lunes, 31 de octubre de 2016

Tirol y el "9" alpino (3-11). Dolomitas



Annamaria nos ha preparado un desayuno frugal. Al poco rato aparece Luca, que cumple al pie de la letra todos los estereotipos del italiano locuaz: no habla una palabra de español, pero aún así se hace entender en su atropellado discurso. Tras repasar las similitudes entre nuestros dos pueblos latinos (incluidas las calamidades políticas), entra en materia diciéndonos que no podemos marcharnos de allí sin visitar la Abadía de Santa Maria di Piona, situada unos kilómetros más arriba, también junto al lago… Nosotros ponemos cara de póquer ya que hoy tenemos un día bastante intenso, pero la insistencia de Luca y Annamaria nos disuaden de dejar pasar esta oportunidad.

Nuevamente volvemos a surcar las carreteras de Como,  bordeando el lago hasa encontrar el desvío a la abadía de Santa Maria de Piona. El acceso es algo “delicado”, ya que en los últimos kilómetros el asfalto da paso a un piso adoquinado entre los cuales crece la hierba, y no quiero imaginar lo que hubiera sido circular por aquí con el suelo mojado, un festival de sustos y palabrotas, supongo…


El lugar está bastante solitario, en la abadía hay un coqueto claustro, y diversas paredes conservan restos de pinturas románicas, algunas de ellas representando inquietantes escenas de torturas en las que víctimas y verdugos tienen una surrealista cara de bondad. Uno de los frailes residentes de la abadía (Fra Pier) es un pintor expresionista que expone in situ sus coloridas obras.









Finalizada la visita, dejamos definitivamente atrás el lago de Como. Las montañas ganan altura a nuestro alrededor, aunque nosotros seguimos circulando por el valle, paralelos al río Adda. Dicho valle es largo (119 kilómetros), y en algunos tramos, sensiblemente ancho (66 kilómetros), más que suficiente para acoger ciudades, cultivos y vías de comunicación.

Nuestro destino para esta noche es Bormio, pero “forzaremos” un poco la ruta para enhebrar dos singulares pasos de montaña: El Mortirolo, o paso de Foppa, y el paso Gavia, referencias míticas para cicloturistas, y de tránsito obligado para el Giro d’Italia.

Empezamos la subida al Mortirolo. El reto para el ciclista no viene dado por una dureza extrema en sus rampas (ahora estoy pensando en el escalofriante 23% del Angliru), sino en la persistencia de la misma: no hay un miserable repechón en el que recuperar un poco de aire.

A media subida, encontramos una fuente y una generosa sombra a pie de carretera, así que extendemos nuestra manta de pic-nic, y damos cuenta de nuestras provisiones; así pretendemos que sean todos nuestros almuerzos del mediodía, con pan, algo para meterle dentro, frutos secos y mucha fruta. Esta autosuficiencia nos permite comer donde y cuando queramos… y también ahorramos unos eurillos, todo hay que decirlo.

Cerca de donde estamos hay un coche estacionado; es de cuatro excursionistas de mediana edad que aparecieron con sus mochilas justo cuando atacábamos el postre. Uno de ellos señala nuestra matrícula:

-“Spagnolo e italiano, latinos, mediterráneo, somos lo mismo!”-exclama. No es la primera vez (ni será la última) que oímos a un italiano declarar su afinidad entre los dos pueblos. Yo me quedo con las ganas de responderle que ya nos gustaría a nosotros ser tan buenos ligones de playa como ellos, en su lugar hemos compartido unas cuantas de las cerezas que nos estábamos zampando en aquel momento.

La cima del Mortirolo está invadida por decenas de moteros franceses locos por hacerse un selfie con el cartel que marca la coronación del puerto.

Si queremos hacer el paso Gavia, y llegar a una hora prudente a Bormio, no tenemos más remedio que desandar el camino (grrr), volver a la carretera general, y remontar unos kilómetros al Norte; es una contrariedad, porque aparte de repetir recorrido, nos priva de ver el monumento que hay en uno de los tornante de la cara norte del Mortirolo, en memoria de Marco Pantani. Esta montaña consagró al “pirata” como el mejor escalador de su generación en aquella memorable etapa del Giro’94 en que dejó atrás a Indurain, Ciapucci y a todos los que se le pusieron por delante. Pantani fue acusado de dopaje en 1.999, caso que aún hoy se debate en los tribunales, pero eso ya no importa al ciclista italiano, muerto en 2.004 de una presunta sobredosis de medicamentos. Y es precisamente ese adjetivo (“presunto”) el que más veces se utiliza en la biografía de Pantani, junto a palabras como “cocaína”, “mafia”, “apuestas ilegales” o “depresión”. Una vida controvertida que en todo caso no llega a ensombrecer al mito, como demuestran las estatuas, memoriales y recuerdos que se pueden encontrar en diversos rincones de Italia.

En Ponte di Legno está el desvío a Gavia, que conforme asciende nos brinda por vez primera los paisajes típicos de alta montaña: descarnadas paredes de roca gris, nieves perpetuas y lagos de aguas heladas; la carretera es estrecha, sin quitamiedos, y con el asfalto bastante deteriorado por los rigores de un invierno que mantiene este puerto inevitablemente cerrado.




En la cima de Gavia, el lago Bianco tiene parte de sus aguas congeladas. Es otro lugar inevitable de asociar al Giro, siendo “cima Coppi” (máxima altura de la carrera) en varias ocasiones; es especialmente recordada la etapa de 1.988, cuando los corredores debieron atravesarlo en medio de una fuerte tempestad de nieve. Hay algunos vídeos en Youtube que dan fe de aquella dramática jornada en que muchos ciclistas debieron meterse en los coches de sus equipos para combatir la hipotermia.






La bajada por la cara norte nos deposita en Bormio, donde habíamos reservado hotel. Es una población coqueta, de poco más de 4.000 habitantes, y que ha acogido dos ediciones de la copa del mundo de esquí; quedamos un poco sorprendidos por la iglesia que hay en el centro del pueblo, de un estilo románico que recuerda fuertemente a las del pirenaico valle de Boí.



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