lunes, 5 de diciembre de 2016

Tirol y el "9" alpino (7-11).-Cascadas Krimml. Innsbruck



Las nubes se han retirado durante la noche, por lo que aprovechamos para desayunar en la terraza del hotel; tenemos a la vista el cobertizo-leñera en el que la moto también ha tenido su merecido descanso, en breve volveremos a estar cabalgando en ella.

Abandonamos Salzburgo por una carretera secundaria (tenemos “vetada” la autopista por no haber comprado la preceptiva viñeta), y pocos kilómetros más adelante entramos nuevamente en Alemania. Nuestro periplo alemán será breve, ya que nos limitaremos a atravesar el “apéndice” en el que se encuentra el parque nacional de Berchstegaden.


En lo que se tarda en decir “Alemania”, ya estábamos otra  vez en Austria, las alturas tirolesas y el discreto encanto de la opulencia, reflejado en poblaciones como Sainkt Johann in Tirol o Kitzbühel; en esta última hicimos una breve parada, comprobando que la mayoría de tiendas no aceptan clientes que hagan aspavientos ante precios de tres dígitos.

Más al sur, la carretera se vuelve sorpresivamente divertida, con curvas que invitan a jugar con las fuerzas centrífuga y centrípeta; en la bajada del paso Thurn, un mirador nos pone frente al valle del parque natural de Hohe Tauern, y que transitaremos en pocos minutos ya que allí es donde están las cataratas Krimml.

Con sus 380 metros de caída absoluta, son las cataratas más grandes de Austria; los motoristas lo tenemos muy fácil para visitarlas, ya que el aparcamiento es gratuito, y hay unas prácticas taquillas en las que podemos dejar cascos, chaquetas, y todo lo que sea un engorro para el “paseo” que nos espera.

Justo bajo la cascada, el trabajo es poder captar imágenes manteniendo el material fotográfico a salvo del diluvio de gotas pulverizadas… Hay muchos visitantes, las Krimml son un espectáculo en estos meses de caudal máximo.


De vuelta a la moto, y aprovechando que estamos aparcados en una sombra, hemos almorzado pan con unas salchichas ahumadas que nos traen locos por su sabor; desde nuestra posición vemos la carretera, que a partir de este punto tiene denominación propia (“Gerlos Alpenstrasse”)… y garita de peaje, que afortunadamente no llega a las hirientes tarifas de la Grossglockner.

La Gerlostrasse nos saca del valle Hohe Tauern, para meternos en el de Zillertal, aún más ancho que el precedente. Junto a la carretera corre el río Ziller, y también la vía férrea.



Al final del valle, nos espera el lago Achensee, que con sus nueve kilómetros de longitud, es el más extenso de todo el Tirol. Pero lo que a mí más me gustó del lugar fue el Achenseebahn, el primer tren cremallera que se construyó en Europa, y que hoy, igual que en el siglo XIX, sigue propulsándose a vapor.

A media tarde, hemos llegado a las inmediaciones de Innsbruck. Nuestro hotel está en la periferia, y debo reconocer que el GPS nos ha salvado de dar tumbos como una peonza durante vete a saber cuánto tiempo, ya que el hotel está realmente muy a las afueras. En el “hall” nos recibe un perro carlino, está echándose una siesta en medio del paso. Isabel prueba de festejar con él, pero el bicho tiene otros planes: se sube a uno de los sofás del salón y, con un hábil golpe de pata, pone un cojín en posición de acomodarse en él, y seguir con esa siesta que diría le ocupa la mayor parte del día.

La recepcionista del hotel nos confirma que frente al hotel hay una parada de bus que nos lleva al centro de Innsbruck; tras cumplir con el ritual de todas las tardes (limpiar la visera de los cascos y poner a cargar los intercomunicadores), hemos cogido el autobús del centro, que para variar, ha llegado con una puntualidad maniática.


Innsbruck es la capital del Tirol. Cuenta con 120.000 habitantes, y nos da la misma primera impresión que Salzburgo: todo ordenado, tranquilo, con poco tráfico de coches, muchas bicicletas, e incluso tranvías. El momento perfecto se rompió cuando un ciclista le hizo un feo a un taxi: la mujer que lo conducía explotó en improperios, y es que hasta el más civilizado de los europeos tiene su punto crítico de ebullición interna.

Las altísimas montañas que nos rodean empequeñecen la ciudad, y nos recuerdan que la auténtica “temporada alta” es en invierno, cuando abren las estaciones de esquí. En Innsbruck se han celebrado dos ediciones de los juegos olímpicos de invierno, en 1.964 y 1.976.

El imponente, aunque fácilmente abarcable casco histórico nos rememora la importancia de la ciudad desde tiempos medievales. Más contemporánea es la tienda de lujo Swarovski (la fábrica matriz está en Watten, a pocos kilómetros de aquí), en la que se pueden observar excentricidades como una escalera de diamantes, y todo tipo de artículos cotidianos ensalzados a lo exclusivo gracias a la incrustación del preciado mineral.

El autobús que nos devolvió al hotel, al igual que todos los que vimos, llevan unos herrajes en la parte posterior para colgar bicicletas.

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