos caminando, podemos llegar hasta la desembocadura  del Torrent de Pareis, un espectáculo de la naturaleza donde la acción del agua ha ido haciéndose sitio, hasta crear una especie de anfiteatro natural. Allí donde desemboca el torrente, también hay una pequeña cala, que sería idílica si no fuera porque estaba reventada de bañistas.


Abandonamos Sa Calobra, y volvemos a las curvas aparentemente interminables de la MA-10. Unos kilómetros más adelante, hay un generoso espacio para aparcar, y deleitarse con las vistas del mirador de Sóller. También hay un bar que sirve de punto de encuentro para moteros. Una hilera de RR´s enfrían sus motores, clack-clack-clack…

Aunque teníamos Sóller a vista de pájaro, aún haremos un último alto para visitar el pueblo de Fornalutx, uno de los más bellos de Mallorca.




La tarde avanzaba, y aún nos quedaba el último tramo de la MA-10; teníamos cierta pereza, y ninguna obligación de acabar de hacerlo del tirón, así que nos hemos “escapado” por el angosto túnel de Sóller (de hiriente peaje, discutible seguridad y polémica construcción), para dar gas hasta Sant Elm, pequeño pueblo situado frente a la isla Dragonera, donde teníamos contratado hotel.

Una vez instalados, hemos recorrido el pueblo; tiene una calle netamente turística, un hotel, y poco más. Hay turistas, por supuesto, pero no sientes esa permanente sensación de agobio que hemos padecido en otros lugares. Además, hemos encontrado calidad y amabilidad allá donde hemos estado… Definitivamente, nos gusta Sant Elm. Y tiene unas puestas de Sol espectaculares.



Al día siguiente, hemos quedado nuevamente con Pedro y Olga, con los que haremos el tramo de la MA-10 que nos quedó pendiente el día anterior, más algún añadido interesante…

Partiendo de Andratx, hemos tardado poco en volver a asomarnos al Mediterráneo.




Un giro a la izquierda nos ha puesto frente a una angostísima carretera que nos ha bajado hasta el Port d´es Canonge, trazando una sucesión de curvas para las que incluso circular en primera marcha era demasiado. La recompensa fue tocar el mar en una cala típica de pescadores, anónima hasta que en el año 2012 aparecieron en el anuncio de cierta marca cervecera.




Algo más adelante, hacemos un indispensable alto en Valldemossa, otro pueblo de postal que, por desgracia para nosotros, también es parada obligada para decenas de autocares de turismo. Un paseo por sus empinadas calles nos hace retroceder uno o dos siglos, invitándonos a pensar en algo bonito. El compositor Frederic Chopin compuso aquí uno de sus preludios, y lo mismo puede decirse de otro puñado de artistas que recalaron aquí, como Santiago Rusiñol, Jorge Luis Borges o Rubén Darío.




Finalmente hemos llegado a Sóller, que está partido en dos: el de “tierra adentro”, y el puerto. La peculiaridad es que ambos poblados están conectados por un tranvía eléctrico. Sóller también cuenta con un ferrocarril centenario, que une el pueblo con Palma, y que es uno de los reclamos turísticos más singulares de la isla; cuestiones turísticas aparte, el ferrocarril también acercaba a los sollerenses a la civilización, ya que hasta la construcción del túnel carretero, en 1997, toda el área estaba bastante mal comunicada. Este aislamiento aún lo arrastran los autóctonos, que tienen un sentido comunitario más acusado que en cualquier otra parte de la isla.




De vuelta a Sant Elm, hemos dado un paseo nocturno, bien embadurnados de loción antimosquitos; en uno de los hoteles, estaban haciendo un pase de animación a base de flamenco y palmas, estereotipo absoluto de una determinada España.

Al día siguiente, hemos descansado de la moto para recorrer los múltiples caminos que rodean Sant Elm, y que nos sirvieron para encontrar la mejor vista posible sobre la isla Dragonera, amén de alguna cala “secreta” sólo apta para los bañistas con ganas de arrastrar la toalla por caminos complicados.




El último día lo dedicamos a la ciudad de Palma, de la que a buen seguro no hemos sacado el partido que se merece... y la última cena nos ha dado otra poderosa razón para volver: probar de nuevo esa deliciosa pizza de sobrasada y miel que Pedro sabe preparar.



Saludos y buena ruta!

7 comentarios:

  1. Estupendo relato de viaje que habrá que volver a releer y quizás , antes de que sea muy mayor, aplicar.
    Un saludo pareja.

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  2. Pues me has llevado a la que fue mi casa hace más de un década, y mola mucho. Una buena idea la de recorrerla en moto.
    Saludos.
    Gelu.

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    1. Como antiguo "vecino" que fuiste, no te diré nada que no sepas... Bueno sí, que ya tardas en reservar billete para ti y tu burra! El día que pase eso, avisa, a ver si te puedo "interceptar" en el puerto para hacer una ronda...
      Saludos de vuelta, buena ruta!

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  3. Jolín que chulada de viaje, dan ganas de ir para la isla.
    Lo anotó en mí lista de viajes
    Saludos desde Madrid

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    1. Pues no dejéis que se enfríe la idea! ...Además, tenéis ronda pagada en Barcelona, ya lo sabéis ;-)
      Abrazos y besotes a repartir, hasta pronto!

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  4. Jolín que chulada de viaje, dan ganas de ir para la isla.
    Lo anotó en mí lista de viajes
    Saludos desde Madrid

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