viernes, 1 de enero de 2016

Sexo explícito

Doy por hecho que cuando acabéis de leer esta anécdota, tendréis todo el derecho a creer que es la típica fantasía de una mente onanística y reprimida; afortunadamente, yo no fui el único testigo de lo que pasó aquella mañana de 2.010 en un pequeño pueblo fronterizo del norte de Italia, aunque sí que seré el primero en escribirlo…

Era una mañana soleada de julio, y estaba descubriendo las carreteras de los Alpes en compañía de dos grandes amigos, Joan y David. Si has estado por aquella zona -un paraíso para el mototurismo, aprovecho para decir-, sabrás que las grandes cumbres alpinas son a la vez pasos fronterizos entre países, por lo que no es inhabitual encontrarte desayunando un cafè-au-lait en Francia, más tarde comiendo una auténtica pizza italiana, y finalizar el dia en un hostal situado en un valle suizo.

Total, que era nuestro tercer día de andanzas alpinas; la jornada anterior, habíamos entrado en el italiano valle de Aosta bastante apurados de tiempo, por lo que no nos habíamos entretenido ni en repostar las motos… De buena mañana, estábamos casi en reserva, y con unos cuantos kilómetros por delante antes de volver a entrar en Suiza. El problema es que en Italia la gasolina era sensiblemente más cara que en el país helvético, así que decidimos apurar los depósitos para repostar una vez rebasada la frontera.

Al cabo de poco rato nos dimos cuenta de que el intento de ahorrar unos céntimos en combustible nos podía salir muy caro: la Fazer de Joan ya estaba en reserva, y los demás estábamos a punto de llegar al mismo punto crítico de escasez. Decidimos que nuestra tranquilidad valía mucho más que esos cuatro o cinco euros que buscábamos ahorrar, así que paramos a repostar en un pueblo situado a veinte kilómetros de la frontera suiza; la carretera lo partía por la mitad, y a media travesía había una pequeña gasolinera con tan sólo un par de surtidores, y una oficina que también era mínima tienda de repuestos básicos.

David y yo estacionamos a lado y lado del surtidor de gasolina sin plomo; sólo había una manguera, así que uno de los dos tendría que esperar su turno. Joan se puso detrás de David, y se alejó unos metros para fumarse un cigarrillo.

De la oficina salió la empleada de la gasolinera; aproximadamente tenía nuestra edad, y no era lo que vendría a ser una belleza al uso, pero sí muy voluptuosa en curvas (“muy italiana”, pensé yo en aquel momento). Me sorprendió que vistiera una falda de media rodilla, vestimenta ciertamente inusual estando donde estábamos; por encima del conjunto llevaba un delantal corporativo de cierta marca petrolera.

David fue el primero en ser atendido; la chica le preguntó en italiano lo que supongo que era la cantidad de gasolina que quería, David empezó a hacer gestos desbordantes con la mano, mientras repetía “pieno, pieno”, gestos universales con los que te llenan el tanque aquí, en Rusia y en la República Popular China. Yo lo miraba desde el apoyo de mi moto, con expresión divertida, y le alcé las cejas en un gesto de complicidad cuando nuestras miradas se cruzaron.

Una vez tuvo el depósito lleno, David pagó en efectivo, y entonces fue mi turno. Le repetí a la chica el “pieno, pieno”, añadiendo “como el mio amico”, para dejarle claro que no tenía ni puta idea de italiano, pero que estaba dispuesto a esforzarme. La empleada no tenía prisa por volver a descolgar el surtidor, y se quedó unos segundos contemplando la Varadero:

-“Bella macchina”, -me dice.
-“Grazie”- le respondo escuetamente, mis limitaciones léxicas me impedían seguir desarrollando la conversación, pero ella continúa:

-“Da dove vieni?”
-“¿Eh?”-respondo, con careto de circunstancias.
-“Da dove vieni? Germania?”

Ah coño! Que de dónde venimos... Por enésima vez me confunden con un alemán, yo creo que es por la envergadura, ya que al parecer los españoles somos todos unos chaparros de piel olivácea que además vamos por la calle dando palmas. Para ahorrar estereotipos, me identifico con mi ciudad-país:

-“Barcelona”-le digo, aunque pronuncié “Barchellona”.

A ella se le ilumina la cara: “-Ah, Barcellona! Sagrada Familia, Barça, Messi…”.

Se me queda mirando con una intensidad que me descoloca, mientras se muerde el labio inferior; parece que quiere añadir algo más, pero finalmente descuelga la manguera… Para mi sorpresa, no pulsa el surtidor del caudal a fondo, sino que lo apoya en el tanque, trabándolo en el mínimo, con lo que el combustible sale poco a poco, céntimo a céntimo.

Acto seguido, se aleja de mí, y da una decena de pasos hacia el que parece ser su coche, un Fiat Uno que está estacionado de manera que la puerta del conductor está frente a nosotros. La empleada abre la puerta, y se sienta de manera que las dos piernas le quedan afuera; se estira para abrir la guantera, está buscando algo en su interior.

La posición, algo forzada, provocó que ella tuviera que abrir las piernas para compensar el cuerpo… Y entonces sí que, damas y caballeros, el tiempo se paró definitivamente, porque debajo de aquella falda no había ninguna otra prenda de ropa que impidiera ver el frondoso bosque que florecía en su entrepierna.

La exhibición duró unos segundos (¿cuatro? ¿cinco?), los suficientes para que yo tomara conciencia de que aquel espectáculo no era casual ni accidental. Instantes después, ella dio por finalizado el espectáculo, cerrando la guantera –de la que, por cierto, no había sacado nada-, y volviendo junto al petrificado motero que aguardaba junto a la manguera con cara de póker y la lengua seca. La mujer traía una media sonrisa que, visto lo visto, sólo podía ser una invitación al goce carnal.

Yo mantenía la cara de póker (aunque a estas alturas había mutado hacia “cara de gilipollas”), pero mi cerebro estaba funcionando a toda pastilla… ¿¿Qué se supone que viene a continuación??

Cuando, una vida después, el depósito se llenó, le mostré mi tarjeta VISA, por lo que ella me señaló el despacho, mientras empezaba a caminar hacia él: se supone que el datáfono estaba allí dentro. Antes de seguirla, miré a David con ojos como platos, y antes de que pudiera decirle nada, él mismo se adelantó:

-“¿He visto lo que he creído ver?”-me susurró.

Yo sólo pude asentir, incapaz de añadir nada más. Joan, ajeno a todo, había acabado su cigarrillo y estaba empezando a empujar su moto hacia el surtidor.

Me apresuré para seguir a la recién coronada diosa del erotismo, preguntándome si tendría preparado algún otro numerito dentro del despacho, pero la escena finalizó de una manera tan súbita como abrupta…

Resultó que dentro del despacho había otra persona más, un hombre que, por edad, podría haber sido tanto el padre como el marido de la empleada; empezaron a hablar entre ellos de manera airada, pero a susurros, en un italiano aceleradísimo del cual no pude captar ni una interjección. Tras unos instantes de tensión, ella alzó los brazos en un gesto de exasperación, y desapareció dentro del despacho. El hombre se hizo cargo de pasarme la tarjeta, con la máxima economía de amabilidad, y posteriormente atendió a Joan, sin abandonar su gesto adusto.

Finalizado el servicio, subimos a las motos. Por prudencia, no se nos ocurrió cruzar ni una palabra de lo allí sucedido; el hombre seguía alrededor de los surtidores con una inequívoca cara de mosqueo, y la mujer había vuelto a aparecer, quedándose apoyada en el quicio de la puerta de la oficina. Nos miró de manera neutra mientras nos largábamos elegantemente de allí.

Saliendo de nuevo a la carretera, eché un vistazo al retrovisor; la mujer seguía observándonos. Al cabo de un instante, creo que empezó de nuevo a discutirse con su hombre, pero en todo caso ya no vi nada más. La carretera se abría ante nosotros.


Menudas risas nos echamos el resto del viaje. Aún hoy nos acordamos de aquello.

3 comentarios:

  1. La pusiste "tóner borrica" XD

    Una entrada escueta pero muy cachondisimo ;)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo no hice nada, se puso ella sola! Ni que yo fuera Pablo Alborán...

      Abrazos y hasta pronto!

      Eliminar
  2. La pusiste "tóner borrica" XD

    Una entrada escueta pero muy cachondisimo ;)

    ResponderEliminar