lunes, 12 de diciembre de 2016

Tirol y el "9" alpino (8-11).-Heididorf



Abandonamos Innsbruck siempre hacia el Oeste, rodando plácidamente por un valle que encauza el rio Eno, el ferrocarril, la autopista y la propia carretera por la que estamos circulando. El paisaje de fondo continúa siendo un manto continuo de verde, vacas, cumbres de nieves perpetuas y pueblos de arquitectura tradicional: hace ya tantos kilómetros que dura la belleza, que la hemos normalizado. Un restaurante a pie de carretera “decorado” con chatarra que un día fueron coches americanos del siglo pasado nos hace detenernos un rato; encaro la SuperTen a un gigantesco “Peterbilt” de los años 80, y la gran trail se empequeñece hasta parecer un scooter urbano.





Estamos a punto de salir de Austria, así que repostamos a tope (la gasolina es barata, a un precio “español”), y atravesamos la frontera de Liechtenstein; el pequeño país está fuera de la Unión Europea, pero aplica el libre tránsito igual que cualquiera de ellos. Es un “paraíso fiscal”, y gracias a ello sobrevive económicamente. No tiene moneda propia ni ejército, su cuerpo policial está compuesto por cien agentes… Y en lo que he tardado en describirlo, ya lo hemos atravesado, entrando en Suiza por una carretera local que une Balders y Maienfeld, nuestro final de etapa. A pocos kilómetros de la frontera hay un cuartel del Ejército suizo, y la carretera lo atraviesa por enmedio.

En Suiza todo es muy caro, incluido el alojamiento; nosotros hemos contratado una sencilla habitación en un hostal que hay junto a la estación de tren de Maienfeld. Aún así, pagaremos casi 100 francos suizos por la pernocta. Hemos llegado inusualmente temprano, a mediodía, pero tenemos una buena razón para ello: en Maienfeld está “Heididorf”, una especie de parque temático donde se recrea el universo Heidi, personaje creado por la escritora Johanna Spyri, y cuya primera novela empieza así:

"Desde la risueña y antigua ciudad de Dörfli parte un sendero que, entre verdes campos y tupidos bosques, llega hasta el pie de los Alpes majestuosos, que dominan aquella parte del valle. Desde allí, el sendero empieza a subir hasta la cima de las montañas a través de prados de pastos y olorosas hierbas que abundan en tan elevadas tierras".

…y vaya si subiremos el sendero: la “casa de Heidi” está a media hora a pie, un agradable paseo entre hectáreas de viñedos. Por cierto, “Dörfli” es el nombre que Johanna Spyri se inventó para camuflar a Maienfeld.


Un rato de trabajosa subida después, llegamos a Heididorf. Un grupo de japoneses (¡siempre japoneses!) pululan alrededor de la casa-museo que también alberga la oficina de correos más pequeña de Suiza. A pocos metros de allí, están las casas de Heidi y del abuelo, recreadas hasta el mínimo detalle.








El museo es pequeño, pero suficiente para tomar conciencia de la dimensión mundial del “fenómeno Heidi”, traducido a múltiples idiomas y fuente de cómics, películas… y esa serie japonesa que todos los de mi quinta tenemos en mente.


En Heididorf arranca un camino (el “Heidi Weg”), que lleva a una versión mejorada y mucho menos masificada de la casa de Heidi, pero es un sendero que requiere tiempo (2 horas) y fondo (es una subida constante): decidimos darnos por satisfechos con lo ya visto.

De vuelta a Maienfeld, nos esperaba una grata sorpresa: el pueblo celebra su fiesta local, con música tradicional, jóvenes arrastrando cencerros gigantes (¿?), y unos discursos protocolarios que nosotros reíamos y aplaudíamos al ritmo de los demás para disimular que no entendíamos ni una palabra de alemán.




Durante la noche, mi sueño se vio interrumpido en un par de ocasiones por ruidos procedentes de la cercana estación ferroviaria, trenes-fantasma que pasaban sin luces y a toda máquina, rumbo a alguna historia de misterio basada en hechos reales.

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