sábado, 8 de octubre de 2016

Red Nacional de Silos y Graneros



Durante el primer cuarto del siglo XX, la agricultura era el principal motor y sustento de la economía española; en aquellos años, la cosecha del trigo era muy irregular, fundamentalmente a causa de la mala organización de los cosechadores, además de los propios factores estacionales.

Para paliar este desbarajuste, el Gobierno ideó la implantación de una serie de silos repartidos por todo el territorio nacional, los cuales tenían una doble función: comprar y vender este cereal a un precio lineal, y además servir de “despensa” para que el país no volviera a padecer episodios de desabastecimiento.

La Guerra Civil frenó en seco la implantación de silos y graneros, pero una vez finalizada la contienda, a partir de 1.944, se reemprendió la construcción de la “Red Nacional de Silos y Graneros”; la gran altura de éstos les llevaron a destacar, aún más en zonas rurales, lo que motivó que fueran conocidos como “las catedrales del campo”. Se llegaron a contabilizar hasta 665 silos y 244 graneros en todo el país, gestionados directamente por el Estado. De esta época es la famosa proclama de Franco “ningún español sin pan”.

Estas construcciones estaban tan cerca como era posible de los campos de cultivo, aunque necesariamente también debían tener buena comunicación con la red de carreteras y/o el ferrocarril. Eran de diversos tamaños: los silos de la primera recepción eran “pequeños” comparados con los destinados a la distribución, en ciudades grandes o tinglados portuarios.

La incorporación de España a la Comunidad Económica Europea, en 1986, supuso el final de la intervención estatal en el comercio del grano. La mayoría de los silos fueron abandonados a su suerte, aún en pie pero sin ningún tipo de mantenimiento, como es el caso del que ilustra esta crónica, situado en un paraje anónimo de Castilla y León; recientemente, el Ministerio de Agricultura subastó 27 de ellos, y pese a lo complejo de su arquitectura, algunos han conseguido tener un uso alternativo.

La valla perimetral está rota, y el visitante no tiene problema en entrar hasta donde le permita su osadía; tampoco hay nadie que le vaya a llamar la atención… En un foso junto al almacén, centenares de albaranes, documentos contables y otra información en su día importante languidecen a la vista de quien los quiera leer.



En el interior del almacén, las aves son los únicos moradores de todo el complejo; si viéndolo desde el exterior abruma, entrar en cualquiera de los gigantescos depósitos te hace sentir diminuto.


Una línea de ferrocarril -también abandonada, por cierto- daba servicio a este almacén, otro de tantos “fósiles contemporáneos” de nuestra historia reciente.

Saludos y buena ruta!

1 comentario: