lunes, 20 de junio de 2016

El Maestrazgo



La comarca del Maestrazgo vive en un curioso letargo, es algo así como un lugar “secreto” que para el turista raso parece empezar y acabar en poblaciones-escaparate como Morella o Cantavieja… Sin desmerecer esos dos magníficos lugares, el Maestrazgo se extiende mucho más allá, a caballo entre Castellón y Teruel. Pueblos de recia arquitectura y paisajes duros esperan la visita de viajeros inquietos. Las retorcidas carreteras exigen calma con el gas, algo que, lejos de ser una contrariedad, es requisito indispensable para disfrutar lo que encontrarás tras cada curva.

Los que me conocéis ya sabéis que normalmente no suelo quedarme en la mera contemplación del paisaje: tanto da el lugar donde estés, si escarbas un poco en los arcenes, encontrarás alguna historia más o menos anónima, y esta crónica no será una excepción… Porque en el Maestrat hay mucho donde elegir, desde las rutas del Cid Campeador hasta los movimientos cátaros, pasando por ser plaza clave en las guerras carlistas del siglo XIX. Pero yo soy algo más truculento, como podrás comprobar de aquí a pocas líneas…

Empezamos la ruta en Morella, integrado en la asociación “Pueblos más bonitos de España”. Su animado casco antiguo, rodeado de murallas y coronado por el castillo, garantiza un buen rato de paseo contemplativo. La CV-125 nos introduce en lo más indómito de la comarca; aquí asoman las primeras “terrazas” de piedra en las laderas del monte: delimitan propiedades, pero también evitan que las riadas arrastren los cultivos. Más allá de Cinctorres, un monumento a pie de carretera recuerda el lugar donde fue ejecutado el sacerdote Manuel Marin Querol; sucedió el 27 de julio de 1.936, en plena “barra libre” del tiro al cura. Las atrocidades de la Guerra Civil no habían hecho más que comenzar.

Entre Cinctorres y Portell de Morella el paisaje es totalmente abierto. La estrecha carretera surca una elevada meseta; multitud de generadores eólicos dan fe de que aquí hay poca tregua con el viento, constante, frío, y a ratos molesto.

El puerto de las Cabrillas hace de frontera natural con Aragón; el tránsito por Aragón será efímero, ya que más allá de La Iglesuela del Cid, volveremos a entrar en la provincia de Castellón.


En la travesía de Vilafranca, te das de bruces con una plaza de toros; frente a la puerta principal está la escultura del torero Silvino Zafón “El niño de la Estrella”.  Silvino nació en la vecina aldea de La Estrella, en 1908. De joven emigró a Barcelona, donde aprendió a torear; a partir de los años 30, su nombre se empezó a mencionar con respeto en el mundo taurino, especialmente en su comarca natal, donde pasó a ser una celebridad; los vecinos más adinerados se unieron para construir una plaza de toros en su honor y disfrute. La Guerra Civil interrumpió la progresión del “niño de la Estrella”, ya que se fue al frente para luchar junto a los republicanos.

Tras la guerra, los apoderados le negaron más faenas, incómodos ante sus antecedentes “rojos”; pocos años después, abandonó definitivamente la disciplina del toreo. En 1.945 fue condenado a dos años de cárcel por “colaboración con los maquis”; cumplida la pena, se exilió a Francia, donde finalmente, en 1.963, perdió la vida en un accidente de tráfico mientas conducía su Mobylette. Está enterrado en Arlés.

La plaza de toros está en plena reforma, y ha acogido desde actos de fiesta mayor hasta conciertos de Manolo Escobar o Lluis Llach. Está íntegramente construida en piedra.

Los siguientes cuatro pueblos del camino serán Benassal, Vilar de Canes, Albocàsser y Ares del Maestrat, y no será así por casualidad: en 1.938, en plena Guerra Civil, la Legión Cóndor alemana bombardeó estos cuatro pueblos, alejados de cualquier frente de guerra, con la única intención de probar el efecto de sus nuevos aviones (los temidos Junker-87 “Stuka”), armados con unas bombas experimentales con un poder letal que doblaba los estándares de la época; pese a que la acción fue cuidadosamente planificada y documentada, los nazis nunca comentaron sus intenciones a nadie, ni siquiera a sus “socios” sublevados. Murieron 38 personas de manera absolutamente gratuita.

Al estar ubicados en un lugar remoto, los hechos pasaron bastante desapercibidos, y aún hoy, parecen no despertar demasiado interés.

El primero de estos pueblos que encontramos en la ruta es Benassal. Y fue precisamente un vecino de aquí, Oscar Vives, el que visitó un archivo militar en Alemania para sacar a la luz los documentos que recopilan el “experimento” nazi. En Benassal murieron 15 vecinos.

A pocos kilómetros de Benassal está Vilar de Canes. No está de camino a otra parte, por lo que hay que ir expresamente. Comparte la misma recia arquitectura de los demás pueblos de la comarca, sin ningún artificio añadido para “camelar” al visitante: así se ve, así se vive. La iglesia parroquial fue casi arrasada durante el bombardeo nazi, y tan sólo quedó en pie la fachada principal; una cuestación popular entre los vecinos financió su reconstrucción. Tres personas murieron por efecto de las cinco bombas arrojadas por los “Stukas”.


De los cuatro pueblos, el que está más alejado de los demás es Albocàsser.  Antes de entrar en su núcleo urbano, se puede intuir a la izquierda la prisión de Castellón-2, aunque todos la conocen por el mismo nombre del pueblo que la acoge. En los alrededores está el barranco de la Valltorta, una buena idea para estirar las piernas, y donde además se conservan diversas pinturas rupestres, acondicionadas para poder ser contempladas. El día de los bombardeos, la calle que daba acceso a la iglesia quedó completamente sembrada de escombros. Murieron diez personas.

Albocàsser antes del bombardeo, después, y hoy
Ares del Maestrat es una de aquellas poblaciones con un magnetismo especial, que ya se percibe cuando, aún antes de llegar, contemplas su silueta en un promontorio junto a la Muela de Ares, a más de mil metros de altura. Las ruinas de un castillo se elevan sobre el pueblo, constituyendo una de las mejores atalayas de la comarca.




Dejamos atrás los cuatro pueblos de esta siniestra “ruta de los bombardeos”, sin dejar de reiterar que, hechos históricos aparte, estos lugares tienen un gran patrimonio que ofrecer, y pocos parecen saberlo.


Y como es difícil saber cuándo estás colmado de algo, me apetecía perderme aún más en la comarca, buscando de forma inconsciente la máxima pureza del paisaje. La carretera de Castellfort se dibuja en el mapa con una línea blanca, color reservado a las vías más humildes; unos kilómetros más adelante, sorprende comprobar que el camino parte por la mitad el conjunto religioso de la ermita de la Virgen de la Fuente.

Poco antes de Castellfort, en el punto más alto del monte, un camino de tierra (nunca puede faltar una mínima cuota “off”) me deposita en la ermita de Sant Pere. A mi alrededor, el viento es cortante y sostenidamente vivo. La ermita es tal vez la más antigua de la provincia, documentada desde el año 1.320; no puedo ver el interior porque, una vez más, estas casas del Señor suelen estar cerradas. Dada su ubicación, las vistas también son para contemplarlas durante el rato que tu cuerpo pueda aguantar el frío.


Más allá, la carretera baja abruptamente, y el hecho de atravesar Castellfort no incrementa mucho la sensación de sentirte acompañado; un coche, accidentado en una fecha indeterminada y abandonado a su suerte en un precipicio, tampoco ayuda a romper esta anomalía de aislamiento social. No recuerdo haberme cruzado con nadie en los últimos veinte kilómetros.

Volvemos a entrar en Teruel, y durante unos pocos kilómetros, coincidiremos con el trazado ya hecho durante la ida; volvemos a atravesar La Iglesuela del Cid, llamada así por ser lugar de tránsito del Cid Campeador. Cantavieja es, por servicios, una referencia para la comarca, de hecho es la capital administrativa del Maestrazgo turolense. Es de esos lugares en los que puedes encontrar restaurantes, gasolinera, algún hotel… Cantavieja también se disfruta de lejos, gracias a su ubicación en lo más alto de una gran losa vertical. Ya en el casco urbano, necesitas poco rato para hacerte una visión de conjunto: el castillo sólo conserva las murallas exteriores, y su casco histórico supone un paseo de veinte minutos, a paso lento.

Tomamos rumbo norte por la A-226, donde encontraremos otro de tantos “secretos” de la comarca: Mirambel. Pueblo enmurallado, su interior mantiene de manera impecable su arquitectura medieval, siendo escenario de varias películas.


Finalizo la excursión en Olocau del Rey, pequeño pueblo muy próximo a Mirambel, encajado en una hondonada; en el Hostal del Rey me dejaré llevar por las atenciones de Alicia, que cuida a los motoristas como si fueran de la familia.

Saludos y buena ruta!

4 comentarios:

  1. Nos alegramos que te gustase nuestra zona! Esperamos que vuelvas pronto!

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    1. Muchas gracias, no lo dudéis que así será... Saludos!

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  2. Muy interesante descubrimiento de tu mano, Manel. Está bien recordar casos y cosas que las generaciones nuevas ignoran, eso nos da una idea de nuestra estatura social y humana. Gracias.

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    1. Muchas gracias por tu crítica, Antonio Alberto! De bloguero a bloguero... nos seguimos leyendo.

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