lunes, 19 de diciembre de 2016

Tirol y el "9" alpino (9-11).-El "nueve", primera parte



La distancia hasta nuestro siguiente alojamiento (Andermatt) es de tan sólo unos cien kilómetros, pero tengo prisa por llegar, descargar los bártulos, y pasarnos toda la tarde recorriendo la mayor concentración de pasos alpinos congregados en el menor número de kilómetros: son seis puertos, aunque popularmente se les llama “el nueve” por la forma que tienen si los ves en un mapa.

Las previsiones meteorológicas no son muy alentadoras, anuncian agua servida en forma de tormentas, pero en Maienfeld luce un Sol radiante, por lo que partimos bien cargados de optimismo.


Junto a nosotros discurre uno de los ríos más grandes de Europa, el Rin; me marea un poco pensar en que su desembocadura está en el mar del Norte, y que desde Zúrich hasta Rotterdam es perfectamente navegable; en Chur, la ciudad más antigua de Suiza, viramos hacia el Oeste, siguiendo los raíles del Glacier Express, el “tren expreso más lento del mundo”. Hemos aprovechado los trazados paralelos para jugar a las carreras con uno de aquellos convoyes de color rojo chillón, dándoles un poco de diversión a sus pasajeros.



Más allá de Muster se acaba el valle, y la carretera empieza nuevamente a ascender; inquietos, observamos que a nuestro alrededor se están empezando a acumular feos nubarrones. En plena subida, sin verlo pero intuyéndolo, atravesamos el túnel ferroviario de San Gottardo; discurre a dos kilómetros bajo tierra, y es hasta la fecha la mayor proeza de ingeniería civil del siglo XXI. Es el túnel más largo (57 kilómetros) y profundo (2300 metros en su cota máxima) del mundo, cifras abrumadoras para hacer desaparecer la “barrera” de los Alpes, y el acercamiento definitivo entre el norte y el Sur de Europa. Aún huele a nuevo, su inauguración oficial tuvo lugar el pasado mes de junio. Atrás queda una inversión de 12.000 millones de francos suizos y nueve vidas humanas.

Antes de llegar a Andermatt, debemos coronar el Oberalppass. En su cumbre, un curioso faro alejado de cualquier mar señala el nacimiento del río Rin. Sin bajar aún de la cima, hay un lago de aguas casi permanentemente heladas, y la estación del tren cremallera Matterhorn-Gotthardbahn.


En las afueras de Andermatt está nuestro alojamiento, un BB que promete autenticidad y trato familiar… Hemos llegado demasiado temprano, y no hay nadie en casa. Se nos plantea un dilema, hacer los puertos del “nueve” jugando a la ruleta rusa con un tiempo cada vez más negro, o quedarnos sequitos y a salvo en Andermatt, dejando que se nos escapen unas horas vitales para cuadrar nuestro plan de viaje… Finalmente, empujado por el optimismo ciego de Isabel, decidimos que qué diablos, croupier haz girar la ruleta que nos lo jugamos todo al rojo… Arrancamos la moto, y encaramos nuevamente hacia las alturas.

Salimos por la “garganta Schöllenen”, uno de los pocos accesos a la llanura de Andermatt por el norte, y sitio estratégico en tiempos pasados, cuando las infraestructuras eran mucho más precarias y este paso era vital para comunicar los mares del sur de Europa con el norte continental.


Por el fondo de la garganta Schöllenen discurre el turbulento río Reuss; para salvarlo, se construyó en el siglo XIII un puente de madera, que fue sustituido tres siglos más tarde por otro de piedra, y que fue bautizado como el “puente del Diablo” por una de tantas leyendas que hay repartidas en nuestro mundo. Este puente fue testigo de una de las batallas más cruentas de las guerras napoleónicas; en 1.799, las tropas rusas entraron procedentes de Italia, dispuestas a recuperar Suiza de manos de los ejércitos de Napoleón. Un gran destacamento de soldados franceses voló el puente, y se atrincheró en la garganta… Cuando los rusos llegaron, fueron recibidos con un intenso fuego de artillería, pero aún así no retrocedieron: asediados, reconstruyeron el puente, y ganaron la posición. Se calcula que 900 soldados rusos perdieron la vida.

Cien años después, se inauguró en las paredes de la garganta Schöllenen un gran monumento en memoria de los caídos en aquella batalla.


En 1.958, el creciente tráfico de automóviles obligó a construir un nuevo puente, superpuesto al diabólico original, que ha quedado relegado a usos pedestres.

Al otro lado de la garganta, una serie de curvas de 360 grados nos depositan en el fondo del angosto valle del Reuss, aunque será por poco tiempo, ya que a pocos kilómetros tenemos el desvío que nos aupará hasta el Sustenpass por una carretera que muestra paisajes de glaciares y montañas de nieves perpetuas que superan holgadamente los 3.000 metros. En la cima del Susten, un pequeño túnel junto al lago del glaciar Steinen une las dos laderas, y hemos parado brevemente para observarlo gracias a que el cielo sigue asustándonos, pero no consuma su amenaza de empaparnos.






Los 47 kilómetros de la carretera del Susten se nos han hecho cortos. En Innertkirchen, volvemos a girar a la izquierda para seguir trazando este maravilloso “nueve”; poco después, encontramos el desvío al funicular de Gelmer (Gelmerbahn), el más empinado de Europa, con una pendiente máxima del… ¡¡106 por ciento!!

 Atacamos el Grimselpass. Durante la subida, pasamos junto a un sistema de presas que doman las aguas de los lagos Räterichbodensee y Grimselsee, y de paso generan un buen puñado de vatios gracias a una central hidroeléctrica.



En la cima del Grimsel, una estrecha carretera (que sólo abre diez minutos cada hora para circular en un solo sentido) conduce hasta el lago artificial de Oberaar. El recorrido es breve, pero no apto para quien padezca de vértigo.



Un rato después de embobada contemplación, un semáforo nos ha autorizado a desandar el camino y volver a la cima del Grimselpass. El pequeño llano de la coronación acoge el lago de Totensee (“lago de los Muertos”).

La bajada del Grimsel es un auténtico espectáculo, ya que tienes la perspectiva de las curvas que te quedan hasta el fondo del valle, y también las que remontan al Furkapass. Encajado en el valle, discurre otro de los ríos más importantes de Europa, el Ródano, que nace a pocos kilómetros de aquí. También está la estación de un tren a vapor que recorre todo el Furka; dicho ferrocarril quedó “obsoleto” desde que en 1.982 se abrió el túnel ferroviario, pero una asociación de amigos del ferrocarril lo mantiene activo como maravilloso reclamo turístico.


Coronar al Furkapass supuso otra generosa ración de curvas; en la cima, desierta, hay un viento constante y cortante. Confraternizamos con un maduro matrimonio de cicloturistas italianos que están recorriendo centroeuropa, lo suyo sí que tiene mérito…



Tras el Furkapass, bajamos nuevamente esta “montaña rusa” que parece inacabable; el primer pueblo del valle es Realp, donde está la estación ferroviaria del túnel Furka: sus trenes admiten coches (o motos), en invierno es la única manera de atravesar la montaña.




La siguiente aldea es Zumdorf, proclamado “el pueblo más pequeño de Suiza”: sólo lo habita una familia de cuatro miembros.

Poco después, completamos el bucle y volvemos a Andermatt. Como si de una película con final feliz se tratase, ha sido bajarnos de la moto y desatarse finalmente la lluvia.

Duchados, descargados y con el imprescindible paraguas en la mano, hacemos una reposada visita a Andermatt. Su ubicación, un cruce de caminos alpino con salida hacia los cuatro puntos cardinales, le ha supuesto una turbulenta historia de conquistas y reconquistas. Actualmente, es un destino de esquí en invierno y de actividades al aire libre en verano.




Hemos cenado a hora temprana, mientras afuera arreciaba la lluvia. Por la calle, pasean diversos soldados de un acuartelamiento cercano.

Aquella noche, me desperté súbitamente de madrugada… necesidades fisiológicas, ya sabéis… Volviendo a la cama, he mirado por la ventana: más allá del pueblo dormido y la oscuridad de las montañas, había un cielo con millones de estrellas, un espectáculo que sólo se ve muy de vez en cuando en la vida.

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