lunes, 14 de noviembre de 2016

Tirol y el "9" alpino (5-11): Grossglokner, Salzburgo



Recién levantados, nos desperezamos en la terraza, frente a la impresionante panorámica del valle Puster; las lluvias vinieron, descargaron y se marcharon durante la noche. Tenemos un punto de melancolía, ya que este apartamento es tan bueno, que utilizarlo tan sólo para dormir una noche nos parece un poco escandaloso. La aparición de María haciendo equilibrios con cruasanes recién horneados y café no contribuyó precisamente a atemperar nuestra nostalgia; pero así es el planteamiento de nuestro viaje, un movimiento continuo y atrapar las sensaciones al vuelo…

María se despide de nosotros sugiriéndonos una ruta alternativa a la carretera del valle, infinitamente más interesante en sensaciones: una vía vecinal, asfaltada, que trepa montaña arriba y que nos promete una perspectiva inmejorable de la zona. Dicho y hecho, a los pocos kilómetros tomamos el desvío a las montañas ignorando las exclamaciones del GPS, que nos preguntaba adónde coño íbamos. Es domingo, y los vecinos de las pequeñas aldeas van a la misa matinal. En algunos tramos, el asfalto llega incluso a desaparecer, y definitivamente éste es nuestro primer contacto con el Tirol idealizado, el de verdes praderas, casas de madera envejecida y olor a naturaleza fresca.



Más allá de Lienz, encontramos el desvío a la carretera más famosa del país: la Grossglockner, vía alpina de peaje, con un desnivel positivo de 1.500 metros, ahí es nada.

Nada más pasar las casetas de peaje (25 euros para las motos), empieza a caer una fina lluvia, lo cual es un molesto contratiempo, no por el agua en sí, sino porque las nubes nos impedirán ver el impresionante paisaje que nos rodea.



Medio de casualidad, entre la niebla, la lluvia y el frío cada vez más intenso, hemos llegado hasta la estación panorámica del “Kaiser” Franz-Josefs-Höhe, un ramal sin continuidad que nos pone ante la mole del pico Grossglockner, el más alto de Austria… o más bien nos pondría si las nubes se abrieran ni que fuera un poquito. A su derecha está el glaciar “Pasterze”, una lengua de hielo de nueve kilómetros, igualmente invisible. Bastante frustrados, nos metemos en la tienda de souvenirs para matar el rato, entrar en calor, y de paso escandalizarnos por los precios de los productos expuestos.

Saliendo de la tienda, tenemos una feliz sorpresa: el cielo se abre por momentos, y finalmente tenemos ante nosotros el espectáculo natural que habíamos estado a punto de perdernos.


Continuamos avanzando; el túnel de Hochtor es el punto más elevado de toda la Grossglockner, con sus 2.505 metros sobre el nivel del mar en la boca norte. También es la frontera natural entre las provincias de Corintia y Salzburgo.



Durante la prolongada bajada, hacemos algunas paradas contemplativas; Isabel retrata flores y yo… bueno, yo todo lo demás. Algunas máquinas quitanieves están en los márgenes de la carretera, preparadas para actuar incluso en estas fechas; tan sólo permanece abierta durante los tres meses de verano, y en horario diurno.





Llegamos a los alrededores de Salzburgo, nuestro hotel está en la periferia; un gigantesco mastín está tirado en el porche, y nos da la bienvenida con una poco disimulada ventosidad. La señora de la recepción cuida mucho más las formas a la hora de saludar, y me indica la leñera donde puedo guarecer la moto de la fina lluvia que volvía a caer.

Aún queda tarde para hacer una primera toma de contacto con el centro de Salzburgo; es la cuarta ciudad de Austria, con 150.000 habitantes, y lugar de nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart, al que le bastaron 35 años de vida para convertirse en uno de los músicos más influyentes de la historia. También son hijos de Salzburgo el exmilitar y recordman de salto estratosférico Félix Baumgartner, y el piloto de Fórmula 1 Roland Ratzenberger, fallecido en 1.994 durante los entrenamientos del GP de San Marino. Al día siguiente, durante la carrera, murió Ayrton Senna; el piloto brasileño llevaba en su monoplaza una bandera austriaca, pretendía homenajear a Ratzenberger al finalizar la carrera.


El club de fútbol de la ciudad, antiguamente conocido como Austria Salzburgo, fue comprado en 2.005 por la empresa Red Bull, cuya planta embotelladora está muy cerca de aquí; lo primero que hicieron con el club fue cambiarle el nombre, y ahora es el “Red Bull Salzburg”. Lo entrena el exjugador del Barça Óscar García Junyent.

Nos hemos acercado hasta una parada de autobús urbano que, con una puntualidad maniática, nos ha depositado en el centro de la ciudad. Salzburgo está partida en dos por el río Salzach, que baja con un caudal inusualmente elevado. Nos dirigimos a la Mozartplatz, donde está la oficina de turismo; una vez allí, aparte de procurarnos un mapa urbano, hemos contratado para el día siguiente una excursión al Kehlsteinhaus, el “nido del Águila” de Adolf Hitler.

Bajo la estatua de Mozart nunca faltan músicos callejeros. Todo el centro histórico es Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO desde 1.996.

En la Catedral, se conserva la impresionante pila bautismal de hierro, del siglo XIV, en la que Mozart fue bautizado: tanto da dónde vayas en Salzburgo, el compositor austriaco es omnipresente.


Pero la ciudad tiene otro referente más contemporáneo y “cinematográfico”: Aquí se rodó, en 1.965, la película The Sound of music, traducida en España con el horroroso título de “Sonrisas y lágrimas”; ganadora de cinco premios Oscar, narra en clave musical la enésima versión de cenicienta-conoce-príncipe azul. Aún hoy, miles las personas buscan en Salzburgo los escenarios naturales de aquella superproducción.


Por supuesto, sería “pecaminoso” no detenernos ante la casa natal de Mozart, reconvertida en museo; está al otro lado del río, que franqueamos por un puente peatonal plagado de candados que cierran amores sin aparente fecha de caducidad.

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