domingo, 10 de diciembre de 2017

Postales de Marruecos, 1. Prólogo. Assilah-Fez




“No volveré a escribir sobre Marruecos”, pensaba instantes antes de embarcar en Tarifa, rumbo a Tánger; tenía miedo de repetir esquemas, frases hechas y sensaciones ya explicadas… Doce días después, haciendo equilibrios con las maletas mientras buscaba las llaves de casa, sólo pensaba en ponerme delante del ordenador para convertir los recuerdos en palabras: es casi una necesidad explicar la experiencia de traspasar la puerta de África.


Este ha sido mi tercer viaje a Marruecos, el segundo compartido con Isabel. Nuestra expedición está formada por un grupo heterogéneo de amigos: hay “repetidores” y neófitos, muchas motos trail y dos de carretera, los que vienen solos y los acompañados. Y estaba Antonio, claro, el “Hannibal Smith de nuestro equipo: si usted tiene algún problema y le encuentra, tal vez pueda contratarlo…  Antonio es uno de los mejores guías que puedes tener en Marruecos, pregúntame por él si quieres más información. Todos habíamos acordado reunirnos en Tarifa el último viernes de Octubre, y aunque la idea original era dormir por allí y embarcar a primera hora del día siguiente, finalmente la impaciencia nos llevó a cruzar el Estrecho aquella misma noche.


Ya en suelo marroquí, hemos atravesado Tánger, que se está modernizando de manera vertiginosa: los sucios extrarradios se han convertido en barrios residenciales, y los vetustos Mercedes "Grand Taxi" han sido prácticamente borrados del mapa, sustituídos por "Dacias" gracias a un generoso plan renove gubernamental. Túneles subterráneos con filigranas luminosas e incluso bordillos retroiluminados nos hacen preguntarnos si realmente estamos en el Marruecos que recordábamos. El tránsito por la autopista también discurre de una manera civilizada, siempre que queramos obviar, por ejemplo, los gatos que pululaban a su aire por las cabinas de peaje.


Llegamos a Assilah a altas horas de la noche; en la rue Moulay Hassan está “casa García”, una manera tramposa de inaugurar la gastronomía marroquí cenando pescaíto al más puro estilo andaluz.

 Assilah-Fez

 Eran las cinco de la mañana cuando nos despertó un maldito demente, borracho, drogadicto o todo a la vez, vociferando jergas en lengua muerta por los pasillos del hotel. Nadie apareció para pararle los pies, y al cabo de media hora acabó callándose, por aburrimiento o quizás porque murió de un infarto fulminante, me importaba un bledo cualquiera de las dos opciones. Me es difícil recuperar el sueño una vez interrumpido, así que salí a la terraza a esperar pacientemente la llegada del amanecer. Aproveché para retrasar el reloj, y así sincronizarlo con la hora local.

Tras el desayuno cargamos las motos, y antes de marcharnos, dedicamos un rato a visitar Assilah. Conquistada, saqueada y reconquistada decenas de veces, conserva las murallas defensivas del siglo XV, construidas por Alfonso XV de Portugal. También fue colonia española hasta 1956.



Sus casas encaladas, su cuidada medina y el aroma salino del aire dan a la localidad un aire bohemio, incrementado por la presencia de numerosos murales de vivos colores. La mayoría de los comercios estaban aún cerrados, no así la oficina de cambio. Todos hicimos acopio de dirhams, ya que el uso de tarjetas de crédito será testimonial durante todo el viaje.




Ahora sí, definitivamente salimos a la carretera. Nos dirigimos hacia el Sur, tierra adentro, en dirección a las ruinas romanas de Volúbilis. La bruma del océano también queda atrás.


En la travesía de Sidi-Kacem (diría que no hay una puñetera circunvalación en todo el país) paramos a comer en un puesto que es medio carnicería, medio restaurante. Aquí, como en las demás localidades marroquíes, la carretera es un “río de vida” social y comercial.



Dos tipos se cruzan en la acera, uno de ellos carga con tres cajas y una vieja báscula; hablan unos segundos, el primero deja las cajas en el suelo, contiene diferentes tipos de fruta. El segundo prueba un grano de uva, asiente, y se concreta la venta. Marruecos es un inmenso comercio minorista, en cualquier momento y lugar hay dinero cambiando de manos.

Junto a nosotros, hay una gran explanada que sirve de punto de encuentro para decenas de carretas tiradas por mulas, y que son utilizadas como “taxis”. Me levanto para ir al lavabo, y a medio camino, en un rincón del pasillo, una persona ha extendido una pequeña alfombra y está llevando a cabo la tercera de las cinco oraciones que los musulmanes realizan cada día.


Tan sólo quince kilómetros separaban Sidi-Kacem de Volúbilis, suficientes para que el paisaje se endureciera, y la tierra yerma robara el protagonismo a los cada vez más pírricos cultivos de regadío.



Volúbilis, ciudad romana fundada en el siglo III a.C, es un reclamo turístico de autocar borreguero. La entrada tiene un precio simbólico, pero es conveniente contratar alguno de los “guías” que pululan por la entrada, para hacer un recorrido interpretado. Nosotros solicitamos los servicios de un hombre entrado en años que sólo hablaba un italiano muy primitivo con el cual nos fuimos apañando.


Metrópolis de referencia en su tiempo, atesoró un acueducto, palacios, el icónico arco de Caracalla, murallas, termas e incluso un prostíbulo. Aún así, la geoestrategia medieval la hizo languidecer hasta su desaparición.


Arqueólogos franceses empezaron a excavar Volúbilis en 1915 (aún se conserva una vía de vagonetas de la época), y se estima que no se ha estudiado ni la mitad del yacimiento.


Finalizada la visita a Volúbilis, estábamos todos un poco acalorados: el “regulador térmico” del Atlántico queda ya demasiado lejos, y agradecemos volver a las motos ni que sea para que el aire nos refrigere un poco. Sin más paradas, cubrimos los últimos cien kilómetros hasta Fez.

Fez es la tercera ciudad de Marruecos (2 millones de habitantes). Teníamos contratado un “riad” junto a la medina, y hemos dejado las motos en un descampado lleno de fogatas y coches abandonados. Un "gorrilla" nos garantiza que mañana las motos estarán exactamente igual de bien. Estos "vigilantes de aparcamiento" serán una constante durante todo el viaje.

El “riad” es casi barrocamente lujoso, de genuino estilo árabe. Unos chavales nos han traído las maletas en carretones, y les damos una propina sintiéndonos con un estatus que ni tenemos, ni anhelamos.

Casi no nos queda tiempo para descargar el equipaje y bajar nuevamente al hall, donde ya hay un guía esperándonos para mostrarnos la medina de Fez, la mayor zona peatonal del mundo con un caótico entramado de casi 3.000 callejuelas: contar con un guía es imprescindible para llegar hasta lugares que nunca encontrarías por tu cuenta… sencillamente porque serías incapaz de encontrarlos.




Tras un rato de callejeo saturante para la vista, toca castigar el olfato visitando una de las cuatro curtidurías que siguen activas en la medina. En un patio, diferentes cubas llenas de tintes, excrementos de paloma y cal tratan pieles que posteriormente se convertirán en bolsos, chaquetas, botas… Los curtidores chapotean literalmente en la mierda, vestidos sólo con un taparrabos. La curtiduría también se dedica a la venta directa, y ante nuestra falta de predisposición, nos dieron poco menos que una patada en el culo para que nos largáramos porque era hora de cerrar.

2 comentarios:

  1. Te leo y es como si volviese de nuevo a nuestro vecino del sur.

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    1. Quien va y no lo olvida, repite... Gracias por el seguimiento, un abrazo!

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