lunes, 2 de enero de 2017

Tirol y el "9" alpino (11-11).-Génova. Epílogo

Hemos llegado a ese día en que sabes que ya está todo hecho, y sólo queda regresar a casa; estamos físicamente molidos, anímicamente melancólicos, y con cuatro pavos en la cartera; nos creemos unos nómadas, pero sin embargo nos empieza a parecer seductora la idea de abrir la puerta de casa, darnos una ducha y tirarnos en el sofá diez minutos. O cuatro horas.

Estamos en la habitación de aquel hotel en el quinto pino de Stresa, empaquetándolo todo sin prisas porque tenemos todo el día para recorrer los 200 kilómetros de autopista que separan el lago Maggiore del puerto de Génova. Bajamos a desayunar, compartiendo el comedor con un grupo de maduros turistas americanos que nos miran como si quisiéramos robarles algo. Desayunamos unos deliciosos croissants recién horneados. A la hora de marcharnos, Isabel pretende romper el hielo con los americanos deseándoles que “enjoy your meal”: nos respondieron con un pesado silencio, y que una de las comensales se agarrase bien fuerte a su bolso. Tal vez el motivo sean mis pintas por llevar dos semanas sin afeitarme.

De nuevo on the road. La autopista va bastante transitada, estamos en fechas de “operación salida” veraniega, y estamos rodeados de coches suizos que se encaminan hacia la costa Azul, o a donde sea que brille el Sol.

A mediodía ya estábamos a tiro de piedra de Génova. Agobiados del tráfico, nos metemos en un área de servicio, y aprovechando la generosa sombra de un árbol, extendemos nuestra “manta picnic” para remolonear, tomar algo fresquito, y dejarnos llevar por una ligera siesta mientras el tráfico ronronea a pocos metros de nosotros: un oasis de mierda, pero oasis a fin de cuentas.

A las dos de la tarde enfilamos la entrada del puerto; nos rodea un nervioso tráfico de vehículos con destino a Marruecos, por supuesto todos ellos cargados hasta lo delictivo. Me temía un festival de bocinas, colas y carreritas para formalizar la tarjeta de embarque, y no me equivoqué. Finalmente, aparcamos frente a nuestro ferry junto a otro pequeño grupo de moteros: teníamos más de tres horas de espera por delante, y ninguna sombra bajo la que guarecernos. Ahí fue donde hicimos migas con Luciano y Eleonora, dos lombardos que iniciaban su viaje hacia la meseta española. Más tarde, se añadieron Toni y Montse, vecinos excepcionalmente próximos que volvían de Croacia. Este sexteto ya no se rompió durante toda la travesía, y de hecho hemos desembarcado en Barcelona con la promesa de materializar futuros e interesantes planes...





Este inesperado lazo de amistad pone la guinda y el punto final a nuestro viaje. Hace muchas líneas, empecé este relato diciendo que no me perdería en convencionalismos sobre el alimento espiritual que supone viajar, y tampoco lo acabaré con un grandilocuente análisis vital; guardemos como oro en paño esta gran experiencia personal, pero seamos humildes ante aquellos que abrieron el camino, y en su momento tuvieron la generosidad de explicárnoslo para convencernos de que sus logros también podían ser los nuestros.

Saludos y buena ruta!

2 comentarios:

  1. Muchísimas gracias por vuestra generosidad al compartir un poco de vuestro viaje!!
    Excelente relato!
    Sueño con un (viajecito) así para este 2017; Espero disponer de un mes ¿Que fechas veis mas propicias?....no me gustan mucho las aglomeraciones

    Gracias nuevamente
    Arnoldo

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    1. Hola Arnoldo, y muchas gracias por el halago!
      El clima alpino es caprichoso, y muchas de estas carreteras están cerradas con barreras (nieve o no) de septiembre a mayo; la época de menor pluviosidad es entre el 15 de junio y el 15 de julio.
      ...Y lo de las aglomeraciones... bueno, mucho me temo que serán inevitables, pero en todo caso no llegan a agobiar.
      Saludos y nos vemos en ruta!

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