lunes, 24 de octubre de 2016

Tirol y el "9" alpino" (2-11)-Milán, Como, Moto Guzzi



A las seis y media de la mañana, la potente megafonía del ferry nos ha sacado de la cama; en cuatro idiomas y sin prisas por acabar el discurso, nos han explicado el buen tiempo que hace en Génova, (a donde llegaríamos en una hora), que la cafetería estaba abierta, y que si eso fuéramos levantándonos ya; legañosos, nos fuimos a cubierta para decir hola a Italia.

El ferry enfila la bocana del puerto de Génova, donde está atracado lo que queda del malogrado Costa Concordia, el “Titanic” del siglo XXI, en la fase final de su desguace. Botado en el año 2005, fue en su momento el crucero más grande del mundo. En 2.012, una temeraria aproximación a la isla de Giglio provocó su embarrancamiento en unas rocas cercanas a la orilla. 32 de los 4.200 pasajeros murieron. El capitán Francesco Schettino, responsable último de la maniobra (y de los primeros en largarse del barco naufragado, por cierto), fue condenado a 16 años de prisión.





Nuestro ferry se acerca con cautela a la dársena de atraque; ya hay vehículos esperando para el viaje de vuelta, centenares de coches magrebíes cargados hasta lo imposible, en su particular “operación salida” hacia Marruecos; allí empezamos a temernos que nuestra propia vuelta no sería tan relajada como la ida…

Pese a ser primera hora de la mañana, la sensación de bochorno es muy acusada; desembarcamos y, tras pasar tres controles de papeleo y registro –uno de ellos militar-, hemos paramos a desayunar en el primer bar de currantes que hemos encontrado, enfrente mismo del puerto y bajo el viaducto de la autopista. Allí aprendimos la primera lección de italiano: pedir una “tosta” significa que te hagan un sándwich mixto de generoso tamaño.

Tenemos todo el día para cubrir los 250 kilómetros que nos separan del lago de Como… En cuestiones de orientación, siempre he sido “de la vieja escuela”, con el mapa en la bolsa sobredepósito, pero las dimensiones de Génova, ciudad de 600.000 habitantes, me intimida, y el tráfico “italiano” no perdona las dudas, así que por vez primera me pongo en manos del navegador GPS... Aquel cacharro cumplió con su trabajo de manera eficiente, y pocos minutos después estábamos en la Autostrada.


En Milán, nos encomendamos nuevamente a los satélites para encontrar la  plaza de la catedral del Duomo, una de las más grandes del mundo. Las calles adoquinadas del centro son de uso compartido con los tranvías, y en un momento dado todo se movía tan deprisa a nuestro alrededor, que decidimos dejar aparcada la moto en una acera, y acabar de llegar a pie; resultó que estábamos a escasos 200 metros del Duomo.

La zona está fuertemente vigilada por todas las policías italianas (local, Polizia di Stato y Carabineros); el precio de la entrada al Duomo incluía, sin sobrecoste, un cacheo por parte de dos soldados del Ejército.



Una vez adentro, todas las molestias y los dolores en la billetera quedan superados ante la contemplación de las esculturas, los ventanales policromados más grandes del mundo, o la propia bóveda de la nave central, de 45 metros de altura.


Incluso sin entrar a ella, el espectáculo de las fachadas en mármol, y su multitud de gárgolas, pináculos y estatuas la convierten en un espectáculo arquitectónico y artístico.

Volvemos a la moto. Para salir de Milán, el GPS no se anda con rodeos ni circunvalaciones, y nos hace atravesar toda la ciudad por una cansina serie de intersecciones, glorietas y semáforos… La buena noticia es que el tráfico urbano es más pacífico de lo que hubiera imaginado, tratándose de un país con acreditada fama de conducir “a estilo libre”.

Finalmente, hemos llegado al lago de Como. Con forma de “Y” invertida, lo remontamos por su parte oriental. Diversos pueblos se dispersan al borde de sus aguas, pero a nosotros nos interesa uno en concreto: Mandello del Lario, cuna de una de las marcas motociclistas más icónicas, Moto Guzzi, que sigue produciendo modelos en la misma ciudad que la vio nacer, allá por 1.921. Pese a las dificultades económicas que ha pasado (llegó a cesar su producción unos días, en 2.004), actualmente vive un momento dulce, y la factoría sigue produciendo modelos que son clásicos desde el momento que nacen. En la fábrica también hay un museo de la marca, que abre una hora al día, y hemos tenido la suerte de llegar en el momento adecuado para visitarlo.


Las instalaciones del museo son fantásticas, y se puede seguir la trayectoria de la marca desde sus inicios, sus logros en la competición, e incluso su faceta “campera”, llegando a verse una Guzzi en aquel genuino Paris-Dakar de los años 80. Los legendarios motores bóxer también tienen el protagonismo que se merecen.


















A la salida del templo guzzista, el calentamiento motero se convirtió en calor físico; la tarde avanza, y el Sol aprieta con saña. Afortunadamente, nuestro alojamiento está a muy pocos kilómetros de aquí, montaña arriba… Es un “Bed & Breakfast” regentado por una simpática pareja (Luca y Annamaria) que disponen por nosotros una tarde tan plagada de propuestas turísticas, que estaba claro que nos iban a faltar horas.

Ya sin el lastre del equipaje, volvemos a la moto para recorrer los pueblos del borde del lago, un disfrute parcialmente aguado por la humedad ambiental, y también porque no puedes perder de vista el retrovisor, ya que en cualquier momento puede aparecer un autóctono para joderte con sus eternas prisas.



Hacemos un alto en Varenna. En la otra orilla está Bellagio, aún más turística, pero para nosotros Varenna tiene el tamaño adecuado y el encanto perfecto. También en la otra orilla está Laglio, muy mencionado porque George Clooney tiene allí dos villas; no es el único en haber caído rendido a los encantos del lugar, siendo larga la lista de celebridades que se han asomado aquí, desde Madonna a Leonardo da Vinci, del cual se dice que lo que pintó detrás de la Mona Lisa fue precisamente este lugar.








También en la otra orilla, pero más al norte, está Dongo, lugar donde fue detectado y arrestado Benito Mussolini, en plena desbandada tras la caída del fascismo, en 1.945. Al día siguiente, fue fusilado junto a su esposa cerca de allí, en un lugar hoy marcado con una cruz; los cuerpos fueron trasladados a Milán, y se les colgó boca abajo del techo de una gasolinera en la plaza de Loreto –la que, por cierto, hemos atravesado esta mañana, durante nuestra huída de la urbe-.

De nuevo en el  B&B, descubrimos que nos es imposible acercar la moto hasta la puerta, sencillamente porque las calles son tan estrechas y empinadas, que nos podríamos ver en un atolladero. El inesperado paseo vespertino sirvió para comprobar que el lugar estaba lleno de gatos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario