lunes, 21 de noviembre de 2016

Tirol y el "9" alpino (6-11): El "nido del águila"



Hoy celebramos nuestro “día sin moto”. En viajes de cierta duración, esta es la jornada en que nuestros culos tienen la oportunidad de recuperar su redondez. El día anterior habíamos comprado billetes para visitar Kehlsteinhaus, la “casa de té” de Adolf Hitler; la Kehlsteinhaus forma parte de un gran complejo rural llamado “Obersalzberg”, residencia de verano del dictador alemán, y también de otros cabecillas del movimiento nacionalsocialista como Hermann Göring y Martin Bormann.

El Obersalzberg está en el pueblo alemán de Berchstegaden, muy próximo a la frontera austríaca, y el lugar donde Hitler se hizo la práctica totalidad de sus retratos en contacto con la naturaleza; dichos retratos formaban parte de la propaganda del dictador, que de esta manera “suavizaba” su habitual perfil militar.

En mayo de 1.945, la aviación aliada bombardeó el Obersalzberg, cebándose especialmente en la casa de Hitler; no obstante, “indultaron” la Kehlsteinhaus, que ha mantenido su impecable estado, e incluso su interiorismo, hasta nuestros dias.

Nos piden “puntualidad alemana” para estar de buena mañana en la salzburguesa Rainerstrasse, lugar del que partían los autobuses a Berchtesgaden. Esta excursión supondrá la pérdida de nuestro libre albedrío como viajeros, y deberemos someternos al horario que nos marque nuestro guía; el grupo es bastante heterogéneo, abundando los norteamericanos. No hay paisanos a la vista, lo más parecido es una pareja de portugueses que no parecen saber muy bien qué diablos están haciendo aquí.

Durante el breve viaje hasta Berchstegaden (unos treinta kilómetros), el guía nos pone al día de la historia del Obersalzberg, que ya desde el siglo XIX era lugar deseado por la burguesía de la época gracias a su balneario de aguas terapéuticas. Hitler no fue ajeno a la atracción del entorno, y en 1.928 alquiló una casa (el Berghof), que poco después compró gracias a los beneficios de su libro “Mein Kampf”. El resto de la historia ya está explicado.

El autocar entra en el complejo Obersalzberg. Para hacer el último tramo hasta la Kehlsteinhaus es necesario tomar un autobús-lanzadera que remonta una estrechísima carretera, construida en 1.938 en un tiempo récord de trece meses. No hay alternativa a estos autobuses, salvo caminar, claro está.

Mientras esperábamos nuestro turno para subir al autobús, nuestro guía nos abordó para pedirnos un favor: en otro autocar que está a punto de llegar vienen dos turistas españoles que van bastante atascados en la cuestión del idioma, y nos pide si podemos hacerles de “intérpretes”, y sobre todo, evitar que se queden en lo alto de la Kehlsteinhaus a la hora estipulada para volver… Así fue como conocimos a Merche e Iraitz, madre e hijo y viajeros empedernidos.

El bus-lanzadera nos deja a unos 150 metros de la cima; para acceder definitivamente a la Kehlsteinhaus deberemos tomar un ascensor que sube por las entrañas de la montaña, y que nos deposita directamente en el vestíbulo de la casa, por cierto “reciclada” en restaurante… Las mesas de los comensales cohabitan junto a la gran chimenea de mármol rojo, regalada en su día por Benito Mussolini.

En 1.938, el embajador francés en Alemania André-François Poncet se entrevistó aquí con Adolf Hitler; tras su visita, bautizó a este lugar como el “nido del Águila”, calificativo con el que es conocido desde entonces.

Las nubes del cielo se rompen, permitiéndonos ver el privilegiado entorno del lugar; destaca el monte Watzmann, la tercera montaña más alta de Alemania.




Más tarde, damos por finalizada la visita, y tras una breve parada en Berchstesgaden, volvemos a Salzburgo.


Iraitz y Merche nos llevan a la Augustiner Bräu, la cervecería más grande, y una de las más antiguas, de Austria. Por fuera, tiene el aspecto de un convento, y de hecho esa fue su función desde el siglo XVII, cuando unos monjes agustinos se consagraban a la oración y la elaboración de su propia cerveza. Hoy el lugar está completamente “desacralizado” y ocupado por chiringuitos de comida rápida tradicional, que por supuesto se digieren con cerveza servida en jarras de cerámica.


Dos rondas después, nos despedimos de nuestros nuevos amigos vascos deseándonos buena suerte; tenemos toda la tarde por delante, y la necesidad de procesar varios decilitros de cerveza, así que nos hemos ido a caminar por la montaña de Kapuzinerberg, un gigantesco parque urbano con las mejores panorámicas de la ciudad, coronado por el castillo más grande de Centroeuropa.

La noche se nos ha echado encima paseando por las calles del casco antiguo, y hemos cenado Wiener Schnitzel, ese humilde escalope empanado que es símbolo culinario del país.

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