domingo, 28 de mayo de 2017

Campo de Gurs



En el sur de Francia, hay diversos lugares en los que la Guerra Civil española y la Segunda Guerra mundial se solaparon de manera cruel. El campo de Gurs, localidad de poco menos de 400 habitantes situada a 34 kilómetros de la frontera española, es uno de ellos.

Los orígenes de este campo hay que buscarlos a principios de 1939; en el mes de Enero, la caída del frente republicano en Cataluña provocó un éxodo masivo de más de medio millón de refugiados españoles. Francia se vio inmediatamente desbordada por la situación, y la primera solución de emergencia consistió en hacinarlos en las playas de Argelès-sur-Mer, solución claramente insuficiente, y que además era inhumana por el trato concedido a los refugiados, que vivían poco menos que sobre la arena, rodeados de cercas de alambre.

Para paliar la situación, se construyeron diversos centros de acogida en lugares cercanos a la frontera española. El campo de refugiados de Gurs fue uno de los más grandes. El 15 de marzo de 1939 empezaron las obras, ocupando unos lodazales inútiles para la agricultura. Se construyeron 382 barracones de madera y tela embreada, que se repartían a ambos lados de un camino de 1.400 metros de longitud; las construcciones eran muy básicas, incapaces de contener el frío, el calor o repeler la lluvia. Cada barracón medía 5 metros de ancho por 30 de largo, y podía contener hasta 60 personas. Apenas 20 días después de empezar su construcción, el campo ya acogió el primer contingente de exiliados, principalmente combatientes vascos y brigadistas internacionales. Un mes más tarde, el campo tenía casi 20.000 prisioneros.


De manera paulatina, y una vez “estabilizada” la situación, el campo empieza a vaciarse; muchos prisioneros son entregados a las autoridades españolas, con el final previsible de ejecuciones sumarísimas, o traslados a diferentes penales. Algunos afortunados logran establecerse en Francia, gracias a su cualificación como mano de obra especializada.

En septiembre de 1939, Francia declara la guerra al Reich. El gobierno galo recurre a los combatientes que aún quedan en Gurs para ofrecerles la libertad a cambio de enrolarse en las obras de la “línea Maginot”, conjunto de búnkeres de defensa. Los brigadistas internacionales fueron los únicos en negarse en redondo a esta alternativa: estuvieron reclusos hasta mayo de 1.940, coincidiendo con el inicio de una “nueva etapa” en el campo…

El 12 de mayo de 1.940, el gobierno francés decide encerrar de manera indiscriminada a todos los ciudadanos procedentes de países hostiles, incluyendo a los que precisamente huían de ellos (judíos y gitanos alemanes, simpatizantes franceses de la extrema derecha nazi, pacifistas que se negaban a trabajar en la industria de la guerra, presos comunes evacuados del frente…). Son los llamados “indeseables”, mayormente mujeres y niños, vilipendiados por la población local, y que dispararon la cifra de reclusos en el campo de 1.500 a 12.000 en cuestión de días.

El armisticio francés de junio de 1940 promueve la creación de un gobierno “colaboracionista” (el llamado “Régimen de Vichy”), que inmediatamente aplica las políticas de antisemitismo del Reich. Poco antes de entregar el campo a las nuevas autoridades, miles de presos fueron “invitados” a huir, y se quemaron los documentos que acreditaban su estancia en el campo.

A partir de aquel momento, Gurs pasó a funcionar como un campo de concentración de prisioneros exclusivamente civiles: judíos, homosexuales, gitanos, indigentes, y algunos antiguos fugitivos que habían vuelto a ser apresados.

A finales de 1.940, y viendo que buena parte del campo aún estaba disponible, miles de judíos de la región alemana de Baden fueron trasladados a Gurs. Fue el único caso de deportación judía hacia el oeste de Alemania, se supone que fue el primer movimiento, y único, del efímero “plan Madagascar”, que pretendía trasladar a toda la población judía a esta isla.

Las condiciones de vida en el campo, no hace falta decirlo, eran extremadamente inhumanas, y muchos presos murieron de inanición, o cualquiera de las enfermedades asociadas a la insalubridad. El barro, presente por doquier, enterraba a los gursiens hasta los tobillos. Paradójicamente, las habilidades artísticas son vía de escape recurrente para los prisioneros, y se fomenta la poesía, el dibujo o tocar cualquier instrumento. Tenían todo el tiempo del mundo, y la fuente de inspiración siempre era la misma: el sufrimiento.

Entre agosto de 1.942 y marzo de 1.943, se organizaron hasta seis convoyes ferroviarios con destino a campos de concentración del este de Europa. A las penurias del día a día, se añadió la incertidumbre de si cada prisionero estaría en la lista del próximo viaje en tren.

A finales del verano de 1.943, el régimen de Vichy está próximo a su caída, y la administración del campo se vuelve caótica: un contingente de la Resistencia francesa toma el control del recinto, pero no cierra el campo, recluyendo a su vez a colaboracionistas nazis. Finalmente, el 31 de diciembre de 1.945, el campo es cerrado definitivamente. Cinco años después fue demolido, y se plantó un bosque que sepultó la mayor parte del espacio que habían ocupado los barracones. A partir de entonces, y durante casi cuarenta años, el lugar pasó a formar parte de la amnesia colectiva de un país avergonzado por algunos de sus actos.

En 1.979, antiguos reclusos, familiares y amigos “resucitaron” la memoria del campo, creando la asociación Amicale de Gurs, que desde entonces celebra una conmemoración anual. El lugar se ha dignificado, e incluso se ha creado un circuito de interpretación, salvando los pocos vestigios que aún quedan del campo, como los pilares que sostenían la gigantesca cisterna de agua, algunas bases cementadas de barracones, los soportes de barreras de la entrada principal, o un barracón de la “Ayuda Suiza” (las organizaciones caritativas de carácter religioso eran la única ayuda humanitaria permitida en el campo).







El cementerio del campo también fue rehabilitado en el año 2000, con la financiación de las autoridades de Baden, lugar del que recordemos fueron deportados la mayor parte de judíos gursiens. En él están enterradas 1.073 personas, mayormente judías, y también diversos brigadistas y combatientes de la España Republicana. Estos últimos tienen flores y algunas banderitas de la República; en las lápidas judías, atendiendo a su rito, se les honra poniendo una piedra sobre la losa.





En el año 2.006, el gobierno vasco podó un retoño del árbol de Gernika, y lo replantó en el lugar, justo al lado de la cisterna de agua.

También, en parte de lo que fue la avenida principal, se han levantado unas unas columnas de piedra noble que recuerdan la procedencia de los moradores del campo.

Entre los antiguos islotes de barracones y el cementerio, el artista israelí Dani Karavan ha recreado un monumento en forma de esqueleto de barracón, y una vía férrea de 230 metros que evoca el tránsito de prisioneros hacia otros campos de exterminio. Se pide a los visitantes que, para honrar la memoria de los 60.000 gursiens, se reflexione caminando por este tramo “simbólico” de vías: nunca hubo ferrocarril en Gurs.

Todo lo demás que se ve, y también lo que se siente, se resume en esta emocionante inscripción que se puede leer en el lugar:

Un bosque oscuro, vagamente hostil, un suelo pantanoso, el ruido del viento, el canto de los pájaros.
Y sin embargo, hay que imaginar aquí un verdadero pueblo de miseria. Un universo cerrado, separado de todo. Un campo inmenso, sin árbol ni verdor, sin sombra en verano, sin nada para protegerse de las ráfagas del viento o de la lluvia del invierno. Hay que imaginarse la soledad, el hambre, el frío y la miseria. Hay que imaginar la angustia permanente, la angustia de no tener noticias de los suyos, la angustia del sufrimiento, la angustia de la muerte, la angustia de la deportación.
La naturaleza lo ha cubierto todo. Sin embargo, cada metro cuadrado de este lugar conoció el dolor.
¿Podemos olvidar?



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