lunes, 19 de junio de 2017

Campo de Vernet d'Ariège



“Vernet se encontraba en el punto cero de la infamia” (Arthur Koestler, prisionero).

Es sabido por la mayoría, y en este mismo blog hemos hablado de ello, que Francia acondicionó diversos “campos de acogida” para los españoles que huían de la Guerra Civil. Más que acogida, estos campos eran precarias chabolas de reclusión: tenías garantizado que no te fusilarían en el paredón, pero nadie te podía asegurar la supervivencia en un entorno donde las enfermedades no tratadas, la hipotermia y la escasa alimentación eran la tónica general.

El campo de internamiento de Vernet d’Ariège, situado entre la localidad que le presta el nombre y Saverdun (Midi-Pyrenées, sur de Francia), ya llevaba unos cuantos años funcionando: concretamente desde 1918, cuando la necesidad de espacio para los soldados prisioneros de la I Guerra Mundial precipitó su construcción. Más tarde, se mantuvo en pie para almacenar material.


Durante el éxodo del final de la Guerra Civil, el campo se reabrió para recluir (que no acoger) a miles de combatientes de la recién derrocada República española, y poco después, “extremistas” de todo tipo y condición: combatientes de las Brigadas Internacionales, comunistas, activistas políticos… A efectos prácticos, el campo era una prisión para aquellos que Francia consideraba “elementos subversivos”.

Al iniciarse la IIGM, se amplió la reclusión a cualquier individuo sospechoso de alterar el orden público. Las condiciones eran infrahumanas, como bien explicaron los escritores Arthur Koestler o Max Aub, huéspedes temporales del campo.

En 1942, ya bajo el régimen colaboracionista de Vichy, el campo fue utilizado por la GESTAPO como punto de tránsito para concentrar, y posteriormente deportar, miles de judíos. Los hombres eran enviados a Dachau, Auschwitz u otros campos de castigo en Argelia, y las mujeres, a Ravensbrück.

En 1944, el campo fue definitivamente cerrado; se estima que durante su funcionamiento acogió a unos 40.000 reclusos. En 1970, fueron demolidos todos los barracones y la mayor parte de las instalaciones… pero aún quedan suficientes vestigios como para poner la piel de gallina.

En la Vernet hay un pequeño centro de interpretación del campo, pero estaba cerrado en el mediodía canicular que aparecí por allí. Proyecto todo mi conocimiento del idioma francés (unas dieciséis palabras, y mal pronunciadas) en un cartel colgado de la puerta donde reza que las llaves del museo están a disposición de quien quiera visitarlo, pero decido que no llamaré a casa ajena, sin posibilidades de establecer un diálogo fluido, y vestido de astronauta. Desde la puerta cerrada llego a atisbar una maqueta de lo que fue el campo de concentración, y algunos utensilios de la época.

En las afueras, una carretera local recta como un tiralíneas une la Vernet con Saverdun; a pocos cientos de metros está la estación de ferrocarril, en estos momentos humilde apeadero sin servicio atendido, pero en aquellos años de incertidumbre era el primer contacto de los que llegaban al campo… y el último de los que deportaban. En el edificio hay tres placas conmemorativas, una de ellas a la memoria del sufrimiento de los que por allí pasaron, otra de una deportación masiva de judios en 1942, con destino final Auschwitz, y la tercera recordando el último “tren fantasma”, que partió pocos días antes del cierre definitivo del campo, con destino al campo de Dachau. Una réplica de un vagón de madera en el que se realizaban estos traslados está expuesto en una vía muerta de la estación.




A pocos metros de la estación, y en el margen opuesto de la carretera, estaba la entrada principal al campo: curiosamente, las dos columnas que sostenían el letrero de bienvenida han sido parcialmente respetadas, así como el gigantesco depósito de agua que abastecía todo el complejo.



De los barracones, evidentemente, no queda ni rastro; en su lugar, se extiende una explotación agraria. Los caserones que se diseminan a mi alrededor no tienen nada que ver con el antiguo campo, pero al otro lado de la carretera las antiguas viviendas de los guardianes del campo han sido “recicladas” en viviendas particulares, en un inusual ejercicio de pragmatismo inmobiliario.

Menos de un kilómetro más adelante, el antiguo cementerio del campo también fue respetado: 215 personas fallecieron en el campo de Vernet, 152 de ellas todavía reposan aquí. En épocas recientes fue dignificado y reconvertido en lugar de comprensión y reflexión para todo aquel que tenga la humanidad de pensar en que estas cosas no deberían repetirse jamás.




Saludos y buena ruta!

2 comentarios:

  1. Muchas gracias Manel. Como siempre muy interesante.

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  2. Como siempre, gracias a tí por el seguimiento, Joaquín! Un abrazo y hasta pronto...

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