domingo, 23 de abril de 2017

La Vall d'Ora



Amigo, deja a un lado ese bolígrafo con el que pretendías escribir apuntes en tu “libreta de proyectos”: esta ruta es minimalista, y recorre un valle que ni siquiera se menciona en el mapa 1:400.000 que llevo en la sobredepósito. Tan ignorada está por el mundo, que ni el coche del Street View se aventuró a entrar aquí. Me encontré con la Vall d’Ora por casualidad, y su ruda parquedad la ha hecho merecedora de una crónica para ella sola.

Son apenas veinte kilómetros de ruta sin posibilidad de salir por otro lugar, un “cul-de-sac” estructurado por una pista asfaltada (y los últimos kilómetros, ni eso), enmarcado por la sierra de Busa al fondo, la de Bastets a mi izquierda, y la de Travil a mi derecha. Junto a la carretera, el río Aigua d’Ora lleva las transparentes aguas del deshielo hacia el río Cardener, con el que se fusionará en Cardona. El conjunto es puro Prepirineo, y lleva viviendo de espaldas al mundo desde que estas tierras perdieron su estrategia territorial, allá por el siglo X. La Vall d’Ora cuenta con dieciocho habitantes censados, y es una entidad dependiente del municipio solsonés de Navés, en la provincia de Lérida.

Tras varios kilómetros de relajada circulación, siempre al borde del río, un conjunto de edificaciones conforman el “Ecomuseo de la Vall d’Ora”, donde interpretan la vida rural de nuestros antepasados, desde la escuela hasta la vida de payés, pasando por oficios artesanales que utilizaban la fuerza del río para mover sus máquinas: serradora, afiladora, y molino de harina.

Muy cerca del ecomuseo, un monumento al conde Guifré el Pelós (proclamado por la historia “padre” de la nación catalana), recuerda que tal vez fue aquí donde halló la muerte en una batalla con los musulmanes, allá por el año 976. Una de esas leyendas en las que el parecido con la realidad es pura coincidencia, cuenta que el rey Carlos II mojó sus dedos en la sangre de Guifré, y los hizo resbalar sobre su escudo dorado de armas, dando así origen a la senyera catalana.

A partir de este punto, el asfalto se termina, dando paso a un camino por el que se puede hacer trail “amable”, aunque no tanto como para pedirte que te aventures con tu moto de carretera.


Tras saltar el río por un sencillo puente de madera, llegamos al final de la ruta en la ermita de Sant Pere de Grausescales, edificio sobrio, bien conservado, y situado a pie de río. Un lugar de lujo donde poder hacer un pic-nic con la reconfortante convicción de haber hallado un “secreto” que poca gente conoce.



Saludos y buena ruta!

11 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias a tí por el incansable seguimiento, amigo!

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    1. Te devuelvo lo que me das, y si puedo, con intereses...
      Un abrazo y hasta bien pronto!

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    1. Un placer dejar ideas, y gracias por el seguimiento!

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  4. Gran ruta, lo de pequeña solo si la empiezas en Manresa o Solsona. Nosotros salimos de Calafell -Tarragona- y el dia se nos hizo corto...
    La verdad es que sorprende el camino y el paisaje. A veces queremos descubrir lejos lo que tenemos cerca...

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  5. Completamente de acuerdo, Joan! Enganchando retales de aquí y de allá, salen rutas casi diría que perfectas! Mmmm... se empieza a fraguar una idea en mi calenturienta mente...
    Gracias por el seguimiento, nos vemos en ruta!

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  6. Espectacular. Gracias por compartir

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    1. Gracias a tí por el seguimiento, un saludo y nos vemos en ruta!

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