lunes, 28 de marzo de 2016

Campo de aviación de l'Aranyó


Durante la Guerra Civil, el ejército de la República construyó diversos aeródromos, más o menos grandes, que daban cobertura a las diferentes escuadrillas aéreas. De uno de estos, a las afueras de Cervera, aún se conservan interesantes vestigios…

El campo de aviación de l’Aranyó fue construido en 1.937, con mano de obra local. Tan sólo necesitaron pocos meses para ponerlo en servicio, curiosamente sobredimensionado teniendo en cuenta su uso eventual: tenía tres pistas operativas, y diversos edificios que albergaban oficinas, dormitorios, cocina, comedor y letrinas. También construyeron un refugio antiaéreo, a nueve metros bajo tierra, y con capacidad para 130 personas.

Para llegar al refugio, hay que tomar la carretera que une Cervera y Agramunt; unos kilómetros más allá, una pista de tierra fácil nos pone a los pies del antiguo aeródromo… El camino parte las instalaciones en dos; a nuestra izquierda, las pistas de aterrizaje hace tiempo que quedaron desdibujadas, primero a base de surcos hechos con azadas, más tarde mulas, y finalmente tractores; hoy, son inmensos campos de cereal. También están las dos entradas al refugio antiaéreo, reformadas recientemente, siguiendo los patrones constructivos de la época.

Accesos al refugio subterráneo

A nuestra derecha, aún son perfectamente identificables las antiguas cocinas (con los hogares de leña aún en pie), el comedor, e incluso las duchas y las letrinas. A pocos metros, una circunferencia de hormigón en el suelo marca el lugar donde estuvo el depósito de agua.
Depósito de agua
En un ángulo del comedor, la chimenea

Los hogares de la cocina, y por detrás, uno de los accesos al refugio

Cocina

Duchas

Letrinas

Detalle de la letrina... Estilo "agujero en el suelo", por supuesto.


 Los dos accesos al refugio tienen las puertas abiertas; me asomo, y veo una larga hilera de escalones que descienden hasta desaparecer en un ángulo de 45 grados; más allá, se supone que siguen bajando en la más absoluta oscuridad.


Vuelvo a la moto, donde afortunadamente siempre llevo una linterna que nunca será lo suficientemente potente cuando debes disipar la oscuridad más absoluta; aún así, no quiero marcharme sin llegar hasta el fondo de aquel refugio… El túnel es angosto, pero no tanto para que deba agachar mi figura de 183 centímetros.

Tal y como esperaba, más allá del ángulo sólo hay un agujero profundamente negro; enciendo la linterna… pero no podré avanzar mucho más, ya que, para mi sorpresa, los escalones desaparecen bajo un colosal balsa de agua: la galería está inundada, y por lo que veo, hay suficiente nivel para cubrir completamente a una persona.


Una vez más, un “secreto” de nuestro pasado está alegremente expuesto para cualquiera que pase por aquí, y si se ha mantenido así hasta nuestros tiempos es gracias a lo apartado que está el lugar, fuera de las rutas de los vándalos cabezahuecas de turno. Que siga así por muchos años.

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