lunes, 17 de octubre de 2016

Tirol y el "9" Alpino (1-11) Mediterráneo





Mucho se ha teorizado sobre la filosofía de “viajar”, así que no empezaré este relato con convencionalismos etéreos sobre crecimiento espiritual, ya que cada uno de nosotros sabe qué es lo que nos mueve a meter dos calzoncillos y el cepillo de dientes en una maleta, y largarnos para hacer un pequeño paréntesis en nuestras vidas. Nosotros hemos subido a la moto para descubrir una de las zonas más bellas de Centroeuropa: el Tirol, una región que fue parte del imperio austrohúngaro hasta que en 1.918 el nuevo mapa geopolítico posterior a la Primera Guerra Mundial la dejó partida entre Austria e Italia. La división territorial no supuso la pérdida de sus lazos históricos, compartiendo idioma a los dos lados de la frontera (alemán, italiano, y en menor porcentaje, ladino), y constituyéndose como región con voz propia ante las instituciones europeas, al estilo de nuestras autonomías.

Geográficamente, el Tirol está dividido por los Alpes Centrales, la más monumental cadena montañosa de Europa, y un destino privilegiado para cualquier motorista.

Este viaje no quedará únicamente encasillado en los límites del Tirol; también visitaremos Milán, los lagos glaciares de Como y Maggiore, y pondremos la guinda al pastel recorriendo “el nueve”, un conjunto de puertos alpinos suizos, conocidos así por la forma que componen si los ves en un mapa… ¡Ah! Y por supuesto, también habrá unas cuantas historias a pie de arcén.

Antes de meter primera y partir, queremos agradecer a Iñaki Santiso sus indicaciones: buen conocedor del territorio, no dudó en compartir su sabiduría con nosotros. Gracias, socio.

1.-Mediterráneo

La península ibérica está conectada con Italia, Marruecos y Gran Bretaña a través de líneas regulares de ferrys, que por supuesto admiten a nuestras monturas en sus bodegas. Existe una facción muy “purista” de motoristas que creen que un viaje en moto ha de serlo hasta sus últimas consecuencias, y atajar por vía marítima es una especie de trampa; yo no me encuentro entre ellos, y si tengo la oportunidad de embarcarme para ahorrar un puñado de tediosas horas de autopista, lo hago sin duda ni remordimiento. El ferry es aparentemente más caro, pero si descuentas gasolina, peajes, el desgaste de la propia moto, y en el caso que nos toca, la noche de “hotel” que haremos a bordo, el precio del pasaje queda amortizado.

Así pues, nuestro kilómetro cero será el puerto de Barcelona, desde donde partirá un ferry que, diecinueve horas después, nos liberará en Génova.

La terminal de la naviera que opera nuestra línea está en un extremo del puerto; el barco ya está atracado, de hecho la capital catalana es una mera escala, ya que el ferry procede de Tánger. Algunos pasajeros, casi todos magrebíes, nos observan desde la cubierta de popa mientras formalizamos los trámites de embarque, siempre con un punto de estrés por las prisas y el papeleo.

Una vez hemos acomodado la moto en la barriga del ferry, descargamos nuestros bártulos en el camarote asignado, y nos ponemos ropa ventilada: el sol de finales de junio está siendo especialmente demoledor en Barcelona. Aprovechamos para hacer un chequeo de nuestras pertenencias, que aunque minimizadas al máximo, abultan lo suyo porque nuestra previsión es pasar diez días (y dos de navegación) en lugares con gran contraste de temperaturas: arrastramos vestimenta de verano, invierno, seco y lluvia. De hecho, la moto lleva ocupadas las tres maletas, más la baca (sobre la que van los monos de lluvia), y un petate de respetable tamaño apoyado en una de las maletas laterales; este último contiene viandas para ser autosuficientes a bordo.

El ferry se recorre rápido, y aún más rápido te aburres de él: varias cafeterías, un gran salón común con televisiones, un mini-casino con máquinas de azar, otro con videojuegos, un bazar al estilo duty-free, un restaurante de precios prohibitivos y, en la cubierta superior, una piscina tristemente vacía. El colofón lo pone una pequeña capilla profusamente decorada con estampitas.


La mayoría de pasajeros nos repartimos por las cubiertas exteriores, observando las maniobras de desamarre con el interés de los no iniciados. Hay muy pocos motoristas a bordo, y la mayoría son extranjeros; una vez salimos a mar abierto, se crean algunos grupos aleatorios de paisanos, nosotros nos quedamos en tierra de nadie, tomando el Sol. Creo que no me equivoco si digo que los españoles somos franca minoría. En un rincón de la cubierta, una veintena de magrebíes han montado una timba de póquer, y no soltarán las cartas hasta llegar a Génova.





El ferry recorre la costa catalana a una distancia sorprendentemente corta. Jugamos a ir adivinando los pueblos costeros desde una perspectiva inédita: Blanes, Tossa de Mar, Palamós… Cuando el Sol empezó a caer en el horizonte estábamos rojos como tomates, y maldita la hora en que nos acordamos de que también llevábamos crema protectora en el neceser.




3 comentarios:

  1. La cosa promete,
    voy a tomar asiento.
    Saludos.

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    1. Espero estar a la altura de tus expectativas, socio... un saludazo!

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  2. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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