lunes, 5 de octubre de 2015

Mallorca

Visitar Mallorca era una tarea que teníamos pendiente hace tiempo. Podíamos posponer la visita tanto como quisiéramos, pero era casi inevitable dejarnos caer por allí tarde o temprano: conocíamos la existencia de una espectacular carretera que hace equilibrios entre el mar y la montaña, faros trepados en acantilados, calas de aguas turquesas, y también de un par de buenos amigos locales que nos reclamaban con insistente cariño… pero había también algo que desconocíamos, o que más bien no queríamos ver, y es que, pese a viajar en septiembre, Mallorca está peligrosamente desbordada de turistas. Y léase la palabra en su significado más literal, esto es compartir espacio con gente que se aplica con entusiasmo al arte del dolce far niente, sangría, selfies y animación hotelera con espectáculo de flamenco.

Mallorca lleva años muerta de éxito, arrastrando su contradicción de vivir como una próspera potencia turística a cambio de diluir peligrosamente su identidad, o al menos, esta es la percepción que nos queda a los visitantes que nos resistimos a seguir la dinámica establecida. Aún así, intentaremos sacarle todo el jugo a una isla en la que nos hemos sentido como en casa.

Empezamos nuestro viaje embarcados en un ferry, opción inevitable si queremos recorrer la isla en nuestra propia moto. Haremos la travesía de noche, durmiendo en camarotes… Es sensiblemente más caro, pero no nos duele pagar por ello: empezamos a estar curtidos en travesías, y las horas pueden llegar a eternizarse una vez que te has memorizado hasta el último rincón del barco, releído hasta la última coma de la revista de motos que llevabas encima, y aborreces las cartas después de haber barajado cien partidas seguidas. Mucho mejor si puedes dormir en un camastro pagado a precio de hotel cuatro estrellas.



Desembarcamos en el puerto de Palma a las siete de la mañana. La ciudad aún está aletargada, es un buen momento para tener una relación cordial con ella. El tráfico es fluido, los periódicos huelen a tinta fresca, y hay una corriente de simpatía entre los madrugadores que se cruzan en la calle, en los bares o en el autobús: todos tienen algún motivo honrado para estar en movimiento. Las criaturas nocturnas, sospechosos habituales, ya se han batido en retirada, excepto algún borracho rezagado que murmura incoherencias sin que nadie le haga caso.

La brisa nos despereza, el Sol está empezando a salir. Como suele pasar al pisar tierra extraña, tenemos prisa por querer verlo todo a la vez. También estamos un poco desorientados, tenemos cuatro referencias del viaje, pero básicamente nos moveremos según la intuición del momento. Abandonamos la ciudad sin parar (ya nos dedicaremos a ella el último día), y ponemos rumbo al sureste por la autopista MA-19; tenemos reserva hotelera en Campos, población algo alejada de la costa, y que por tanto nos promete tranquilidad.

Hemos parado a desayunar en Llucmajor. Una cafetería nos ofrece pamboli, que es lo que vendría a ser nuestro “pà amb tomàquet” con embutido. Esto, un café y un zumo de naranja nos pone las pilas.

Retirados los platos, ocupamos la mesa con un mapa de Mallorca. Al norte de Llucmajor, y coronando la cima del Puig de Randa, está el Santuario de Cura. Viendo que hay una carretera de acceso, y suponiendo unas buenas vistas del entorno, nos ponemos en camino.


La carretera es una retorcida cinta de asfalto, que en pocos kilómetros nos hace ganar una respetable altura. Poco antes de llegar al monasterio, un claro en el que hay un bosque de antenas sirve de fantástica atalaya hacia esta parte de la isla.



Un kilómetro más adelante, llegamos al santuario, que también funciona como hospedería. Todo el complejo funciona a la memoria del beato Ramon Llull, el cual se retiró a este lugar buscando la luz que iluminara su camino.


Seguimos buscando alturas, relieve excepcional en el sur de la isla. Ello supone que cualquier atalaya es un excelente mirador hacia espacios abiertos. A las afueras de Porreres, volvemos a remontar una colina sobre la que se edifica el santuario de Monti-Sión. El acceso está abierto, pero no hay un alma a la vista; la hospedería está cerrada al público, y Eloise es la única usuaria del aparcamiento. En un rincón del santuario, uno de tantos pozos “activos” que hay desperdigados por Mallorca nos regala un agua con fuerte regusto a óxido.



De nuevo en cotas bajas, queremos sacarnos de encima un par de “topicazos” mallorquines: visitar cierta fábrica de perlas en Manacor, y las cuevas del Drach, en Porto Cristo. Sobre lo primero, nada que añadir aparte de que es un negocio hábilmente vendido al visitante (lo de la calidad de sus productos lo dejo para los entendidos, aunque lo doy por supuesto), y sobre las cuevas, bueno… es una maravilla de la naturaleza, exprimida hasta lo insoportable para disfrute de los turistas, o dicho de otra manera, nuestro deleite se verá ensombrecido por la compañía de centenares de personas, móvil multimedia en mano, a la caza del mejor selfie. Dentro de la cueva, un gran lago navegable sirve de escenario para deleitarnos con un breve concierto de música clásica.


Llegamos a la localidad de Campos, algo alejada del bullicio de la costa, y que por tanto, nos permitirá acercarnos un poco mejor al carácter local. Estamos rodeados de tierras de cultivo, uno de los motores económicos de la zona, y es que no sólo de turismo vive la isla. En el hotel, la propietaria permite que la moto duerma en el pasillo de acceso, todo un detalle.

Ya sin equipaje a cuestas, nos hemos acercado hasta la cercana playa de Es Trenc, que al estar situada en un paraje protegido tiene el plus de esa belleza esperada en un destino idílico: aguas turquesas, arena blanca y vegetación casi hasta el agua.






Lo que no es tan habitual es encontrarse diversos búnkeres diseminados a lo largo de la playa; son antiguos nidos de ametralladoras, construidos por Franco ante el temor de una invasión durante la Segunda Guerra Mundial. Nunca llegaron a ser utilizados.


Algunos de ellos han sido utilizados como “lienzo artístico” por un grupo de artistas urbanos.


De nuevo en la moto, hemos dado gas hasta el vecino cap de Ses Salines para ver ponerse el Sol. El faro que lo preside fue el primero del país en ser alimentado por paneles solares.



En el hotel, hemos dejado la moto donde nos indicaron. Hay ocho habitaciones, todas ocupadas. Somos los únicos huéspedes “del país”.

A la mañana siguiente, estábamos desayunando en el patio del hotel; debíamos comprar algo de intendencia, y de paso aprovecharíamos para echarle un vistazo reposado al pueblo de Campos… Resultó que tampoco había tanto para ver, más allá de una arquitectura bastante uniforme de casas típicamente mallorquinas. Sus 8000 habitantes están bastante repartidos, por lo que recorrerlo de punta a punta supone un buen paseo que tampoco merece tanto la pena. Nos hizo gracia que todavía se conservaran los azulejos que aún indicaban la función de determinados edificios: juzgado de paz, escuelas, la iglesia… Predomina la piedra de color ocre, mayoritaria allá donde vayamos.



De nuevo en ruta, nuestra primera parada será en Cala Santanyí, a la que nos dirigimos atraídos por ser una de las playas más “fotogénicas” de la isla… Y la verdad es que así es, aunque la lengua de arena blanca está absolutamente invadida por parasoles y hamacas. Asomados al mar, diversos complejos hoteleros dejan claro que allí la prioridad es el turista, y el fajo de billetes que llevan en la riñonera.

Menos de cinco minutos a pie nos separan de un pequeño poblado pesquero… Esto sí que es precioso, también resulta chocante que dos mundos tan antagónicos puedan convivir tan cerca.


Subimos otra vez a la moto, pero estaremos sobre ella menos de cinco minutos, que es lo que hemos tardado en llegar hasta uno de los "Equilibrios” escultor Rolf Schaffner. Cuatro esculturas repartidas en cuatro puntos de Europa, y que convergen todas ellas en la quinta, situada en la ciudad alemana de Colonia. Las otras tres esculturas están en Volgogrado (Rusia), Cork (Irlanda) y Trondheim (Noruega). Ahí queda la idea para overlanders que necesiten una “excusa” para dar sentido a sus grandes viajes.


Cerca de la escultura, un breve paseo nos acerca hasta el mirador de Es Pontàs, un espectacular islote rocoso en forma de puente. Suele ser frecuentado por escaladores que utilizan el mar como “colchón”, aunque hoy no hay ninguno a la vista. Unos alemanes con ganas de palique nos comentan que “las puestas de sol aquí son espectaculares”.


El resto de la mañana se nos pasó jugando a descubrir las calas del sureste, las más salvajes de la isla; no llevábamos mucha planificación sobre cuáles eran las mejores, pero igualmente quedamos satisfechos con lo visto.



Cansados de las playas, decidimos volver a las alturas. A las afueras de Felanitx, y visible desde muchos kilómetros a la redonda, está el monasterio de Sant Salvador, en la cima de la montaña del mismo nombre. Una carretera estrecha y retorcida nos aúpa montaña arriba, y poco antes de llegar, una gran cruz marca el enésimo mirador sobre la isla.






Ya en el monasterio, sorprende ver colgados en las paredes diversos maillots de ciclismo: son propiedad de Guillermo Timoner, referencia absoluta del ciclismo en pista español… y católico practicante. Timoner es de Felanitx, el municipio que está al pie de la montaña de San Salvador, y a sus 89 años continúa saliendo cada día con su bicicleta. Ganó seis campeonatos del mundo de ciclismo en pista, entre 1955 y 1965, además de innumerables campeonatos de España. Sorprende leer que su último campeonato de España lo consiguió en 1.984, con ¡¡58 años!! Hasta hace poco, regentaba una tienda de bicicletas en Felanitx.





Hemos aprovechado para comer en el mismo restaurante del monasterio, reconocido por su cocina sencilla y casera: la camarera, una señora al borde de la ancianidad, tardaba un buen rato en recorrer el trecho entre la cocina y nuestra mesa.

Volvemos a la moto, y viramos al norte de Artà, donde otra carretera estrecha y llena de curvas ciegas nos hace volver a ganar altura, hasta morir en la ermita de Betlem, habitada por ermitaños desde el siglo XIX. Aún hay dos o tres ermitaños fijos, pero no se dejaron ver mientras estuvimos allí. Se les podía avisar mediante una campanita, pero un letrero advertía que “se les dejara orar con la máxima tranquilidad”.

La tarde avanzaba con rapidez, así que desandamos el camino para volver a bajar a la civilización, ya que teníamos una cita para cenar con Pedro y Olga, dos buenos amigos autóctonos que nos condujeron en un delicioso viaje, por carreteras muy secundarias. Los faros de la BMW y nuestra Varadero hacían retroceder las tinieblas, hasta llegar a un restaurante situado en un tranquilo cruce de caminos. Definitivamente, Pedro y Olga sabían exactamente lo que más nos apetecía en aquel momento: sosiego, buen entorno y una animada conversación.

Al día siguiente, teníamos planeada “la” ruta, un día 100x100 motero, sin playitas ni shopping, tan sólo dar gas por la MA-10, hermosa carretera que cruza la isla de punta a punta, haciendo equilibrios entre la sierra de Tramuntana y el mar Mediterráneo.

Empezamos en la punta Este, el cabo de Formentor… La carretera que lleva hasta el extremo, donde está el faro, es el típico camino al fin del mundo, aunque nosotros no tardamos mucho en rebautizarlo como la autopista al infierno: el final del trayecto es una ratonera plagada de coches de alquiler que no pueden avanzar ni retroceder. Ni siquiera podemos contar con la ventaja de ir en dos ruedas, el arcén es inexistente y la tira de asfalto sólo da, a muy duras penas, para dos turismos. Finalmente, Isabel descabalgó de la moto, y se adelantaba andando hasta el siguiente ángulo de la carretera, momento en el cual me indicaba por el intercomunicador que podía seguir avanzando en contradirección; así lo hicimos durante un rato, pero la cosa estaba tan cansina que desistimos. Nos separaban 100 metros del faro.


Circulamos en dirección Oeste, la MA-10 tarda poco en remontar la montaña, es una carretera divertida pero que no perdona despistes en su estrecha amplitud. Veinte kilómetros más allá, tiramos del freno para hacer la inevitable parada en el Santuari de Nostra senyora del Lluc, patrona de Mallorca y lugar de peregrinaje local por excelencia.



De nuevo en la carretera, a muy pocos kilómetros está el acceso a la cala de Sa Calobra, y su carretera de acceso, tan fascinante que se merecería un capítulo para ella sola.



Construida a pico y pala en 1.932, en su tiempo constituyó un reto para la ingeniería, teniendo que salvar un desnivel de 800 metros en 13 kilómetros. Esto se consiguió con una serie de curvas entrelazadas de 180 grados, sin olvidarnos de su giro más famoso, “la corbata”, en la que la carretera traza un círculo de 300 grados, entrelazándose en sí misma.



Esta carretera ha sido escenario de multitud de anuncios de televisión, y también ha aparecido en diversas películas… Pero también tiene su lado siniestro, y es que es una vía muy peligrosa en la que ha habido diversos accidentes mortales. En 2.010, tras ocho meses de búsqueda, hallaron el cadáver de un alemán que se había despeñado con su coche. Además, en la temporada de verano, decenas de autocares transitan por una carretera en la que hay que jugar al “tetris” y anticiparse mucho para no verte en serios problemas, si coincidimos en una curva cerrada con un armatoste de estos.

Poco antes de Sa Calobra, la carretera se estrecha para pasar un congosto en el que a duras penas puede pasar un autocar (lo comprobamos, por estar un rato parados en un mirador cercano).


Más abajo, la carretera finaliza en un aparcamiento a pocos metros de la cala, que presenta el habitual despliegue de chiringuitos turísticos. A unos minutos caminando, podemos llegar hasta la desembocadura  del Torrent de Pareis, un espectáculo de la naturaleza donde la acción del agua ha ido haciéndose sitio, hasta crear una especie de anfiteatro natural. Allí donde desemboca el torrente, también hay una pequeña cala, que sería idílica si no fuera porque aquello parece el metro de Munich en hora punta.


Abandonamos Sa Calobra, y volvemos a las curvas aparentemente interminables de la MA-10. Unos kilómetros más adelante, hay un generoso espacio para aparcar, y deleitarse con las vistas del mirador de Sóller. También hay un bar que sirve de punto de encuentro para moteros “deportivos”, departiendo animadamente frente a una ronda. A pocos metros, una hilera de RR´s enfrían sus motores, clack-clack-clack…

Aunque teníamos Sóller a vista de pájaro, aún haremos un último alto para visitar el pueblo de Fornalutx, uno de los más bellos de Mallorca.




La tarde avanzaba, y aún nos quedaba el último tramo de la MA-10; teníamos cierta pereza, y ninguna obligación de acabar de hacerlo del tirón, así que nos hemos “escapado” por el angosto túnel de Sóller (de hiriente peaje, discutible seguridad y polémica construcción), para dar gas hasta Sant Elm, pequeño pueblo situado frente a la isla Dragonera, y que sería nuestro cuartel general hasta el final de la estancia.

Una vez instalados, hemos recorrido el pueblo; tiene una calle netamente turística, un hotel de referencia, y una zona residencial que se mezcla con las casas de los autóctonos. Hay turistas, por supuesto, pero no sientes esa permanente sensación de agobio que hemos padecido en tantos otros lugares. Además, hemos encontrado calidad y amabilidad allá donde hemos estado… Definitivamente, nos gusta Sant Elm. Y tiene unas puestas de Sol espectaculares.



Al día siguiente, hemos quedado nuevamente con Pedro y Olga, con los que haremos el tramo de la MA-10 que nos quedó pendiente el día anterior, más algún añadido interesante…

Partiendo de Andratx, hemos tardado poco en volver a asomarnos al Mediterráneo.




En un momento dado, un giro a la izquierda nos ha puesto frente a una angostísima carretera que nos ha bajado hasta el Port d´es Canonge trazando una sucesión de curvas para las que incluso circular en primera marcha era demasiado: buena carretera para doctorarse en el manejo de una maxitrail. La recompensa venía cuando tocábamos el mar, con una cala típica de pescadores, seguramente poco acostumbrados a las visitas… o como mínimo así fue hasta 2012, año en que tuvieron sus cinco minutos de gloria apareciendo en el anuncio de cierta marca cervecera.




Algo más adelante, hacemos un indispensable alto en Valldemossa, otro pueblo de postal que, por desgracia para nosotros, también es parada obligada para decenas de autocares de turismo. Un paseo por sus empinadas calles nos hace retroceder uno o dos siglos, invitándonos a pensar en algo bonito. El compositor Frederic Chopin compuso aquí uno de sus preludios, y lo mismo puede decirse de otro puñado de artistas que recalaron aquí, como Santiago Rusiñol, Jorge Luis Borges o Rubén Darío.




Finalmente, hemos llegado a Sóller, completando así el bucle inacabado de la MA-10. Como otros municipios de Mallorca, está partido en dos núcleos: el de “tierra adentro”, y el puerto. La peculiaridad es que ambos poblados están conectados por un tranvía eléctrico. Sóller también cuenta con un ferrocarril centenario, que une el pueblo con Palma, y que es uno de los reclamos turísticos más singulares de la isla; cuestiones turísticas aparte, el ferrocarril también acercaba a los sollerenses a la civilización, ya que hasta la construcción del túnel carretero, en 1997, toda el área estaba bastante mal comunicada. Este aislamiento aún lo arrastran los autóctonos, que tienen un sentido comunitario más acusado que en cualquier otra parte.




Nos despedimos de Pedro y Olga, no sin que nos hicieran prometerles que pasaríamos por su casa antes de embarcarnos de regreso.

Hemos regresado a Sant Elm. Ya bien entrada la noche, hemos dado un paseo (convenientemente embadurnados de loción antimosquitos); en uno de los hoteles, estaban haciendo un pase de animación a base de flamenco y palmas, estereotipo absoluto de una determinada España.

Al día siguiente, le hemos dado tregua a la moto, algo que hacemos de manera habitual en cada uno de nuestros viajes; siempre reservamos algún día para cambiar el trepidante día a día por una relajada rutina de paseos, visitas o lo que se tercie. Así que nos hemos dedicado a recorrer los múltiples caminos que rodean Sant Elm, que nos sirvieron para encontrar aún mejores vistas a la isla Dragonera, amén de alguna cala “secreta”, sólo apta para los bañistas más osados.




El último día lo dedicamos a la ciudad de Palma, a la que seguro no le sacamos el partido que se merece: somos bastante perezosos con el turismo urbano, y la verdad es que la capital nos dejó bastante fríos.

Antes de partir, nos acercamos hasta casa de Pedro y Olga:

-“¿Qué es lo que más os ha gustado?”
-“Los pueblos del interior son un auténtico hallazgo; los de fuera tenemos a Mallorca estereotipada con las cuevas del Drac, las perlas Majorica y las farras de Magaluf, y hay más, mucho más que eso”.
-“¿Volveréis?”
- “Sin duda… ¡pero en invierno! Además, es una escapada perfecta para los que no nos entusiasma el frío”.
-"Nos alegra oír eso... Por cierto, ¿qué te pasa en los pantalones, que no dejas de tirártelos para arriba?"
- ...
-"¿Te he dicho ya que vendemos cinturones? Elige uno, anda..."

Aún hay otra poderosa razón para volver: probar de nuevo esa deliciosa pizza de sobrasada y miel que Pedro sabe preparar...

El ferry nocturno se aleja con melancolía, pero un amanecer multicolor, frente a las costas de Barcelona, nos recuerda que siempre hay un día después de otro, y que para ser digno de ser vivido, deberíamos llenarlo de cosas positivas… ¿planificar el siguiente viaje, tal vez?



Saludos y buena ruta!

7 comentarios:

  1. Estupendo relato de viaje que habrá que volver a releer y quizás , antes de que sea muy mayor, aplicar.
    Un saludo pareja.

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  2. Pues me has llevado a la que fue mi casa hace más de un década, y mola mucho. Una buena idea la de recorrerla en moto.
    Saludos.
    Gelu.

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    1. Como antiguo "vecino" que fuiste, no te diré nada que no sepas... Bueno sí, que ya tardas en reservar billete para ti y tu burra! El día que pase eso, avisa, a ver si te puedo "interceptar" en el puerto para hacer una ronda...
      Saludos de vuelta, buena ruta!

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  3. Jolín que chulada de viaje, dan ganas de ir para la isla.
    Lo anotó en mí lista de viajes
    Saludos desde Madrid

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    1. Pues no dejéis que se enfríe la idea! ...Además, tenéis ronda pagada en Barcelona, ya lo sabéis ;-)
      Abrazos y besotes a repartir, hasta pronto!

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  4. Jolín que chulada de viaje, dan ganas de ir para la isla.
    Lo anotó en mí lista de viajes
    Saludos desde Madrid

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