lunes, 7 de noviembre de 2016

Tirol y el "9" alpino (4-11): Stelvio, hola Austria



El valle de Valtelina acaba abruptamente frente a la pared del Stelvio; para superar el paso, empezamos a hilar los 36 tornanti que nos separan de la cima del segundo paso más alto de los Alpes -2.758 msnm-.

Pasados los primeros quince kilómetros de curvas, túneles cavados a pico y rampas, la carretera se suaviza, discurriendo por una pequeña “olla” natural que precede a la última subida, y en la que hay una pequeña ermita y un mausoleo con los restos de decenas de italianos muertos aquí durante la Primera Guerra Mundial; el entorno del Stelvio no siempre fue italiano, y este es un buen lugar para explicar sus orígenes…


En el siglo XIX, Lombardía formaba parte del imperio austrohúngaro; para superar su aislamiento, en el año 1820 se iniciaron las obras de la carretera del Stelvio, una titánica obra de ingeniería civil que tardó cinco años en ser completada.

La primera Guerra Mundial supuso un cambio geoestratégico en la zona; Italia ganó la Lombardía, y todo el Stelvio pasó a estar dentro de su territorio, perdiendo así su importancia estratégica. Aquellas batallas no fueron gratuitas, ya que supusieron una gran pérdida de vidas humanas, entre ellas la de los soldados que hoy reposan en el mausoleo que tenemos ante nosotros.


De nuevo en movimiento, los últimos metros de subida son de nieves perpetuas, y en el asfalto se cruzan decenas de arroyuelos.



 En la cima hay una serie de locales de restauración y venta de souvenirs. La tranquilidad mañanera del lugar está a punto de verse alterada por una numerosa caravana de tractores clásicos que están subiendo por la cara norte, y que al parecer tienen intención de detenerse a nuestra altura.

Antes de marcharnos, hacemos una breve caminata para remontar aún más el Stelvio, y tener mejor perspectiva de los cuarenta tornanti de la cara norte, los más agradecidos de retratar.

Los primeros tractores llegan a la cima; son unas preciosas máquinas de hace muchos años, con los conductores vestidos de época; algunos de ellos vienen cantando melodías tirolesas… Tal y como sospechábamos, empiezan a copar los espacios libres, así que nos largamos de allí antes de que se colapse todo.




Aún no habíamos metido la primera para salir, cuando observamos atónitos que el festival de concentraciones no ha hecho más que comenzar: en el mismo sentido que los tractores, están subiendo decenas, o más bien centenares de motocicletas “Puch”; a media bajada, hemos comprobado que no eran centenares, sino miles las motos “Puch” que subían trabajosamente la montaña… sin duda, un éxito organizativo sin precedentes, de hecho el que os escribe nunca había visto tantas motos de una misma marca juntas.

Entre tractores y humeantes “Puch” de dos tiempos, nuestra circulación debía ser extremadamente prudente, ya que esos vejestorios se empeñaban en adelantarse entre ellos, y eso sin contar el tráfico “moderno” y los cicloturistas que libraban una batalla imposible de ganar frente a un inacabable tapón… Lo dicho, un caos memorable, pero caos a fin de cuentas, que nos tiró al arcén en más de una ocasión.




Dejamos atrás el Stelvio, no así la “serpiente” motociclista que de manera incansable continúa circulando en dirección contraria a la nuestra. Circulamos por la Val Venosta, italiana y no obstante germanohablante al 95 por ciento… Pero si de algo saben en este valle es del cultivo de manzanas, gracias a un microclima propicio para ello; nos las vendían por miles a pie de carretera, enteras y embotelladas en zumo. Por cierto, la Val Venosta ya es oficialmente “zona Tirol”, concretamente el Tirol del Sur.


Atravesamos Merano, coqueta ciudad que atesora una curiosa relación con el ajedrez, siendo sede de varios encuentros mundiales, y que incluso presta su nombre a una jugada ajedrecística (la “defensa Merano”), vista aquí por vez primera durante el campeonato de 1.924.

Abandonamos temporalmente el valle para subir al Jaufenpass (en italiano, “monte Giovo”), divertida alternativa que une Merano y Vitipeno, y que además es el último paso alpino de Italia. La caravana de “Puch” ha tenido la misma idea con su propio recorrido: hace como una hora de reloj que los estamos “atravesando”, y seguimos sin ver el final de la comitiva. Algunos de los pilotos van disfrazados, ya sea de época, de Papá Noel o de lo que sea.




 A media subida, nos cruzamos con otro grupo, en este caso de Citroën clásicos; la cima del Jaufen está muy solicitada, por lo que nuestra parada será breve…

 A media bajada, encontramos un apartadero y una buena sombra en la que extender la manta picnic, y comer algo mientras seguimos observando el tráfico de “Puchs”: si esto no es de récord Guiness, poco le debe faltar.

Volvemos a las llanuras de la Val Pusteria, aún en la Italia germanohablante, pero encarados a la frontera austríaca, que poco después hemos rebasado sin mostrar pasaporte.

Nuestro alojamiento es un “B&B” en un pequeño pueblo llamado Strassen. Su propietaria es Maria, y nuestra estancia es, más que un apartamento, una pequeña vivienda dentro de su casa, con un precio ridículo para lo que ofrece. Estábamos un poco preocupados por nuestro desconocimiento absoluto del idioma alemán, pero Maria chapurrea inglés e italiano, así que de momento continuaremos sin morirnos de hambre.

…y hablando de apetito, Strassen es tan pequeño que por no tener, no tiene ni restaurante; Maria nos indica que lo mejor es que retrocedamos unos kilómetros hasta Sillian, donde hay una “auténtica” pizzería regentada por una familia italiana; hemos cenado en estricto horario “europeo”, y además ha sido una buena excusa para estar a cubierto mientras caía un sorpresivo chaparrón. Más tarde, en las afueras, nos hemos detenido frente a uno de tantos puentes cubiertos de madera que hay en el país; el que tenemos ante nosotros está impecablemente conservado, y en su interior hay un Jesucristo y una virgen María casi del tamaño de una persona.


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